EL COLOR DEL CRISTAL POR EL QUE MIRAS. Silvia Ramos

  • ¡Caramba que manía tienen con no escucharme! ¡Luego dirán que no aviso!

Esa era la eterna queja de Carmen, que no la escuchaban. O quizás alguien si a escondidas. Sobre todo que no la escuchaba su madre. Todo el mundo tenía tiempo para cualquier cosa menos para ella. De todas formas, aunque no era una cosa que ahora le preocupase en exceso, no se le iba de la cabeza.

  • ¡Peor para ellos! ¡Luego dirán que no les aviso!

Ahora la tarea era estar segura de que no le siguiera, no debía encontrarla de lo contrario estaría perdida.

Cada mañana cuando se levantaba, no sabía porque, volvía a encontrar su ventana abierta.

  • ¡Lo ha vuelto a intentar! ¡Puede que haya entrado!

Cerraba ventana y contraventana a la máxima velocidad que podía. A veces veía desde el cuarto a Aina, una vecina que la saludaba. Carmen movía rápidamente la mano en señal de respuesta, pero no perdía ni un segundo en volver a cerrar bien todo.

En realidad, ni de ella puedo fiarme- se decía a sí misma.

Se vistió con rapidez y bajó a la cocina a tomar algo. Por las escaleras corrió como si llevase el demonio en el cuerpo. Sentía miedo. Se sentía espiada, escuchada, amenazada.

Le llamo la atención que aquella mañana su madre tenía una cara distinta. Estaba más triste y menos habladora y además en su rostro se reflejaba la edad de una manera cruel. El tazón de leche estaba en la mesa, como todas las mañanas. Se lo tomó rápido y se levantó.

Su madre le dijo:

  • Hoy no hagas tu paseo. Necesito que estés en casa, hay menos peligro- Y le sonrió.

Carmen pensó que su madre se lo decía porque empezaba a creerla.

Menos mal, por fin alguien escuchaba sus sospechas.

Alguien intentaba hacerle daño sin razón y nadie le había creído. Hacía ya varios meses que notaba como le seguían en sus paseos. Tal vez era un maniaco que deseaba hacerle daño. Ella  iba acumulando cualquier tipo de pistas, para que si le pasaba algo, pudieran encontrar al culpable.

Sin embargo, ese último mes tenía muchísimo más miedo.

Sus paseos habituales se habían hecho más cortos. No había dejado de pasear porque desde su depresión el médico le había indicado que lo hiciese. En el fondo se alegró de la opción que su madre le hacía.

Su madre pasaría por fin a ser su gran aliada. ¡Mira que la quiero! ¡No sé qué haría sin ella!

Empezó a arrepentirse de cuando se sentía que no la escuchaba.

Quizás tenía ya las suficientes pruebas para hablar con la policía. La piedra que encontró bajo su ventana, el buzón de correos con la puerta rota, los ruidos nocturnos cerca de su ventana que había grabado en el móvil, esas llamadas perdidas hechas desde un número extraño. Todo lo había guardado en una caja y escrito en una libreta.

 

Sonó el teléfono. Acababa de salir de la cocina y paró en seco en el recibidor para escuchar la conversación.

  • “Sí, soy yo. Si de acuerdo ¡No hay problema! Les espero antes de comer.”

De pronto se encontró con su madre que al salir se chocó con ella.

  • Carmen, ve preparando tus pruebas. He estado varios días analizando lo que me contabas y he hablado con la policía. Antes de comer vendrán para tomarnos declaración.

¡No lo podía creer!, Realmente su madre la había escuchado. Ahora no podía perder tiempo.

Subió las escaleras a más velocidad que antes las había bajado. Había que organizar todos sus datos. Cogió la caja y la libreta donde había ido guardando y anotando todo lo que había notado: objetos, sonidos, fechas, horas, lugares, llamadas. Ah, no debía olvidar el móvil y que estuviera con suficiente batería.

Quizás lo cogiesen hoy mismo y por fin pudiera dormir de un tirón. Había que contarlo todo, no se podía olvidar nada. La mañana se le pasó volando. En el fondo y después de mucho tiempo se empezaba a encontrar feliz.

Sonó el timbre de la puerta. Miró su reloj y era la una. Quizás fuera la policía. Se levantó del sillón de su cuarto, se arregló y se peinó. Debía dar buena imagen. Salió de la habitación y bajó de nuevo las escaleras corriendo.

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¿Qué pude hacer y no hice? ¿En qué me habré equivocado?

 

Hay decisiones en la vida de una madre que a veces parten el corazón. Con los hijos tendemos a culpabilizarnos de todos sus problemas. No había tiempo ya de autocastigarse. Había tomado la decisión y ya no se echaría atrás.

Aquella mañana madrugó más de lo habitual, pese a no haber pegado ni ojo en toda la noche. La sombra de su decisión la estuvo rondando. Toda la noche recordó a Luis, su marido. Aunque él viviese seguramente habría llevado ella igual, el peso del problema.

Se levantó y se dirigió a la ducha.

El espejo del baño la insultó mostrando en su piel los rasgos más duros de su vida. Se acunó en su tristeza mientras se desnudaba poco a poco.

Se metió en la ducha y dejo caer el agua fría con rabia. Al principio le impresionó, luego le hizo sentirse menos culpable. No sabía si realmente quería castigarse. Se puso una bata y bajo a la cocina.

Todo estaba en orden y en silencio, como si ni siquiera las cosas se atrevieran a hacer frente a la realidad. Puso el café en el fuego y volvió a subir esta vez camino de la habitación de Carmen. Entró y abrió las ventanas.

¡Qué calor hacia! La tristeza se transformaba en hedor.

Esa era la última manía que había cogido. Se cerraba en pleno agosto, ventanas y contraventanas creyendo que alguien entraría a por ella.

Ya le había avisado el médico que cuando la enfermedad se presentaba con su peor cara, era muy dura.

¡Alguien la perseguía! Pobre niña, lo que parecía una depresión había gestado un monstruo mayor, una esquizofrenia. Volvió a la cocina.

En cuanto oyó pasos en el piso de arriba, preparó el tazón de leche y lo colocó según la costumbre. La rutina daba seguridad a Carmen.

Quizás hoy no pudiera mirarle a la cara. ¡Cómo podía hacerle eso!

No, no debía pensar así. Era lo correcto, no le daría más vueltas. En cuanto Carmen terminó la leche, le cogió la taza con rapidez y le regaló una triste sonrisa. Se sobresaltó con el sonido del teléfono.

– ¿Sra. de Vidal?

– Sí, soy yo. Susana Vidal.

– Llamamos del Sanatorio del Remedio. Queríamos confirmar la hora para pasar por su casa y recoger a su hija. ¿Quedamos para la una del mediodía?

– Sí de acuerdo. No hay problema. Les espero antes de comer.

Colgó en seco. Ya estaba dicho. No había vuelta atrás. Supuso que allí le darían de comer más tarde. Esperaba no haberse precipitado.

Al salir vio a Carmen que con cara expectante la miraba. ¡Qué mirada! Era la salida al exterior del misterioso mundo interior que la tenía secuestrada. Esos ojos miedosos, eran los mismos que con dulzura la miraban cuando de niña le daba pecho. Se tragó sus lágrimas y mostrando entereza le dijo:

-Carmen, ve preparando tus pruebas. He estado varios días analizando lo que me contabas y he hablado con la policía. Antes de comer vendrán para tomarnos declaración.

Cómo cambió su mirada. Por un momento creyó ver en ella a aquella niña de antes. Era una mirada feliz, la mirada del que se cree apoyado ante una dificultad y eso le serena. La vio subir corriendo a su cuarto. Aprovechó para rellenar aquellos malditos impresos que debía entregarles, y que la noche anterior no había tenido valor de cumplimentarlos.

Sacó del altillo del armario del recibidor la maleta pequeña.

Aquella maleta la había llenado para su viaje de novios de hermosas esperanzas de Luis y ella; y ahora la iba a llenar de las desesperanzas de ella y de Carmen.

Doblaba la ropa que había decidido que se llevara, como si se tratase de piezas que hubiera cosido ella misma, o piezas de museo. Eran prendas muy simples. Le habían indicado que fueran cómodas y sin cremalleras.

Imaginaba a Carmen arriba preparando con detalle su “declaración”.

Se vistió con rapidez y se hizo un moño que aún le marco más edad de la que tenía.

El reloj del comedor sonó y dio la una. Casi a la par llamaron a la puerta.

Se levantó y se dirigió hacia allí. Había llegado el momento.

 

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En el móvil de la madre sonó un número oculto.

  • Ya he visto que se la han llevado., dijo sin ni siquiera saludar
  • Si, contesto Susana. He sentido algo de lástima. No sé si hemos hecho lo correcto.
  • En breve la incapacitaran, eso era lo que buscábamos. No te vengas ahora con arrepentimientos. Siempre has sido débil.

 

Y tras colgar, tiró aquel móvil de prepago al suelo y lo rompió con fuerza con sus botas.

Lloró.

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