“CHICOS DE PELÍCULA” Por Mónica De Solis, alumna del Taller de Escritura Creativa

“Me llamaba nena como en las canciones pop y tenía la manía de andar junto a mí siempre por el lado izquierdo.

Era una manía estúpida, pero yo ya me había acostumbrado al balanceo de su mano derecha, igual que él al traqueteo de mis zapatos de tacón. Yo sabía que le gustaban los stilettos y por eso me los ponía, aunque por aquel entonces no se llevaban nada. Aquella prueba de vestuario fue uno más de los muchos detalles que, embelesada absolutamente por él, hacía sin ningún esfuerzo; aunque he de confesar que en este caso, mis pies acusan todavía hoy los vestigios de aquellos días encaramada sobre semejantes agujas.

Cuando nos citábamos nunca venía a buscarme. No le gustaba. Decía que él quería encontrarme en la calle, como si no hubiéramos pactado antes nada de nada. Todo en él era sorpresa. Existía entre nosotros un acuerdo mudo y misterioso. ¿Para qué decirnos nada? Cuando nos mirábamos el uno al otro, los pensamientos se transportaban como moléculas vivas e inquietas, desde su cabeza hasta la mía, fluyendo con tal energía, que no cabía palabra alguna capaz de expresar mejor lo que esa magia decía por sí misma. Y jugando a ese juego de seducción, yo siempre tardaba más de la cuenta en llegar a la cita, para que me viera venir y tuviera tiempo de observarme de arriba abajo. Tenía una forma de mirar muy meticulosa. Le gustaba mi manera de vestir, aunque a veces me decía:

“Nena, lo tuyo no son los vaqueros”.

A él lo que le gustaba era verme las piernas y además pensaba que el culo de las chicas resultaba mucho más insinuante contorneado bajo una falda ajustada.

“Y si no, mira a Marilyn”, comentaba observando la foto de la mítica rubia platino, que presidía la fachada de uno de tantos locales que frecuentábamos.

Una vez, yo llegué antes que él. Venía de una reunión familiar de la que me costó mucho escabullirme y cuando logré salir de allí corrí tanto, que incluso me adelanté a nuestra hora. Habíamos quedado para encontrarnos entre el bullicio de la Plaza de Santa Ana. Cuando le vi aparecer, con el hotel Victoria de fondo todo iluminado, comprendí por qué él adoraba verme llegar. Parecía un personaje de película, ajeno totalmente a mí, caminando ante mis ojos como un ralentizado, avivando a cada paso mi deseo de acercarme a él. Me gustó tanto esa sensación, que en más de una ocasión me adelanté a la hora para volver a sentirla.

La primera vez que nos fuimos juntos de fin de semana fue también la primera que vino a buscarme, pero yo ya le estaba esperando con mi mochila en la esquina de la calle, para que no supiera donde vivo. Nuevamente le vi llegando a lo lejos, a horcajadas sobre su moto negra y brillante, como un aventurero a lomos de su fiel cabalgadura. Cuando se arrimó a la acera, se me cayó un pendiente al suelo y él lo aplastó con la rueda. Todavía tengo guardado el par nuevo que me regaló. Eran de un color plata reluciente con circonitas de muchos colores. Hoy, aunque desgastados y a falta de alguna piedra, siguen escondidos en uno de mis cajones como un fetiche.

Durante esos dos días deambulando por un pueblo de la sierra y recorriendo las montañas, el misterio que siempre le acompañaba volvió a enamorarme, aún más, de todo cuanto hacía y me decía.

“Ven conmigo, urbanita”, musitaba, mientras me adentraba por parajes recónditos y me descubría cuentos y leyendas sobre brujas y chamanes.

En cierto sentido, aquella pequeña escapada me resultó algo irreal, pues no le había imaginado nunca así, desconectado del ambiente de ciudad. Al regreso todo me pareció como un sueño, un paréntesis, pues al instante ya estábamos de nuevo en nuestro mundo de calles, coches, luces de neón y pandillas.

Salíamos por las noches y circulábamos por los bares. A él no le gustaba bailar y a mí sí. Cuando sonaba alguna de mis favoritas él me miraba de reojo y me susurraba al oído:

“Venga, nena, demuéstrales lo que sabes”, y se quedaba apoyado en la barra escudriñándome con sus ojos enigmáticos.

Decía que cuando bailaba me ponía peligrosa, pero yo creo que era al revés, porque después de una noche de baile sacaba toda su artillería y yo no podía más que dejarme vencer por sus locos deseos.

Alternábamos con mucha gente, pero lo que más nos divertía era jugar al despiste y de pronto desmarcarnos y desaparecer como dos fugados de la justicia. Siempre flotaba en el ambiente esa sensación de guión de cine. Una mirada, una mueca, y al momento nos convertíamos en los protagonistas de nuestra propia película. Sólo para dos.

Algunos de mis amigos pensaban que no era real. Yo vivía en Madrid pero muchas de mis amistades residían en otras ciudades, fruto de mis veraneos de niña cerca de las playas de Levante. Con ellos me carteaba de vez en cuando y, desde hacía un tiempo, supongo que obsesivamente, sólo sabía hablarles de él. En una de aquellas cartas, mi mejor amiga de la infancia me reñía entre bromas por contarle semejantes historias inventadas sobre un tipo inexistente. Ella, que me conocía bien, sabía de mi afición por escribir y creía a pies juntillas que lo que yo le contaba era un juego entre ella y yo, una especie de test sobre mi último relato. Lógico; es de suponer que el contenido de mis cartas sonaba tan idílico y cinematográfico como lo era él en realidad.

Por las noches me tumbaba en la cama de mi dormitorio con los ojos fijos en el techo. Un enorme póster de James Dean me miraba desde arriba con la misma profundidad que poseía él en sus ojos. Hacía mucho que lo tenía, rellenando el hueco blanco de mi puerta, pero desde que él andaba conmigo coronaba mis sueños sobre el techo, cubriéndome cada noche como un edredón caliente antes de cerrar los ojos.

Cuando llevábamos así unos meses, en mi casa empezaron a indagar y tuve que presentárselo a mis padres. Fue una fría tarde de domingo. Lluviosa. Odiosa. Mi madre, inclinada sobre la mesa del comedor acomodando los platos, parecía un maniquí. Mi padre, sentado en el sofá del salón, merodeaba mis movimientos como un sheriff.

El simple hecho de esperarle en mi casa como si fuera un juzgado me revolvía el estómago. Fuera llovía torrencialmente. Y cuando entró en casa, todo empapado, no pudo evitar que se le resbalaran las palabras y mi padre se quedó helado.

Después de aquella turbia visita, todo empezó a cambiar. Poco a poco. No sabría decir por qué, ni cómo, ni exactamente cuándo, él dejó de llamarme nena y empezó a utilizar mi nombre de pila. Y tampoco sé por qué, ni cómo, ni cuándo, yo dejé de adelantarme a la hora y el héroe de película desapareció.

Ya no estamos juntos. El día que me dijo adiós clavó su mirada en mis ojos llorosos con rabia, dulzura, impotencia. Creo que él también sentía aquella profunda tristeza, aunque nunca estaré segura de ello, jamás le vi llorar. Arrancó su moto negra y brillante y se perdió tras la esquina donde aquella vez le estuve esperando, antes de que él supiera todo de mí. Ese mismo día, tuve una discusión terriblemente violenta con mi padre. Me llamó nena y debí contestarle muy mal.

El tiempo ha pasado deprisa. Mi conciencia está ya desintoxicada, pero el subconsciente fue cosa muy distinta. Tardé mucho en controlarlo. Durante largas y eternas noches, mi póster  del techo me recordaba su figura esbelta y rebelde y, aunque sentía la necesidad de arrancarlo de allí para siempre, me sabía envenenada aún por esa seducción enfermiza. Cuando cerraba los ojos, él venía a buscarme en mis sueños, con su porte aventurero y su sonrisa de cine, recorriendo mi silueta con esa mirada profunda que decía “cámara y ¡acción!”.

Hace tiempo que tengo novio. Uno formal. Nos conocimos en la universidad y al momento, eso me dijo, se enamoró de mí como un loco. Yo me dejo mimar. Es muy detallista y siempre viene a buscarme a la puerta de casa, a la hora en punto y mi familia le invita a comer.

Los fines de semana vamos al cine y somos espectadores de historias ajenas. Luego salimos y todo vuelve a la normalidad, mientras paseamos por ese viejo Madrid que ahora miro tan distinto, porque estoy fuera del guión.

Sólo cuando me encuentro acomodada en la gran sala, a oscuras frente a la pantalla, no puedo evitarlo y me evado en mis recuerdos. Durante la proyección me gusta engañarme, adentrarme en cada escena y soñar hasta llegar al The End.

Entonces me doy cuenta de que los chicos de película no existen. Porque sólo viven durante un rato y luego se mueren, cuando aparecen los títulos de crédito y descubres que eran sólo personajes que alguien se había inventado.”

Mónica de Solis, alumna del Taller de escritura creativa.

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