APRENDIENDO A GOLPES. Alexandra Ciniglio

 

La vida me ha enseñado que es mejor seguir las reglas del juego. La lección la aprendí de niña, aunque reconozco que tuve que equivocarme muchas veces para entenderlo. No sé cuántos años tendría aquella vez que, por poco, muero ahogada en una piscina.

—Te voy a quitar el chaleco salvavidas mientras estás jugando fuera del agua —dijo mi madre— pero recuerda que no sabes nadar y si vuelves a entrar debo ponértelo.

Era un día soleado y jugaba en el jardín con otros niños, mientras mis padres conversaban con sus amigos. Luego de un rato soportando el sol picante del verano panameño, corrí y me lancé a la piscina. Recuerdo que, a pesar del gran esfuerzo, no lograba mantenerme a flote y, como el agua me cubría, era imposible pedir ayuda. Afortunadamente alguien se dio cuenta de que me ahogaba y mi padre pudo rescatarme a tiempo.

¡Qué buen susto me llevé! Sin embargo, el incidente no me traumatizó en absoluto y seguí disfrutando de los días de piscina. Eso sí, decidí aprender a nadar, aunque aquello de las instrucciones seguía sin importarme mucho.

En esa época uno de mis juegos favoritos era saltar en la cama con mi hermana mayor. Debíamos hacerlo a escondidas para no escuchar los regaños de mi madre.

—Ese juego es muy peligroso —repetía ella—. Se pueden caer y dar un mal golpe.

A nosotras nos encantaba la sensación de libertad que sentíamos. Todavía no sé si el placer estaba al saltar o al escondernos, pero lo disfrutábamos sin duda.  Ese día, como de costumbre, cerramos la puerta de nuestro cuarto y comenzamos la diversión. La gracia estaba en coordinarnos de forma tal que cuando una bajaba la otra subía. Era casi una coreografía, perfecta hasta que ella me pisó justo en el momento de mi salto, provocándome una caída estrepitosa en la que me fracturé el brazo. Recuerdo el regaño que recibimos ese día, corrimos de urgencia al hospital y después de las radiografías me colocaron la escayola y llegaron las recomendaciones.

—Tienes que cuidarla, no la puedes mojar —explicó la enfermera—. Recomiendo que al bañarse la cubran con una bolsa plástica.

—Eso haremos —respondió mi madre muy confiada, aunque sabía que ese fin de semana iríamos a la casa de la playa—. No podrás bañarte en la piscina este fin de semana— añadió mirándome.

Mis padres venían a descansar unos días y yo aproveché su primer descuido. Fue impresionante ver cómo se deshacía la escayola en el agua. Hasta ese momento duró el paseo a la playa, y el resto es historia.

En verdad no me consideraba una niña desobediente ni traviesa, pero algo que me molestaba era que los niños de los edificios vecinos invadieran nuestro patio para jugar al béisbol.

—¡Vayan a su patio! —gritaba desafiante.

—Nosotros necesitamos más espacio y ustedes son niñas y pueden jugar en un rincón —dijo uno de los niños.

—Quédate aquí y no busques pelea —suplicó María, la señora que me cuidaba.

En esa época no se hablaba de la liberación femenina, ni de la igualdad de género, pero no estaba dispuesta a soportar el abuso. Sin pensarlo, me puse mis patines y recorrí el patio jugando como si ellos no existieran. Apenas había dado unas vueltas cuando recibí un batazo en el mentón que me estremeció el cuerpo entero. Traté de disimular el dolor y seguí mi paseo como si nada.

—¡Estás sangrando! —gritó mi hermana horrorizada—. Hay que llevarla al hospital para que no se muera.

—Seguro que hoy me van a despedir —dijo María lamentándose.

Afortunadamente ni el golpe era mortal, ni me llevaron al hospital, ni despidieron a María. El episodio no pasó de un gran susto, otro regaño y una cicatriz me acompaña desde entonces. No sé si fue allí o después cuando comprendí que las instrucciones eran mucho más que una obsesión de mis padres. A punta de golpes descubrí que en este juego de la vida me va mejor siguiendo las reglas.

(El relato forma parte de la biografía del autor)

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