48 HORAS. María Enma González

Tarifa, 4 de octubre, esperando su llegada.

Consulto de nuevo SURF-forecast.com; se ha convertido ya en una obsesión. Nazaré. Previsión para un par de días: olas de más de mil kilojulios y viento de tierra. Sé que es el momento, acaba de comenzar el Red Bull Mito en Praia do Norte; la fecha es idónea. Hace un año que Garret McNamara batió allí el record mundial; habré visto ese video decenas de veces, cientos quizás, y no me canso de mirar a ese cincuentón cabalgando sobre una impresionante ola de más de noventa pies. ¡Son más de treinta metros!, ¡qué espectáculo! “Surf de inspiración”, eso dicen de Garret; me fascina ese surfista. Fue increíble lo que consiguió aquella mañana de otoño y, además, en ese mágico lugar, en esa falla que, con sus casi ciento setenta kilómetros de longitud y cinco de profundidad, es capaz de canalizar el oleaje del Atlántico engendrando las gigantes que son el sueño de todo surfista. Entrar a barrel, deslizarse por el interior del tubo que forma la ola al romper y aguantar el equilibrio hasta el final. ¿Quién de nosotros no ha fantaseado en más de una ocasión con poder hacerlo sobre una de esas de proporciones descomunales?

–Richard, la ola llega a Naz, ¿lo sabes ya? –le digo nervioso.

–En este mismo momento iba a llamarte, cabrito, te me has adelantado.

–¿Estás decidido? –le pregunto.

–Ya está más que hablado, Rafa. ¿O te vas a rajar ahora? –pronuncia con ironía.

–Deberíamos estar allí antes de mediodía, prefiero las de primera hora de la mañana, ya me conoces…

–¡Cagón!–. Trata de ofenderme, pero no lo consigue; me conozco bien, soy bastante más prudente que él–. ¿De cuánto tiempo disponemos? –me pregunta después–. Tengo que organizarme…

–De cuarenta y ocho horas –le confirmo.

–Tendré que pedir permiso a mi jefe para poder ausentarme. Espero pillarle de buen humor –ironiza.

–Y contárselo a Caro –le sugiero–. Te compadezco, yo ya estoy quitado de dar explicaciones a nadie –le confieso.

–¡Uf!–resopla –, ya ni me acordada.

–¿Las cosas no van bien entre vosotros?

–Van, que no es poco. –Richard no quiere hablar de este asunto, ya su mente está en las playas de Nazaré–. Bueno, chaval, nos vemos a las doce con todo listo. Vamos en mi coche. En siete horitas estaremos allí: seis a Lisboa y, en una más, ¡todo Naz para nosotros! –vocifera.

–Pero conduzco yo. No me fio un pelo de ti, lunático –así me despido.

La pasión que le tengo al surf es gracias a él; lo lleva en la sangre y él fue capaz de envenenarme. Conocí a Richard el verano de 2009 cuando María y yo hicimos nuestra primera escapadita juntos. Acabábamos de terminar la carrera y decidimos premiarnos pasando una semana en Conil; todos comentaban que el ambiente nocturno de la zona era fantástico y sus playas espectaculares, siempre que no soplara viento de levante, claro. Así lo hicimos. Alquilamos un apartamento minúsculo: una habitación y un baño, cuarenta y siete euros la noche, muy próximo a la cala de Fuente del Gallo. Eso es lo que María quería: tener cerca la playa para poder tostarse al sol. A mí ese plan no me seducía en absoluto, pero se trataba de darle gusto a mi compañera; habíamos compartido buenos momentos durante los años de estudio y, ahora, parecía que nos echábamos de menos.

Una de aquellas mañanas, sugerí a María visitar la Punta de Tarifa. Al final fui solo, ella prefirió pasarla con su libro y su tumbona. Caminé sobre la arena, disfrutando de ese olor a mar que, a pesar de serme tan ajeno, siempre me resultó cautivador. A escasos dos kilómetros, un muchacho de mi edad intentaba que un grupo de niños se mantuviera en pie sobre sus tablas de surf. Les alentaba y ellos se divertían, reían a carcajadas. Esas risas nerviosas consiguieron contagiarme. Me senté a observar la escena; parecía que entre aquellos pequeños vestidos de negro brillante y su monitor existiera algo más que una simple relación profesor-alumno: había complicidad.

–El surf es más que un deporte, renacuajos –les decía–, es un modo de vida, es sentir la espuma en la cara y la emoción de la velocidad con la que nos deslizamos.

Nunca olvidaré las palabras que en boca de Richard escuché aquella mañana. Un modo de vida, eso es ahora para mí también, y es posible que si no hubiera sido por aquel paseo solitario, por aquel encontronazo con Richard, mi vida hubiera tomado un rumbo muy diferente.

Esa mañana, pasé casi dos horas observando la maestría con la que el que hoy es mi mejor amigo, mi socio y mi confidente, intentaba que una pandilla de enanos consiguiera deslizarse sobre las olas con sus Becker Kids de punta redondeada. Él sabía que yo les miraba. Al terminar la clase se acercó y alargando su mano me dijo:

–Qué, ¿te animas? También trabajo con grupos de adultos, aunque es mucho más aburrido que con estos–. Señaló con el dedo a los niños que ya se despojaban de sus neoprenos–. Soy Richard –añadió.

–Hola, yo Rafa. Parece que se divierten –comenté dirigiendo mi mirada hacia el puñado de muchachillos.

–La clave está en que el que se divierta sea yo –pronunció entre risas–. Rafa, ¿no es así? –Yo asentí–. Si quieres pásate esta tarde a las seis por aquí, solo para probar, sin compromiso. Aunque tengo el presentimiento de que esto va a ser lo tuyo.

–Nunca lo he practicado, pero puede que aparezca –respondí ante su propuesta.

Volvió a darme la mano y se despidió con un “a las seis nos vemos” cargado de convencimiento. “Me ha caído bien este tío”, me dije.

Y sí, volví a las seis de aquella tarde, y a las seis del día siguiente, y a las seis de todos los días que me fueron posibles en aquel verano. Y también comencé a ir por las mañanas, y aprendí de Richard todo lo que estuvo dispuesto a enseñarme, que era todo lo que él sabía. Y la historia con María tuvo su fin; ella decidió preparar unas oposiciones para ser profesora de Geografía, no quería “malgastar”, así llegó a decírmelo, los cuatro años que habíamos pasado encerrados en aquel piso compartido de la calle Torrijos a escasos metros de la Mezquita. Mi camino no era ese; Richard me descubrió una nueva ruta, una que soy incapaz de abandonar a pesar de todo lo ocurrido: no solo perdí a María, la presión por parte de mi familia fue enorme en un principio. Ellos no lograban entender que, después de cuatro años de sacrificio para obtener un título universitario, ahora me dedicara a enseñar surfear a pequeños renacuajos. Pero yo no me doblegué; hoy por hoy, creo que los que se rindieron fueron ellos, no les quedó otro remedio.

En Richard todo es pasión; en Richard el surf es pasión. Él sí lo ha mamado; nació y se crio en San Francisco y, al contrario de lo que le ocurriera a su abuelo, el surfer más valiente que jamás haya existido según dicen los anales, Richard no se hizo surfista por casualidad: a él el frenesí por el oleaje le vino en sangre, lo traía grabado a hierro fundido. Resulta una delicia escucharle cuando relata las aventuras de Santiago, el padre de su madre. “Surf en invierno, buceo en verano”, en eso resume Richard la corta vida de su abuelo. “Los días de temporal” –me contaba–, “él se sentaba esperando las olas más grandes, las que nadie quería ver, de las que la gente escapaba. Cuando se lo tragaban, dejaba a toda la línea de playa preocupada, pero resurgía entre la espuma riéndose. Todo para él era diversión, igual que para mí, Rafita. Los revolcones forman parte de la experiencia, te lo he dicho miles de veces”.

Y yo imagino a Santiago, uno de los buceadores libres con mayor reputación de Hawai y uno de los buscadores de perlas más osados, como un superhombre; ¡tuvo que ser un semidiós! Dice mi colega que, sin tanques de buceo, su abuelo era capaz de descender más de trescientos pies por debajo de la superficie; bestialidades que llegaron a paralizarle parcialmente una de sus piernas cuando pretendía apoderarse de un coral negro, bestialidades que, además, le robaron la vida con poco más de sesenta y cinco años. Parece que estoy escuchando a mi amigo la primera vez que me confesó esta fatalidad: “El viejo juzgó mal la inmersión y se desmayó. Mi madre pensó que había sido un suicidio, aunque yo nunca he querido creerlo. Ella siempre decía que su padre nunca consentiría envejecer con gracia y que le había escuchado decir que deseaba marcharse de este mundo en plenitud de facultades. Él era así de tajante: o todo o nada; en eso sí le doy la razón a mi madre”. Creo que esta ha sido la única vez que Richard se ha manifestado conmovido por algo ante mí; él suele cubrirse con una coraza, hacernos creer al resto de los humanos que todo marcha bien, convencernos de que, para él, el viento siempre rola en la dirección acertada; por eso es tan intrépido. Pero yo sé que debajo de ese blindaje hay un Richard sensible y que, a veces, siente miedo. Ese mismo miedo que ahora, a escasas cuarenta y ocho horas de que nuestros pies pisen la Praia do Norte, ha empezado a corroerme por dentro. Será la primera vez que nos enfrentemos a olas de un tamaño descomunal y yo ya estoy empezando a liberar adrenalina. Richard está tan tranquilo, al menos eso aparenta; no sé si le envidio. “Olas gigantes”, me repito. “Aunque da igual el tamaño”, intento convencerme. La que suponga un reto, la que me lleve a un lugar desconocido, la que me traslade más allá de mis propios límites, esa será mi personal ola gigante. A esta que aguardo con tanta pasión no la calibraré en metros, ni en pies, la mediré por el miedo que me provoque. Cuentan que lo que más impresiona es la velocidad en la bajada; también dicen que desplazarte a ochenta kilómetros por hora escuchando cómo su estruendo revienta en tu espalda es brutal y que el revolcón que te deja bajo el agua durante más de un minuto, en medio de violentas turbulencias, es despiadado. Aun así, en pocas horas la estaré esperando…

Afirma una leyenda urbana que existe un grupo de chiflados del surf que viajan por los mares del mundo en busca de una ola tan alta, tan potente e interminable, que les hará cabalgar sobre ella durante horas. Hoy, 6 de octubre, Richard y yo formamos parte de ese clan de locos cabalgadores y Praia do Norte ha sido testigo de nuestra hazaña. Tumbados sobre la arena, ya los dos fantaseamos con la próxima ola épica, esa que seguro nos sorprenderá en el instante menos esperado y que convertirá sus cuarenta y ocho horas previas en los momentos más emocionantes de esta aventura.

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