ALGO IMPORTANTE QUE DECIRTE. M. Gloria Llatser

Las arrugas que doblaban su fina y blanca piel parecían delicados pliegues de una falda de seda. No recuerdo cuándo fue la última vez que la vi lucir aquellas faldas plisadas que tanto le gustaban. Hacía años que había sustituido todo su vestuario por la eterna falda gris, que llevaba tanto en invierno como en verano. La combinaba con blusas de seda, generalmente lisas, en color beig, blanco, perla, granate o azul, con algún detallito en los botones o una lazada al cuello. Los zapatos siempre negros, con tacón cuadrado de unos tres o cuatro centímetros, perfectamente lustrados. A lo que no había renunciado era a sus joyas. A veces la sorprendía frotando los pendientes con pan blanco, según ella, era la mejor forma de limpiar el oro y los brillantes sin estropearlos. Tomaba una buena miga y frotaba la pieza con las manos cerradas. La abuela tenía esas cosas, poseía unos conocimientos exóticos y geniales para solucionar cualquier problema.

Su estilizado y largo cuello seguía erguido, a pesar de estar tumbada en la cama. “La elegancia de una mujer no está en sus ropas, hija, sino en andar con la cabeza alzada, la espalda recta y sin mover las caderas. El contoneo es de mujerzuelas”, me repetía cuando yo era tan solo una adolescente y me obligaba a andar pasillo arriba, pasillo abajo con un libro sobre la cabeza, algo bastante más difícil de lo que parecía,  por lo que me llevó varias semanas hacerlo sin que se me cayera. El truco estaba en dar pasos muy cortos y colocar un pie delante del otro, como si fuera una bailarina. Sin embargo, nunca logré andar con la aristocrática distinción con que lo hacía ella. Sus modales exquisitos eran innatos en su persona, a mí, no obstante, me suponían horas de práctica. De todo lo que me enseñaba, lo que más me costaba era sentarme sin cruzar las piernas y pelar la manzana con el cuchillo y el tenedor, pero nunca dejé de intentarlo.

Cuando lamentaba mi poca habilidad, ella me repetía que yo tenía el cuello esbelto y la clavícula pronunciada de las mujeres valientes de la familia, y lo decía como si estuviera entregándome el Premio Nobel al coraje, lo cual me hacía sentir orgullosa.

Fisgoneando entre cajones y armarios, había encontrado hacía años unas fotos de mamá. Me pareció muy guapa, pero ella no tenía esa esbeltez, quizá por eso no tuvo la valentía de quedarse a cuidarme. Apenas la recuerdo, se fue antes de que yo cumpliera un año. La abuela era muy distinta a ella, una mujer audaz, de gran entereza y valentía, que nunca tiraba la toalla ante ninguna situación. Yo la admiraba más que a nadie en el mundo. En las tardes de invierno me encantaba sentarme junto a su butaca para que me contara historias de cuando era joven. Mil veces le hice repetir aquellas anécdotas de la guerra civil. ¿Cómo conseguía que el tren parara unos kilómetros antes de la estación, tomada por los ejércitos, y que el maquinista le llevara pescado y medicinas a cambio de lo que les sobraba de la matanza y de las cosechas? En un pueblo donde sólo quedaban mujeres, niños y ancianos, la abuela debía ser como el líder de la tribu. Por eso supongo que la gente viene a casa a pedirle consejo. Ella siempre sabe qué hacer en cualquier situación. Como cuando el abuelo se pilló una pierna con la rueda del carro y casi se la destroza por completo. Los médicos decían que la única solución era amputar la parte afectada para que no se gangrenara. Sin embargo, ella se negó en rotundo y se lo llevó del hospital, y con sus curas exóticas y su tesón, logró curársela y que no se la amputaran. Siempre me ha fascinado esta historia, yo sería incapaz de llevarle la contraria a los médicos, quizá por miedo a equivocarme y que mi decisión no fuera la acertada. Pero ella nunca tiene miedo, de nada.

Abrió los ojos débilmente y me miró con ternura.

–Cariño –titubeó.

–No hagas esfuerzos. El médico ha dicho que debes descansar. –Le acaricié el cabello gris. Era grueso y fuerte, y brillaba como el metalizado de un coche nuevo.

–Descansaría mejor en casa. Aquí ya no pueden hacer nada por mí.

–Abuela, no digas eso. Tú no vas a morir.

–Cariño, ha llegado mi hora y tienes que aceptarlo. –Levantó la veteada mano con intención de coger la mía, pero su fuerza se desvaneció a medio camino. Me acerqué a ella y se la sujeté–. No podemos luchar contra el destino, al final siempre acaba atrapándonos.

–Pero aquí estás en buenas manos, y pronto te recuperarás.

–Déjame que muera en casa, todavía tengo que prepararme para el día del juicio final y necesito hacerlo junto a mis recuerdos.

Contuve las lágrimas que amenazaban con hacer caso omiso de mi voluntad.

–Estar aquí es como si no estuviera contigo. No puedo morir lejos del olor a tostadas quemadas que preparas cada mañana, ni lejos del sonido de las teclas de tu ordenador cuando escribes. –Me miraba sin fuerza, pero sus ojos imploraban–. Además todavía tengo cosas que hablar contigo y este no es el lugar.

Sus palabras eran contundentes granadas lanzadas contra el cerco de disposiciones que otros habían tomado por ella, y que se materializaban en mi persona. Comprendí que no podía ser débil, debía erguir la espalda, levantar la clavícula y ser una mujer valiente.

Dudé, estuve a punto de echarme atrás varias veces, me enfrenté a algunos familiares, pero tras rellenar un sinfín de instancias, formularios y autorizaciones, dirimiendo de toda responsabilidad al hospital, a los médicos y haciéndome única responsable de lo que pudiera pasar, hice respetar su voluntad.

La instalaron en la cama de su habitación. Familiares y amigos venían a visitarla y ella se despedía de cada uno ofreciéndoles un sabio consejo: “Marina, debes tener más paciencia, practica la plegaria y verás cómo tu espíritu se serena”. “Jacinto, vigila tu ira; es normal enfadarse de vez en cuando, pero nunca dejes que tu ira sea desproporcionada, hieres a los que tienes cerca”. Conmovía verla entregarse a los demás de ese modo en sus postrimerías. Pidió que vinieran a darle la extremaunción y estuvo horas hablando con el sacerdote. Cuando se fue, me llamó.

–Cariño, ya solo me queda despedirme de ti.

Cogí su mano con fuerza, pero las palabras murieron en mis labios. No quería mostrarme débil, pero necesitaba expresar lo que mi corazón sentía. Aquella mujer había sido mi única guía, mi protectora, mi maestra, la madre que no tuve. Intenté aprenderlo todo de ella, sin embargo, siempre la necesitaría. Todavía no podía dejarme sola.

–Cielo, escúchame. En el cajón de mi mesilla hay una llave. Cógela, con ella podrás abrir la caja fuerte. –Tosió débilmente–. Ábrela, todas las joyas son para ti, ya lo sabes.

–Abuela, no pienses en eso ahora. Intenta descansar, ya has hecho demasiados esfuerzos por hoy.

–Por favor, hazme caso. Trae la llave.

Cogí la llave y la puse en su mano. La encerró en su puño con la delicadeza de quien coge una mariposa entre sus manos.

–Ahora tienes que descansar un poco, has tenido muchas visitas hoy.

–Déjame seguir. Ya no me queda mucho y hay algo importante que quiero decirte. –Sus pupilas, que parecían más oscuras y profundas, como si en su interior guardaran un secreto, se dilataron suplicándome que prestara atención. El gris de sus ojos se había quebrado y se desparramaba en sombras confusas y desdibujadas. Un halo cenizo turbaba su mirada–. También están las cartas que tu madre te ha enviado durante todos estos años. –Bajó los párpados y una gotita brillante asomó por el lagrimal. Comprimió el rostro y la lágrima regresó al interior. Como si un cerrojo les impidiera abrirse, sus ojos persistieron herméticamente cerrados. Reparé en que jamás la había visto llorar. Aquellos hondos ojos habían sujetado todas las lágrimas sin dejar que ninguna escapara durante años. ¿Por qué ahora?

Le acaricié el rostro con manos compasivas, intentando apartar las sombras que la turbaban. Con la parsimonia de un penitente en la procesión de Viernes Santo, levantó el telón que ocultaba su mirada. Dejó que mis manos alisaran su expresión y prosiguió.

–Perdóname por haberte apartado de ella. Tienes que perdonarme, hija, y tienes que pedirle a tu madre que me perdone también. –Concentró todas sus fuerzas en estas palabras que sonaron con mayor intensidad que las anteriores, que cualesquiera que me hubiera dicho antes, como si quisiera que mi atención se posara solo en eso–.  Nunca fue la mujer que yo deseaba y por mi orgullo la perdí. –Sus ojos cayeron de golpe como si todo finalizara ahí. Por unos instantes temí que no volvieran a abrirse. Contuve la respiración como si con ese acto detuviera el paso del tiempo y de los acontecimientos, como si pudiera controlar el flujo de la vida. Creí que iba a quedarme sin aire, cuando se volvieron a abrir, solo un poco, y añadió–: Por miedo a perderte a ti también, te he apartado de ella.

Tomó mi mano que recorría su semblante y la estrujó entre las suyas.

–Abuela, no digas esas cosas. Mamá me abandonó y también te abandonó a ti.

–No es cierto, hija. Ella no nos abandonó. –Su voz volvía a recobrar intensidad–. Fueron mi rigidez y disciplina las que la apartaron. No le dejé ningún resquicio por donde respirar. –Carraspeó. Las palabras parecían atascarse en algún lugar de su garganta. Aferrada a mi mano como si necesitara llevarse algo que había allí, añadió–: Nunca le perdoné que se quedara embarazada con diecisiete y que ni siquiera supiera quién era el padre. –Suspiró como expiando sus penas–. No supe ver que necesitaba mi cariño, mi comprensión, que ella nunca se perdonó sobrevivir al accidente en que tu abuelo y tu tío murieron, y que yo tampoco se lo perdoné. Cada vez que la miraba a ella, los echaba de menos a ellos. –Sus ojos se cerraron como si regresaran a algún lugar–. Cuando quedó embarazada fue peor. ¿Para eso había sobrevivido? ¿Para hacerme vivir esa vergüenza? La traté como si tuviera la peste, como si estuviera contaminada y su sola presencia me repugnaba. –Inundada en lágrimas hablaba sin mirarme–. Al principio me alegré de perderla de vista… así podía olvidarme de mis errores como madre y me volqué en hacer de ti lo que no había logrado con ella.

La abuela nunca me había hablado del accidente, yo ni siquiera sabía que mamá también iba en ese coche. Frases escuchadas al azar tras las puertas, durante la visita de familiares, entre las vecinas… conectaron entre sí haciendo de mis recuerdos un puzzle que tomaba forma. Durante mucho tiempo anhelé que alguien me hablara de mamá y recopilaba cada dato que pudiera hacerme entender por qué se había ido o que me permitiera conocer más cosas de ella. Nunca conseguí encajar pieza alguna que me hiciera comprender, no quería creer que me había abandonado e imaginé que simplemente había desaparecido, ajena a su voluntad, retenida en algún lugar del que no podía regresar.

Noté su mano presionando la mía, como si se agarrara a una barandilla para coger fuerzas y subir un peldaño.

–Tienes que buscar a tu madre. Dile que ni un solo día dejé de pensar en ella, pero que mi orgullo me impedía romper las barreras que nos habían separado. –Sus manos cansadas invocaban auxilio. Aquella mujer fuerte e inquebrantable rogaba indulgencia. Necesitaba que yo me encargara de la única cosa que ella misma no había podido abordar–. No cometas mis errores. ¡Búscala! No dejes que mi soberbia me sobreviva. ¡Prométeme que lo harás!

El rigor de su rostro, la tensión de sus manos, el tono tirante de su voz me imploraban. Me tumbé junto a ella. Extendí mis brazos y la arrullé como si sostuviera un bebé. Las compuertas, que habían contenido durante tanto tiempo unos sentimientos agazapados en algún rincón, se abrieron y las lágrimas brotaron incontenibles. Siseé a su oído. La balanceé junto a mi pecho. Por primera vez, mi abuela me pareció de este mundo.

–Victoria, tienes que perdonarme y pídele perdón a tu madre también –susurró junto a mi pecho.

El sol se ponía, los rayos espejeaban en los cristales del edificio de enfrente y me cegaron. Quedaban pocos minutos para que se apagara, pero sus destellos eran más intensos que en ningún otro momento del día, probablemente porque estaban a la altura de mis ojos.

La presión de sus manos se aflojó de repente. Su pulso ensordeció. La abracé todavía más fuerte y lloré.

Abrí la caja fuerte veinte días después de que ella se fuera. Antes no me atreví.

En las cartas de mamá descubrí la parte de mí que me faltaba, y comprendí que, en realidad, éramos dos versiones del mismo proceso.

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