EL ESPANTAPAJAROS. Mari Carmen Cortés

Anochecía en la humilde casa de Rebeca. Su casa estaba a las afueras de Barcelona, en un barrio marginal; de los muchos que por allí había, este era el peor. Tenía miedo siempre y al anochecer aumentaba su temor; no sabía por qué aun con la claridad le producía desasosiego observar a la gente que por allí pasaba, especialmente cuando pasaban por allí chavales más grandes que ella. Cuchicheaban entre sí y acostumbraban a saludarse con efusivo apretón de manos. Y esa noche su temor aumentó al no tener a su padre en casa.

Ese día, su padre había sido avisado para ir a trabajar, pero estaba oscurecido y no llegaba; sabía contar las horas que pasaban porque su papá le había enseñado cuando le regaló el reloj de mamá. Eran huérfanas de madre, que había muerto de sobredosis, según había oído el día que esto ocurrió.

No sabía de fechas, pero papá le había contado que pronto serían unas bonitas fechas donde los niños solían recibir regalos de alguien llamado Papá Noel, y que cuando su mamá aún la podía peinar había pedido un regalo a ese señor. Al llegar ese día su mamá le mostró a Miriam, la hermanita que tanto deseaba y anhelaba, pero no le duró mucho su regalo porque un hombre al que papá había llamado para ver a mamá le dijo que había enfermado el mismo día que recibió a Miriam. Tres meses después, Rebeca aprendió a peinarse sola.

No asistía al colegio, ni salía de la casa porque su padre se encargaba de todo; conocía a las gentes del barrio gracias a la visión que le ofrecía una pequeña ventana cuyos cristales amarilleaban y se ubicaba en la parte posterior de su casa. Su papá la enseñaba a leer y escribir y a preparar de una u otra forma los alimentos que generosamente obtenía al descargar camiones para la plaza de abastos y comercios de la zona.

Cuidaba a la pequeña Miriam como mejor sabía. En su casa carecían de comodidades y los pocos enseres que disponía habían sido caridad de algunas buenas gentes del barrio.

Disponía de una pequeña ventana por la que solía asomarse, y que comunicaba con un callejón que le proporcionaba una amplia visión de la zona, situada en la parte contraria a la puerta de entrada. Había pegado a ella con esparadrapo y como vigilante a un pequeño espantapájaros, que su papá le trajo en una ocasión, regalo del hijo de la frutera para que impresionara a los hombres malos del barrio que ella decía ver; De complexión enclenque no sabía su edad ni la de su hermana, aunque en ocasiones quería adivinar cuantos años tenía si se comparaba con ella.

Rebeca jugaba con su hermana hasta que esta se durmió, ninguna de las dos había tomado alimento alguno desde hacía muchas horas, y en casa solo había un paquete de galletas y algo de leche en una botella.

Se servía de un pequeño televisor que le habían regalado las gentes del vecindario, para conocer todo lo que podía haber detrás de las viejas y rotas paredes de ladrillo que la separaban de ese otro mundo.

Ausente y vacilante se acercaba a la ventana como distracción y para ver cosas, que tal vez, nunca debía haber visto; estaba oscuro, se escuchaba música y cantos; allí, junto a ella estaba Nico, inmóvil con su traje de saco al que ella miraba con frecuencia intentando adivinar por qué siempre sus manos intentaban abrazarla sin éxito, – ¿tal vez se resbalaba en el intento? o ¿porque simplemente era todo él de paja? -. Su rojizo pelo estaba cubierto con un pequeño sombrero triangular azul con el que jugaba y porque así dispuesto le dejaba ver una gran sonrisa que iluminaba toda su cara ocultando la horrible boca con labios de color fresa que Nico tenía. Ella lo miraba continuamente sin dejar de observar a Miriam, la cual mostraba un enorme cariño por Nico, pasando agradables horas jugando con su larga nariz simulando que era una de las zanahorias que a veces traía su papá para comer.  Había sintonizado el televisor, que con su rumor la abstraía de vez en cuando de la tristeza por no saber de su papá. Fantaseaba con tener una muñeca como las que aparecían por el pequeño receptor e imaginaba que su vestido era tan bonito como los que llevaban las niñas, que por aquella pequeña ventana a veces veía y casi eran como ella de grandes.

Pasaba el tiempo y Rebeca cogió a Nico entre sus brazos y los dos se abrazaron a Miriam que dormía plácidamente, elevándose al mundo de los sueños.

Pasó la noche tranquila, sin sobresaltos, nada malo podía pasar con Nico a su lado.

A media mañana, una vecina del barrio ,conocedora de que estaban solas las dos niñas se acercó y llevó un poco de sopa, con unos dulces que la señora había recogido de la panadería más cercana, de esos que ya nadie quiere porque llevan días elaborados y que, a ellos le sabía a gloria.

Pasó ese día y otros en igual condición. Rebeca, inquieta, se asomaba por la ventana del callejón y observaba con curiosidad a los chicos que solían detenerse, estrechaban sus manos, cuchicheaban entre sí y se regalaban envoltorios de papel. – ¿Qué regalos más raros se hacían? -pensaba -mientras se abrazaba a Nico. Miriam siempre dormía y con la sopa de la vecina, que estaba rica, (a pesar de la pobreza de ingredientes), aún dormía más placentera.

La buena vecina reanudaba a mediodía su visita a casa de las niñas para llevarles algo que comer; no sabía nada del papá, aunque había preguntado por el barrio si alguien era conocedor de alguna noticia. Vivía sola y en apariencia nadie importante moraba en su vieja chabola; tan solo unos pobres diablos sin oficio ni beneficio que solo abusaban de su generosidad. Al llegar el atardecer abandonaba el hogar de Rebeca para regresar al suyo, participando como testigo mudo e inalterable de aquello que veía de los pobres diablos que usaban su vieja chabola.

Rebeca seguía fantaseando con ser una de esas niñas que veía a través del televisor, (su vestido era tremendamente bonito con un gran lazo azul en la parte trasera, le contaba a Miriam que el suyo era igual pero con un lazo rosa); juntas parloteaban con Nico al que le propusieron uno de esos días que arreglara la mesa , con el mantel que se hallaba guardado bajo una sucia repisa de la estancia y que su mamá siempre adornaba la mesa con él porque había escuchado que llegaban días bonitos. Lo hacía cada día después de tomar algo para su pequeño estómago y el de su hermanita. Así le costaba menos dormirse junto a Nico y Miriam. Su apreciada vecina llevaba unas tardes sin aparecer por casa y Rebeca pasó del miedo a la angustia que le provocaba no saber de su padre y de la vecina.

Esa noche, cuando la oscuridad era total, el ruido sonoro que provenía del exterior hizo que se perturbara su débil sueño. Agarró a Nico y juntos se asomaron a través de la ventana, coches de policía y ambulancia estaban detenidos en el sombrío callejón; unos pobres diablos eran esposados y conducidos al interior de los coches mientras dos hombres portaban en una camilla a la buena vecina, hacia la ambulancia. Les llegaron a sus oídos que la pobre mujer había sido apuñalada por uno de sus hijos que vivían con ella, al negarse dar cobijo a un peligroso delincuente que por allí merodeaba. Grandes lágrimas acudieron a sus ojos mirando perdida a Nico que, con sus vivarachos ojos negros,  le decía, – ¡no tengas miedo amiga, Nico está aquí, contigo y nada malo te pasará! -. Finalmente, el sueño le venció, dejándola en suerte a las pesadillas.

Al amanecer del día siguiente Rebeca dormitada profundamente junto a su hermana y Nico, la ventana del callejón había sido tapada por un agente, ajeno de que allí residiera alguien. La chabola de Rebeca había quedado en la oscuridad, tan solo la pequeña luz que proporcionaba una vela desgastada y dispuesta en una botella permitía algo de claridad en el interior y Rebeca dormitaba con ojos abiertos,  apenas tenía fuerza para levantarse, ¿para qué?-pensaba,- no hay ya nada que comer y estoy cansada – manifestaba a su amigo-.

En el exterior ya había anochecido y continuaban dormitando, cuando de repente, la puerta se abrió inesperadamente rozando con gran estruendo la madera anclada en la parte inferior, algo que sobresaltó a las niñas, que se abrazaron temerosas por el gran escándalo ; su papá entraba acompañado por otro hombre que le ayudaba a camina apoyado en muletas. Tras abrazar y besar efusivamente a sus niñas, el hombre le contó;

“Mi buena Rebeca, el día que salí a trabajar para descargar los camiones de ese día, una caja a punto de romperse estuvo a punto de aplastar a uno de los propietarios de una parada del mercado, me interpuse en el medio para evitar una mayor tragedia, pero, con tan mala fortuna que cayó sobre mí, desvaneciéndome al instante,  estuve sin sentido en el hospital, bien atendido pero inconsciente;  me gané unos cuantos rasguños . Y cuando desperté lloraba por vosotras, por las carencias y por no saber cómo podríais sobrevivir sin alimento alguno. Eso fue hace un rato y he salido por vosotras y porque afortunadamente estoy fuerte por vuestro amor. Nada más importante que vosotras, mis niñas.” La carita de Miriam era de un ángel sonriendo a papi, no hablaba, ella tenía problemas que impedían que pudiese siquiera gorgotear desde su nacimiento.

La claridad regresó a casa de Rebeca.

En agradecimiento, el hombre al que había salvado su papá que era el papá del niño, que años atrás le había regalado a Nico; le proporcionó un trabajo digno y una vivienda. El hombre tenía una preciosa finca donde cultivaba productos que luego vendía, y una preciosa casa allí ubicada. Se trasladaron a vivir a la casa y su padre cuidaría de la finca a cambio de un sueldo, vivienda, atención médica y escolar para ella y su hermana.

Una vez recuperados los tres, Rebeca contó al papá del niño lo que ocurrió durante la ausencia de su papá con la buena vecina. El hombre buscó en hospitales y albergues a la mujer, hasta que, por fin, un día la acompañó a la casa de campo que cuidaba el papá de Rebeca para que viviese con ella. Había pasado un año después.

Rebeca y Miriam pudieron estudiar y tener vestidos bonitos.

Pasados unos años y una concejal llamada Rebeca, de urbanismo, inauguró en la zona donde ella había residido una escuela para niños desfavorecidos. Rebeca asistió al evento con su esposo Nico, hijo del frutero.

“Cuentan que la noche del evento , en una de las ventanas de la escuela, un espantapájaros de pelo rojizo y una zanahoria por nariz, saludaba a la concejal con un cariñoso abrazo”.

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