EL COLE QUE LEVANTÓ UNA CASA EN EL PATIO José V. Dorado

Cuando todo empezó a ocurrir, Noa tenía 7 años. Vivía en Colinacas, una gran barriada en el último cinturón de viviendas de la gran ciudad. Iba a un colegio sin patio. El centro estaba tan lejos, que Noa había estado allí sólo una vez. Tardaron casi una hora en llegar. Todas sus amigas de escalera le contaban lo bien que lo pasaban cuando salían a jugar al patio de su cole. Pero en el suyo no había.

Un día, los profes de su cole, la directora, los papás y mamás, y un señor con bigote que venía del ayuntamiento, se reunieron para decidir. Construirían un patio. Tenían una parcela cuadrada justo en el lateral del edificio del cole. Hablaron de hacer una pista de baloncesto, de poner suelo de caucho y columpios, incluso de instalar un pequeño huerto y un arriate para llenarlo de flores de todos los colores. La señora Hortensia fue la que más defendió esa idea, frente a la del señor Raúl, que intentó en vano convencer a los demás de lo idóneo de montar un horno de leña en una esquina del patio, para hacer pan a diario, y un buen asado los viernes.

Fue entonces cuando la señora Rasha levantó la mano tímidamente. Había llegado a la ciudad un año antes, con sus tres hijos pequeños. Venían de un país lejano en el que había una guerra y la gente peleaba sin parar. Ella y su familia tuvieron suerte. Fueron de los primeros en venir. Les ofrecieron un piso pequeño, con unos pocos muebles, que a ellos les pareció un palacio real. Tenían que compartirlo con otra familia, pero no les importaba. Valoraron aquel gesto como el mayor de los regalos. Por eso, la propuesta de la señora Rasha, no podía ser otra:

—¿Por qué no construimos un albergue para refugiados? —dijo con voz fuerte desde el fondo de la sala. Todos callaron y la miraron—. Nuestros hijos pueden hacer deporte en las instalaciones del ayuntamiento —se levantó para que la escucharan mejor—. Muchos, tenéis piscina, pistas de pádel y hasta gimnasios en vuestras urbanizaciones. Los refugiados no tienen nada, sólo miedo y ganas de encontrar un hogar para volver a empezar.

Primero se escuchó como un murmullo. Luego fue creciendo.

—¿Está usted diciendo que deje sin patio a mi hijo para que vengan aquí a vivir unas gentes a las que no conozco de nada? —preguntaba desde el fondo el señor Agripino, un vecino de tamaño XXL, muy gordo, con el pelo rapado casi al cero, y una verruga feísima en la nariz.

—Eso es.

—¿Aquí, en mi colegio?… Es una broma, ¿verdad? —dijo Agripino.

—Realmente, es el colegio de todos —hablaba María, la mamá de Noa—. Y entre todos debemos decidirlo. No veo la broma. A mí me parece una idea preciosa. Los niños pueden jugar en el gimnasio del colegio durante el recreo. Estoy con Rasha.

Rasha les contó su historia para convencerles. De cómo era su vida en su país antes de abandonarlo. Todo alrededor era guerra, desde que se levantaban hasta que se acostaban: disparos, algunas explosiones, sirenas de vez en cuando, y miedo, sobre todo miedo. Ella y su familia huyeron una noche. Tuvieron que dejar sus muebles, casi toda su ropa, sus libros, y sus juguetes. No podían llevar peso. Les costó mucho decidirse. No tenían ni idea de cómo sería su nueva vida. Pero había que intentarlo.

—Después de muchas aventuras, de días de lágrimas y de silencios —contaba Rasha, con voz firme, mirándoles a todos a los ojos—, de mucho andar, a veces correr, viajar en un tren repleto de gente que olía fatal, pasar hambre, dormir en el suelo, pelear por una manta y un pan que te tiraban desde un camión, o atravesar el mar en unas barcas hinchables que no paraban de moverse, llegamos a España. Nunca olvidaré aquellos grandes carteles en la fachada del ayuntamiento. No sabíamos qué ponía, pero un traductor nos lo explicó: “Bienvenidos refugiados… Wellcome refugees”. Y no había vallas, ni policías con perros.

La escucharon en silencio y la acalorada discusión cesó un instante. Luego el murmullo empezó a subir de nuevo. Hubo voces que dijeron sí y voces que dijeron no. Gente que sonreía y gente que fruncía el ceño. Tras unos minutos de polémica en voz alta, decidieron hacer una votación. María, la mamá de Noa, fue la más activa al lado de Rasha, intentando convencer de lo buena que era esa idea. Y ganaron. Cederían el terreno del patio para construir una casa, con un pequeño patio en una esquina. Allí podrían vivir un tiempo algunas familias de refugiados.

No todos estaban de acuerdo en Colinacas, y varios vecinos dijeron que se negarían a ayudar: “No con mi dinero”, dijo alguno con tono de hurón. Pero María y Rasha estaban decididas a conseguirlo. El siguiente paso era encontrar fondos para financiar la obra. Ni el cole ni los vecinos podían hacer frente a ese proyecto. En el ayuntamiento les dijeron que les ayudarían, pero con una cantidad pequeña. Aunque sumaron el dinero del colegio, de los vecinos y del ayuntamiento, no alcanzaban la cantidad necesaria. Había que salir a buscarlo.

Nombraron una comisión, y pusieron al frente a María y Rasha. Metieron en una mochila un poco de ropa y su cepillo de dientes, y partieron de viaje a un lugar llamado Bruselas. Una ciudad en la que vivían las personas que podrían aportar el dinero que les faltaba. Allí estaba el Parlamento de Europa, y también otra institución que se llamaba Comisión Europea. Era como un gobierno formado por gobiernos… En fin, un lío. Pero, si querían, podían ayudarles.

—Volveré pronto, Noa —dijo la mamá, mientras le daba un abrazo enorme—. No tendrás tiempo de echarme de menos.

—Me siento rara, mamá —dijo, apretándose contra ella—. No sé qué me pasa. No quiero que te vayas.

—Cariño, es por ellos. La idea del albergue es preciosa. Merece que pongamos todo de nuestra parte. Nos necesitan.

—Yo quiero que tengan una casa cuando lleguen. Pero también quiero que te quedes conmigo.

—Tengo que hacerlo, cariño. Ya me he comprometido. Te llamaré a diario, y podremos hacer un Skype cuando quieras. Nos daremos mucha prisa, te lo prometo. Y pensaré en ti en todo momento —le dijo justo antes de darle un beso que duró muchos segundos—. Y no olvides ponerle comida a Blanquito —dijo, refiriéndose al pequeño hámster blanco que vivía en la cocina. Luego se puso en pie y salió.

Las cosas empezaron a complicarse en el barrio. Una mañana, en algunas ventanas y balcones de viviendas cercanas al cole, aparecieron unas pancartas que decían: “El patio para nuestros hijos”. Y en las paradas de bus también pegaron carteles: “El albergue deja sin patio a los niños”. Nadie lo firmaba. Por la mañana, en la puerta del cole, los papás ya no se saludaban como antes. Algunos ni se hablaban, y torcían la mirada. Los niños preguntaban. Y la comisión no regresaba.

Noa echaba de menos a su mamá. Jugaba con su padre, y con Blanquito. Veían la tele juntos. Leían un cuento cada día. Salían con la bici por la tarde. Pero faltaba ella. Hablaban mucho por teléfono, y se sonreían por videoconferencia, aunque no era igual. Noa sabía que todo era por un buen fin, pero seguía echando de menos a su mamá:

—Ya falta menos, cariño. Volveré lo antes posible —le repetía en la pantalla.

Una mañana, cuando llegaron al colegio, se encontraron pintada en la fachada una cara horrible de un perro con la boca abierta, mostrando los dientes, como si estuviera ladrando, con un collar de pinchos al cuello y los ojos enrojecidos. Noa se asustó mucho y empezó a llorar. A otros niños les pasó igual. No querían pasar al lado de ese dibujo tan feo. Entonces apareció Manolo, el profe de natación, con una lata de pintura blanca y una brocha, y empezó a pintar para tapar el perro. No tardó nada.

Las madres y los padres más activos del cole convocaron una asamblea, e invitaron a los vecinos del barrio. Había que hacer algo. Hablaron durante horas, unos de proteger a los niños, de ser solidarios, de aceptar lo que se había votado, de expresarse sin violencia… otros de acabar con tanto maquillaje social, de robarles el patio a unos niños para entregárselo a unos desconocidos que podían ser terroristas… Hablar tanto no sirvió de mucho. Al final, las palabras sonaron cada vez más alto, y fue muy difícil escucharse. Imposible. Dejaron de hablar para poder gritar, y amenazarse. Abandonaron a gritos el salón de actos. Fue una tarde muy triste.

Tal era la situación, que la policía municipal empezó acudir por las mañanas y por las tardes a las puertas del colegio. Se dejaban ver, y si algún vecino empezaba a levantar la voz, se acercaban y le hablaban. Un par de veces fue necesario llevarse a alguno al coche de policía. Noa lloraba mientras se lo contaba a su mamá, vía Skype:

—Mamá, tienes que volver. Hay vecinos que dan mucho miedo.

—No te preocupes, cariño, no va a pasarte nada. Las cosas se arreglarán.

—¿Pero, volverás pronto?

—Dentro de poco tiempo. Menos de lo que tardas tú en comerte uno de mis bizcochos.

—No me gusta que me mientas.

—Nunca lo haría, mi amor, nunca. Duerme tranquila. Te guardo un beso más, con los de los otros días que llevo fuera. Te los daré todos juntitos. Muy pronto.

María no podía contarle que ya estaba en la ciudad. Había vuelto sin avisar, con Rasha. Su empeño había convencido a los miembros de una comisión del Parlamento Europeo, que acogiéndose a una directiva de nombre imposible de recordar, liberó los fondos necesarios para la construcción del albergue de refugiados en Colinacas. El ayuntamiento, situado en el centro lejano, se había comprometido a colaborar aportando albañiles y dinero para construir un pequeño patio de juego, en una esquina del solar.

María y Rasha volvieron al barrio de incógnito, una tarde, cuando ya las farolas estaban a punto de encenderse. Venían acompañadas por unos policías que no llevaban uniforme, y un grupo de activistas de una ONG que trabaja con refugiados. Los policías se colocaron dentro de una furgoneta con cristales muy oscuros, y en el interior de un contenedor del vidrio, que primero habían vaciado y limpiado. Querían saber quién estaba haciendo esas pintadas tan horrorosas.

No tuvieron que esperar mucho. Poco después de las doce, aparecieron dos personas con una mochila. La capucha de la sudadera les tapaba la cabeza y la cara. Miraban de un lado a otro, como buscando. Se detuvieron en la pared del cole.

—Atención, jirafa naranja… aquí topo gris… ¿Me copias? —dijo uno de los policías escondido en el interior del contenedor. Hablaba en voz muy baja, con un walkie talkie.

—Te copio, topo gris… alto y claro —respondió una vocecilla a través del auricular—. ¿Hay novedades?

—Dos individuos con la cabeza tapada se acercan con una mochila… Se han detenido en la puerta del colegio… Están mirando… Sacan algo de la mochila.

—¿Qué es, topo gris? ¡Informe!

—No lo tengo claro, jirafa naranja… buscan algo en la mochila… a ver… sí, confirmado, son botes de pintura, y unos espráis.

—Esperen a que hagan el primer trazo de pintura sobre la pared y actúen… Hay que detenerles con las manos en la pintura, jirafa roja.

—Naranja, jefe, somos jirafa naranja.

—Perdón… son los nervios. La próxima operación busquemos indicativos menos horteras ¿de acuerdo?… Cambio y corto.

Lo siguiente ocurrió rápidamente. Nada más empezar a pintar los encapuchados los primeros trazos, los policías del contenedor salieron de él, y un coche patrulla apareció por la esquina, con los rotativos azules lanzando destellos. Y aunque los pintores espontáneos intentaron huir, los policías los atraparon sin problema.

Resultó que eran el señor Agripino y la señora Hortensia. Estaban muy enojados. Explicaron que no les gustaba nada la idea del albergue, que les daban miedo esas personas que vendrían de lejos. Agripino quería el patio para que sus dos hijos jugaran al fútbol, se hicieran famosos, ganaran mucho dinero, y le retiraran a él de trabajar. La señora Hortensia quería un huerto para ahorrarse los tomates y las patatas del súper. Y estaban dispuestos a todo para evitar la construcción del centro de acogida, aunque lo hubiera decidido la mayoría.

Cuando se los llevó la policía, aparecieron los miembros de la ONG.  Se pusieron unos monos blancos, guantes verdes y una mascarilla en boca y nariz. Primero limpiaron las pintadas de las paredes del cole. Y luego, dos de ellos, empezaron a pintar con espray un dibujo precioso en la puerta principal, una casa llegaba volando sujeta por globos de todos los colores, como en “Up”, la peli de Pixar, pero bajando del cielo.

Al final todo salió bien. Los vecinos de Colinacas levantaron el edificio en lo que iba a ser el patio del colegio. Dejaron un espacio para zona de juegos y unos arriates laterales para que doña Hortensia pudiera plantar sus tomates. Por supuesto, ella pidió perdón. Don Agripino se mudó a otra ciudad. Sus hijos jamás jugaron al fútbol. Se dedicaron al ballet clásico. El ayuntamiento levantó un jardín precioso, en una parcela cercana que iba a ser para una gasolinera. Noa y su familia no tuvieron que separarse nunca más. Ahora sabían que, a veces, tenemos sueños que cuesta conseguir.

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