CARPE DIEM. Isabel Cuenda Labrador

Le di la vuelta en la cama, buscaba a Paco dormido a mi lado, moví las piernas para entrelazarlas con las suyas y acurrucarme entre sus brazos, toqué la almohada para acariciar su barba blanca. Me estremecí. A mi lado no había nadie.

La vela agonizaba en la mesita, la habitación estaba en penumbra, las sombras se escondían por los rincones. Me quedé quieta. Cerré los ojos desconcertada y me pregunté dónde estaría él.

El miedo apareció mezclado con las emociones que me oprimían el pecho. No podía respirar. Dónde estaba Paco, me pregunté de nuevo. No buscaba una respuesta. No quería reconocer lo que mi corazón sabía, y mi mente negaba: Paco había muerto.

Mi angustia crecía por momentos, el pulso aceleraba sus latidos, me encogí entre las sábanas, adopté la posición de feto. Quería no despertar, pero no había escapatoria a la tragedia. El pánico se apoderó de mí.

Mi cabeza era un caos, parecía un volcán a punto de estallar, emociones y pensamientos, como las piezas de un puzle sin colocar, se tropezaban entre ellos en una disputa de contradicciones y sensaciones diversas. No podía razonar ni ordenar los sentimientos El dolor recorría mi cuerpo.

Tengo setenta y cinco años, y no estoy loca, soy delgada de mediana y estatura conservo la lozanía de la mujer que ha vivido con plenitud. Mi rostro moreno está enmarcado por un pelo, rizado y revuelto, bien cuidado. En mi juventud fui guapa, los ojos negros y achinados, me dan un exótico aire oriental. No me gusta esconder mi edad, soy una mujer mayor que ha vivido lo suficiente para no mentirse. Paco, que ayer dormía junto a mí, ha muerto y no quiero aceptarlo.

Recuerdo que hace unos días, cuando enfermó, ambos supimos que pronto llegaría el momento de la despedida, y creí que estaba preparada para ello, pero no era cierto. No quería dejar ir a Paco, mi amigo, mi compañero, mi confidente, mi amante, el amor de mi vida. Tuve la certeza que de nadie está preparado para ver morir a un ser amado.

Me pregunto cuánto tiempo llevo en la cama. La casa está en silencio. La gata me ha saltado encima, busca caricias con su ronroneo. La ignoro. Continuo sin moverme, escucho los fuertes latidos del corazón. He perdido la noción del tiempo.

He abierto los ojos, y me encuentro con el miedo que me observa desde un rincón oscuro, me mira como una serpiente dispuesta a engullirme. Grito. Estoy sola y asustada.

Cuando enciendo la luz son las seis de la mañana. Fijo mi mirada en los retratos colgados en la pared. Allí estaba inmortalizada mi familia. Paco y yo el día de nuestra boda, sonrientes felices y guapos, él con su uniforme de gala, yo con mi traje blanco. Mis hijos cuando eran niños, adolescentes y jóvenes. Hermosas imágenes que me recuerdan preciosos momentos Me detuve en el retrato de mi hijo Paco, ¿Cuántos años desde que murió en el accidente? No lo recordaba. Cerré los ojos, aún me dolía su muerte, pero te acostumbras a vivir con el dolor. Miro de nuevo la foto de mi marido, lo traigo a mi memoria desde sus años jóvenes, era un hombre guapo; alto; elegante; de caminar tranquilo; su rostro expresaba nobleza; la sonrisa dejaba ver unos dientes perfectos; la barba espesa y oscura; sus ojos grandes me miraban con adoración. Ni la enfermedad ni sus setenta y seis años le habían robado su atractivo.

Reviví con emoción el día que nos conocimos, era el once de julio de mil novecientos cincuenta y nueve, y murió un once de julio. ¿Era una casualidad?

Éramos adolescentes cuando nos vimos la primera vez y nos enamoramos Nuestro amor había durado sesenta años. ¡Toda la vida y me parecían segundos! Los primeros años nos separábamos de otoño a primavera, en los meses de estudios cuando él iba a la Academia y yo a la Universidad. Las cartas eran las protagonistas de nuestro amor, largas, llenas de sueños y promesas, nos unían en la distancia El cartero del pueblo pasó a formar parte de nuestra historia, con lluvia o sol traía todos los días, las cartas que él me escribía y que yo leía con avidez de enamorada, las acunaba sobre mi pecho, las besaba y las escondía entre las páginas de los libros de textos, más tardes, las guardaba en una caja de cartón.

Un ruido me sobresaltó y me sacó de mis recuerdos. Presté atención. Oía el agua de la ducha. Pensé que él estaba allí. Salté de la cama y fui al baño, abrí la puerta. No había nadie. Me miré en el espejo. No me reconocí.

La cabeza parecía que me iba a estallar. Recordé los últimos momentos, yo quería estar a su lado, acurrucada entre sus brazos, no quería separarme de él. El mundo dejó de existir para mí. Las emociones, como caballos desbocados se atropellaban en su loca carrera, golpeando con sus cascos mi alma herida. Lloré desconsolada.

Me senté en el suelo, encogí las piernas que temblaban, las rodeé con los brazos, y apoyé la cabeza en las rodillas. Con mirada errática recorrí el salón. Estaba aturdida. Los pensamientos iban y venían, decían una cosa y la contraria, las emociones se disfrazaban de esperanza y desesperanza. ¿Realidad o pesadilla? No conseguía tranquilizarme.

En mi desvarío, escuchaba la voz de Paco que me decía: “Carpe Diem”, era su filosofía. Aprovechar el instante y confiar lo menos posible en el futuro, había que disfrutar del presente pues al final todos morimos, esa era su manera de ser feliz, yo no pude compartir este pensamiento, aunque admiraba su manera de celebrar la vida. Me gustaba planear el futuro, revivía el pasado y los recuerdos, era una soñadora que viajaba entre las nubes. Esta manera de pensar me creaba conflictos entre el pasado, el presente y el futuro, que no sabía resolver y me enfadaba. Se lo contaba a Paco, que sonreía con ironía y, rodeando mi cintura con sus brazos, me miraba a los ojos con la complicidad del tiempo vivido, me besaba con dulzura y me repetía. “Carpe Diem”. ¡Qué feliz era entonces!

Envejecíamos con agradecimiento y sabiduría. Éramos conscientes de los duelos vividos. Las perdidas nos habían ayudado a crecer como seres humanos, tolerantes y compasivos. La muerte de nuestro hijo mayor nos causó una herida profunda que aprendimos a compartir con amor. Nuestra vida había sido dura y plena. Yo amaba a Paco y él me amaba a mí.

Me levanté del suelo y salí a la terraza. Amanecía. El sol asomaba por el horizonte sobre el mar, en medio de una orgía de colores. Paco fotografía a menudo estos maravillosos amaneceres. Sonreí con nostalgia al recordarlo. Pequeñas barcas de pescadores, recogidas las redes, remaban hacia la costa, me identifiqué con ellas, estaba perdida en medio de la nada.

Me senté en el sillón. Sentía que el abismo me tragaba, que un vació enorme se abría bajo mis pies, que caída y no tenía dónde agarrarme. Cerré los ojos, y de nuevo me pregunté dónde estaría Paco.

No consigo recordar los sucesos de los últimos días. Enfermó inesperadamente, le realizaron distintas pruebas para detectar la causa de sus molestias, todas negativas menos la última que confirmó la sentencia: Tenía cáncer y no había tratamiento. Todo se derrumbó sobre nosotros.

La certeza de que iba a morir en unos días me volvió loca, él recibió la noticia con serenidad. Me cogió la mano y la apretó cariñosamente, me miró a los ojos con amor y sonrió con un gesto de complicidad. Aceptó que su vida se acababa. Me abrazó con ternura y me dijo cuanto me quería. Volvimos a casa en silencio, las lágrimas no me dejaban ver el camino.

Paseábamos al atardecer conscientes del poco tiempo que nos quedaba, recordábamos los momentos en que fuimos felices, lo hermoso que había sido quererlo y sentir su amor. Paco me miraba con adoración y yo a él.

No hubo dramas en la despedida. No queríamos separarnos, pero el guion estaba escrito. Nos dimos las gracias por los años compartidos, por lo ensañado y aprendido, por la fortuna de encontrarnos y tenernos, por amarnos en libertad.

Recordamos nuestra promesa de adolescentes, escrita en un papel. Reímos al leer el acuerdo: “Cuando hayamos muerto volveremos a encontrarnos en la Isla de Pascua”. Sueño con que él estará esperándome.

Paco se fue apagando dulcemente, abrazado a mí. La habitación estaba en penumbras. Por la ventana se divisaba la luna rilar en el mar. Una mariposa blanca salió de su pecho, revoleteó por la habitación y desapareció. Era la señal convenida: Paco había muerto.

Me levanto del sillón, seco mis las lágrimas, y abandono la terraza. Me siento cansada, como si transportara un peso enorme, respiro con dificultad, la angustia me estrangulaba el estómago. Vuelvo a la cama, las sábanas conservan su olor, me reconforta. Apoyo la cabeza en la almohada y oí su voz. “Carpe diem”. Sonrío.

pensamientos de 5 \"CARPE DIEM. Isabel Cuenda Labrador\"

  1. Se amontonan en mi cabeza todas y cada una de las palabras leídas y me hacen daño, sólo por la verdad que expresan, y que yo siento en mí, hacia la persona que comparte mi vida.
    No pretendo ser protagonista de nada escrito, sólo quisiera que mi corazón fuese capaz de acercale un poco de paz y cariño.

  2. Querida Isabel:
    Me ha gustado mucho leerte. Tengo que decir que refleja fielmente tu claridad de pensamiento y tu forma de obrar.
    Ahora que eres Isabel y Paco al mismo tiempo, te animo a que «sigan» escribiendo, pero para ser leídos. Piensa en que habrá más egoístas como yo, que queramos beneficiarnos de tu sabiduría.

    Un sonoro beso en el cachete.

    El profe Miguel.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *