AGUA BAJO EL PARAGUAS. Luis Carlos Hernandez

 

La vida de Cayetana carecía de emociones. Nada en su vida hacía presagiar un giro inesperado.

El despertador sonaba siempre a la misma hora. No dejaba pasar ni un minuto antes de saltar literalmente de la cama, dejando la huella de una ligera sudoración bajo la sábana.

En su rutina, de la cama iba directa a la ducha. Tras la mampara, el vapor intenso que provoca el agua caliente la hacía invisible para quien la contemplara en aquellos momentos, aunque solo una gata solía mirarla curiosa, probablemente a la espera de una caricia.

Cubierta por el albornoz, se miraba en el espejo y peinaba el cabello hasta alisarlo. Después lo fijaba con laca, y trazaba una línea por el contorno superior de los ojos para agrandar unos párpados de pestañas largas, y tan oscuras, que ni siquiera necesitaban rímel.

Vestida con unos pantalones vaqueros y una camisa blanca de cuello amplio y a juego —cualquier prenda pega con unos jeans—, zapatillas deportivas a la moda y una cazadora de cuero para protegerse ligeramente del frío, solía además cubrirse el cuello con un pañuelo, más por coquetería que por otra cosa.

Aquel día añadió al atuendo un paraguas. Llovía. Era un día típico de primavera, no hacía frío. Cayetana no era persona a la que molestaran las bajas temperaturas, de hecho, dormía desnuda tan solo cubierta por una sábana. No le gustaba hacerlo al lado de persona alguna, pues el calor humano le resultaba incómodo, tan solo la gata se permitía ese privilegio. Después de unas horas de sexo, pedía a su acompañante que abandonara el lecho cuando compartía ese espacio  con un extraño. Así evitaba que nadie perturbara sus rutinas.

Pero aquel día quizás le deparara una sorpresa inesperada.

Salió a la calle y abrió el paraguas.

Tras caminar unos pasos, advirtió que una gota caía sobre su nariz y se deslizaba por ella hasta la barbilla y de ahí a la acera.

Apenas había caminado unos metros, cuando una segunda realizó el mismo recorrido. Esta vez Cayetana se detuvo y elevó el paraguas sobre su cabeza para ver de dónde provenían aquellas gotas. Al no encontrar una explicación, continuó su camino.

Tan solo diez minutos la separaban del lugar de trabajo con el paso decidido.

Cayetana no conducía, tampoco le gustaba utilizar transportes públicos, ni los espacios muy concurridos. El olor a humanidad y el contacto físico le producían cierto rechazo. Evitaba aquellos lugares donde no corría el aire. Por eso había buscado concienzudamente un estudio cerca de su trabajo, en un establecimiento dedicado a la venta de libros, discos, vídeos y otros productos similares.

Nuevas gotas volvían a deslizarse por su rostro cuando llegaba a su destino. Una vez cerrado el paraguas, que al aparecer tenía una tara, se dirigió hasta su departamento. Allí volvió a abrirlo y lo examinó largo rato en busca del orificio que presumiblemente dejaba pasar el agua.

Agua bajo el paraguas, pensó. ¡Vaya contradicción!

Tras abandonar la búsqueda de las causas de aquella fuga sin dar con el origen, se centró en su trabajo. Cayetana era persona de rutinas, de modo que se dispuso a revisar los pedidos, impartir instrucciones a las personas que le reportaban, hablar con proveedores, y dar una vuelta por el establecimiento para atender las necesidades de las personas que trabajaban en él.

Llegada la hora del almuerzo, regresó a su despacho. Siempre lo hacía antes de volver a casa para comer. Guardaba y clasificaba los informes realizados en la mañana y después partía.

Aunque tan solo debía caminar unos minutos, la lluvia no cesaba y pensó por un momento comprar un sandwich en la cafetería de enfrente. Tomó el paraguas que aún goteaba agua de lluvia y se dispuso a salir.

En ese momento sonó el teléfono.

—¿Sí? Cayetana Flores al aparato.

Del otro lado tan solo llegaba una respiración algo agitada, como si la persona que llamaba estuviera nerviosa, o le faltara el aire.

—¿Me oye? ¿Quién es? ¿Tiene algún problema?

Otra vez el silencio. Iba a repetir las mismas preguntas cuando oyó una voz que más parecía un susurro:

—La oigo. Soy…soy… el paragüero. Sí. Sí tengo un problema.

—¿Cómo dice? ¿El paragüero? ¿Qué paragüero? ¿Qué problema?

No hubo respuesta. Quien quiera que fuese había colgado.

Un loco, pensó, y se dirigió a la puerta, paraguas en mano.

De regreso a casa volvió a notar una gota persistente bajo el paraguas.

En el trayecto, un hombre con aspecto de indigente caminaba en su misma dirección, apenas unos pasos por delante. Los transeúntes que se cruzaban en su camino, todos ellos bajo sus paraguas, se topaban con él, que bajo un cielo encapotado parecía un muñeco desmadejado. Al sobrepasarlo giró la cabeza hacía él y acertó a verle los ojos, que eran de un azul intenso, aunque algo velados por el agua que escurría por su frente, o quizás fueran lágrimas.

Entonces se detuvo en seco.

—Va usted a  empaparse.

Él la miró y esbozó una sonrisa, pero no contestó.

—¡Ande, métase bajo el paraguas!

El hombre se acercó y se cobijó junto a ella.

Cayetana se preguntaba qué la había impulsado a hacer aquello. Ella, que rehuía el contacto humano más allá de lo justo y necesario habría sido incapaz probablemente de dirigirse a aquel hombre en un día soleado.

Caminaron en silencio hasta llegar al portal del edificio donde se encontraba su apartamento. Entonces se paró y volvió a dirigirse al hombre:

—Vivo aquí. ¿Y usted?

—Lejos—contestó él

—Llévese el paraguas. Está roto, pero le hará algún apaño.

—No está roto, tan solo sangra.

Cayetana miró hacia arriba y vio como aún goteaba. Luego se quedó observando a aquel individuo con aire de extrañeza.

El hombre no hacía ademán de marcharse ni de agarrar el paraguas.

Sin entender por qué lo invitó a acompañarla.

—Un consomé le hará bien. Suba conmigo.

Mientras subían en el ascensor pensó que aquellos ojos azul intenso velados por las lágrimas escondían un alma pura y atormentada. Sin miedo y con absoluta confianza se hallaba compartiendo el mismo espacio con un extraño, respiraba el mismo aire, y le permitía acceder a su mundo.

Tan pronto cruzaron la puerta que separaba el frío descansillo de la calidez del hogar, le invitó a ponerse cómodo. Acto seguido apoyó el paraguas sobre el suelo de la entrada para que escurriera.

El mendigo se quitó la gabardina y pidió permiso para sentarse en una silla.

—Perdone mi apariencia, añadió. Lamento las molestias que le estoy causando. Mi aspecto y el olor que desprendo son impropios de una persona como Dios manda.

Sin entender muy bien por qué lo hacía le invitó a ducharse.

—Le traeré algo de ropa. Enseguida vuelvo.

La joven se dirigió al armario donde guardaba alguna prenda de su hermano, que de cuando en cuando la visitaba.

Aún se oía el ruido de la ducha abierta. Tocó con los nudillos y, sin esperar contestación, entreabrió la puerta del aseo y depositó la ropa sobre una banqueta, después cerró con suavidad y se dirigió a la cocina para preparar algo caliente.

La cocina apenas disponía del espacio necesario para que Cayetana pudiera desayunar allí mismo sobre la encimera, por lo que optó por usar el salón-comedor, donde colocó sobre la mesa un par de mantelitos.

Trajo un cuenco con ensalada y un poco de caldo caliente.

Mientras hacía un par de tortillas a la francesa para acompañar la ensalada, oyó que el hombre se sentaba.

Al acercarse a la mesa con un plato en cada mano, el hombre se levantó con la intención de ayudarla. Por un instante sus manos se tocaron en el momento en que él tomaba uno de los platos. Sus miradas se cruzaron y lo que apenas fueron unos segundos se convirtieron en una eternidad, como si el tiempo se detuviera.

Aquellos ojos azules se clavaron en los suyos. La sonrisa cautivadora de aquel mendigo —aunque en ese instante parecía un galán de cine— pensaba Cayetana, la trastornó como nunca antes le había sucedido.

En silencio comenzaron a comer.

Tras unos minutos en los que ambos acabaron con el caldo, ella rompió el hielo.

—¿Puedo preguntarle cómo se llama? ¿Cómo es posible que usted esté…?

—¿…en la calle? —acabó la pregunta el individuo que ahora no quitaba la mirada de sus ojos.

—Sí, respondió ella con inseguridad.

—Me llamo Daniel. Soy paragüero. No el lugar donde depositar el paraguas, dijo sonriendo. Paragüero, el que hace paraguas.

Cayetana, sorprendida, se mantuvo en silencio unos segundos y después preguntó:

—¿Por qué dijo antes que el paraguas sangra?

—Para cubrirse de la lluvia basta una capucha. Los paraguas se han hecho para dar cobijo a las parejas enamoradas, a los padres cuando llevan al colegio a sus hijas, a las personas mayores acompañadas. Cuando las personas caminamos en soledad bajo la lluvia, los paraguas sangran.

Cayetana lo miró sin pronunciar palabra. Él continuó:

—Vivo en la calle a la espera de que alguien me pida que lo acompañe. Alguien a quien le sangre el paraguas.

No hablaron más.

Cayetana despidió a aquel hombre en la puerta. Le agradeció la  cálida compañía y antes de decirle adiós volvió a ofrecerle el paraguas:

—Quédeselo Daniel, ha traspasado mi alma.

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