EL ABUELO DE PAULA. Isabel González

Amaneció una mañana fría y nublada.

Asistían al sepelio de su abuelo.

Paula, no quiso volver a casa con la familia. Una familia pequeña. No conoció a su abuela, murió muy joven y solo tuvo dos hijas. La madre de Paula y su hermana, que no tenía descendencia.

Siempre fue muy querida por todos. Era y seguía siendo la niña.

Necesitaba caminar. Llegó desde la ciudad dos días antes del fallecimiento de Mariano, su yayo. Le apetecía recorrer alguno de los terrenos familiares.

Era una gran finca. Desde pequeña el anciano la llevaba con él y la conocía palmo a palmo.

Paro en el huerto, sentándose, en la enorme piedra, que utilizaban siempre para ese propósito.

Sus recuerdos, la transportaron a la niñez. Una niñez feliz y plena.

Ella, sentía debilidad, por aquel hombre, Mariano, al que terminaban de enterrar. Él eligió el lugar

Debajo de un olivo anciano, como él, grande, majestuoso y muy alto.

Su tronco era grueso y retorcido, con grandes ramas. Era su preferido, entre todos los que formaban el olivar.

Solía llevarla allí, subida encima de sus fuertes hombros, sobre todo en primavera cuando empezaban a florecer, con unas flores blancas pequeñitas en grandes racimos.

Su abuelo, fue un gran contador de historias y cuentos.

Le gustaba enseñarle toda la riqueza que ofrecía la naturaleza, enseñarle cada árbol, cada planta…

Allí aprendió que el aceite que saboreaba en las tostadas por las mañanas, lo regalaban, aquellos árboles.

La recolección de la aceituna, siempre fue una fiesta para la pequeña familia, todos agricultores.

Su abuelo todavía joven, vareaba con fuerza, los acebuches, como a él le gustaba llamarlos. Mientras, aprovechaba y contaba alguna historia.

Aunque hiciese frío, el día que finalizaban el trabajo, preparaban una comida. Ella ayudaba, entre el jolgorio familiar.

Recordó la voz, grave y fuerte del anciano. Sus grandes manos, que poco a poco fueron llenándose de arrugas, como su cara angosta. Era alto y fornido. Con sus pantalones de pana y su boina.

Mirando el huerto, arreglado y cuidado, ahora por su padre, comenzó a llorar, justo cuando el cielo descargaba las nubes que les acompañaron desde la mañana.

Le gustaba regarlo con él. Ver como hacía hileras con las piedras, para separar, las matas futuras.

Mientras le decía » Paula sí amas el campo, siempre te proveerá de casi todo lo que necesites»

En verano, cuando habían nacido, los tomates, las sandías, melones, pepinos, pimientos etc. Comían algo, debajo de la higuera, proporcionándoles, una sombra acogedora. Los higos morados, les encantaban.

A veces, escuchando algún cuento, Paula, se quedaba dormida, apoyando la cabeza en su pecho.

Sintió un frío, que la devolvió a la realidad. Siguió andando, sin prisas. Dejándose mojar.

Cuando llegó a casa estaba empapada. Su madre, enfadada, le mandó cambiarse de ropa.

– ¡Te vas a enfermar, eres tan testaruda como mí padre!

Cuando bajó a la cocina, la cara de la mujer ya tenía la sonrisa habitual y la dulce mirada de sus ojos verdes. La abrazó. Acurrucada en sus brazos, escuchó;

 

– Cariño, tú abuelo, tenía noventa y cuatro años, sabes que estaba muy enfermo, todos entendíamos que le quedaba muy poca vida. Ya no eres una niña.

Sollozando, evocó los enfados de ella con su padre, cuando volvían tarde o los encontraba hablando, de la vida, tan dura que padeció en su juventud. Siempre le respondía lo mismo.

– Hija mía, no quiero que los jóvenes, olviden la Historia. Para mí es muy reciente. Pero gran parte de los muchachos y muchachas de ahora, no saben, que su país pasó por una Guerra Civil.

Ella sabía que el yayo, fue republicano, que su familia, no sobrevivió. Después del Golpe de Estado, se incorporó a un grupo, con el fin de abandonar España.

Cuando le oía, siendo ya una adolescente. Tenía muy claro, que se licenciaría en Historia Universal y Contemporánea. Que su trabajo de fin de Carrera, lo haría sobre la Segunda Guerra Mundial, y el genocidio de los nazis.

Su gran contador de historias, le transmitió esa ilusión y ella se sentía orgullosa, al decírselo, mientras él le acariciaba su pelo, largo y rizado, con aquellas manos resecas y llenas de amor.

Pensaba, quedarse en casa otro día más y después visitar Alemania.

Ya estaba casi licenciada y preparaba su PFC, con el fin de obtener su título oficial. Pasó bastante tiempo, recopilando información. Para la tesina contaba con la historia de su abuelo, que lo vivió en primera persona.

Cuando aún no había muerto. Después de cenar, a la familia, le gustaba ver la película «La vida es bella», película que repitió, muchas veces con él a solas.

Entre escena y escena, le contaba su vida de guerrillero.» Hija, cuando la cosa se puso difícil en España, tuvimos que huir. Traspasamos los Pirineos, con la ayuda de los Maquis, verdaderos héroes».

«Una vez en Francia, nos incorporamos a luchar con la resistencia Francesa y un día, sin más, llegó la Gestapo y me detuvieron con algunos compañeros»

«Nos enviaron a Mauthausen. Un municipio austriaco, hasta que Alemania se fusionó con Austria, para formar el Tercer Reich»

«Eligieron ese pueblo por las canteras de granito; para que Hitler pudiera construir su grandes monumentos dedicados al nacismo»

«Cuando llegamos, los presos ya lo habían convertído en un gran campo de exterminio, con diversos subcampos»

Mauthausen/ Gusen, fue clasificado como el único campo de la «Categoría III» . Esto conllevaba las detenciones más severas y las condiciones más duras.

La mortalidad fué una de las más altas de los campos de concentración del III Reich. En un principio los internos eran apátridas extranjeros, enemigos de Alemania y prisioneros políticos.Tuvo que ser ampliado en un tercer subcampo y luego más. Ya que después trasladaron a muchísima gente, mujeres y niños entre ellos.

También produciamos armas, municiones y construiamos la perforación de túneles para unir el territorio austriaco con Eslovenia.

No eran casi necesarias las torturas.Había tal afinamiento que el hambre y las infecciones se encargaban de enfermar a miles de personas. A los presos que no les servían, los trasladaban al campo central, para ser exterminados.Entre 1940 y 1945, llevaron a 7000 españoles, de los que 4427, dejaron su vida allí.

Alguna vez , su madre los sorpredía, diciéndole;

-Papá, tu pasado fué tan terrible que es insano, recordarlo una y otra vez.

Él siempre respondía;

-Estas imágenes están llena de amor. Me ayudan a recordar que todos, teníamos esperanzas de sobrevivir, en medio de tanto horror. Además es preciosa…

Cuando se marchó a la Universidad, el anciano casi no andaba, envejeció en poquísimo tiempo.

Ella iba, siempre que podía.

Un día quiso contarle como iba su tesina y él la confundió con la niña que fue. Dejó de hablar. Enmudeció hasta que murió.

Ella miraba sus ojos oscuros, llenos de amor. De alguna forma, sabía que sus almas , se rozarían siempre. ¡Se sentía tan, tan orgullosa!

Por la mañana, visitó el castaño, un gran árbol, muy longevo. Bajo aquella majestuosa copa verde, supo que después de la llegada a España, pudo hacerse con las tierras de su familia. Cuidarlas y amarlas, lo convirtieron en un hombre nuevo, con ganas de vivir. La naturaleza le transmitía paz.

Pasó la tarde preparando la maleta. Por la mañana, su padre la llevó al aeropuerto, iba a Viena.

Desde allí cogería el ferrocarril que llevaba a los pasajeros al campo de exterminio. Después visitaría Alemania, quería conocer y disfrutar en Berlín.

Paula entró sobrecogida. Llevaba un enorme ramo de rosas rojas.

Observó las antiguas vías del tren, llegaban justo a la entrada del campo. Le llamó la atención la entrada a los baños. Las paredes, parecían fabricadas con azulejos, sobre todo, de color azul.

Paseó por un inmenso terreno, vio las chimenetas, como decía el anciano, por donde introducían el gas.

Horrorizada, pensó, como la mente humana, puede inventar algo tan fácil y a la vez, tan eficaz para matar.

La zona de los republicanos estaba marcada, recordó lo de los triángulos invertidos, para distinguir a los condenados. Los españoles además lo llevaban azul con una» S». Le resonaba que fue una idea de Franco, para dejar claro que eran enemigos y apátridas de España.

Allí, depositó las flores, cantando el himno de Riego, bajito muy bajito.

Al marcharse dijo,

-Todo está en paz, querido abuelo.

Se marchó a Berlín, donde le esperaban compañeros de la facultad. Estaba dispuesta a disfrutar de unas vacaciones merecidas.

Imagino a su abuelo, sonriendo por ella.

Isabel González.

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