BIENVENIDA GENDOUA. Natalia E. Casugas

Queridísimo Alex:

Por tercer día consecutivo me encuentro en el hotel, frustrada y deprimida. Lo que parecía un puro trámite se está convirtiendo en una pesadilla que me tiene anclada en Madrid. Así que he decidido desahogarme contigo, como ya he hecho tantas otras veces.

Y es que uno podría pensar que entrar en una embajada y pasar en ella varias horas es una experiencia puntual y sin mayor importancia. Y estaría en lo cierto, a menos que se pretenda viajar a la República de Gendoua. En ese caso, permanecer en tan singular edificio durante horas y días no es una práctica reservada a quienes piden asilo político (por otra parte, ¿qué clase de imbécil pediría asilo político en Gendoua?), sino una inevitable experiencia surrealista.

Tan pronto como atraviesas la puerta de la entrada, debes dejar tus pertenencias en una caseta en el interior de la cual se amontonan, sin orden ni concierto, todo tipo de objetos personales, lo que no contribuye precisamente a proporcionarte sensación de seguridad. Es decir, no estás seguro de volver a encontrarlas jamás. En un extremo del hall se encuentra un mostrador tras el que dos figuras negras te miran sin verte:

-“Buenos días”. Nada: “A ver si va a ser que creo haberlo dicho y solo lo he pensado”

Y otra vez:

-“Buenas. Vengo a buscar mi visado.”

Por fin, una de ellas levanta la cabeza.

-“¿Quién te lo lleva?”

-“Pues nadie. Verá, según me dice la empresa, ya está tramitado, solo es recogerlo.”

-“Pero, ¿a quién buscas? Si no me dices quién te lo lleva, ¿qué quieres que haga yo?”

Así que llamo a la empresa para que me den el nombre del “conseguidor” (si existe un eufemismo en el mundo, ha de ser este).

-“Hola otra vez, señorita. ¿Está el señor Tongo?”

-“Sí, está. Pasa a la sala y siéntate. Ya bajará”.

Y así es. Tongo aparece ¡a las cuatro horas! Es un tipo bajito, arrugado y feo. Viste un traje horrible. Lleva un par de gruesos anillos de oro. Siguiendo lo que parece ser la costumbre nacional, me tutea y me trata con un aire de desprecio que no concuerda con lo que gana por “agilizar” mi visado.

-“¿Quién te ha dicho que vengas? El visado aún no está. Siéntate y espera.”

En estos últimos días he conjugado el verbo esperar en todas sus formas, pero en ese momento yo aún no lo sabía. Pensaba que en unos minutos, tal vez una hora, tendría mi visado y podría salir hacia el aeropuerto. De eso va para tres días y la situación no ha cambiado mucho.

Ya te contaré qué tal me va mañana.

Un beso.

 

Querido Alex:

Me gustaría enviarte una crónica ilustrada con fotografías, como me pides, pero lo cierto es que preferiría arrancarme sin anestesia las uñas de los pies antes de enfrentarme a una más que segura bronca de las “Esfinges de Ébano” de la recepción.

Después de tantas horas de espera, y para no volverme loca, me he dedicado a conocer a mis compañeros de condena y clasificarlos en grupos:

La división más clara es la más obvia: blancos y negros. Los blancos son casi todos hombres de negocios. El que tengo a mi lado tendrá unos sesenta años y es la viva imagen de Julio Iglesias antes de descubrir el tinte: pelo algo largo y canoso, peinado hacia atrás con un poco de gomina. Como todos, está cabreado porque lleva varias horas esperando ser recibido por algún funcionario de la embajada. Hay varios tipos del mismo estilo que se mueven nerviosos de un lado a otro de la sala, resoplando. Dentro de este grupo hay también alguna mujer, aparte de mí. Las que llaman más la atención son seis monjitas que lo llevan con resignación cristiana, ¡claro, vienen entrenadas!

Entre los negros, una gran parte son personas humildes que han emigrado en busca de una vida mejor. Están aquí para renovar su documentación o para registrar al bebé recién nacido que cargan en brazos durante las interminables horas de espera. Son mujeres en su mayoría, de aspecto cansado, lo cual es plenamente comprensible: ¿Cómo estarías tú tras siete horas con tu bebé en brazos, que no para de llorar?

Finalmente, hay un par de tipos grandes como armarios, con toda la pinta de ser militares. Uno de ellos tiene un cráneo enorme y de forma muy extraña, pues se le notan los diferentes huesos, como si fuera un puzle mal resuelto y que no encajara bien.

Solo se oyen dos cosas: el llanto de los bebés y la televisión gendouana, que no para de emitir los discursos que pronuncian las personalidades locales asistentes a inauguraciones oficiales. Dadas las horas de visionado que llevo encima, puedo afirmar dos cosas:

1) En la República de Gendoua se inauguran infinidad de obras.

2) Los discursos de los políticos gendouanos son incluso más tediosos que los de los nuestros y todos empiezan con la misma letanía monótona que acaba por hipnotizar, como un mantra:

Ilustrísimo Señor Presidente de la Cámara de Representantes.

Ilustrísimo Señor Presidente del Partido Nacional.

Ilustrísimo Señor Gobernador de la Provincia….

Después de cada uno, no sé porqué me dan ganas de responder: “Ora pro nobis”. Ya sabes, la educación religiosa marca lo suyo.

 

Hola hermanito:

Te aseguro que tenía el convencimiento de que el anterior sería mi último e-mail desde territorio español. Está claro que me equivocaba más que la paloma de Alberti. Estoy sentada en la cama de mi habitación, en un hotel de Getafe. Te preguntarás qué hago yo en Getafe. Pues trataré de explicártelo, aunque no me vas a creer.

Ayer decidí que no había motivo para llegar a la embajada a primera hora, ¡total, me iba a pasar allí todo el día! Así que, tras desayunar en el hotel, me dispuse, como cada día, a hacer el “check out” y dejar mi maleta en consigna. Esta vez, sin embargo, me informaron de que, al no tener reserva, no había sitio para mí una noche más. De modo que, de no conseguir mi objetivo, tendría que buscarme otro sitio para dormir.

Algo apenada por la noticia, decidí darme una vuelta por Madrid y disfrutar del solecito fresco de la mañana para tomar energías, que buena falta iban a hacerme. De pronto suena mi móvil: ¡Increíble. Tongo en persona! ¡Mi visado estaba listo! Ya te lo puedes imaginar: Paré un taxi, primero al hotel a recoger la maleta y luego hacia la embajada a toda velocidad. Quince minutos más tarde estaba frente al mostrador.

-“Por favor, ¿el señor Tongo?”

-“Sí, pasa y siéntate”

-“Pero es que me está esperando, me ha llamado para que venga…”

-“Pasa y siéntate. Ya bajará”

Tres horas más tarde ya me subía por las paredes. Si quería coger el avión, la cosa empezaba a estar difícil. Mientras hacía cálculos sobre cuánto tiempo me quedaba, “Cráneo Desencajado” entró en la sala y vino hacia mí.

-“Sígueme”

-“Voy”

Y allá fuimos, él delante y yo detrás, subiendo las escaleras a toda prisa. Entramos en un despacho y, por detrás de una de las pilas de papeles, apareció la cara de Tongo.

-“Ten, aquí tienes tu pasaporte visado. Ya puedes irte. Igual llegas a tiempo, (Gracioso el tipo, ¿no?)

Salí pitando escaleras abajo, recogí mi maleta y, cuando toqué el pomo de la puerta y sonó el chasquido que abría la cerradura, oí la profunda voz de “Cráneo Desencajado” detrás de mí:

-“Oye, espera”

Y yo pensando: “¡No puede seeeer!”

-“Un coche va a llevarte a Barajas”.

 

En un primer momento de entusiasmo por tener al fin mi visado, di crédito a la absurda idea de que intentaban compensarme por las molestias de los últimos días. Ya, ya lo sé: ¡HAY QUE SER GILIPOLLAS! Debo decir en mi defensa que la presencia de “Cráneo Desencajado” era altamente intimidatoria; vamos, que no tuve valor de llevarle la contraria.

Así que allí me tienes, sentada en el asiento trasero de un coche destartalado, conducido por una mezcla de sargento chusquero y vendedor de alfombras. Eso sí, con tres teléfonos: uno en cada mano y el tercero instalado en el coche. El hombre se giró para hablarme y me obsequió con una bocanada de aliento fétido, como si se le hubiera muerto un perro dentro de la boca:

-“Primero vamos a pasar por Fuenlabrada para recoger un paquete que vas a llevarle a mi suegra”.

¡¡¡¡Tal cual, así como lo lees!!!

Yo no daba crédito. Ante mis airadas protestas y mi advertencia de que no pensaba llevar ningún paquete a ninguna parte, él contestó con un inquietante: “Tranquila”. En ese momento estuve a punto de tirarme del coche en marcha, pero hubiera tenido que perder la maleta y lo reconsideré rápidamente. Decidí aquello tan español que “de perdidos al río”.

Fue horroroso. El tipo conducía como un asesino enloquecido al que persiguiera la policía, haciendo zigzags a diestra y siniestra (más siniestra que otra cosa). Llegamos a Fuenlabrada. Salió del coche y volvió a los pocos minutos con el paquete y ¡otra vez a correr! A esas alturas yo solo rezaba para no morir en la autopista en tan poco agradable compañía.

De pronto, empezaron a sonar los teléfonos, todos a la vez y él a contestar y discutir en un dialecto desconocido. Para mi sorpresa, también sonó el mío: Tongo me gritaba al oído:

-“¿Dónde estás?”

Y yo alucinando:

-“En el coche que ustedes me han puesto, con este señor que conduce muy nervioso” (Por no decir; “Con este psicópata que nos va a matar”)

-“Pero ¿cómo es que aún no habéis llegado al aeropuerto?”

Y yo como una imbécil, como si fuera lo más normal del mundo:

-“Bueno, es que Fuenlabrada está lejos y…”

-“¡Pero qué coño Fuenlabrada! ¿Qué hace ese idiota? ¡Pásamelo!”

Y voy ¡y obedezco!..¡ Le pasé MI teléfono al tipo para que le echase su asqueroso aliento a MI Iphone.! Ambos se enzarzaron en una discusión a gritos que sólo provocó que el loco conductor apretara aún más el acelerador.

Contra todo pronóstico, llegamos a Barajas sanos y salvos. El kamikaze descargó mi maleta y ahí empezó el siguiente problema: el famoso paquete. Él empeñado en dármelo y yo negándome a cogerlo:

-“¡Ya te he dicho que es un regalo para mi suegra!”

– “Y yo ya le he advertido desde el principio que no pensaba llevármelo”

-“Entonces, ¿para qué hemos ido a buscarlo?”

-“¡Pues eso me pregunto yo hace rato, pedazo de cretino!”

Tras varios minutos de acalorada discusión, conseguí deshacerme de él, no sin antes recibir lo que me parecieron fuertes maldiciones en su lengua natal.

Una vez ante el mostrador de facturación, presenté mi billete y mi pasaporte a la sonriente trabajadora de la línea aérea:

-“Gracias a Dios, por fin estoy aquí. ¡No me lo puedo creer!”

De pronto, la sonrisa de la chica se tornó en un gesto de preocupación:

-“Disculpe señora, pero tenemos un problema. Me temo que su visado está incompleto. Falta un sello”.

-“¡Pero eso no puede ser!. Vengo directamente de la embajada y me han dicho que ya podía viajar”.

-“Pues no sabe cuánto lo siento. Hoy no podrá volar. Pero seguro que es un error que puede subsanarse muy fácilmente, en cosa de unos minutos, si vuelve usted a la embajada y les muestra el visado…..”

Yo ya no escuchaba nada, excepto un terrible zumbido en mi cabeza. No recuerdo cómo salí del aeropuerto, ni cuándo tomé el taxi, ni cuántos hoteles visitamos antes de concluir que no había en toda la capital una sola plaza libre. El amable taxista me propuso traerme a su ciudad donde conocía este hotel en el que me encuentro.

Hoy es sábado, así que no podré volver a la embajada hasta el lunes. He decidido quedarme en la cama hasta entonces, para evitar males mayores. Mientras tanto, no hago más que buscar la cámara oculta que, como en el Show de Truman está grabando todas mis reacciones. No se me ocurre una explicación mejor a todo este lío.

Por favor, no dejes de leer mis correos y contestarlos. Eres mi única conexión con la realidad.

Te quiere:

Tu hermana.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *