EL AUTOBUS Y LA CONDUCTORA. Maria Trinidad Rios

Solo pienso en ella, en la forma en que sus manos me acarician, en ese estilo de pisarme sintiendo toda su fuerza sobre mí.

Nadie es como ella, solo espero llegar y que me coja entre sus brazos, me amoldé al hueco de sus posaderas, sintiendo que todo entero resucito imperioso con un deseo ferviente de ser  poseído y hacer de mí, su  esclavo.

No escucho sonidos de ruidos ni pitos, ni voces gritonas de parlanchines sentados o a la espera que la rodean y la hacen menos mía. Solo siento su calor en mí, la calidez de su cuerpo, sus formas. Andaré hasta que no pueda más e iré hacía donde ella decida, solo ser suyo.

En esta íntima sumisión donde nadie sabe de mi predilección y de este amor raro que sacude cada una de mis partes seré silencio y obediencia, parada y camino.

Odio el momento del abandono, contar las horas, minutos y segundos de la separación que a veces, se me hace eterna y muero de pena usado sin esa delicadeza de su dominio

cuando introduce la llave de contacto en el bombín  y empiezo a rugir con el delirio de mi motor.

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