CURSO ESCRITURA. Mónica Galisteo

Me decidí por fin a ir al parking a sacar brillo a mi flamante descapotable, el día anterior se llenó de polvo porque Pol y yo habíamos estado pasando el día en la playa, a Pol le encantaba la playa, incluso en los días más fríos le apetecía caminar por la orilla, le fascinaba el ir y venir de las olas, pisar la arena húmeda, en incluso se atrevía a mojarse un poco a pesar del frío.

El día siguiente prometía, planeamos salir muy prontito, a mí me encantaba pegarme esos madrugones de espanto, pero me fascinaba la sensación esa de parecer los únicos que vamos circulando por la ciudad. Barcelona parecía otra, increíble pensar que en apenas cuatro o cinco horas los coches y peatones inundarían toda la ciudad de ruido y frenética actividad.

Era el primer día del mes de abril, y el sol ya tenía otro color, se notaba que estaba más alto, anunciaba que el cambio de estación era ya evidente, y eso me llenaba de alegría.

Me encantaba conducir, y a Pol siempre le ha encantando mirarme embobado mientras conduzco.  Disfrutábamos con la sensación del aire en la cara, a Pol se le ponía la cara muy divertida cuando el aire le daba de pleno, se me dibujaba una sonrisa cuando lo miraba.

Nos esperaba un largo fin de semana por delante sin teléfonos, sin obligaciones, sólo para nosotros.

Yo me puse aquel vestido negro que mi madre me regaló por navidad, un regalo de su último viaje a Londres, cuello alto, punto fino, largo casi hasta los pies, para poder ir arreglada pero informal en aquellos días primaverales en los que no sabes qué ponerte, Pol me miraba con detenimiento el vestido, sabía que no me lo había puesto antes, pero parecía que le gustaba, también llevaba mis botas viejas, tan cómodas que siempre usaba esas, a pesar de tener un surtido de botas en mi zapatero, estas eran mis preferidas, ideales para aquel fin de semana, además regalo de mi padre en mi 30 aniversario, sin quererlo llevaba dos prendas que me traían la presencia y recuerdo de mis padres.

Nos faltaban apenas cincuenta quilómetros para llegar a Lles y paramos en un área de servicio, estábamos sedientos, así que nos detuvimos en un área de servicio para refrescarnos. La cervecita me sentó muy bien a pesar de que sólo eran las once de la mañana.

Tardamos poco en llegar al pueblo, casi desde la entrada al mismo se vislumbraba la torre de la casa.

Nuestra casa familiar, en la que se guardaban tantos recuerdos para mí. Era doloroso volver.

La casa que 50 años antes no era casa, sino un pequeño cobertizo habilitado como vivienda, antigua propiedad de un mañoso carpintero que había conseguido crear en su interior lo más parecido a una casita de muñecas en tamaño real. Estuvimos muchos años disfrutando de esa casita, hasta que un golpe de suerte en la lotería hizo que mis padres pudieran plantearse una ampliación y hacer la casa de sus sueños.

Después de casi 5 años de la muerte de mi madre, conseguí armarme de valor y entrar en aquella casa,

Pol delante de mí con paso firme, yo detrás de él, caminabamos en silencio, la presencia de Pol y el hecho de que me acompañase me daba fuerza para enfrentarme a la situación que hacía años temía.

El impacto exterior ya había ejercido en mí la terrible sensación de melancolía, los jardines dejados, las malas hierbas, habían convertido un exterior que en su día lucía precioso con ahora un decadente escenario, en el que nunca podías imaginar la felicidad que allí se había vivido, las risas, los momentos importantes, las celebraciones de aniversarios, las verbenas de Sant Joan, los nacimientos de sobrinos, hijos de primos, también duelos de abuelos, duelos de amigos. Allí habíamos vivido y compartido los buenos y malos momentos.

Pol delante de mi todo el rato, iba abriéndome paso a las estancias a las que yo apenas me atrevía a entrar, los muebles cubiertos de sábanas, hacían parecer una galería de imágenes de figuras fantasmagóricas, pero la luz y el sol primaveral que entraba lo hacía una estancia preciosa, recordando tal y como había sido años atrás cuando todo estaba destapado, vivido y en plena actividad. Para Pol era la primera vez que entraba en aquella casa, a pesar que le hablé de ella millones de veces, y en que un día lo llevaría, recorrió todas las estancias mirándolas con interés, no dejó ningún rincón por investigar

Pol se sentó en una de las butacas que había delante de la chimenea, yo me senté a su lado, no pude evitar derramar unas lágrimas. Pol se apoyó en mí, Miré a Pol, sus profundos ojos negros, apenas parpadeaba, toqué su pelo negro azabache, denso, cálido, me relajaba hacerlo, y así nos quedamos disfrutando de ese rayo de sol que entraba por la ventana y nos quedamos dormidos.

Apenas una hora estuvimos dormitando, y pensé en todo el trabajo que nos esperaba, el primer paso ya estaba dado, un cambio para Pol y para mí, sin él, nunca hubiese podido salir del pozo de la depresión en la me había encontrado hundida hasta la cintura durante casi 5 años.

Me puse a retirar sábanas de encima de los muebles, con cierto movimiento ceremonial, esta vez Pol detrás sentado, como una estatua, debió intuir mi agradecimiento y dar visto bueno a mi decisión porque con un fuerte ladrido me asustó, y moviendo su cola que danzaba descontrolada de un lado a otro supe justo en ese momento que allí seríamos felices.

 

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