EL CONFLICTO DE OTERO, EL BILLETERO. Noelia Marco

En el planeta de la vida, hay muchos tipos de familias. Por suerte, no hay un modelo de familia que vaya desfilando por ahí. ¿Os imagináis que eso fuera así?

El último grito en tendencia, según el modelo que está desfilando en estos momentos por la pasarela, son las familias cuyos miembros tienen tres ojos en la frente.

Qué idea tan delirante. Sería cuanto menos, chocante.

Como decía, cada familia es un universo, así como cada persona que la compone.

Pues bien, la familia de Otero, el billetero, es especial y única. Esta vive en el bolso de Clarisa, una anciana que nunca encontraba su visa. Sin más dilación, os contaré la historia de dicha familia.

Unos años atrás…

En el bolso de Clarisa, Romero, el monedero, cuidaba de las monedas con mucho esmero. Desafortunadamente, cuando aquella entrañable anciana quería poner a salvo sus billetes, no tenía nada a mano.

-Vaya, Rodolfo, ¿ya te has tragado la cartera? Ay, ay, eres un bolso muy revoltoso -decía Clarisa mientras rebuscaba en su escurridizo bolso.

Como su cartera parecía haberse dado a la fuga, se fue a comprar un billetero en la tienda de bolsos más prestigiosa de toda la ciudad. Y fue en ese momento cuando Otero, el billetero, entró en la vida de Romero, el monedero…

-¡Hola! Soy Otero, el billetero. Con cuidado, en mis solapas los billetes mantengo bien guardados. ¿A quién tengo el placer de conocer? -dijo muy cortés.

Aquel billetero era muy inteligente, pues tenía apartados para monedas, tarjetas, tickets y billetes.

-¡Hola! Soy Romero, el monedero. En mi barriguita, las monedas guardo con esmero. Encantado de conocerlo y muy educado, ante usted,  presentarme quiero. -Ese monedero tenía los modales propios de un leal caballero.

Tan juntitos estaban en el bolso de Clarisa, que entre ellos surgió el amor con mucho fervor. Del mismo, tres billetes y cuatro monedas nacieron. Un billete de diez, cinco y veinte euros, una moneda de dos euros y dos de un euro inundaron con alegría su vida.

Sin embargo, educarlos no era una tarea fácil y menos con las fechorías que la visa de Clarisa hacía. Aquella visa era una tarjeta de crédito adolescente que no paraba quieta y en ninguna solapa billetera podía estar sujeta. ¡Vaya faena! Muy traviesa, se escondía de las manos de Clarisa y al final, el pobre bolso Rodolfo acababa pagando los platos rotos.

-¡Rodolfo!, ¿te has tragado mi visa o es que te aprovechas de mi poca vista para echarte unas risas a mi costa? –decía enfadada Clarisa.

Cada vez que la mano de Clarisa osaba coger a Otero o a Romero para buscar su visa, era imposible evitar la anarquía en sus compartimentos.

Los billetes de cinco, diez y veinte euros competían por ser cogidos primero.

–Yo seré el primer elegido -decía el de cinco euros.

-Qué va. Eres muy pequeñito. Yo seré el primer elegido -decía el de diez euros.

-Qué mal estáis. Yo valgo veinte euros, mucho más que vosotros –rebatía el de veinte.

Pero no sólo los billetes estaban revolucionados, las monedas se hallaban sulfuradas por la fiebre de los metales.

-Yo valgo más que vosotras porque soy más grande y tengo el número dos -decía la mayor.

-Pues bueno, pero yo soy mayor que tú -decía la de un euro a su hermana gemela.

-Pero, ¿qué dices? Si las dos somos iguales, de un euro –respondía aquella alzando los brazos.

Romero y Otero aquellas situaciones desastrosas soportaban cada vez que Clarisa, perseguía, en Rodolfo, su visa. Eso sí que eran pollos y no los de la carnicería de la esquina.

Ante aquello, permanecían muy pasivos o se deshacían en inútiles gritos. ¿El resultado?

La anarquía  cundía dentro de Rodolfo.

Yo seré el primer elegido, ¡No, seré yo!, Yo valgo más que tú. ¡No, yo valgo más que tú, monedilla de poca monta! ¡No, yo! ¡No, tú!…

Romero, el monedero, se llevaba las manos a la cabeza. Y a Otero, el billetero, algo le ocurría. Por segundos, su rostro rojo y, aún más rojo, se ponía cada vez que  oía las peleas de sus hijos.

-¡Baaastaaa! -alzó la voz Otero de forma inesperada-. ¡Ya es suficiente! Acompáñame Romero -dijo tajante.

Tras un rato de conversación, aquellos complementos tomaron una decisión para acabar con la anarquía y conseguir que la paz volviera a reinar en su familia.

¡Tachán, tachán! He aquí nuestro nuevo lema familiar:

“Las normas debatidas por todos los miembros de la familia deberás respetar y tu opinión educadamente podrás expresar. Los jaleos innecesarios no están permitidos y las peleas que hieren son algo prohibido”

Después de escuchar aquello, los billetes y monedas miraban a sus padres con los ojos abiertos de par en par. De modo que iniciaron la sesión para establecer unas normas de convivencia y, así, evitar caer de nuevo en el caos.

Un largo rato les llevó debatir, compartir sus opiniones y encontrar puntos en común, pues los pequeños billetes y monedas, aquellos hábitos debían trabajar para poderlos aplicar.

He aquí las normas de convivencia que resultaron de su sesión de debate familiar:

 

NORMAS DE CONVIVENCIA

-No importa qué lugar ocupemos en el monedero o billetero, ya que en algún momento, todos seremos elegidos.

-Nadie vale más que nadie. Todos, monedas, billetes y tickets somos inigualables.

-Debemos intentar entender a los demás evitando pelear por cualquier detalle.

-Podemos expresar nuestra opinión educadamente sin dañar a otros.

Al principio, no fue nada fácil respetar aquellas normas y, en ocasiones, el caos volvía a imperar. Tan grande era, a veces, la desesperación de Otero, que incluso llegó a echar de menos a la soledad. No obstante, miraba la cara de sus niños y pensaba que aquel pensamiento era una locura, pues su familia era lo que más le importaba.

Con el paso del tiempo, el caos era cada vez menos frecuente y el comportamiento de las monedas y los billetes era más elocuente. De igual forma, su relación con Romero, el monedero, era menos hiriente.

Con todas aquellas situaciones, Otero varias cosas advirtió:

 

COSAS A GRABAR EN MI PENSAMIENTO BILLETERO

-En todas las familias conflictos y problemas suele haber, pero todos solución tendrán si sus miembros se osan querer.

-Los padres somos modelos que los pequeños imitan y, por ello, hemos de controlar aquellas cosas que nos irritan.

-La educación es una carrera de fondo y no una maratón.

Una vez que Otero se percató  de aquellas certezas, las grabó en su pensamiento y así fue como todo caos desapareció. Incluso, cuando el desastre osaba aparecer, su familia con su conducta madura y sensata lo hacía desaparecer. Los días venideros fueron maravillosos, incluyendo aquellos en los que la visa de Clarisa hacía de las suyas.

 

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