AURORA. Marina Bonet

Existe un proverbio en China que dice así: “No importa cuánto dure el invierno, la primavera siempre llega”. Y así llegó Aurora, con el primer día de la primavera, con la primera luz, las primeras flores.

Pero aquel año la primavera no llegó. Barcelona se vistió de gris hasta bien entrado abril. El cielo, caprichoso, pasó del blanco al color del cemento, olvidándose por completo de los cielos azules de marzo y dando paso a las lluvias de abril. Las flores no brotaron, los árboles siguieron tristes, los ojos de Aurora, mi Aurora, se apagaron.

Yo acostumbraba a observarla cuando estaba seguro de que no me veía, que ni siquiera reparaba en mí. Mataba el tiempo entre una primavera y otra parapetada tras sus libros con una taza humeante en la mano,su gato en la falda y el mundo a sus pies. Veía cómo devoraba un libro tras otro, cómo consumía el té a un ritmo vertiginoso. Yo le dejaba comida a la entrada de su habitación y ella solía compartirla con Julián, su gato amarillo. Siempre envidié esa relación entre ambos, esa comunicación, ese entendimiento felino-humano. Cómo se miraban, ella con el cielo en su mirada y él con sus ojos de oro líquido. Ambos paseaban por la casa sin hacer el menor ruido, al ritmo del otro.

Cuando no estaba en casa, Aurora trabajaba como guía para una empresa local. Si algo le gustaba más que leer, era Barcelona.Conocía todos los rincones, todas las historias, todos los secretos, y los turistas la adoraban. Ella les sonreía y los llevaba de aquí para allá, un día tras otro. Se perdía con ellos en el laberinto de calles que es Barcelona. Y yo la esperaba encasa con algún plato nuevo que había aprendido en la escuela de cocina, y que ella simplemente comía para luego hacerse un ovillo en el sofá con sus amados libros y Julián. A veces, me atormentaba pensar que lo quería más que a mí.

Por las noches Aurora se acurrucaba entre mis brazos y se limitaba a decirme que me quería. Yo sé que ella necesitaba la vida que le daba el sol de marzo, como una flor que espera que pase el invierno para volver a la vida. A pesar de todo, yo la miraba como se mira a algo que no te pertenece, con el deseo y la admiración digna de todo coleccionista.

Aquel quince de abril ella salió de casa como cada mañana, armada con su termo de té blanco y su libro, seguramente de algún autor nuevo o quizá centenario, qué sé yo. No imaginaba que aquel sería el día en que su vida y la mía cambiarían para siempre.

El cielo no auguraba nada bueno, nada diferente. Seguía con su tonalidad de grises,como burlándose de ella desde ahí arriba, desde ese puesto privilegiado. Corría un aire fresco,que olía a lluvia. Más lluvia. Sus ropas conjuntaban con aquel gris.

Ella había quedado con un pequeño grupo de turistas, procedentes de Italia y que, según me contaron más tarde, habían venido a visitar el Barrio Gótico y el Barrio del Born. Ella, solícita, los llevó por todos los lugares que pidieron,y de los que tanbien habían oído hablar. Barcelona, como siempre, no decepcionó. Era un miércoles tranquilo, sorprendentemente. Las calles olían a pan recién hecho, a chocolate caliente y a humedad. Ella olía a tristeza, pero sus ojos parecían querer llevarle la contraria.

Dicen que cuando una madre tiene un antojo muy fuerte estando embarazada este puede traducirse en una mancha o una característica especial que puede acompañarte toda la vida. Un día conocí a un chico cuya madre tuvo antojo de fresas durante la gestación. Él,cada vez que pasaba cerca de algún lugar donde hubiera fresas, sentía una calentura en la oreja y esta se le volvía de color del fresón maduro. A Aurora le pasaba lo mismo. Ella sentía la primavera en cada poro de su piel. En su caso, los ojos, de buena mañana, comenzaban a llorarle. Ella decía que era felicidad. Yo siempre supe queer a la nieve de su alma que por fin comenzaba a deshacerse y a convertirse en rocío.

Esa mañana me dejó una nota sobre la mesa, al lado de su acostumbrado bol de grosellas:

Hoy es el día.

No supe que tenía razón hasta que fue demasiado tarde.

Me contaron que llevó a cenar a sus clientes a un restaurante del Born que ella no conocía. Insistieron en que se quedara a cenar, que sería un placer invitarla. Aurora, ante la comida, tampoco sabía decir que no. Siempre he pensado que fue así como la conquisté yo. La noche pasó deprisa, como pasa el tiempo cuando no se le hace caso. Cuando reparó en la hora que era, insistió en que debía irse y se acercó hasta Plaza Cataluña a coger un taxi de vuelta a casa. En aquel momento me envió un mensaje:

El cielo se ha despejado. Hace una noche muy bonita. ¿Vamos a pasear?

Siempre he tenido el sueño muy ligero, y nada más recibir el mensaje me vestí con la ropa de aquel día y bajé a esperarla a la puerta. Era la una de la mañana y en aquel momentos upe que ella no quería dormir aquella noche, que quería salir a buscar la primavera.

Esperé. Esperé, como ella había estado esperando a que florecieran las macetas de su ventana. Esperé bajo aquel cielo burlón, hasta que me di cuenta de que ella no llegaría. En aquel momento sonó mi teléfono. Lo cogí y respondí a la llamada como un autómata .Hacía horas que sabía qué había pasado.

La encontraron en el parque, en un rincón, al lado de una jardinera con la tierra recién batida. Me dijeron que la hipótesis más probable es que, debido a la hora que era, la hubieran atracado al volver a casa y un mal golpe se hubiera llevado su vida por delante.

Yo sabía que no había sido así. Había muerto de pena, marchita como una flor sin luz.

Se llevaron su cuerpo. Yo me quedé allí, sentado en un  banco,mirando la huella que había dejado su cuerpo sobre la tierra mojada. El sol empezó a despuntar por encima de los edificios y el primer rayo del año iluminó su último rastro. Cuando me quise dar cuenta y miré, embobado, brotó la primera flor de año, como la estrella que se hace esperar ante su expectante público, más roja y viva que nunca.

“Aurora”, la bauticé.

Marina Bonet

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