DEVOCIÓN. Elisa Martí

El compromiso es lo que convierte una promesa en realidad.

Abraham Lincoln

La devoción es la dilatación del corazón.

Francisco De Sales

Eran apenas las seis de la mañana y Andrea dormía, sola, en la nursería del hospital, en la última planta del edificio blanco y alto, junto a la carretera. Las enfermeras del turno de mañana ya se habían repartido entre las habitaciones, pero no hacían mucho ruido. La gorda Pilar buscó un pretexto para no hacerse cargo de ningún paciente; le había traído a la nena un pijamita de su sobrina que le quedaría grande, como todo, y estaba impaciente por ponérselo. ¡Qué bonita era! Y eso que tenía la carita llenita de granos. No estaba enrojecida, ni con la cabeza combada. Perfecta. Blanquita, redondita y tranquila.

A esa hora Javier y Elisa ya estaban despiertos, vestidos y listos para salir. Hicieron café por hacer tiempo, pero si la primera vez la cafetera se había caído y el café derramado por el suelo de la cocina, con la segunda se mancharon y tuvieron que volver a cambiarse. La luz dormilona de la farola no podía con la negrura de la noche. Estaba amaneciendo, o eso indicaba el reloj y la gente salía de sus casas para ir a trabajar, como si fuera un día normal.

En el hospital, los otros bebés lloraban buscando consuelo. Andrea no lloraba, esperaba. Mientras, la gorda Pilar preparaba biberones.

Javier y Elisa habían quedado en la entrada del edificio blanco y redondo de la maternidad a las ocho, aunque ya hacía veintiún minutos que esperaban, aguantando la pared, mirando el reloj, ocultándolo bajo la manga de la parca, volviendo a mirar la hora, apartándose ella el pelo de la cara, fingiendo los dos que no importaba que la psicóloga aún no hubiese llegado. Ya habían hablado del tiempo, de los respectivos trabajos y del año en que se había construido el hospital. Cuando llegó la que faltaba, entraron, y el ascensor empezó a subir.

¡Clonc!, primera planta.

En el ascensor cabían unas veinte personas y en cada piso bajaban unas y subían otras.

¡Clonc!, segunda planta.

El ascensor iba muy despacio.

¡Clonc!, tercera planta.

El olor a plástico viejo era asfixiante e intimidante; ¡ya sería mala suerte que se estropease ese día!

¡Clonc!, cuarta planta.

Hacía demasiado calor para el mes de febrero y la gente empujaba para hacerse un sitio.

¡Clonc!, quinta planta.

Elisa y Javier miraban al suelo. Si se miraban no serían capaces de contener las lágrimas. Hacía calor, pero había tanta gente que uno no podía quitarse el anorak.

¡Clonc!, sexta planta.

Su hija estaba sola, y la gente empujaba para caber.

¡Clonc!, séptima planta.

Años de espera, de interrogatorios, sesiones psicológicas y acreditación de pertenencias les habían permitido subir en aquel ascensor.

¡Clonc!, octava planta.

¿No se podían cerrar antes las puertas?

¡Clonc!, novena planta.

¡Por fin! Ya no había más plantas. Todos se miraron, sin decir nada. La joven pareja temblaba, pero no podía ser de frío, porque las salas de los bebés estaban calentitas, con olor a flores, las que traían a las madres y sacaban al pasillo, para no hacer pesado el aire de las habitaciones. Siguieron el frufrú de la falda de una enfermera hasta un cuartito con un cartel, un folio impreso, donde ponía «Nursería». La psicóloga y la trabajadora social también iban en procesión.

Andrea no lloraba, dormía, acostumbrada a ir de brazos en brazos de enfermeras. Parecía saber que venían a buscarla.

— ¡Qué bonita es! ¡Qué tierna! ¿Cómo la llamamos?

—Tiene cara de Iris —pretendía la que hablaba más alto.

— ¿Iris? Parece un nombre de bruja, o adivina. ¡Ni hablar! —dijo la gorda Pilar haciendo valer sus años.

—He sido yo la primera en cogerla —dijo bajando la voz hasta que no pudieron oírla—, es…

— ¿Tuya? —Dedujo una.

—Bueno, ya me entendéis, que mientras no vengan sus padres yo me ocupo de ella.

—Todas lo hacemos.

—Pero yo la cogí primero —protestó la enfermera y salió contrariada de la sala porque debía enseñar a una primeriza a usar una pezonera. Las demás hicieron turno para coger a la nena. Andrea no se despertaba; las voces de aquellas mujeres le resultaban ya familiares

—Sí, pongámosle un nombre más normal, como Laura, Marta…

  • ¡Qué sosa! La niña tiene que tener un nombre especial, único. A mí también me gusta Iris.

—Cuando vaya al colegio querrá ser como las otras, y tener un nombre raro no ayuda.

Le cambiaron el pañal. Las cacas aún eran negras y viscosas. Y olían ácidas. Pero los granitos de la cara iban a menos. Con el cambio de leche, mejoraba.

Todos los niños lloran al nacer, pero Andrea no. Parecía que, como no sabía a quién llorarle, guardaba sus lágrimas para una mejor ocasión. Ni siquiera lloró cuando le dio su primer ataque de hipo. Y eso que parecía que su pechito se rompería.

Cuando Javier y Elisa entraron en la sala, todas las enfermeras se obligaron a sonreír y ocultar el fastidio por quedarse sin juguete.

«Es mi turno», pensó la que estaba cambiando a la bebita, y cuando la supervisora hizo un gesto de autorización con la cabeza, la acercó a los recién llegados. Las demás desaparecieron en algún momento. Javier extendió los brazos y Elisa revolvió en el bolso, sacó la cámara y congeló aquel instante en una foto. La primera foto de Andrea. Andrea durmiendo en brazos de Javier, adivinando el amor incondicional que había nacido con la visión de su cuerpecito; ya eran familia.

Andrea era relajante e hipnótica. Verla dormir paraba el tiempo. Aprendieron a no necesitar nada en su presencia. Javier y Elisa sintieron su atracción desde el primer momento, se enamoraron de ella, y juraron protegerla siempre, compartirlo todo con ella, pensar en ella primero, y ser padres antes que personas.

De niña le gustaría Pocoyo, Cantajuegos y las películas de Barbie. Pero entonces, que era un bebé con granitos en la piel por una intolerancia a la proteína de la leche, solo dormía. No echaba de menos a la mujer que le había dado la vida. Con todo el lio del parto, la había perdido de vista y no la había vuelto a ver. Y como enseguida la taparon y le dieron el biberón, no tenía ni frío ni hambre.  Y al día siguiente  llegarían Javier y Elisa para ser sus padres. Parecía saberlo. Durmió todo el rato, mientras otros estrenaban la paternidad sin los nueve meses previos para hacerse a la idea. Al día siguiente Andrea saldría del hospital, vería el cielo por primera vez, hasta la parada de taxis, y conocería su casa y su habitación.

Al llegar a casa se despertó para saludar a la familia, que esperaba conocerla. Todos querían cogerla y a todos dedicó una media sonrisa desubicada para agradecer las monerías y las atenciones. Después tuvo un aparatoso ataque de hipo y todos se fueron para que Andrea no se estresara.

Cuando Andrea hipó por primera vez, cogió a todos por sorpresa. No imaginaron que aquello podía pasar ni que duraría tanto. Elisa no sabía qué hacer. Con la niña en brazos se desparramó en el suelo del pasillo. Tan pequeñita ella, tan frágil, se convulsionaba violentamente cada pocos segundos, y parecía que en cada espasmo iba a reventar. Hipaba tan fuerte…pero a la niña no parecía importarle demasiado. Pasaban otros pocos segundos y volvía a explotar.

Mientras, Javier se enfrascó en una peregrinación de farmacia en farmacia, buscando la leche especial que necesitaban. En todas las que había entrado le habían dicho lo mismo: había que pedirla y la traerían al día siguiente.

— ¡Imposible!  ¡Solo tenemos para un biberón más!

Javier recorrió todas las boticas del barrio y algunas de más lejos. Nunca hubiera imaginado que había tantas. Cuando llegó a casa con la dichosa leche se desparramó también en el suelo. Ser padre era muy duro. Y aquello solo era el principio.

Desde que tuvo a quién llorarle, Andrea no dejó de hacerlo: que si no quería salir, que si no quería volver, que no quería ruido pero tampoco quería estar sola, no quería que la cogieran, ni que la dejaran en la cuna. Pero era tan adorable, que la vida se había enamorado sin remedio de la bebita con granitos.

Elisa Martí López

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