“CÓMO SER UN BUEN MAESTRO(A) DE TÍTERES” – Por Carmen Posadas

“Si en 2012 conmemoramos el centenario del hundimiento del Titanic, 2013 será el año Hitchcock. Para aquellos que gustan de las simetrías y sarcasmos de la Historia la metáfora es irresistible. Después ver cómo el año pasado se fueron a pique tantos sueños e ilusiones, ¿qué terroríficos acontecimientos nos traerá el año Hitchcock? Empecemos por decir que han sido dos superproducciones cinematográficas las encargadas de resucitar al maestro del suspense y devolverlo al primer plano de la actualidad, aunque no pueda decirse que esta afirmación sea del todo correcta. A pesar de que dichas cintas tengan como gancho el apellido Hitchcock, la protagonista de ambas es una mujer que siempre se mantuvo alejada de los focos y las alfombras rojas. Y es que mientras Alfred dirigía con mano de hierro –algunos opinan que férrea y también más larga de la cuenta– a rubias y despampanantes actrices como Grace Kelly, Kim Novak o Janet Leigh, por encima de su hombro velaba Alma Reville. Velaba y reinaba, porque el temible padre de Piscosis no daba un paso sin consultar a la mujer con le acompañó la vida entera. Ella no era rubia ni mucho menos despampanante pero tenía los dos atributos necesarios para crear en un hombre una dependencia absoluta: un muy desarrollado instinto maternal hacia él y grandes dosis de mano izquierda . Sí queridas mías, una piensa que ellos se van a enamorar de nosotras porque somos guapas, brillantes, sexis, sensacionales. Desde luego estos ingredientes parecen imprescindibles al principio de una relación. Pero, a medida que el tiempo –ese maldito traidor– va haciendo su trabajo, todos ellos pierden brillo y los que permanecen son los mencionados, los atributos Alma Reville. Como el matrimonio Hitchcock está de moda, han surgido ya en Estados Unidos estudiosos encargados de elaborar una teoría sobre lo que podríamos llamar el gancho de Alma. ¿En qué consistía? Veamos por un momento a la señora Hitchcock en acción. Se conocieron en el primer trabajo de él como realizador y ya nunca separaron. Ella fue su asesora, su script, su editora de guiones, sus ojos y la única voz a la que prestaba atención. Y bien que hacía porque, para hablar solo de una de sus películas, Psicosis, la contribución de Alma fue determinante. Suya es por ejemplo la decisión de incluir la música de Bernard Herrmann en la famosa escena de la ducha. A Hitchcock no le convencía, pero ella se empeñó y con el tiempo se convirtió en la ráfaga musical quizá más famosa y reconocible de la historia del cine. También fue Alma quien mató realmente a Janet Leigh en esa escena. Estaban revisando lo rodado y Alma alertó: “Janet está muerta pero acaba de tragar saliva”. Revisaron los fotogramas y, en efecto, en uno de ellos el cuello de la Leigh temblaba casi imperceptiblemente. Nadie más que Alma se había dado cuenta. Sus detractores dicen que Hitchcock era un misógino, un sádico y que acosó cruelmente a Tippi Hedren durante el rodaje de Los pájaros, mientras su mujer no hacía nada por impedírselo. Quienes los conocieron a ambos lo niegan. Sostienen que a Hitchock le gustaba crear un clima tenso en el plató para que sus actrices dieran lo mejor de sí y que esa era una práctica habitual en el viejo Hollywood. Es evidente que Alma era una mujer de su tiempo y actuaba como tal. Se conformó con el segundo plano quela Historia reservaba entonces a las mujeres. Tal vez porque sabía que el talento, el verdadero talento, tarde o temprano acaba por reconocerse. O tal vez porque, como apuntan quienes están haciendo un estudio sobre su personalidad, para alguien de una inteligencia fuera de lo común como la suya, lo importante no es lo que piensen los demás sino saber que era ella en realidad quien manejaba los hilos. Como, por cierto, han hecho las mujeres brillantes desde que el mundo es mundo. Personalmente siempre he pensado que es una pena que se pierda esa capacidad nuestra para convertirnos en maestros de títeres y hacer pensar al otro que manda él mientras nosotras hacemos lo que creemos más acertado…”

Carmen Posadas, directora de los Talleres de Escritura de Yoquieroescribir.com

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III PREMIO DE RELATOS “EL FOLIO EN BLANCO”

FNAC y el Taller de escritura yoquieroescribir.com dirigido por Carmen Posadas organizan

 III PREMIO DE RELATOS “EL FOLIO EN BLANCO”

  • Podrá presentarse cualquier persona con un relato inédito y original,  con una extensión máxima de un folio
  • Los premios para el ganador serán un taller de escritura gratuito en yoquieroescribir.com y un libro electrónico FNAC.

 El jurado estará compuesto por Carmen Posadas, profesores del taller de escritura yoquieroescribir.com y el equipo de Acción Cultural de Fnac.

Yoquieroescribir.com, el taller de escritura online de Carmen Posadas y Gervasio Posadas, junto con la FNAC, convocan la tercera edición del premio literario “El Folio en Blanco”.

Podrá presentarse a concurso cualquier persona con un relato original e inédito que no haya sido premiado en ningún certamen con anterioridad. Los trabajos pueden enviarse a través de la página web del taller de escritura www.yoquieroescribir.com.

El plazo de presentación termina el 31 de mayo de 2013

La persona que resulte ganadora recibirá gratuitamente una matrícula para un taller de escritura en yoquieroescribir.com y un libro electrónico FNAC.

Además, se seleccionarán cinco finalistas, que recibirán una tarjeta regalo Fnac de 50€ para cada uno de ellos.

El nombre del ganador y de los 5 finalistas y sus relatos se publicarán el día 14 de junio en la página web yoquieroescribir.com, su página en Facebook, la red social www.cafedeescritores.es, en www.clubcultura.com y en el perfil de Facebook de Fnac España.

Ver bases del concurso y enviar relato

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Los talleres de escritura de Yoquieroescribir.com están adaptados para personas con discapacidad visual

Los talleres de escritura de yoquieroescribir.com, dirigidos por Carmen Posadas y Gervasio Posadas están adaptados para personas con discapacidad visual, para que los puedan realizar sin ninguna dificultad.

Yoquieroescribir.com ha llegado a un acuerdo de colaboración con la ONCE, para que sus afiliados puedan beneficiarse de un importante descuento en la matrícula del Taller de Escritura que elijan: Escritura creativa, Escritura Creativa Superior, Poesía, Cuentos Infantiles, Autobiografía o Guiones.

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“Para comerte mejor”- nuevo libro de relatos de Isabel Alí

Isabel Alí, antigua alumna del Taller de Escritura Creativa, y Erath Juárez Hernández se han unido  para crear “Para comerte mejor“, un libro de nueve relatos de temática fosca pero donde también hay sitio para el realismo o el realismo mágico.

“Para comerte mejor” es un libro de lectura ágil, recomendado únicamente para adultos por parte de su contenido y ya está a la venta de forma online.

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Valerio Cruciani, nuestro tutor de poesía, lanza su primera novela

“Matádme”, es el título de la primera novela publicada por nuestro tutor de poesía Valerio Cruciani, ediciones Taugus. Estará a la venta a partir del 12 de abril en Casa del Libro, sólo en formato ebook y la preventa ya está disponible en Casa del Libro online.

El misterio que mantendrá en vilo a un país:
«Hombre solo y desesperado no consigue matarse. Busca hombre o mujer, personas fuertes, decididas, para trabajo sencillo aunque cruento. Mátenme y me harán un gran favor. Seguro cubre todos los gastos, sobre todo los legales. Bufete de eficacia impecable. Interesantísima recompensa. Cualquier método de sacrificio es bienvenido. Para detalles, enviar carta mecanografiada y sin huellas dactilares al apdo. de correos nº 110, Madrid».

Aquí tienes el booktrailer de ¡Matadme!

Valerio Cruciani es el tutor del Taller de Poesía de yoquieroescribir.com

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“A VECES SÍ A VECES NO, A VECES TÚ, A VECES YO”- Por Carmen Posadas

“Steven Pinker, de cincuenta y siete años, profesor de Harvard y físicamente muy parecido a cómo sería Jim Morrison si aún estuviera en el mundo de los vivos, es la gran estrella de la psicología evolutiva, que se ha hecho aún más rutilante con la publicación de su libro Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones. En él, y recurriendo a la estadística, Pinker argumenta que vivimos en la época menos cruel y violenta de cuantas ha conocido la humanidad. Nos recuerda que a pesar de nuestra habitual creencia de que todo tiempo pasado fue mejor, esto no es cierto en absoluto y argumenta que una serie de prácticas monstruosas han sido abolidas con carácter irreversible. “Dudo mucho de que vuelvan los sacrificios humanos” –señala Pinker– “o que se legalice de nuevo la esclavitud o la costumbre de torturar sádicamente a nadie”. Si uno le recuerda que en países como Rusia existen alrededor de un millón de personas que pueden considerarse esclavos o menciona los desmanes de Abu Grahib o Guantánamo, el señor Pinker no tuerce el gesto. Después de señalar que las estadísticas cantan y que según ellas nunca ha habido menos guerras y genocidios, se pregunta: “¿Puede decirse que la naturaleza humana tiende de manera innata a la violencia?”. Sobre esta cuestión hay, tradicionalmente, dos posturas. Pacifistas y progresistas rechazan la idea porque, según ellos, sostener que existe “una naturaleza humana”, equivale a decir que la violencia es un instinto del que no podemos librarnos. Pero el argumento es erróneo –explica Pinker– porque aceptar la existencia de la naturaleza humana en toda su complejidad implica saber que, junto a los instintos violentos, existen otros igualmente fuertes y de signo contrario y todo depende de qué lado de nuestra naturaleza acabe siendo más fuerte. Su afirmación puede parecer de Perogrullo pero es una de las cuestiones que más ríos de tinta ha hecho correr. ¿Qué somos, ángeles o demonios? La novedad está en que lo que dice Pinker pertenecía antes al territorio de la filosofía y ahora se enmarca en el de la ciencia, la biología y el neoempirismo. Según él, lo que el ser humano tiene es un aparato cognitivo de signo abierto capaz de concebir nuevas ideas acerca de cómo organizar nuestras vidas. Dicho de otro modo, si la violencia fue útil en otros tiempos para medrar, sobrevivir y aparearse, tal vez ahora sea más útil –y eficaz y también rentable– fomentar nuestro lado angélico. A mí esta me parece una idea esperanzadora. Personalmente, dentro de las dos corrientes filosóficas –entre Rousseau que cree que el hombre es un ser mirífico y que son las instituciones las que lo corrompen y Hobbes que sostiene todo lo contrario– yo siempre he estado más del lado de Hobbes (ya saben, eso de que el hombre es un lobo para el hombre, etcétera). Sin embargo me ha interesado la idea de que ambos puedan tener razón. Lo que por cierto viene a corroborar la tesis de un amigo mío muy cínico que sostiene que el gran filósofo de todos los tiempos es… Julio iglesias. “A ver cuando te caes del guindo, Carmencita” me ha dicho más de una vez. “Tú estás todo el día tratando de entender el mundo y a ese mono vestido de seda que es el ser humano con preguntas trascendentes: ¿Qué pesa más, el bien o el mal? ¿Qué mueve el mundo el amor o el dinero? ¿Es el hombre un lobo para el hombre o todo es para bien en el mejor de los mundos? Pero en realidad, es muy sencillo. En esta vida todo es: a veces sí, a veces no, a veces tú, a veces yo”. No se rían, esto de la teoría Julio Iglesias tiene su punto. Si algo caracteriza a la naturaleza humana es su facilidad para adaptarse al terreno, he ahí su grandeza, también su miseria. Pinker, que es menos frívolo que yo, en vez de al papá de Chabeli invoca a Kant para explicar que este filósofo (que sí creía en la naturaleza humana con todos sus defectos) sostiene que en cada época elegimos sencillamente lo que creemos más conveniente. Así, si los intereses de una determinada sociedad están entremezclados con los de sus vecinos y si cree que con ello puede sacar más beneficio, el riesgo de enfrentamiento disminuye. Puro instinto de supervivencia, ni más ni menos”.

Carmen Posadas, directora de los Talleres de Escritura de Yoquieroescribir.com

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“CHICOS DE PELÍCULA” Por Mónica De Solis, alumna del Taller de Escritura Creativa

“Me llamaba nena como en las canciones pop y tenía la manía de andar junto a mí siempre por el lado izquierdo.

Era una manía estúpida, pero yo ya me había acostumbrado al balanceo de su mano derecha, igual que él al traqueteo de mis zapatos de tacón. Yo sabía que le gustaban los stilettos y por eso me los ponía, aunque por aquel entonces no se llevaban nada. Aquella prueba de vestuario fue uno más de los muchos detalles que, embelesada absolutamente por él, hacía sin ningún esfuerzo; aunque he de confesar que en este caso, mis pies acusan todavía hoy los vestigios de aquellos días encaramada sobre semejantes agujas.

Cuando nos citábamos nunca venía a buscarme. No le gustaba. Decía que él quería encontrarme en la calle, como si no hubiéramos pactado antes nada de nada. Todo en él era sorpresa. Existía entre nosotros un acuerdo mudo y misterioso. ¿Para qué decirnos nada? Cuando nos mirábamos el uno al otro, los pensamientos se transportaban como moléculas vivas e inquietas, desde su cabeza hasta la mía, fluyendo con tal energía, que no cabía palabra alguna capaz de expresar mejor lo que esa magia decía por sí misma. Y jugando a ese juego de seducción, yo siempre tardaba más de la cuenta en llegar a la cita, para que me viera venir y tuviera tiempo de observarme de arriba abajo. Tenía una forma de mirar muy meticulosa. Le gustaba mi manera de vestir, aunque a veces me decía:

“Nena, lo tuyo no son los vaqueros”.

A él lo que le gustaba era verme las piernas y además pensaba que el culo de las chicas resultaba mucho más insinuante contorneado bajo una falda ajustada.

“Y si no, mira a Marilyn”, comentaba observando la foto de la mítica rubia platino, que presidía la fachada de uno de tantos locales que frecuentábamos.

Una vez, yo llegué antes que él. Venía de una reunión familiar de la que me costó mucho escabullirme y cuando logré salir de allí corrí tanto, que incluso me adelanté a nuestra hora. Habíamos quedado para encontrarnos entre el bullicio de la Plaza de Santa Ana. Cuando le vi aparecer, con el hotel Victoria de fondo todo iluminado, comprendí por qué él adoraba verme llegar. Parecía un personaje de película, ajeno totalmente a mí, caminando ante mis ojos como un ralentizado, avivando a cada paso mi deseo de acercarme a él. Me gustó tanto esa sensación, que en más de una ocasión me adelanté a la hora para volver a sentirla.

La primera vez que nos fuimos juntos de fin de semana fue también la primera que vino a buscarme, pero yo ya le estaba esperando con mi mochila en la esquina de la calle, para que no supiera donde vivo. Nuevamente le vi llegando a lo lejos, a horcajadas sobre su moto negra y brillante, como un aventurero a lomos de su fiel cabalgadura. Cuando se arrimó a la acera, se me cayó un pendiente al suelo y él lo aplastó con la rueda. Todavía tengo guardado el par nuevo que me regaló. Eran de un color plata reluciente con circonitas de muchos colores. Hoy, aunque desgastados y a falta de alguna piedra, siguen escondidos en uno de mis cajones como un fetiche.

Durante esos dos días deambulando por un pueblo de la sierra y recorriendo las montañas, el misterio que siempre le acompañaba volvió a enamorarme, aún más, de todo cuanto hacía y me decía.

“Ven conmigo, urbanita”, musitaba, mientras me adentraba por parajes recónditos y me descubría cuentos y leyendas sobre brujas y chamanes.

En cierto sentido, aquella pequeña escapada me resultó algo irreal, pues no le había imaginado nunca así, desconectado del ambiente de ciudad. Al regreso todo me pareció como un sueño, un paréntesis, pues al instante ya estábamos de nuevo en nuestro mundo de calles, coches, luces de neón y pandillas.

Salíamos por las noches y circulábamos por los bares. A él no le gustaba bailar y a mí sí. Cuando sonaba alguna de mis favoritas él me miraba de reojo y me susurraba al oído:

“Venga, nena, demuéstrales lo que sabes”, y se quedaba apoyado en la barra escudriñándome con sus ojos enigmáticos.

Decía que cuando bailaba me ponía peligrosa, pero yo creo que era al revés, porque después de una noche de baile sacaba toda su artillería y yo no podía más que dejarme vencer por sus locos deseos.

Alternábamos con mucha gente, pero lo que más nos divertía era jugar al despiste y de pronto desmarcarnos y desaparecer como dos fugados de la justicia. Siempre flotaba en el ambiente esa sensación de guión de cine. Una mirada, una mueca, y al momento nos convertíamos en los protagonistas de nuestra propia película. Sólo para dos.

Algunos de mis amigos pensaban que no era real. Yo vivía en Madrid pero muchas de mis amistades residían en otras ciudades, fruto de mis veraneos de niña cerca de las playas de Levante. Con ellos me carteaba de vez en cuando y, desde hacía un tiempo, supongo que obsesivamente, sólo sabía hablarles de él. En una de aquellas cartas, mi mejor amiga de la infancia me reñía entre bromas por contarle semejantes historias inventadas sobre un tipo inexistente. Ella, que me conocía bien, sabía de mi afición por escribir y creía a pies juntillas que lo que yo le contaba era un juego entre ella y yo, una especie de test sobre mi último relato. Lógico; es de suponer que el contenido de mis cartas sonaba tan idílico y cinematográfico como lo era él en realidad.

Por las noches me tumbaba en la cama de mi dormitorio con los ojos fijos en el techo. Un enorme póster de James Dean me miraba desde arriba con la misma profundidad que poseía él en sus ojos. Hacía mucho que lo tenía, rellenando el hueco blanco de mi puerta, pero desde que él andaba conmigo coronaba mis sueños sobre el techo, cubriéndome cada noche como un edredón caliente antes de cerrar los ojos.

Cuando llevábamos así unos meses, en mi casa empezaron a indagar y tuve que presentárselo a mis padres. Fue una fría tarde de domingo. Lluviosa. Odiosa. Mi madre, inclinada sobre la mesa del comedor acomodando los platos, parecía un maniquí. Mi padre, sentado en el sofá del salón, merodeaba mis movimientos como un sheriff.

El simple hecho de esperarle en mi casa como si fuera un juzgado me revolvía el estómago. Fuera llovía torrencialmente. Y cuando entró en casa, todo empapado, no pudo evitar que se le resbalaran las palabras y mi padre se quedó helado.

Después de aquella turbia visita, todo empezó a cambiar. Poco a poco. No sabría decir por qué, ni cómo, ni exactamente cuándo, él dejó de llamarme nena y empezó a utilizar mi nombre de pila. Y tampoco sé por qué, ni cómo, ni cuándo, yo dejé de adelantarme a la hora y el héroe de película desapareció.

Ya no estamos juntos. El día que me dijo adiós clavó su mirada en mis ojos llorosos con rabia, dulzura, impotencia. Creo que él también sentía aquella profunda tristeza, aunque nunca estaré segura de ello, jamás le vi llorar. Arrancó su moto negra y brillante y se perdió tras la esquina donde aquella vez le estuve esperando, antes de que él supiera todo de mí. Ese mismo día, tuve una discusión terriblemente violenta con mi padre. Me llamó nena y debí contestarle muy mal.

El tiempo ha pasado deprisa. Mi conciencia está ya desintoxicada, pero el subconsciente fue cosa muy distinta. Tardé mucho en controlarlo. Durante largas y eternas noches, mi póster  del techo me recordaba su figura esbelta y rebelde y, aunque sentía la necesidad de arrancarlo de allí para siempre, me sabía envenenada aún por esa seducción enfermiza. Cuando cerraba los ojos, él venía a buscarme en mis sueños, con su porte aventurero y su sonrisa de cine, recorriendo mi silueta con esa mirada profunda que decía “cámara y ¡acción!”.

Hace tiempo que tengo novio. Uno formal. Nos conocimos en la universidad y al momento, eso me dijo, se enamoró de mí como un loco. Yo me dejo mimar. Es muy detallista y siempre viene a buscarme a la puerta de casa, a la hora en punto y mi familia le invita a comer.

Los fines de semana vamos al cine y somos espectadores de historias ajenas. Luego salimos y todo vuelve a la normalidad, mientras paseamos por ese viejo Madrid que ahora miro tan distinto, porque estoy fuera del guión.

Sólo cuando me encuentro acomodada en la gran sala, a oscuras frente a la pantalla, no puedo evitarlo y me evado en mis recuerdos. Durante la proyección me gusta engañarme, adentrarme en cada escena y soñar hasta llegar al The End.

Entonces me doy cuenta de que los chicos de película no existen. Porque sólo viven durante un rato y luego se mueren, cuando aparecen los títulos de crédito y descubres que eran sólo personajes que alguien se había inventado.”

Mónica de Solis, alumna del Taller de escritura creativa.

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“NIÑOS DE ANTES, NIÑOS DE AHORA”- Por Carmen Posadas

“En mi infancia era bastante habitual leer historias sobre niños protagonistas de alguna gesta heroica. Edmondo de Amicis, por ejemplo, hizo llorar a varias generaciones con sus cuentos. Su libro Corazón recoge historias en las que, bajo títulos como “El pequeño patriota padano” o “El tamborcillo sardo”, se narran las gestas de niños muertos por alguna causa patriótica o víctimas de las injusticias de la época. De ellas, la única que ha sobrevivido el paso del tiempo es “De los Apeninos a los Andes” que todos conocemos en su versión televisiva y convenientemente tuneada, como la historia de Marco y su mono Amedio. De este asunto del tuneo de cuentos infantiles ya hemos hablado en alguna ocasión. Lo moderno (o modelno) es creer que a los niños hay que evitarles historias de injusticias o de “cosas feas” hasta tal punto que incluso los malvados de los cuentos se han vuelto buenos (por no decir lelos) para que todo sea para bien en el mejor de los mundos. Tal vez por eso y porque hasta que la crisis asomó su larga sombra, llevábamos unos años viviendo en Disneylandia (incluidos los adultos que cada vez estamos más infantiles) hacía tiempo que no se hablaba de niños heroicos. Demasiado ocupados estábamos todos –el fenómeno no es español sino general– en perseguir quimeras ricachonas. Y por supuesto los niños no eran una excepción. Lo único que les preocupaba era tener la última vídeoconsola o cuándo iban a darles permiso sus padres para hacerse un piercing. Y, si se les preguntaba qué querían ser de mayores, en vez de contestar que bombero o astronauta, decían que “famoso”, como si fuera eso una profesión y no la consecuencia de algún mérito. Sin embargo, las vacas flacas tienen al menos una ventaja, lo bajan a uno de la nube y de un guantazo, además. Tal vez por eso recientemente han surgido historias ejemplarizantes de niños –en este caso de niñas–que conmueven a todos. Una es la historia de Malala, esa muchacha pakistaní, bloguera de la BBC y defensora de los derechos de las niñas en su país, que fue tiroteada por unos talibanes. La otra, es la de Amanda Todd que, como las heroínas de siglos pasados, perdió la vida, pero tal vez su muerte sirva para evitar muchas otras. Hablo de esa adolescente canadiense que contó en internet su historia antes de suicidarse. El relato de cómo con doce años se convirtió en víctima de ciberbulling cuando alguien decidió colgar en internet fotos de ella desnuda. Si las historias de De Amicis hablaban de gestas patrióticas y de injusticias sociales, las del siglo XXI hablan de intransigencia religiosa y de acoso. Cada época tiene sus víctimas y también sus mártires y, cuando se trata de niños, los casos deberían al menos servir para lo que siempre han servido las historias heroicas. De ejemplo, de reflexión, de espejo. El otro día vi en la tele que alguien ha tenido la iniciativa de introducir en sus clases de primariala Filosofía como asignatura. Sentados en corro, alumnos de nueve o diez años son invitados a hablar de las grandes cuestiones. No solo qué somos, de dónde venimos y adónde vamos, sino de la muerte, el racismo o la injusticia. Me parece una iniciativa inteligente y digna de ser imitada. Primero porque enseña a pensar y segundo, porque va en contra de esa tontuna moderna de evitarle a los niños el lado feo de la vida. A mí este asunto de hacer creer a los jóvenes que todo el mundo es bueno, me parece igual de imbécil como cuando antes se les decía que los niños vienen de París. Si entonces se les quería escamotear la parte “fea” de la biología, ahora se trata de esconder la parte oscura del comportamiento humano. Resultado: los niños de ahora saben que no vienen de París pero creen que esto es Jauja o Eurodisney. ¿No sería mejor dejar de mentirles de una vez? ¿Decirles que en el mundo hay niños como Malala y Amanda que viven y mueren como adultos? No para que lloren como nosotros con los cuentos ejemplarizantes de De Amicis, sino para que sepan qué se van a encontrar cuando crezcan, Al fin y al cabo eso es educar, enseñar a vivir, digo yo”.

Carmen Posadas, directora de los Talleres de Escritura de Yoquieroescribir.com

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“Una hija a su imagen y semejanza” Por Isidoro Calvo, alumno del Taller de Escritura Creativa

“Él no tenía experiencia alguna en bebés. Recordaba que, de pequeño, se había acercado alguna vez, entre celos y sorpresa, a la cunita de su hermano, en aquella maravillosa mansión donde aún vivían sus padres. Pero de eso hacía ya más de treinta y cinco largos años; desde entonces había evitado a los niños como quien evita a un leproso, a un mendigo. Así que ésa que tenía entre sus brazos no sólo era su primogénita, sino que, además, representaba su primer contacto con el mundo infantil. Quedó aturdido al escrutar el rostro asimétrico y lánguido de aquel bebé recién nacido, en una amplia habitación de la clínica más lujosa de la ciudad; sin embargo, no se alarmó,  y achacó la fealdad de su hija al morfotipo propio de todos los recién nacidos, el cual él había ignorado hasta aquella fecha.

Su hija no podía ser fea. ¿Cómo lo iba a ser, si era el fruto del vientre de su esposa, otrora maniquí de moda que recorriera las pasarelas más cotizadas de Europa y Sudamérica? ¿Y qué decir de él, un dandi alto y robusto, de cuerpo y rostro esculpidos por el cincel de Miguel Ángel? No, aquella niña llegaría a ser tan guapa y tan bella como lo eran sus progenitores.

Pero el tiempo pasaba y la cara de aquella niña no paraba de retorcerse; su boca era amorfa, de labios secos, más blancos que los de una vieja anémica. No tenía ojos humanos, sino los de un pez, vidriosos e inexpresivos. En los laterales de su cuello se formaban dos horribles pliegues de pellejo, que parecían continuación de sus orejas, grandes y carnosas. Lloraba con tono gangoso y estúpido. Y cuando comenzó a balbucear las primeras palabras, su tono insípido helaba el espinazo del padre, que ya no podía soportar escuchar de su boca otro más de esos mustios “¡Papa!”.

Pero ésas tan sólo eran las primeras señales de alarma del grave problema que se avecinaba, porque… ¿cómo llevaría a su hija a la guardería en su descapotable, a vista de todos los padres y madres del vecindario? Y en las tardes de domingo en la casa de campo, cuando gustaba de jugar al golf con sus empleados más serviles y aduladores, aquellos que siempre le dejaban ganar en el último hoyo ¿qué pensarían éstos cuando le vieran llegar, junto a su mujer y esa criatura mefistofélica que ocupaba indolente el interior de un cochecito último modelo? Sin duda alguna, sería el hazmerreír de todos ellos.

El malestar que le generaba la figura irregular, picassiana, de su retoño, modificó muchos de sus hábitos sociales: ya nunca más acudió a una cena de socios donde se invitara a mujer e hijos; cambió su deportivo cabriolé por un enorme Mercedes de cristales tintados. Lo que más le dolió fue  ese alto muro que  ordenó construir alrededor de la casa; desde entonces, nadie que pasara por su calle admiraría la suntuosidad de los mármoles de la entrada, ni el jardín inglés, ni la gran piscina, ésa que tanto gustaba a su hijita y donde él hacía tiempo que no se bañaba.

Su mujer quería, amaba a esa cría; parecía que poco le importaba la mirada de besugo que le ofrecía cuando le daba el beso de buenas noches, tras haber narrado con cariño algún cuento de hadas y princesas. Ella no tenía vergüenza alguna de tomar un café con las vecinas, algunas de ellas casadas con amigos suyos, mientras sus pequeños jugaban en los columpios, indiferentes a la fealdad de la criatura con la que compartían sus juguetes… ¡ay, tierna inocencia infantil!

¿Cómo era posible que su mujer le profesara tanto amor y dulzura? Sin duda alguna, tenía que existir algún secreto oscuro en esa relación materno-filial que él era incapaz de descifrar… ¿Y si su mujer le había sido infiel? ¿Y si esa niña era el fruto de una relación adúltera? No tardó en solicitar a un afamado despacho de detectives que investigara tanto a mujer como a hija.  Los detectives, solícitos y eficaces, realizaron pruebas genéticas que confirmaron, a su pesar, que él sí era el padre biológico de la niña. Pero todo el dinero desembolsado en seguimientos, análisis clínicos, allanamientos de morada y cámaras ocultas no fue en balde. Los investigadores descubrieron, dentro de un viejo archivador en casa de los suegros, unas fotos de cuando su mujer era niña, que dejaron boquiabierto al dolido padre: su amada y querida esposa, esa bella y elegante dama que era la envidia de todos sus compañeros de trabajo, ésa que despertaba los deseos más inconfesables de los amigos… ésa, había sido horrible de pequeña. En aquellas imágenes en blanco y negro, exhibía sin pudor una gran nariz aguileña, que desequilibraba un rostro graso, lleno de pústulas acnéicas. En las que aparecía sonriente, no tenía ningún reparo en mostrar una dentadura monstruosa, deforme, como si en su boca se hubiera instaurado la anarquía, y cada diente fuera por libre en unas encías anchas y enrojecidas. Las orejas, grandes y carnosas, las mismas que blandía su hija, no tenían nada que ver con aquellas que ahora engalanaba con rutilantes pendientes de oro. ¡Qué horror! Su mujer nunca sería capaz de ofrecerle un heredero bello y atractivo, a su imagen y semejanza.

Y así, esa misma tarde, cuando su mujer volvía de recoger a la niña de su primera clase de ballet, lanzó airado sobre ella copias de las fotos. Ella bajó la mirada con aire triste.  Sí, era ella la muchacha enclenque que aparecía en aquellas imágenes. Lo reconocía sin ningún pudor. Sí, era cierto que había nacido fea, tanto o más que su hija. Cuando cumplió quince años sus padres le pagaron una carísima intervención de cirugía plástica, que resultó en el rostro bello y delicado del que ahora se sentía orgullosa. ¿Que por qué lo había ocultado? ¿Qué habría sido de su fulgurante carrera de modelo si se hubieran publicado esas fotografías en alguna revista del corazón? Seguramente habría acabado de bailarina en un lúgubre teatro de alguna ciudad olvidada, lejos de los focos de las pasarelas más reputadas.

Pocas semanas después, él pidió el divorcio. Sus abogados, tiburones adiestrados en los peores pleitos, arrebataron a su mujer todo lo que ella poseía, salvo la niña, que él aceptó nunca más volver a ver.

Pronto rehizo su vida con una joven actriz de televisión. Tras  concienzudas investigaciones, sus detectives de confianza confirmaron que ésta no había pasado aún por el quirófano de ningún cirujano plástico. Luego ella era naturalmente bella, así como lo era él. Se casaron y, al poco tiempo ella quedó embarazada de una niña. Él estaba emocionado; estaba seguro de que el curso de su existencia iba a dar un vuelco. Su nueva compañera le proporcionaría una hija de la que podría enorgullecerse ante sus vecinos, sus amigos, sus socios. Durante los nueve meses en los que transcurrió el plácido embarazo, adquirió un descapotable, derribó la muralla que separaba su magnífica casa de los ojos celosos de los transeúntes; recuperó el drive y el putt que tanto admiraban sus empleados. Incluso volvió a sumergirse en las aguas de su enorme piscina… ¿cómo había podido vivir durante tantos años sin esos pequeños placeres que da la vida?

Su segunda hija nació una hermosa mañana de agosto. Él se había citado precisamente aquel día con un importante cliente para una partida de golf, así que no pudo acudir al parto. Al caer la tarde se presentó en la clínica donde estaban ingresadas madre e hija. Entró en la amplia habitación, la más grande, la más lujosa. Se acercó a la cama y dio un sonoro beso en la frente de su joven esposa. Ésta, cansada por los rigores del parto, le ofreció la más bella de las sonrisas. ¡Mira quién te espera dormidita en la cuna! Él, henchido de orgullo, se acercó al moisés y tomó entre sus brazos a la pequeña criatura. ¡Tanto gorrito, tanto lazo, tanto polvo de talco! Retiró de la cabeza de la recién nacida un bonete de angora que había tejido su suegra y…

¡Dios santo!

Esas fueron las únicas palabras que pudo articular. Y es que, frente a él, tenía a un ser grotesco, horrible: su boca era amorfa, de labios secos, más blancos que los de una vieja anémica. No tenía ojos humanos, sino los de un pez, vidriosos e inexpresivos. En los laterales de su cuello se formaban dos horribles pliegues de pellejo, que parecían continuación de unas orejas, pequeñas y arrebujadas cual escarolas…”

Isidoro Calvo, alumno del Taller de Escritura Creativa

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“HUMOR CONTRA LA BARBARIE”- Por Carmen Posadas

“Estuve no hace mucho en Bilbao con motivo del festival literario que todos los años organiza el Ayuntamiento con el título “La risa de Bilbao”. Es uno de mis encuentros literarios favoritos porque aúna humor e inteligencia, un cóctel, para mí al menos, imbatible. Por suerte las cosas están cambiando pero, hasta hace poco el humor en literatura estaba considerado algo de segunda categoría y un escritor debía huir como la peste de todo lo que produzca una sonrisa y no digamos una carcajada. Esto siempre me ha llenado de asombro porque, si bien es cierto que la mayoría de los grandes escritores españoles de todos los tiempos cumplen más o menos con esta regla no escrita, la obra cumbre de la literatura hispánica, el Quijote, destila humor desde la primera página. Aún así, si un escritor quiere que lo tomen en serio, no tiene más remedio que ser serio, cuando no “difícil” tal vez para hacer cierta aquella frase de Eugenio D’Ors que decía: “Puesto que no podemos ser profundos, seamos oscuros.”

 Por eso me encanta que alguien como Juan Bas, el organizador de “La risa de Bilbao”, se haya acordado de este sano ejercicio de batir la mandíbula y le dedique unas jornadas. El título de este año era “El humor contra la barbarie”, uno muy apropiado que pretendía arrancarnos una sonrisa en tiempos atribulados. Me tocó dialogar con Ismael Kadaré, escritor albanés y eterno candidato al Nobel, que en su obra ha sabido utilizar sabiamente el humor para retratar los dislates de un país como Albania que, para que se hagan una idea, rompió relaciones diplomáticas con la Unión Soviéticaporque, en un momento dado, consideraba que no era lo suficientemente comunista y estalinista. Todo esto me recordó nuestras épocas familiares en Moscú, en plena guerra fría, cuando teníamos la casa llena de micrófonos. Todavía me pregunto qué querrían espiar aquellos abnegados miembros de la KGBen la embajada de un país tan poco estratégico como Uruguay, pero las anécdotas que vivimos eran entre patéticas y tronchantes. Una de las obsesiones de las autoridades soviéticas de entonces era conseguir que las mujeres de los embajadores se divorciaran de sus maridos para luego introducir en sus vidas una espía que, muchas veces, acababa casándose con el diplomático en cuestión. En el caso de mi madre, el sistema elegido para lograr que pusiera pies en polvorosa fue valerse de las fuerzas del Más allá. Para empezar, una de las intérpretes nos contó que sobre la residencia pendía una terrible maldición. El malvado capitalista que había construido la casa antes de la revolución, asesinó a su mujer y luego la quemó en la chimenea de la biblioteca. “Desde entonces, el espíritu de la desdichada vaga por la casa” –nos contó Ludmila Petrovna, abriendo ojos como platos. “Hay que tener cuidado porque de vez en cuando se manifiesta”. A partir de ese momento, cuando mi padre estaba de viaje, se oían lamentos y voces por toda la casa. “¡No, no lo hagas!” o “Por favor, la chimenea no”, suplicaba una voz de ultratumba que nos puso los pelos de punta más de una noche. Ya estaba mi madre a punto de coger el tole y desaparecer de Moscú conmigo y con mis hermanos, cuando sucedió otro fenómeno paranormal. Una noche, en medio del silencio, empezó a oírse la retransmisión de un partido de baloncesto. Como no parecía muy habitual que a los fantasmas les diera por los deportes de élite, mi madre organizó una batida en busca del origen de las voces de ultratumba, hasta que dio con un micrófono oculto detrás de uno de los cuadros de su habitación. Solución al enigma: los mismos micrófonos que servían para espiarnos, de vez en cuando se “invertían” y nosotros los oíamos a ellos. Los funcionarios se habían dado cuenta de este pequeño fallo técnico pero decidieron utilizarlo para hacer hablar a los fantasmas. Lástima que aquella noche no repararon en que estaba abierta la línea y nos pusieron a escuchar un muy poco fantasmal juego de pelota. Risa contra la barbarie”.

Carmen Posadas, directora de los Talleres de Escritura de Yoquieroescribir.com

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