CARENCIA Y ARMONÍA. Sara Caneda

No era mi primera vez en el continente africano, ni mi primera vez en el África Occidental, pero sí eran diferentes los motivos que me llevaban ahora.

Viajaba sola para comprobar la construcción y utilización de un aula en un proyecto educativo para una zona rural de Burkina Faso.

Era una responsabilidad, que mi familia y amigos me habían confiado. A mi regreso debía dar cuenta de esta obra, financiada con dinero aportado por ellos a través de una ONG.

Soy consciente de mi limitada capacidad de fijarme en los detalles, por lo que me propuse estar pendiente de todo lo que ocurriera a mi alrededor y observar cualquier cosa por pequeña que fuera.

Después de un tranquilo viaje aéreo con escala en París, aterrizamos en Ouagadougou. Al salir del avión, el calor y un fuerte olor a caucho quemado me dieron la bienvenida. La escalerilla había vivido mejores tiempos: con unos escalones muy desgastados y un toldo rasgado eran un presagio de lo que me encontraría en el control de pasaportes y en la recepción del equipaje.

Una vez dentro, varios funcionarios me atienden muy amablemente para pedirme el pasaporte y la cartilla de vacunación. La sala es vieja con algunos ventiladores en el techo que palian algo el sofocante calor. Pero donde realmente me quedo sorprendida es en la cinta de salida de equipajes. Un empleado camina agachado por la inmóvil cinta transportadora, y lleva a mano las maletas de los viajeros.

En el exterior del aeropuerto debía encontrarme con el señor Kaboré, representante de la ONG a través de la cual financiábamos el proyecto. Solo algunos taxistas esperaban a los viajeros para llevarlos a la ciudad, pero ni rastro de la persona que debía recogerme. Los tiempos son otros en África, así que me tocó esperar.

Mi rostro debía reflejar inquietud pues uno de los taxistas preguntó por mi situación y me dijo que esperaría allí hasta que vinieran a buscarme. Por fin aparece mi anfitrión, que llega en un todoterreno con el logo de la ONG en una de las puertas.  Me despido del atento taxista, que parece aliviado de verdad.

El hotel no queda lejos del aeropuerto, y tras registrarme, cenamos en un bar al aire libre con música reggae entre vendedores ambulantes que me ofrecen productos de artesanía. Planificamos la ruta para el día siguiente y quedamos en salir temprano para evitar el fuerte calor del mediodía. Estoy emocionada porque en pocas horas podré visitar la escuela.

Salimos de la ciudad por la carretera que atraviesa el país de este a oeste, una de las pocas asfaltadas, como comprobaré más tarde. La circulación es lenta, porque además de coches viejos, bicicletas y motos con más de uno, de dos y hasta de tres pasajeros, y burros que tiran de carros bajitos en los que van dos o tres personas, también circulan por los deteriorados arcenes, rebaños de ovejas, niños con sencillos uniformes que se dirigen a la escuela, y mujeres que van al mercado más cercano, cargando sobre sus cabezas grandes palanganas de brillante aluminio o colorido plástico. Con frecuencia nos encontramos con vendedoras ambulantes, que ofrecen sus productos, normalmente alimentos. La ruta no admite distracción si pretendemos evitar un atropello.

Durante el trayecto paramos en varias ocasiones para saludar a conocidos y amigos de mi acompañante. Es una preciosa costumbre, o al menos a mí me lo parece. Se dan la mano, se abrazan, se preguntan por la familia y ríen, sobre todo ríen.

Abandonamos la carretera desviándonos por una pista rojiza y al fin llegamos a la escuela. Mi sorpresa es mayúscula. Toda la aldea, mayores y niños, me esperan con sus mejores galas. No han ido a trabajar para recibirnos.

Tras las presentaciones, empiezan los discursos por parte del delegado de la ONG, del director de la escuela, y de los representantes de las familias de los alumnos.  Sin esperarlo yo, me toca decir unas palabras y naturalmente no llevaba nada preparado. Doy las gracias por la calurosa y colorida acogida, y solo se me ocurre preguntar si nuestra colaboración ha sido eficaz. Responde una de las madres, y me traducen que, gracias a nuestra ayuda, las familias no han tenido que colaborar para terminar la escuela, y que pueden por ese motivo “poner más tomate en su salsa”. Esta sencillez en la respuesta me llega al corazón.

Entro en las aulas y hablo con los niños que están felices de ver a una extranjera en su aldea. Es todo un acontecimiento y así me lo hacen sentir. Las clases están repletas de pupitres de tres plazas en las que se sientan hasta cinco alumnos, con un pequeño armario, mesa y silla para el profesor y dos pizarras en paredes opuestas para que la enseñanza se pueda dar a dos grupos de diferentes edades.

La despedida vuelve a ser multitudinaria. Sus amplias sonrisas y sus manos al aire me harán reflexionar, superada la emoción del momento, sobre el sentido de nuestras vidas.

Concluido el principal motivo del viaje, me quedaré unos días para conocer el país. Es noviembre y no hay turismo, por lo que es fácil contratar un guía y un chófer. Encuentro las personas adecuadas: Hamidou es guía turístico en una pequeña agencia de viajes y Mouni, que hará de conductor es mecánico. No hago preguntas sobre el origen del destartalado Nissan Patrol. Son jóvenes y siento sus ganas de mostrarme su país.

Con ellos me desplazo para profundizar en el conocimiento de esa realidad tan diferente de la mía. El hecho de viajar a mi aire me permite entrar en las aldeas, conocer a sus gentes y escuchar sus necesidades. Ninguna es extraordinaria, todas son básicas. La pauta es siempre la misma, me acercan un pequeño banco de madera y me encuentro en unos minutos en una reunión improvisada. Escucho sus preocupaciones, la mayoría tiene que ver con la educación y la salud de los niños y con la falta de agua potable. Los hombres me hablan de la educación de sus hijos e hijas, y las mujeres sobre todo piden pozos de agua cercanos que no las obliguen a recorrer varios kilómetros todos los días.  Por la noche en la habitación del hotel pongo en orden lo vivido durante el día y siento que aquí la gente y el paisaje están en absoluta armonía, también me parece que en este lugar es más fácil reencontrarse con uno mismo. Reflexiono también sobre la solidaridad y cómo hacer algo más.

Como el sentido del tiempo aquí es distinto, casi se me olvida escribir a los amigos que esperan mis noticias.

Voy a un café con internet para comunicarme con ellos. No es fácil expresar mis sentimientos, pero debo sentarme frente a un ordenador y enviar un mensaje.

Redacto el correo sin fijarme en que el teclado carece de signos ortográficos y tildes, y  que las letras no ocupan el mismo lugar que en nuestros teclados. Cuando leo lo escrito me doy cuenta de que no se entiende nada.

Y tengo que empezar de nuevo. Ahora sí sale algo coherente.

Les explicaba la pregunta que me hacía a diario: ¿Por qué unos tienen tanto y otros tan poco?

Quería que vieran lo que yo veía y que permanecería en mi retina para siempre: los campos de algodón, los lagos con poca agua, pero llenos de nenúfares, los minibuses abarrotados y con cabras, maletas y más pasajeros sobre el techo, los campos verdes con manchas de colores, que no eran sino las camisetas de los niños. Y de repente de la tierra roja aparece una bicicleta con alguien vestido con pantalón azul y camisa amarilla, pulcro como recién salido de la tintorería.

Mi dieta diaria: patatas fritas, arroz y deliciosos mangos, que me salvan la vida. Cualquier lugar con unas cuantas mesas y sillas puede ser un restaurante. La curiosidad es que los diferentes platos no salen de la misma cocina, sino de diferentes lugares. En un pequeño cesto de mimbre nos dejan varias notas con la cuenta, que debemos sumar para saber el total.

Explicaba en mi mensaje que todo el mundo es amable, digno y educado a pesar de su precaria situación. Están muy agradecidos, simplemente por escucharles. Que comparten lo poco que tienen con absoluta generosidad y además están de buen humor.

Les hablaba de mis acompañantes, al principio un poco serios, pero que se han convertido en una familia para mí durante estos días. Compartíamos muchas horas, conversábamos y nos cuidábamos. Me hicieron sentir en casa.

Finalicé el mensaje y lo envié. Los amigos ya tienen mis noticias.

 

El viaje durará aún unos días, y me reafirmará en la idea de que el equilibrio y la armonía están presentes en esa tierra de humildes colinas, acacias y baobabs. Y sobre todo, en su gente.

Cuando me despido en el aeropuerto, tengo el convencimiento de que volveré.

 

 

 

 

 

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