EL ESPEJO OVAL. Sofía Hernández

“Si a alguien le tengo que echar la culpa de cómo termine de este modo es a mis padres. Si ellos no hubieran querido mudarse no habríamos acabado así. Si no hubiéramos entrado en esa casa nadie habría sido herido” le digo a la jueza desde el banquillo de acusados.

“Todavía la recuerdo. Aquella casa, hecha de madera negra desgastada, aquellos ventanales cuyos cristales estaban agrietados y mal mantenidos que solo dejaba atravesar los más brillantes rayos de sol, las escaleras que chirriaban cuando las subías, los cuadros de desconocidos que vigilaban los largos y silenciosos pasillos, el gran jardín lleno de altos y frondosos árboles además de malas hierbas, escenario de mis pesadillas. El objeto que mejor recuerdo es aquel espejo oval que se encontraba en el baño de mi habitación delante de la ducha y el causante de mis zozobras.”

-Al grano señorita Martínez – me interrumpe su señoría.

“Acabábamos de llegar de la nuestra antigua casa, mis hermanos Tom y Jack fueron los primeros en bajar de la camioneta. Ellos eran los más ilusionados con esta mudanza, querían ser los primeros en elegir la habitación. Pero yo desde que vi esa casa supe que nada bueno iba a pasar. Ver aquella construcción arruinada y abandonada no me hacía sentir muy ilusionada y feliz, al contrario, me asustaba pensar en el hecho de que viviría allí por más de un año. Cruzamos un gran camino de tierra húmeda que cruzaba todo el jardín, que por más que se le llame así parecía más bien un bosque, ya que los altos arboles no dejaban traspasar muy bien los alumbrantes rayos del sol. Cuando mi padre abrió el gran portón agrietado y desgastado se podían escuchar pequeños murmullos agudos dignos de animales de cloaca. Mi padre dijo que iba a ser un nuevo comienzo, todos los sabíamos, pero desconocíamos como acabaría aquella “experiencia”. Mientras mis alocados e infantiles hermanos fueron a buscar la habitación “perfecta” en aquel caserón, yo decidí acompañar a mis padres a hablar con la vendedora de la casa. Esta aseguró que el vecino tenía mucha prisa por venderla y que por eso su precio era más bajo de lo que debería ser.

Minutos después decidí buscar el aseo y darme un relajante baño. Cuando abrí la puerta y me percaté que tal vez sería uno de los lugares mejor conservados de la casa tuve el valor de entrar y prepararme el baño. Entretanto el agua caía sentí una leve corriente de aire entrar por lo que aprecié que la ventana estaba abierta y la cerré, fue en ese momento cuando me di cuenta de un espejo oval situado en frente de la ducha. No sé por qué me llamó la atención, sentí que no era igual a los demás, sentía que alguien me llamaba desde adentro y no podía salir, un sentimiento de angustia y misterio fue lo que me provocó el ver aquel cristal. El espejo tenía un marco de madera de caucho que lo encuadraba y sorprendentemente de lo último que me percaté fue de la nota que había pegada en él. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Empecé a temblar y decidí coger la nota para observarla más de cerca. “SOCORRO” eso es lo que ponía en ella.

Rápidamente cerré el grifo de la bañera y me fui a paso acelerado hacia mis hermanos. Supe de inmediato que se encontraban en el salón porque podía escuchar el eco de los disparos y las granadas provenientes de un juego de guerra que ellos tenían.

Les exclamé histérica que la broma no hacía gracia, que sabían perfectamente que no me gustaban que se burlaran de mí a costa de mi debilidad: el miedo y el suspense. Los dos me miraron atónitos y confundidos, “¿De qué nota hablas?” fue lo que me contestaron. Claro que tal fue la rabia y el nerviosismo que sentía que decidí no prestar atención a su respuesta e intentar convencerme de que solo había sido una broma y que se estaban haciendo los tontos, para darle credibilidad a su broma.”

Hice una pequeña pausa y proseguí.

“Al día siguiente me desperté más temprano de lo normal, por lo que decidí prepararme y hacerme el desayuno yo sola ya que mis padres seguían durmiendo. Mientras estaba sentada en la larga mesa de madera decorada con flores marchitas y secas, pensé en lo que me había pasado el día anterior. Sabía que mis hermanos no mentían, siempre que lo hacen sus cachetes se vuelven más tiesos signo de que se los mordían por dentro para evitar sonreír pero en el momento que les pregunté sus caras no mostraban esa tesura, por lo que no evitaban reírse.

Tras el desayuno me encontraba entrando en el colegio junto con mi amiga Jessica.”

-Explíqueme su relación con la señorita Valenzuela. – me ordena la jueza.

“Jessica y yo hemos sido amigas de toda la vida, fuimos juntas a la guardería y también en primaria e íbamos también al mismo instituto y no me arrepiento de haber hecho aquello para salvarla.”

Después de que la recia señora tomase nota de mi declaración en su libreta me permitió que continuara.

“Al acabar las primeras dos horas de clase, aproveche el descanso para dirigirme hacia la sala D45 con el objetivo de fotocopiar unas páginas del libro de matemáticas. Por aquella hora el pasillo siempre estaba vacío. Aquel largo y amarillento pasillo que te daba la angustiosa impresión de que cada vez que dabas un paso parecía que retrocedías uno. La sala D45 estaba al fondo y en el muro que le daba fin al pasillo había un espejo largo y reluciente. Al mirarme en él vi una sombra negra espeluznante y borrosa detrás de mí, perpleja y asustada me di la vuelta bruscamente y vi que en realidad no había ninguna sombra sino mi compañero Justin. La tensión que acumulé en esos escasos segundos desapareció como el humo de una vela.

Al volver de la sala D45, fui al patio corriendo para no volver a delirar y asustarme por nada y cuando salí del edificio experimente aliviada la diferencia entre el silencio más agobiante y el ruido más relajante.

Jessica vino hacia mí corriendo cansada:

-¿Dónde diablos estabas? – me preguntó

-En la sala D45.- contesto confundida.

-¡Vaya! No pensé que fueras a tardar tanto.

-¿Cuánto tiempo crees que he tardado? – vuelvo a cuestionar.

En ese momento me informó que había estado ausente dos horas. No sabía qué pensar, estaba confundida, era imposible que hubiera tardado dos horas en fotocopiar unas páginas. Algo raro pasaba.

-¡Eso es imposible! He estado todo el rato con Justin. – le aseguré confiada.

-Sarah eso es imposible, Justin estuvo en clase esas dos horas. – me negó.

Sabía que no estaba loca, sabía que la persona que estuvo conmigo durante ese periodo de tiempo era Justin, pero cuando fui a preguntarle me negó rotundamente y muy seguro de que él no estuvo esas dos horas en la D45 conmigo. Me quedé atónita y temblando. ¿Con quién se suponía que había estado en aquella sala? No podía respirar, un escalofrío recorrió mi cuerpo como una monstruosa ola.

A la hora de comer fui a la cantina sola, no quería hablar con nadie. Me senté con mi bocadillo y mi vaso de agua fría en una de las mesas del comedor y me quede reflexionando y recordando, todo lo que me había estado pasando desde el día que pisé aquella casa. Todo era muy extraño, todas las cosas ocurridas parecían parte de una pesadilla, pero lo malo es que no es una pesadilla, es la realidad. Cuando me terminé el bocadillo me dirigí hacia mi taquilla, algo más tranquila, hasta que abrí mi taquilla y me encontré una nota amarilla en la que ponía “Yo no me lo tomaría a la ligera”. Volví a sentirme, nerviosa, hostigada y asustada. La letra era la misma que la del espejo, pero mis hermanos no podrían haber sido, ellos no van al mismo colegio que yo. Estaba tan atemorizada y alterada que me costó mucho hacer los deberes aquella tarde y además el hambre se me quitó.

Esa misma noche tuve una pesadilla en relación a todo lo que me había pasado a lo largo del día anterior. Me encontraba en mi habitación, repleta de notas escritas en pintura roja, pero el olor a oxidado me decía que era sangre. Me refugié asustada en el baño, cerré con pestillo, huía de algo, pero no sabía de qué. Mi respiración era irregular, parecía que había corrido una maratón pero no era así, o al menos no recordé eso en el sueño. De pronto escuché una risa de niña suave pero intimidante y espeluznante gire mi cabeza hacia el lugar de donde provenía la risa: el espejo oval. Temblé y sollocé ya que en el espejo se podía ver una cara sonriente dibujada con sangre, me percaté que algunas gotas de esta caían y chocaban contra el lavabo.

Como si el tiempo hubiese parado mi cuerpo no reaccionaba ni se movía, solo tiritaba y mis dientes castañeaban. Con toda la voluntad que tuve giré mi cabeza y dirigí mi atención a la bañera y lo que vi remató completamente mi pesadilla: un cadáver pálido, con moratones, ojos abiertos y con cara atemorizaba como si hubiera visto antes de morir el diablo o algo peor. El hombre era gordo y apenas podía entrar en la bañera, además se le notaba mucho la papada. Llevaba un traje demasiado antiguo además de que en la solapa había un pin de un puño cerrado. Acerqué más mi cara para ver con más detallé al hombre y así poder identificarlo pero me desperté justo cuando el hombre dirigió su nublado iris hacia mí.”

Señorita Martínez ¿qué tiene que ver su pesadilla con este caso? – me pregunta el fiscal, un señor canoso, ojos achinados cuerpo gordo y una notoria papada, que me dirigía una mirada acusatoria y seria.

-Me han pedido que les contara con detalle todo lo que respecta a la muerte de mis padres y lo estoy haciendo. Estuve investigando y encontré que el señor que se encontraba en mi bañera muerto, fue el primer propietario de la casa. Murió asesinado, delante del espejo oval que me atormenta las noches y los días.

“Así fue constantemente Todas las mañanas me despertaba sudada y aturdida a causa de la misma pesadilla revivía una y otra vez. Desde ese momento rara vez me sentía cómoda duchándome en aquel baño ya que habitualmente recibía notas con mensajes que no entendía. Le expliqué mi situación a Jessica pero ella no me creyó y no se lo dije a mis padres porque tenía miedo de que me llevaran a un psicólogo.

Pero ese día me arrepentí de no habérselo. Era sábado y me encontraba sola en casa Estaba tranquilamente leyendo un libro cuando escucho un ruido alarmante, venía de aquel maldito baño. Dispuesta a ver qué había pasado cogí un cuchillo y subí a ver. Con las piernas temblando y la adrenalina subiendo abrí poco a poco la puerta y no vi a nadie, pero sí un sobre amarillo tirado en el suelo. Todavía indecisa y atenta cogí el sobre y lo abrí, fue ver lo que había dentro y me sentí débil y miserable. Dentro de aquel sobre había fotos de Jessica, secuestrada amarrada y apaleada, con moratones cubriéndole su fina cara y una cinta adhesiva tapándole la boca. Acompañando las fotos había una carta que me decía que o mataba a mis padres o mataban a Jessica.”

En ese momento comencé a temblar y mi voz se empezó a escuchar quebrar y volverse más débil. El sonido de las esposas chocar entre ellas era una muestra de que estaba temblando, y vaya si lo hacía.

-Y entonces decidiste matar a tus padres para salvar a Jessica. –  continuo la jueza, asentí. – Señorita Martínez en ningún momento se ha encontrado notas. En ningún momento en las cámaras de seguridad del colegio usted estuvo con Justin en la sala D45. Además en ningún momento Jessica fue secuestrada. ¡Ni siquiera hay un espejo oval en su baño ¡por dios! Todo lo que ha dicho no puede ser corroborado con pruebas, por lo que condeno por falta de pruebas por parte de la defensa a Marta Valenzuela a dieciséis años de prisión por asesinato doble. Se cierra la sesión.

Y aquel golpe en seco del martillo de madera contra la mesa marcó el fin de mi libertad. Mis hermanos lloraban atrás de mí, les dolía haber tenido que testificar en mi contra. Pero no los culpo, sé que alguien vivirá lo mismo que yo. Mientras los guardias me levantaban fije mi vista hacia el fiscal, este me miraba con una sonrisa tenebrosa, además sus iris se volvieron blancos y noté en su solapa un pin de un puño. Ahí supe que alguien viviría lo mimo que yo, y pronto.

FIN

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *