DOBLE VIDA. Juan Soria

A mis cincuenta años, tras la muerte de mi madre, fue la segunda vez que me sentí excluido socialmente. La primera tuvo lugar con la jubilación anticipada. Aunque, si he de juzgarlo con ecuanimidad, en aquella ocasión fue una elección personal. El banco nos dio a elegir si seguir en el tajo o marcharnos  a casa con el cien por cien; y, dado que la demencia de mi madre precisaba de dos personas, fruncí el entrecejo y me dije: “Lolo, esta es la tuya, coge el dinero de la jubilación y, además, te ahorras pagar una mensualidad”.

Tras dos años cuidando a mi madre casi de forma exclusiva, nos dejó sin que nadie lo esperase. Como quiera que mi hija se había marchado a Londres a trabajar, quedamos solos en casa mi mujer y yo, pero con el agravante de que era yo el único que no trabajaba: todo el día y toda la casa eran para mí. Ya se sabe, que si hacer la compra, que dar un escobazo por aquí y por allá, que si quitar el polvo a los muebles…

Por si fuera poco, me di cuenta de que al haberme tenido que dedicar durante dos años al cuidado de mi madre me había quedado desplazado; me refiero a que con esa costumbre de andar cambiando constantemente a los empleados de destino, ni siquiera en la oficina bancaria quedaba nadie con quien pegar la hebra o tomar un café a media mañana. No tardé mucho en darme cuenta de que envejecía sin remisión, a lo cual intenté poner remedio.

Si alguien piensa que la relación con mi mujer no es buena se estaría equivocando. Compartimos muchos momentos y muchas aficiones. Solemos hacer un par de viajes al año por lo menos, y semanalmente, casi siempre el sábado por la tarde, vamos a ver alguna película de estreno en la gran pantalla o una buena obra de teatro. Aunque no con la frecuencia que ella quisiera, son muchas las veces que nos sumergimos en la noche madrileña. En lo que no nos ponemos de acuerdo es en asuntos de intimidad. Me refiero en concreto a dejar correr la imaginación y olvidarse de los convencionalismos sociales. Fue precisamente a desarrollar mi “otro yo” a lo que me dediqué en solitario.

Con la decisión tomada, dediqué toda una tarde a depilarme. Me afeité el pecho y la zona del pubis. Aunque estuve a punto de hacer lo mismo con los pocos pelos que me quedan en la cabeza, por fin quedó exonerada de la cuchilla. Aun así, cuando me miré detenidamente ante el espejo, apenas podía reconocerme.

Entré en el google y busqué un lugar donde poder lucir mi nuevo look. Busqué uno de esos lugares para nudistas en que la gente suele ser muy liberal y da oportunidades a fracasados como yo. Elegí “Afrodita”. No recuerdo por qué opté por ese lugar. Pudo ser porque era céntrico. Pudo ser por la belleza de su nombre. Pudo ser también por su decoración zen…

El primer día que entré en el local sentí algo muy especial. A la entrada me dieron una toalla, unas chanclas y una llave con una pulsera y un número. Cuando guardé la ropa en la taquilla y salí del vestuario sentí que había entrado en un oasis de libertad y que había desconectado de mi vida cotidiana. El local era muy grande y con muchas salas. Entré en uno de los tres yacuzzis que había. Era pequeño y estaba en penumbra. La decoración de la sala básicamente era de bambú y de piedra. La iluminación, tenue con proliferación de azules oscuros. Me descalcé y colgué la toalla en una percha. Me coloqué en el borde del agua, de la que sobresalían cinco cabezas como si fueran cinco cocodrilos al acecho. Ninguna de ellas se dignó en lanzarme una miradita. Sin duda no era la mejor forma de empezar.

Entré en el agua y busqué acomodo. Fue entonces cuando me percaté de que había una parejita de unos treinta pelando la pava. Los otros tres eran chicos. No perdían detalle de los movimientos de la pareja. Nadie hablaba con nadie (ni siquiera la parejita), todas las miradas se concentraban en la chica y el chico, a quienes no parecía incomodarles lo más mínimo la actitud de los demás. El agua estaba calentita. Me relajé. Miré al techo y me dejé llevar por el reflejo que producía el movimiento del agua en él. La pareja se puso en pie y se dirigió hacia las escaleras del yacuzzi, los tres chicos restantes obraron de la misma manera como si pertenecieran a la misma comparsa y marcharon tras ellos. La chica me lanzó una fugaz mirada, más por comprobar si la observaba, pienso yo, que por observarme. Frente a mí tenía un cuadro que ocupaba toda la pared. Era el “Nacimiento de Venus” de Cabanel. Un óleo que venía muy al propio, ya que no solo mostraba la sensual desnudez de Afrodita sino que se fundía la escena hacia el cielo desde el que era observada por un coro de ángeles alados. Esa era precisamente la actitud en que me encontraba: desconexión con lo terrenal y búsqueda de armonía.

Una semana después hice otra escapadita. Estuve solo gran parte del tiempo. Tan solo entró una pareja casi a la hora de irme. Marché al baño turco y me siguieron. Se lo montaron delante de mí como si no existiera. Ni siquiera me invitaron. Salí de allí con un enorme deseo sexual. Acudí a recepción y solicité un masaje para quitarme ese mal sabor de boca antes de marcharme para casa. La señorita me extendió la carta de masajes. Ante la falta de experiencia solicité consejo. No sé qué criterio utilizaría, pero me señaló el número cinco: “Masaje mutuo con dos relajaciones manuales y ducha con la masajista”. “Lo de la ducha con la masajista lo he entendido, pero lo de las relajaciones no me ha quedado claro”, le dije. Me contestó que era una técnica consistente en llevarme a una relajación extrema con la mano y que me resultaría extremadamente placentero. “Entiendo, pues, que habrá final feliz”, pregunté. “Por supuesto”, contestó. Con esta pequeña aclaración nos introdujimos en una sala donde tuvimos un bis a bis. Marché para casa una hora después, feliz y aliviado.

Me di una tercera oportunidad una semana después. Esa mañana hubo poca gente. La mayor parte del tiempo estuve con otros dos chicos que no hacían nada más que ir y venir como leones enjaulados sin encontrar lo que estuvieran buscando. Me relajé y estuve cerca de dos horas sumergido en el agua. Fue una mañana aburrida, esa es la verdad. Acudí al baño turco. Entre la niebla apareció alguien. Se acercó a mí y me acarició. Tenía maestría. Me excité. Cuando alargué mi mano en busca de una puerta donde introducir mi dedo índice sufrí tal sorpresa que solté un enorme grito. Salí de allí a todo meter, me introduje en uno de los yacuzzis y no quise saber nada de esa persona. Me convencí de que ni estaba en hora adecuada para cumplir con mis objetivos, ni tenía sentido acudir a un lugar de esos sin pareja. Respecto a la hora lo tenía difícil. La mañana era ese tiempo que había considerado dedicar a mi “segundo yo”, un tiempo desdoblado de mi tiempo real y que no debía perjudicar en nada a la relación con mi familia. Respecto a lo de acudir en pareja me resultaba imposible. Me sentí estúpido. Decidí marcharme a casa y no volver nunca más a ese lugar.

Estando en el vestuario escuché una algarabía. Eran un grupo de chicos y chicas que acababan de llegar. Le concedí al lugar una moratoria. Salí y me volví a sentar en la piscina, junto a un borbotón de agua que salía con gran fuerza desde el suelo. No tardó en llenarse de cuerpos bonitos. Incluso había más chicas que chicos. Se sentó a mi lado una a la que casi le doblaba la edad. Me saludó como si nos conociéramos de toda la vida. Le correspondí con una larga sonrisa. Me lo jugué todo a una carta y le pregunté si le apetecía un masaje. Mi intención era retirarnos a un reservado, pero sin pensarlo y con toda naturalidad, se sentó sobre mí a horcajadas y empezó a besarme el cuello. No me corté y coloqué mis dos manos en sus nalgas. Cuando nos cansamos de la postura la chica me cogió de la mano y tiró de mí. Me llevó a un reservado totalmente a oscuras donde me hizo subir al séptimo cielo (con final feliz, por supuesto). Salí de esa especie de féretro con un nombre nuevo: “Vene”, ese fue el nombre con el que me presenté a la chica. Lucía —ese era su nombre— no me soltó así como así. Me llevó de nuevo al agua y allí estuvimos besuqueándonos entre el borboteo incesante del agua. Por el momento había conseguido tener un tiempo paralelo a mi tiempo real, gozar de un lugar que consideré irreal y una nueva identidad. Todavía antes de irme a mi casa hubo una sesión de sexo en grupo. Por la cama donde me llevó Lucía pasaron aproximadamente algo así como cuatro chicas y seis chicos. Antes de marcharme, Lucía me dio su teléfono. Se ofreció como pareja para entrar al local, era la manera de gozar de ciertos privilegios. Tener pareja fue lo último que conseguí esa mañana.

La cosa funcionó, vaya si funcionó. Tanto es así que aumenté el número de visitas al local e, incluso, me aficioné a acudir por las tardes y algunas noches, para lo cual tenía que inventarme alguna excusa en casa. Sin pensarlo, pronto me di cuenta de que llevaba una doble vida.

Mi pareja —me refiero a Lucía— me permitió conocer a muchas chicas más. Con frecuencia hacíamos intercambio de pareja y practicábamos sexo en grupo. Todo funcionaba mejor de lo que había podido soñar. Había encontrado mi segunda juventud. ¡Así daba gusto llegar a la jubilación!

Lucía me cogió de la mano en cierta ocasión y me llevó a una sala aparte. Se trataba de una sesión de sexo en grupo, al cual era adicta. Al entrar en la sala quedé petrificado. De momento pensé que no podía ser ella. Me quedé fijamente mirándola con atención. Perdido ante el asombro, salí de dudas. Era ella, la tenía delante de mí. Desnuda. Tumbada hacia arriba. Con las piernas abiertas ofreciéndole su sexo a un chico que estaba entusiasmado, sin levantar cabeza. La presencia de mi mujer en ese lugar, y en esa posición, era algo inexplicable y a la vez anonadante para mí. Si pudiera tener alguna duda todavía de que era ella, se disiparon cuando me saludó con la mano. El chico se dio un respiro. Levantó la cabeza. Dejó al descubierto el lunar que tenía junto a la vulva. La consternación fue tan grande que sufrí un enorme gatillazo. Fue un fracaso que me hizo sentirme humillado. Y mi mujer enfrente de mí: feliz, gozosa, sonriente…

Lo peor de todo fue tener que salir del local con ella del brazo. Camino de casa no mediamos palabra. Iba radiante, jovial, dichosa. Ya en casa intenté decirle: “Cariño, no es lo que parece, lo que ocurre es que he intentado conseguir fuera del matrimonio lo que no eras capaz de darme. Eso es todo”. “No te esfuerces —me dijo—, te entiendo. Llevábamos una vida sexual muy aburrida. En una sola mañana he disfrutado más que en veinticinco años de matrimonio. No debes preocuparte de nada, de verdad que te entiendo, ¡nos hemos perdido tantas cosas buenas!”.

Por alguna razón más o menos recóndita mi mujer encontró el perfecto equilibrio físico y psíquico en la desnudez y el intercambio de pareja. Nos hicimos socios del local. Pareció encontrar en aquel recinto el elixir de la eterna juventud. Era un volcán en plena erupción, pero un volcán compartido. Para ser sincero he de decir que allí precisamente donde me di cuenta de sus encantos. ¡Tiene que venir algún extraño para hacerte ver lo que atesoras! Empecé a desearla como nunca, pero la quería tener para mí solo, sin necesidad de compartirla con nadie. Tuve que tragar. No había semana que no fuésemos una o dos veces a “Afrodita”.

Lo mejor de todo fue que no se planteó por ninguna de las dos partes la idea de romper el matrimonio. Creo que cada uno aceptó su parte de culpa. Pero tampoco dejaré de lado que llegado el momento le pregunté:

—¿Cómo supiste que me había aficionado a las visitas a “Afrodita”?

—Creo que en cierta ocasión, en el baño turco un señor te tiró los tejos. Tú te dejaste acariciar tus partes creyendo que era una chica. Cuando buscaste encontrar su sexo te topaste con…

—¿Cómo sabes eso?

—Era el detective que contraté.

pensamientos de 2 \"DOBLE VIDA. Juan Soria\"

  1. Me ha gustado mucho tu relato. Has contado poco a poco la situación del protagonista, y con un lenguaje sencillo, has logrado que tenga interés y sienta intriga en saber cómo acaba. Enhorabuena Juan. 🙂

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