EL CONTRATO. Iñigo Calonge Unceta

Desde el despacho pequeño, en donde sólo había una mesa, un teléfono y un archivador no se veía gran cosa, como en casi cualquier edificio del DC en Washington.

Antonio, al que todo el mundo llamaba Toni, hablaba por teléfono y tomaba alguna nota.

– ¿quieres venir de una puta vez, Toni? –era Rafa el que gritaba desde la pequeña sala de juntas al otro lado del pasillo.

– Ya voy, joder, que estoy negociando un contrato.

Los últimos tres años habían sido una locura. La compañía de defensa en la que Toni era el director comercial y Rafa el presidente ejecutivo había participado en un concurso para dotar al ejército americano de un arma de infantería en la que, después de todo tipo de pruebas, habían quedado sólo 2 finalistas: la empresa de nuestros amigos y una israelí. Se había desplazado un equipo de 12 técnicos desde España hasta el campo de pruebas de Aberdeen y Rafa y Toni habían realizado innumerables viajes a varias ciudades americanas. Todo había sido inútil; un par de meses atrás les habían comunicado que el cliente se había inclinado por el sistema judío.

La reunión a la que habían asistido y en la que Toni aún no había hecho acto de presencia era lo que llamaban un “debriefing”, es decir una explicación más o menos maquillada de los motivos del descalabro.

Sin embargo, en ese momento, Toni estaba realmente negociando los flecos del borrador de contrato que llevaba más de un mes negociando con unos nuevos actores.

Todo había empezado en realidad un par de meses antes. Toni había llegado a Kuala Lumpur esa misma tarde, a la feria que se celebraba allí cada dos años. Todo el circo del mundo de la defensa estaba allí y se había ido a cenar a un mercado de la ciudad vieja con unos colegas. Después habían ido al Tin Mine, la discoteca del Hilton, que estaba a rebosar, y habían tomado unas copas.

Su hotel no estaba lejos y entre el alcohol y el jetlag estaba agotado, y bueno, estaba también lo otro que de momento no le estaba dando mucho la lata. Estaba a punto de meterse en la cama cuando sonó el teléfono:

– ¿Hallo? –respondió Toni.

– Mr. Toni, le llamo de parte del embajador español -Una voz femenina, en inglés, hablaba al otro lado- Tengo instrucciones para tratar un asunto de la máxima prioridad y necesito verle ahora mismo, -dijo la tal Hanna- ¿me permite subir a su habitación?

– Son las 4 de la mañana y estoy muerto– dijo Toni.

– No se preocupe, no nos llevará mucho tiempo –respondió Hanna.

Después de hacer desaparecer del mini bar las existencias de Hennessy, le contó a Toni que tenía instrucciones para firmar un contrato con la empresa en la que trabajaba y que actuaba en nombre de una empresa vinculada al Gobierno americano. Él sabía bien quien era ella. Se la conocía como Mata Hari y se había hecho famosa por un contrato que había facilitado a una empresa española de defensa (de las importantes) un par de años atrás.

Al volver a España, Toni empezó a elaborar un borrador de contrato que pudiera ser aceptado por la parte americana. Todo esto lo había hablado con Rafa, con quien despachaba todos los días que ambos estaban en España, lo cual no era demasiado frecuente. Sin embargo, parece que Rafa no le había tomado en serio en absoluto.

La puerta se abrió y Rafa entró bastante enfadado. Toni no se inmutó y siguió hablando por teléfono y tomando notas.

-Oye tú, ¿de qué vas? Por si no lo sabes hemos venido hasta aquí para tener esta reunión y aún no te has dignado aparecer. –Rafa, aunque amigo de Toni, era el director general y por tanto su jefe.

-Ya te lo dije, joder, que estoy negociando un contrato y que a la 1 tenemos que ir a firmar. –repuso Toni

– ¡Qué contrato ni que niño muerto! –Rafa estaba muy alterado.

Aunque Rafa, a veces, ejercía de jefe inflexible con Toni, en el fondo le admiraba y le apoyaba. Toni era un ser sensible que se desvivía por la compañía y que le recordaba mucho a cuando él empezó. Un serio revés sucedido un par de años antes había hecho que la empresa estuviera pasando por series dificultades de liquidez y la pérdida del contrato con el ejército USA había supuesto un auténtico jarro de agua fría.

A regañadientes, y sin la menor convicción por parte de Rafa habían acudido a la sede de la empresa en Mc Lean, un barrio de Virginia, no lejos del DC. Es en este estado donde se encuentran no pocas compañías de Defensa y Seguridad. Es también, no lejos, en Langley donde se encuentra el cuartel general de la CIA.

Al llegar fueron conducidos a una gran sala de juntas donde había al menos una docena de personas. Sin más dilación se empezó a revisar la documentación. Rafa no daba crédito a lo que estaba pasando. Las demandas de documentación oficial se solventaban casi al instante y por teléfono. No había duda de que se encontraban ante gente importante. Cuando el texto final del documento estuvo listo Rafa lo miró con incredulidad y una cierta envidia, ya que la documentación se había hecho, toda, , a nombre de Toni, director comercial. Era un logro tremendo firmar un contrato con la Marina de los Estados Unidos, además de que era la primera vez que se hacía.

Tenían que legalizar el documento que atestiguaba que el contrato era legal y cierto y había que hacerlo en la Embajada de España. Llamaron al embajador para informarle e invitarle a comer en el restaurante la Maison Blanche, en la calle F, muy cerca de la Casa Blanca. El embajador era de los llamados políticos, es decir nombrado a dedo por el gobierno de turno. Durante los tres años que estuvieron en el programa habían conocido a dos embajadores. Este no tenía ni idea del asunto, pero le sonó bien el tema y les dio todo tipo de facilidades.

A Rafa se le había pasado el pequeño ataque de celos y después de comer le soltó a Toni:

– ¿Sabes qué?, te invito a pasar el fin de semana a Nueva York.

Toni respondió con una sonrisa forzada y un “gracias” que sonó bastante convincente.

No había contado con esa eventualidad y empezó a hacer cálculos mentales de la reserva que tenía y cómo podría aguantar esos 2 días extras.

Tomaron un vuelo en el aeropuerto National, hoy en día rebautizado Ronald Reagan, y al cabo de una hora llegaban al aeropuerto de La Guardia, en Queens. Una hora más tarde estaban en el Hotel Pierre, al lado de Central Park. Mientras Rafa hacía llamadas para reservar una mesa en algún restaurante de moda que tanto le gustaban, Toni deshacía la maleta y barruntaba momentos complicados.

Siempre había sido deportista y bastante sano, pero hacía unos años había conectado con un grupo que se consideraban muy elitistas y creían que consumir ciertas sustancias era muy “cool”. No sabía muy bien cómo, pero lo cierto es que Toni había acabado demasiado aficionado a esa sustancia y ahora tenía un problema, un problema serio. Recordaba sus años recientes y pensaba que era una contradicción. Viajes continuos, países exóticos, los mejores hoteles y sin embargo sentía un enorme vacío en su interior. No comprendía cómo se le había podido ir de las manos aquello. Su vida personal era un desastre, tenía deudas en el banco, la hipoteca la pagaba siempre tarde y mal, la relación con su mujer era tormentosa y tenía idilios pasajeros cada vez que se presentaba la ocasión. No era codicioso, y en el fondo todo lo que hacía era para demostrar a los demás que él era especial. Tenía que aparentar todo el tiempo y eso era realmente penoso y agotador.

El restaurante que Rafa había reservado era La Grenouille, uno de los sitios más caros y más de moda en la ciudad. Rafa le explicó que allí Saint Exupery había escrito pasajes del Principito. El local, un poco recargado, pero con buen gusto estaba abarrotado de gente con clase. Nada más llegar nos dijeron que había que esperar y eso a Rafa le disgustó bastante, así que pidió una jarra de dry Martini, lo cual presagiaba una borrachera de las gordas.

Acostumbrado a ser tratado en los restaurantes de su país con las mayores deferencias, el hecho de no recibir el mismo trato en cualquier lado le cabreaba muchísimo.

¡Qué incongruencia!, pensaba Toni; estar en NY, en uno de los mejores restaurantes, en el hotel más chic de la ciudad y celebrando algo pionero y sentirse tan vacío, tan asustado, tan triste y deprimido. En la ciudad donde vivía, era envidiado por mucha gente. Envidiado y criticado en dosis parecidas, él, sin embargo, se sentía tremendamente desgraciado.

Por fin les dieron una mesa, y Rafa protestaba porque no le parecía suficientemente bien ubicada, así que, como siempre, nada más llegar el Maître pidió una botella de Cristal de Louis Roederer, que es algo así como el Dom Perignon, pero de los entendidos y unos 500 dólares la botella. El Maître captó el mensaje a la primera y nos dedicó una sonrisa de oreja a oreja.

– Oiga, ya sé que por la edad no podría ser, pero cómo se parece a Sidney Poitier ese señor que está allí –señaló Rafa al Maître

– Es Sidney Poitier señor, se conserva muy joven y es cliente asiduo de la casa.

Rafa estaba casado con una rica señora y tenía 4 hijos con ella. Casi nunca estaba en casa, debido a los viajes de negocios y era un bon vivant. Con Toni, desde que este se incorporó a la empresa, habían viajado por todo el mundo y desarrollado una buena amistad. Amante de la ópera y de la buena mesa, tenía una conversación amena y variada y un sentido del humor un poco irónico pero inteligente. A él también le criticaban por envidia y en realidad era un hombre hecho a sí mismo. Era el ojito derecho de su suegro quien le había introducido en la empresa familiar y él se había ocupado de ir ascendiendo con su gran capacidad profesional.

La mañana del día siguiente fue una pesadilla. La falta de la sustancia que le daba la vida había hecho ya su presencia en Toni, que sentía una fuerte depresión y una total falta de ganas de hacer cualquier cosa. Habían quedado en el lobby del hotel para desayunar. Hacer la maleta le había costado un montón. Por fin pudo bajar y Rafa le propuso dar un paseo por Central Park. El día era precioso, pero dentro de Toni todo era de color negro: angustia, tristeza, miedo y rabia; rabia por haber llegado a ese punto en donde no podía disfrutar de nada ni de nadie. Se acordaba de algunas canciones que a él le parecían reveladoras:

No he podido escapar
De ese aquí de ese allá
Me dejé dominar
Poco a poco
Quiéreme con pasión
Y dime sí sí
Una vez y otra más
Ay qué locura
Ay que locura

– ¿Te acuerdas dónde estuvimos anoche? –preguntó Rafa de sopetón

– ¡Qué chorrada!, por supuesto –contestó Toni

– A ver, ¿dónde?

– Joder, pues fuimos a cenar. –Toni creía que le iba a dar algo, porque era cierto que no se acordaba de nada

– ¿Sí? ¿Y luego?, te doy 100 dólares ahora mismo si me dices a dónde fuimos después.

No te acuerdas, ¿verdad?

Toni no recordaba que después de cenar habían ido a una discoteca, pero esto le sirvió para su coartada

– La verdad es que me la agarré enorme. Me siento fatal y creo que voy a devolver. Menudo viaje me espera. Lo siento por la mala compañía que voy a ser.

– Bah, no te preocupes, a todos nos ha pasado alguna vez. Pero te agarraste una tan grande que estaba seguro de que no te acordabas. –y sonrió

El viaje de vuelta fue algo mejor de lo que esperaba Toni. Un poco penoso el cambio de aeropuerto de La Guardia al Kennedy, pero luego en el avión, aunque no pudo dormir, estuvo acurrucado y sin pensar demasiado. Llevaba benzodiacepinas que le ayudaron bastante.

Estuvo haciendo todo tipo de promesas en el largo trayecto, promesas que creía firmes. Iba a dejarlo de una vez por todas, esta vez sería la buena.

Llegaron a Barajas a eso de las 7 de la mañana. Las caras de los pasajeros mostraban el cansancio del viaje: ojeras, barbas haciendo su tímida aparición, bostezos, cansancio. Lentamente la cola iba avanzando hacia el control de pasaportes y en la mente de Toni un único pensamiento: ¿cómo podría hacer para quedarse en Madrid y poner fin a su malestar que iba en aumento de forma insoportable?

Sin pensarlo demasiado le comentó a Rafa que había pensado que se iba a quedar un día en Madrid y así ver a su padre que se había quedado viudo no hacía mucho. Pensó que sería convincente, además podría descansar y recuperarse de la resaca.

Vio cómo Rafa asentía y el cielo se abrió en su mente. Pronto acabarían sus sufrimientos.

La canción de Bosé seguía sonando en su mente

Nena, luna serena

Todo es posible menos tú

Nena, ámbar y arena

Boca insaciable solo tú

(Promesas y mentiras)

Sólo tú…

Muchos amigos y conocidos habían muerto, rotos en aquella promesa falsa de libertad. Siempre había pensado que él no sería uno de ellos, no, él creía ser diferente. Había leído a Burroughs en la universidad: almuerzo desnudo, junkie. Le había impresionado la crudeza de los relatos. Sobre todo, porque sabía que eran experiencias reales. Había sido sin darse cuenta, en un momento en el que todos los que él consideraba personas interesantes estaban en ese mundo. También cantantes de moda en aquel momento: Lou Reed, Rolling, Neil Young y tantos otros.

Pasaron el control de pasaportes y se despidieron. Rafa le dio la enhorabuena y Toni fue a llamar por teléfono. No sería esta vez, tal vez la próxima, o la siguiente, pero sí, estaba decidido a no ser uno de aquellos que no lo habían conseguido.

La parada de taxis estaba repleta y ya el nerviosismo hacía la espera dolorosa. Por fin.

Dio la dirección al taxista y cerró los ojos.

 

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