CLUEDO: ¿QUIÉN MATÓ AL DOCTOR BLACK?. Jessica Comin

Las cárceles siempre deprimen. Agarré mi maletín con fuerza y entré. Ya no había marcha atrás. Me lo había jugado todo, y había que jugar hasta el final. La señorita Amapola llevaba puesto un mono de prisión nada favorecedor. Sin maquillaje y sin sus cuidados capilares, no era tan guapa. Me miró como si yo fuera un arcángel que pudiera sacarla del infierno.

-Señorita Amapola, soy Alice Touchman, su abogada.

-¡Gracias a Dios! Tiene que sacarme de aquí. ¡Soy inocente, lo juro!

No me dejé impresionar por su declaración de inocencia.

-Primero debo confirmar sus datos: es usted Josefina Amapola, veintitrés años. Su madre es Patricia Celeste, que se encontraba con usted en el momento de los hechos, en Villa Tudor. Su padre falleció cuando usted era una niña. No se le adjudica ninguna profesión ni está casada.

Levanté la vista por encima de las gafas y ella asintió.

-Hay algo que debe entender: si quiere que la ayude debe contármelo todo. No puede mentirme, o se quedará sola.

-Se lo juro.

Nos mantuvimos la mirada durante unos instantes. Allí, como un pájaro enjaulado, había perdido su arrogancia y seguridad. Abrí la carpeta donde tenía su expediente.

-Me resulta usted familiar -dijo, justo cuando yo iba a exponer la situación-. ¿Nos hemos visto antes?

-No lo creo. Verá, la cosa está como sigue: se la vio entrando en la escena del crimen justo a la hora de la muerte y varias armas del crimen se encontraron en su posesión y con sus huellas.

-¡Alguien me tendió una trampa! -exclamó, levantándose en un arrebato de rabia-. Yo jamás le habría hecho daño a Robert. Yo… -calló, arrepentida de haber iniciado la frase. La miré inquisitivamente, recordándole nuestro pacto tácito-. Yo lo amaba.

He de reconocer que esa confesión me sorprendió. Sabía que tenían una aventura, pero de ahí a decir que lo amaba…

-Robert iba a divorciarse de su mujer, me lo prometió. Apenas se veían porque ella tiene la salud algo delicada y vive en Londres. No le gusta la humedad del campo y no solía ir a Villa Tudor.

-Imagino que usted iba mucho por allí, y conocía muy bien la casa.

-No tanto. En realidad, casi no salíamos del dormitorio…

Se ruborizó, y yo apreté con fuerza la estilográfica.

-Va a tener que contarme todo lo que pasó esa noche, señorita Amapola.

Josefina Amapola asintió y empezó a hablar.

-El tío de Robert, Sir Hugo Black, falleció hace un par de meses.

-Tengo entendido que le dejó una gran fortuna -insinué, mirándola fijamente.

-Así es, pero no es lo que piensa -se defendió, mientras pestañeaba varias veces-. No estaba con Robert por su dinero. Sé que he estado implicada en numerosos escándalos, pero le juro que esta vez era diferente. Después lo entenderá.

Terminé por asentir y le hice un gesto con la mano para que continuara.

-El abogado de sir Hugo habló con Robert para explicarle que había algunas irregularidades en las cuentas. Transferencias a cuentas anónimas. Robert pensaba que su tío estaba pagando algún tipo de chantaje.

-¿Quién más sabía esto? ¿La mujer de Robert, tal vez?

-¡No! -exclamó, como si hubiera dicho una barbaridad-. Él solo confió en mí. Tenía un plan para averiguar lo que estaba pasando.

-¿Es la historia que le contó a los inspectores cuando la interrogaron?

-Sí, pero creo que no me creyeron. La inspectora me la tenía jurada, no sé por qué… Envidia, seguramente.

-Seguramente.

**

Una semana antes

El inspector Lupin llegó a Villa Tudor por la mañana. Acababa de recibirse el aviso del hallazgo de un cadáver.

-Soy el inspector Lupin, y esta es mi compañera, la inspectora Grey.

-Soy la señora Blanco, el ama de llaves. ¡Es una tragedia!

Se trataba de una mujer mayor, de pelo cano. Estaba tan desconsolada que llegamos a pensar que era fingido.

-¿Podría llevarnos a la escena del crimen? –pidió Lupin.

La señora Blanco nos condujo hasta el invernadero. Todos los invitados del doctor Black permanecieron alrededor de la puerta. Un cuerpo colgaba de una viga del techo. Tenía los ojos abiertos y se balanceaba tétricamente.

-Fíjate. Tiene múltiples lesiones. Una puñalada en el pecho, varios golpes en la cabeza con lo que parece un objeto contundente, y un disparo que, me atrevería a decir, le seccionó la arteria femoral -concluyó Lupin.

-Será difícil saber cuál de todas ellas lo mató.

-El forense está a punto de llegar. Interroguemos a los sospechosos.

La primera fue la señorita Amapola. Estaba ansiosa por contar lo que sabía.

-Sé que uno de ellos lo ha matado. Robert los había reunido aquí porque creía que uno de ellos había matado a su tío. Debió de descubrir quién lo hizo… ¡Por eso me mandó esa nota para que me reuniera con él!

-Señorita, más despacio -pidió Lupin-. Empiece por el principio.

-El abogado de Robert le contó que había irregularidades en las cuentas: su tío, sir Hugo Black, pagaba cuantiosas sumas a una cuenta desconocida. Robert creyó que alguien lo chantajeaba y que quizá lo mató cuando se negó a seguir pagando. El pobre hombre murió en circunstancias poco claras, ¿saben? Robert decidió invitar a pasar el fin de semana a los que él creía sospechosos: el coronel Rubio debe dinero a una editorial para la que se comprometió a escribir sus memorias. El Padre Prado está acusado de fraude y blanqueo de dinero. El profesor Mora perdió su puesto en el Museo Británico por plagio. La señora Blanco ya estaba aquí, pero Robert pensaba que podía haber matado a su tío porque él no le dejaba nada en el testamento después de tantos años de dedicación. Y por último está mi madre, que tuvo una aventura con Hugo Black hace muchos años. Todos conocidos de Hugo Black.

-¿Cree a su madre capaz de matar a un hombre? –preguntó Lupin.

-No, pero era una excusa para que yo pudiera estar aquí.

-¿Por qué querría el doctor Black que usted estuviera aquí? –pregunté, enarcando la ceja.

-Estábamos enamorados -dijo, como si tal cosa-. Yo lo estaba ayudando.

-¿Está segura de que no la consideraba una sospechosa? -insistí.

-¡Claro que no! Cenamos en el comedor, y cuando todos se habían retirado, pasó una nota por debajo de mi puerta. Me pedía que me reuniera con él una hora después en el invernadero.

-¿Qué hora era?

-La una de la madrugada. ¡La noche se me pasó volando! Juraría que nos habíamos retirado sobre las diez y media -se quedó pensativa durante un minuto, pero enseguida volvió a mirarnos con sus salvajes ojos azules-. La cuestión es que fui al invernadero, pero él no estaba. Esperé durante veinte minutos, y me fui a mi habitación.

-¿Por qué no fue a buscar al doctor Black?

-Él me dijo que no fuera a buscarlo, que él vendría a mí. Pensé que tal vez su mujer hubiera aparecido finalmente.

-¿Qué quiere decir? ¿Había otra persona en la casa? -inquirió Lupin-. ¿Dónde está ahora?

-No sé si llegó. Robert me dijo que tal vez viniera, él se lo había pedido. Quería contarle lo nuestro. No apareció en la cena, ninguno de nosotros la vimos.

-No hay nadie más en la casa, ya ha sido registrada -comenté-. Trataremos de contactar con ella.

-¿Volvió a salir de su habitación después de regresar del invernadero?

-No, hasta esta mañana, cuando la señora Blanco nos ha despertado a todos. Aún no puedo creerlo…

Josefina Amapola rompió a llorar. Reconozco que sus lágrimas parecían sinceras. Lupin le dijo que ya podía irse y llamamos al coronel Rubio, después al Padre Prado y después al profesor Mora. Todos tenían la misma coartada, pues habían estado juntos.

-Estábamos en la biblioteca, al lado del invernadero. No oímos nada extraño. Yo vi a la señorita Amapola entrar sobre las doce, y el profesor Mora la vio salir una media hora después -explicó el coronel Rubio.

-¿Está seguro de la hora? -preguntó Lupin-. Ella asegura que eran las dos.

-Estoy seguro, salí al pasillo a fumar y vi la hora en el reloj del recibidor. El profesor comentó después, cuando volvió del lavabo, que se había cruzado con ella en la escalera.

El profesor Mora y el Padre Prado confirmaron su versión. La señora Celeste y la señora Blanco no aportaron nada más. Decidimos ir a ver cómo iba el forense.

-El disparo de la pierna fue anterior a que muriera. Sin embargo, el resto de lesiones son post-mortem. Incluso fue colgado cuando ya estaba muerto. Sitúo la hora de la muerte entre las doce y las doce y media.

-¿Cuál fue entonces la causa de la muerte? -quiso saber Lupin-. ¿Acaso se desangró?

-Estoy casi seguro de que murió antes de que le diera tiempo a desangrarse. Creo que fue envenenado.

-¿Por qué todas estas lesiones? -pregunté-. ¿Por qué no dejarlo muerto por ahí?

-Solo se me ocurre que la persona en cuestión estuviera muy enfadada, y se desahogara con el cadáver.

Cuando el forense se marchó y se llevaron el cadáver, investigamos la escena del crimen. Entre unos geranios, Lupin encontró un abrecartas, todavía con sangre seca. Era grueso, como un puñal.

-¿Crees que podremos sacar huellas? -pregunté.

Lupin asintió. Allí no había nada más. Fuimos al estudio y aplicamos sobre el abrecartas los polvos que descubrirían las huellas del asesino. Pedimos a todos los presentes en la casa que nos dieran sus huellas y las comparamos con las halladas. Hubo coincidencia con las de Josefina Amapola.

Registramos su habitación, a pesar de sus protestas.

-Ese abrecartas estaba en mi habitación. Lo usé para abrir la carta que Robert me envió para que me reuniera con él. ¡Por supuesto que tiene mis huellas!

-¿Y por qué estaba en el invernadero con la sangre del doctor Black? -la acusé, aunque aún no se había confirmado que fuera su sangre.

La joven se quedó callada, se abrazó los hombros y apartó la mirada. Al cabo de un rato, Lupin carraspeó y sacó un pequeño revólver del bolso de la señorita Amapola.

-¿Calibre 22? -pregunté.

-Así es.

-Llevo ese revólver por protección. Son tiempos peligrosos.

-Coincide con el calibre de la bala que atravesó la pierna del doctor Black.

-Eso no puede ser… Debe ser una coincidencia.

La joven empezó a temblar violentamente, se apoyó en la pared y se dejó caer. Susurraba cosas ininteligibles. Para intentar que saliera del trance, quise agacharme a su lado, con tan mala suerte que golpeé el reloj de la mesilla, que cayó al suelo. Las saetas se pararon y el cristal se rajó. Josefina Amapola dio un respingo y volvió en sí.

-Lamento lo del reloj -le di cuerda y lo puse en hora.

Lupin se dirigió al botiquín que había en el lavabo, yo lo seguí y allí encontramos una jeringuilla usada. Todavía contenía algo de líquido. Tras intercambiar una mirada, la cogí y la introduje en una bolsa transparente. La mandaríamos analizar de inmediato.

-Señorita Amapola, las cosas no pintan bien para usted. Estoy seguro de que esta jeringuilla tendrá sus huellas y que contendrá restos del veneno con el que mataron al doctor Black. Una pistola del calibre 22 se ha encontrado en su posesión, y el abrecartas usado para apuñalar al doctor tenía sus huellas. Además, tiene en su mesilla un candelabro que perfectamente podría haberse usado para causarle los traumatismos que tenía en la cabeza. Va a tener que acompañarnos a comisaría.

**

-Tengo entendido que todas las pruebas se han confirmado. El abrecartas con sus huellas tenía la sangre del doctor Black y la jeringuilla usada de su botiquín contenía restos de estricnina, un veneno muy potente. El resto de pruebas son circunstanciales, como la pistola del mismo calibre con la que se disparó al doctor y el candelabro que encaja con las lesiones de su cabeza. Además, se la sitúa en el escenario del crimen a la hora de la muerte -concluí.

Josefina Amapola enterró el rostro entre las manos y lloró.

-Estoy embarazada. ¡Jamás habría matado a Robert!

Esa revelación me dejó helada. ¡Un bebé! Menuda oportunista. Sin embargo, eso lo cambiaba todo: podía cargar en mi conciencia con la muerte de Josefina, pero no con la de un niño inocente.

-Escúcheme, si confiesa y colabora puede librarse de la pena de muerte. Su hijo tendrá una oportunidad.

-¡Pero yo no lo hice! El asesino sigue por ahí… Ni siquiera sé lo que es la estricnina ni cómo conseguirla…

-Se utiliza como pesticida. El armario del invernadero está lleno. ¿Tal vez usted cogió la llave bajo la maceta…?

Callé al darme cuenta de que acababa de cometer un error. Ella me miró con suspicacia.

-¿Cómo puede saber lo de la llave bajo la maceta? -inquirió-. La policía rompió el candado. No sabían nada de ninguna llave. La encontraron mucho después.

-Ha sido una mera suposición… Como iba diciendo, su mejor opción es confesar.

-¡No! ¿Quién es usted? Desde el principio me ha recordado a alguien…

Inesperadamente, me arrancó las gafas y se me cayó la peluca. Mi corta melena rubia quedó al descubierto.

-¡Es la inspectora Grey! ¿Cómo es posible? ¿Qué broma es esta?

Me había descubierto, y he de reconocer que me produjo cierto placer. Ahora sabría quién era su verdugo, y esa niñata no volvería a jugar con fuego.

-La inspectora Grey no existe. Me llamo Victoria Black.

Josefina Amapola se dejó caer sobre la silla, anonadada.

-Usted lo mató porque iba a dejarla. ¡Para estar conmigo!

-No fue solo por eso, querida. Iba a dejarme sin nada, en la calle. ¡Menudo desagradecido! No podía permitirlo.

La señorita Amapola empezó a gritar, a llorar y a decir cosas ininteligibles. Me acusaba a pleno pulmón. Con toda la tranquilidad de la que fui capaz, me coloqué de nuevo la peluca y las gafas y abandoné la sala.

-Lo ha confesado todo -anuncié al inspector Lupin-. Está perturbada, ha perdido el juicio. Al parecer, el doctor Black iba a dejarla para volver con su mujer. La señorita Amapola está embarazada y no pudo soportarlo. No merece que la cuelguen, necesita ayuda. Un sanatorio donde pueda recuperarse.

**

¿Cómo maté a mi marido e incriminé a Josefina Amapola? Fue un trabajo de exhaustiva planificación. Escuché a Robert hablar por teléfono con esa pelandrusca. Sabía que iba a dejarme y que iba a cambiar el testamento para dárselo todo a ella. Yo no le importaba nada. Cuando me invitó a pasar el fin de semana en Villa Tudor, sabía cómo acabaría. Le dije que no iría, pero Robert a menudo olvidaba que yo tenía un juego de llaves y que sabía conducir.

Entré por la puerta de atrás mientras cenaban. Subí a la habitación de Josefina y cambié la hora del reloj de su mesilla, adelantándolo un par de horas. Escribí una nota imitando lo mejor que pude la letra de Robert, la metí en un sobre y me la guardé en el bolsillo. Después escribí otra nota para Robert, pidiéndole que se reuniera conmigo en los jardines sobre las once y media. A las once, deslicé el sobre por debajo de la puerta de Josefina. Sabía que usaría el abrecartas, y que sus huellas quedarían en él.

En los jardines, la discusión con Robert fue acalorada. Al final fingí que lo perdonaba, pero fue una treta para poder acercarme lo bastante y clavarle la jeringuilla con la estricnina en el cuello. No se lo vio venir. Fui lo bastante precavida para ponerme guantes. Trató de huir, así que le pegué un tiro en la pierna, usando un revólver que llevaba en el bolso. Elegí a sabiendas ese modelo porque sabía que Josefina tenía uno igual. Tuve la precaución de usar un silenciador.

El disparo le impidió moverse y el veneno ya estaba haciendo efecto. Sabía que Josefina aún estaba en el invernadero, pues la vi desde los jardines. Subí a su habitación, dejé la jeringuilla en su botiquín y me llevé el abrecartas. Me escondí en la habitación de Robert hasta que ella regresó. Me aseguré de que los tres invitados que estaban en la biblioteca la hubieran visto.

Regresé junto a Robert: ya estaba muerto. Clavé el abrecartas en su pecho y arrastré como pude su cadáver hasta el invernadero. Cogí una soga y lo colgué, no sin esfuerzo. Entre unas maderas encontré una tubería de plomo oxidada y le di un par de golpes en la cabeza. ¡Menudo desgraciado! Tiré el abrecartas por detrás de los geranios, ni demasiado escondido ni demasiado a la vista. Antes de marcharme, limpié el charco de sangre que había quedado en el jardín, removí la tierra y lo cubrí como pude.

A la mañana siguiente me hice pasar por la inspectora Grey. Necesité de todas mis influencias. Un contacto me dijo que iba a llegar una inspectora nueva al cuerpo, una que nadie había visto ni conocía. Tras librarme de ella con una treta que la mandó muy lejos, asumí su identidad. Debía eliminar algunos cabos sueltos y asegurarme de que todas las pruebas incriminatorias eran halladas.

Cuando Josefina nos habló de la mujer de Robert, yo me ofrecí a contactar con ella. Dije que estaba de viaje y que tenía coartada, de manera que nunca recaerían sobre mí las sospechas. Debía eliminar las notas que escribí tanto a Robert como a Josefina, así que durante el registro las eché al fuego. Me aseguré de que todas las pruebas fueran halladas por el inspector Lupin, y finalmente, debía volver a poner el reloj en hora, ya que situar a Josefina en la escena del crimen a la hora de la muerte fue una prueba definitiva.

He sabido que finalmente se le rebajó la condena al alegar locura, que fue encerrada en un sanatorio y que su hijo será entregado a su madre, Patricia Celeste. En cuanto a mí, ahora soy rica y no tengo que rendirle cuentas a ningún hombre. Desconozco si de verdad alguno de los invitados había matado a Sir Hugo Black, y sinceramente, no me importa en absoluto.

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