EL ACTOR. Alícia Moreno

Hoy han venido mis hijos a casa a comer, es el momento más feliz de la semana. Mi nieta irrumpe en la casa como un torbellino. Es una niña muy despierta, y le encanta que le cuente historias. Me sorprende la atención con la que me escucha: he perdido la costumbre de provocar tanta expectación. “Abuela, léeme otra vez las poesías que te hacía el Caballero del Arco Mariscal”, me dice, o “Cuéntame cuando fuiste a Madrid  con el actor y tu prima te cortó el  pelo”. Y yo se lo cuento una vez más,  mientras mi hija sonríe y cabecea:

Estaba muy oscuro en el interior del bar y yo me alegraba de ello, no quería que nadie me viera allí sentada sola a esas horas. Los reflejos del rótulo de neón de la puerta iluminaban mi mesa. Había mucho ruido: choque de copas coloreadas, conversaciones, carcajadas de gente elegante y una música suave que apenas se oía. De vez en cuando se armaba un pequeño revuelo, y los flashes de los fotógrafos iluminaban el local. El sitio era alargado. Pegada a una pared había una hilera de mesitas redondas, como pequeños cubículos de madera y cuero, casi en penumbra, a los que mi prima llamaba palcos. Yo estaba en uno de ellos, el más cercano a la puerta. El lado opuesto lo ocupaba de un extremo a otro una barra alta con un gran espejo detrás, lleno de estantes con botellas. Mi prima y su amiga iban y venían, revoloteando. Me subía un calor tremendo por la cara cada vez que las veía besuqueando a desconocidos o sentándose en las rodillas de algún amigo, sin ningún recato. Yo no estaba acostumbrada a esas confianzas, a mi hermana y a mí no nos dejaban salir con chicos si no nos acompañaban nuestros hermanos o nuestros primos. Así que prefería quedarme allí sentada. Aunque ellas no insistían para que las acompañara, se acercaban de vez en cuando para ver cómo estaba. “Enseguida volvemos”, me decían, aunque bien podrían haberme raptado y nadie se hubiera dado cuenta. No había sido una buena idea ir allí.

Había un hombre moreno en la barra que me miraba fijamente y me hacía sentir incómoda. Era muy alto, y el pelo le brillaba como si llevara gomina. Llevaba un traje oscuro, muy elegante, con rayas. Sus zapatos tenían unas bonitas costuras, y por lo que brillaban debían de ser de una piel muy buena, nunca había visto otros iguales. Yo trataba con todas mis fuerzas de no mirarlo.

Había puesto mucha ilusión en ese viaje. En Navidad la tía Gloria en casa de la abuela le había dicho a mi madre: “Tienes que dejar a la niña que venga unos días a Madrid cuando acabe las clases en primavera, siempre se ha llevado muy bien con Carmina, y así verá un poco de mundo, hija”. Costó mucho convencer a mi padre, pues mi tío era militar y a mi padre no le gustaban los militares. “Si es muy buena persona, Antonio, qué tiene que ver, él no tiene culpa de nada”, le decía mi madre, pero le daba igual. Ya habían pasado diez años desde que acabó la guerra pero no para él pues había perdido su trabajo y le había costado encontrar uno nuevo; se sentía un apestado. Menos mal que mi madre pudo continuar dando clases en su escuela, y aunque no ganaba mucho, nunca faltó comida en nuestra mesa.

El hombre de la barra seguía mirándome, era bastante guapo, pero muy mayor. Lo observaba con disimulo, casi de reojo, y bajaba inmediatamente la cabeza en cuanto sentía que me había sorprendido. Tenía la piel bronceada, y los labios carnosos entreabiertos en una sonrisa. Sus ojos eran grandes y oscuros, con una mirada un poco socarrona.

Trataba de mantenerme sentada muy recta, con cuidado, no quería arrugar el vestido de mi prima Carmina. Ella ya trabajaba, era cinco años mayor que yo, y a través de un amigo de su padre le habían ofrecido un puesto en la Telefónica, en un edificio altísimo que estaba muy cerca del bar. “Se gasta todo el dinero que gana en modelitos”, me dijo su madre por la mañana, mientras dábamos un paseo por su barrio. Por la tarde, cuando salió de trabajar, Carmina volvió a casa con una amiga. “Ana, hoy te llevaremos por ahí”, me dijo. “¿A ver qué ropa has traído?” No les gustaron las blusas tan bonitas ni el traje de chaqueta con hombreras que me había hecho mi madre, la pobre había tenido que dar la vuelta a un traje casi nuevo de mi hermano, que estaba en la mili en Melilla y no lo necesitaba.

Rebuscaron en el armario, y mi prima dijo “No te preocupes, puedes ponerte un vestido mío”.

Mientras Carmina iba a por el vestido me quedé con su amiga Isabel. “Eres guapísima” me dijo, “con el vestido de Carmina y arreglándote un poco el pelo estarás impresionante”. “Yo entiendo bastante de eso”, añadió, “he estado unos años en un salón, y estoy empezando a trabajar como maniquí”. A mí, la verdad, me pareció que estaba demasiado flaca. Me cortó el pelo casi a lo garçon, y me arreglaron los rizos en la frente y detrás de las orejas. Cuando me vi casi lloré pensando en que mi padre se enfadaría cuando me viera, como aquella vez que me ofrecieron posar en una revista con los vestidos de una modista amiga de mi madre, y dijo que ni hablar, que eso solo lo hacían las cabareteras y las fulanas. El vestido era muy bonito, de color granate, ellas lo llamaban de cóctel, pero me estaba tan prieto que parecía a punto de reventar.

El hombre moreno me sonrió y se acercó a mi mesa, era extranjero. Me preguntó si sabía hablar inglés y le dije que no, que solo un poco de francés. Pidió permiso para sentarse, muy educadamente. Era actor y estaba de paso por España. Pensé que se había dado cuenta de que yo no pintaba nada allí, de que ese no era mi ambiente, y sentiría un poco de pena. No había conocido nunca a ningún actor y menos norteamericano. Los imaginaba más rubios, pero me dijo que su familia provenía de Italia. Era muy atento. Me costaba mucho esfuerzo hablar, nunca lo había hecho con un extranjero, y mi vocabulario en francés era escaso. Las frases que había aprendido en la Normal, “Les élèves sont en classe. Ils écrivent dans les cahiers avec des crayons”, no me servían de mucho. A pesar de todo, pasamos un rato muy agradable, casi no recuerdo de qué hablamos: de Madrid, de los toros, de mi ciudad amurallada, de si me gustaba el cine, de que pronto sería maestra…

Mi prima no volvió a dar señales de vida. Se hacía tarde y yo quería volver a casa de mis tíos, ahora que aún había tanta gente por la calle. Víctor, que así se llamaba el actor, se ofreció a acompañarme. Entre el gentío vi a Isabel y le dije que me marchaba; como no quería que mi prima tuviera problemas con mis tíos, le aseguré que diría a tía Gloria que me habían acompañado.

Bajamos paseando por la Gran Vía, que entonces se llamaba Avenida de José Antonio. La gente parecía contenta. Grupos de hombres y de mujeres salían de cenar o de ver algún espectáculo, algunos nos miraban con descarada curiosidad, o eso me parecía a mí. Me impresionaba la cantidad de cines y de teatros que había en la Gran Vía y en Alcalá, con grandes letreros de luces de colores. En mi ciudad  había un cine, al que yo no iba casi nunca, pues la entrada de butaca costaba muy cara, y el gallinero no era apropiado para señoritas.

Nos despedimos en la calle Velázquez, en el portal de mis tíos. Hasta ese momento nadie me había besado la mano.

A la mañana siguiente temprano visité a tía Emilia y tío Julio, que también vivían en Madrid. Eran maestros en una escuela en el Paseo de Extremadura, y habían comprado un pisito cerca de allí cuando se mudaron desde el pueblo para que mis primos pudieran estudiar. Su casa era pequeña, nada que ver con la de tía Gloria, pero yo me sentía más a gusto. Como era sábado pude ver a mis primos, que todavía estaban de exámenes en la Universidad. Me llevaba muy bien con ellos, los veía mucho cuando iban en verano a casa de mi abuela. Luis hacía Medicina y Gregorio estudiaba para ingeniero. Después de merendar Luis me acompañó a casa en el autobús. Yo no tenía costumbre de andar por Madrid, y tía Emilia no consintió de ningún modo que volviera sola.

En casa de tía Gloria me esperaba una enorme caja de bombones. Mi tía me contó, con una mirada interrogante, que la había traído un extranjero alto, que preguntaba por mí. Traía una nota en la que decía que esa noche también estaría en Chicote y que me esperaba. No acudí a la cita,  no volví a verle.

Mi nieta ha quedado muy satisfecha con la historia pues yo añado cada vez detalles y anécdotas nuevas y la engalano. Mientras tomábamos café mi marido ha puesto el telediario. Cuando estaba acabando, han mostrado unas imágenes en blanco y negro. “Pobre Víctor, cuando yo lo conocí era como en esa imagen, tan guapo. Ha muerto, era bastante mayor que yo…”, he comentado, y mi hija me ha mirado con los ojos muy abiertos. “ …no me acordaba del apellido, es Mature”.

 

ALICIA MORENO PATO

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