EL GUARDIAN PERDIDO. Gonzalo Pérez

El Guardián Perdido La superficie del lago brillaba cálidamente a luz de la luna, pero Kúmagan sintió la oscura frialdad, y la profunda finalidad, que le aguardaba más allá del resplandor inicial.

Observó con curiosidad como el claro de aquel inmenso e inquietante bosque parecía encapsular a la pequeña laguna, como si de un secreto se tratara. Un secreto al que él había llegado, casi de casualidad.

Kúmagan se metió en el agua hasta la cintura. Se detuvo durante un breve instante e inspiró una última vez. Después se zambulló en el lago sin ninguna intención de volver a sentir nada más que agua en sus pulmones. Una extraña paz le invadió todo el cuerpo. Tres, cuatro brazadas, más y más profundo. Podía ya sentir su corazón palpitando desbocado y la inevitable y urgente necesidad de respirar.

Algo le estaba arrastrando. No hacia abajo, sino hacia arriba.

Al principio pensó que era alguna clase de corriente, pero eso era imposible, ¿No?

Kúmagan apretó los dientes y braceó con todas sus fuerzas para internarse hacia su destino.

La fuerza que le empujaba hacia arriba era descomunal. Cuanto más intentaba descender más se veía repelido hacia la superficie. A pesar de todos sus esfuerzos y un último arrebato de rabia, que casi consiguió romper la extraña tracción, su cuerpo surgió del agua como si fuera un simple pez menor colgando de un anzuelo gigante.

Con extraña fascinación comprobó como aquella fuerza mágica invisible que le había expulsado, lo mantenía suspendido en el aire y lo transportaba junto a la orilla del lago, a la vera de un enorme roble. De repente la fuerza desapareció y Kumagan cayó pesadamente sobre el suelo de plantas y cortantes raíces.

Una voz categórica y que parecía venir de todos lados, y de ningún sitio a la vez, retumbó en sus oídos:

─Eres un imbécil. He conocido muchos seres humanos deficientes, pero sin duda tú los superas con creces.

Kúmagan se incorporó y miró hacia todos los lados buscando el origen de la voz.

─Quién eres demonio ─dijo Kúmagan mientras escudriñaba nerviosamente el claro. Por más que buscaba no lograba encontrar el origen de aquella voz.

─ De todos los seres que acaban en mi lago, eres el único al que, en vez de arrastrarle hacia abajo, le tengo que arrastrar hacia arriba, porque al parecer, lo que quiere es hundirse. ¿Me puedes explicar esa tontería, humano?

─Me estoy quitando la vida maldito demonio. ─dijo Kúmagan lleno de ira─. No quiero vivir, ¡sal de mi cabeza y déjame en paz!

─ ¡Cómo te atreves! tú no dispones de tu vida para plantearte acabar con ella, tú eres parte de un todo y no te puedes auto destruir, imbécil. ─La voz hizo una pausa y después continuó─. Había oído muchas estupideces humanas, pero esta es la mayor de todas sin duda. Además, esta es mi parte del bosque y aquí vive y muere quien yo quiero, cuando yo quiero. Al entrar en la laguna has traspasado un portal al corazón del Gran Bosque, insensato e ignorante primate: has entrado en mis dominios. He decidido castigarte por tu descomunal insulto al don que se te dio. Tu castigo, será vivir. Te llamaré Musgo Podrido. Eres menos que eso.

─Quién eres, ¿por qué me atormentas?, todo lo que quería se ha ido para siempre, ya no sirvo para nada.

─Silencio Musgo Podrido, me aburre tu cháchara sin sentido.

Algo grande y pesado se movió de repente detrás de él. Kúmagan se dio la vuelta y vio surgir una figura descomunal de entre los árboles que se le acercaba. Creyó sentir una mezcla de miedo, absurda incredulidad y curiosidad ante la mole de más de dos metros y medio que se erguía ante él. Sin duda humanoide. Humano sí, dos brazos, dos piernas, torso. Todo aparentemente “normal”, excepto dos cosas: una, dos protuberancias parecidas a pequeños cuernos que le sobresalían de su bien poblada cabellera, la otra esa imposible tez verde oscura. Claro que los ojos más cercanos a un felino que a un hombre, no eran muy humanos, y al mirar a esas pupilas, solo invitaban a agachar la cabeza.

─Qui… ¿Qué… eres? ─acertó a balbucear.

─Los pocos seres humanos con los que he tenido contacto me llaman AënNarch.

Kúmagan hizo un esfuerzo por reflexionar a pesar de su estado.

─¿Eres un espíritu del Bosque, no es cierto?

─No, no soy eso que vosotros llamáis espíritu del bosque. Los espíritus del bosque no se comunican con un ser humano o animal de esta manera, y mucho menos con un ser tan idiota como tú. Sin embargo, tengo esencia de ellos, pero soy un ser viviente, simplemente estoy mucho más cerca de la realidad, la de verdad, de lo que tú jamás estarás. Más cerca de la fuente. En la profundidad del Gran Bosque hay seres que jamás imaginarías.

Kúmagan se sentía confuso, cansado, y de repente, realmente frustrado por no estar muerto.

“AënNarch” … pensó. Aquel ser podría acabar con su vida de un soplido si quisiera. Era enorme.

─AënNarch… ─esta vez la palabra salió de sus labios. Cerró los ojos como para bloquear mentalmente la inquietante presencia de aquella criatura.

─AënNarch… ─ repitió. Podía sentir los últimos restos de adrenalina que le quedaban aunándose en sus cuerdas vocales.

─…Tienes nombre de bufón ─dijo Kúmagan entre dientes. Durante un instante solo se oyó el movimiento de la brisa entre los árboles.

─ ¿Qué has dicho Musgo Podrido? ─Que tienes nombre de bufón, bufón de alguna corte insignificante y pomposa.

Un inquietante silencio lo cubrió todo. Ni siquiera la brisa se atrevió esta vez.

─¡Cómo te atreves!

Kúmagan podía sentir más que oír, la ira del “Ser”. Por fin iba a morir. Oyó un sonido gutural apagado y un movimiento brusco.

Sin duda ahora sí, iba a morir, aplastado, o quizás empalado, o algo parecido. Apretando los parpados para evitar abrir los ojos, Kúmagan se preparó para el inminente desenlace. Sin embargo, el deseado impacto no llegó. En su lugar, oyó un sonido que se parecía más a una… carcajada.

─Umpfff…ffjaja… ¡Ja Ja Ja! ¡Tienes espíritu e ingenio Musgo Podrido! ¡¡Bufón…Ja Ja Ja!! Sabía que había algo ahí, dentro de ti, y lo vamos a sacar. Pero antes vas a pasar mucho tiempo dentro del “Roble”, vas a comer musgo y meditar hasta que se te caiga todo el musgo podrido. ─ AënNarch le señaló con un dedo

─. ¿Quieres Morir o Vivir, humano? ─ la pregunta retumbó por todo el bosque como si fuera lo único que importara. ─¡¡Quiero Moriiiiiir!! ─gritó Kúmagan con todas sus fuerzas, al tiempo que abría los ojos y miraba a su némesis con un odio primordial. ─Pues vas a vivir ¡insolente insecto!

Kúmagan sintió la misma fuerza que le había sacado del lago, solo que esta vez introduciéndole dentro del roble. El sonido irreal de su cuerpo atravesando lo que debería ser la madera del roble fue más de lo que pudo soportar. En algún momento del proceso perdió el conocimiento y una negrura infinita lo cubrió todo.

Cuando recobró el sentido y abrió los ojos, le sorprendió comprobar que el interior del roble estaba iluminado por alguna clase de musgo fluorescente que irradiaba un fulgor verde e intenso. Palpando con las manos pudo comprobar que todo el interior estaba forrado de aquel peculiar musgo. Era húmedo y esponjoso y tenía un ligero olor a hierbabuena.

Tras explorar su reducido habitáculo y pasado el primer momento de curiosidad y asombro, comprobó que el roble no ofrecía ninguna salida. Buscó y buscó hasta que se cansó, sin encontrar ninguna forma de salir. Hacia arriba solo había oscuridad y aunque intentó trepar, pronto comprobó que el musgo lo hacía impracticable. La frustración y el dolor se apoderaron de Kúmagan. Sin poder reprimir más toda la pena y la furia encerrada en su interior, gritó hasta perder la voz mientras golpeaba su prisión circular con los puños, una y otra vez. Después con la cabeza, con lo que fuera con tal de morir, pero su cuerpo, rebotaba suavemente contra el musgo. Cuando el último resquicio de adrenalina se esfumó, Kúmagan cayó al suelo de rodillas y empezó a sollozar. Primero solo fueron leves gemidos, pero poco a poco todo su cuerpo empezó a temblar, y a descargar.

Las imágenes le asaltaron de nuevo sin que pudiera reprimirlas: El humo, el calor en su rostro, el vestido de su mujer Adaía lleno de sangre, rasgado, su cuerpo en una posición imposible, el pelo largo y dorado de aquella pequeña figura que tantas veces había acunado, el rostro infantil carbonizado…

─Dioses crueles ─consiguió balbucear entre sollozos─ por qué me atormentáis. No quiero vivir, no puedo soportarlo. Dejadme morir…dejadme…

Durante días o quizás semanas, el dolor sordo en su pecho no le permitió nada más que sollozar en el suelo de su prisión vegetal. sin embargo, la sed y el hambre por fin hicieron mella en su cuerpo. Tímidamente al principio, y frenéticamente después, Kumagan se vio impelido a comer el musgo que le rodeaba. El sabor era amargo y fuerte, y el olor a hierbabuena solo era una cruel broma, porque la sensación en su lengua era insoportable. No obstante, de alguna manera esto le sirvió casi inconscientemente para activar su resistencia, su instinto de supervivencia. Donde antes había habido solo pena, ahora había hambre, y sed.

En algún momento, la pena empezó a ceder, y poco a poco se apaciguó, ya solo le quedaba sobrevivir. Y a eso se agarró. Aquel lugar no era para nada natural. A veces le parecía más grande que lo que un tronco podía ofrecer. Kúmagan empezó a sentir un vínculo con el árbol, o quizás con el musgo, o ambos, como si el hecho de haber comido de él le hiciera parte de su savia. Se estaba acostumbrando al árbol y este a él, de alguna manera se estaban comunicando, compartiendo. El tiempo no transcurría igual que en el mundo exterior. Kúmagan parecía estar en un estado solo en parte consciente, meditativo, como en sueños. Sueños extraños.

Mucho tiempo después, saliendo de uno de aquellos trances, deslizó la mano lentamente a través del musgo y para su sorpresa, el musgo cedió. Su mano desapareció hasta la muñeca. Kúmagan respiró profundamente y avanzó su brazo a través del musgo, sin prisa, pero sin pausa. Al comprobar que nada se lo impedía, se incorporó y pegó su nariz a la pared, una vez más respiró profundamente y cerrando los ojos introdujo su rostro en la pared…y atravesó el roble junto con el resto de su cuerpo.

El exterior le pareció de repente hostil e inseguro, y por un momento dudó si volver a su…hogar, pero se dio cuenta de que ya no parecía tener sentido.

Delante de él estaba el lago. Se acordó de AenNarch y sus extrañas palabras, pero no había ni rastro del enorme ser. Kúmagan exploró los alrededores en busca del sendero que supuestamente le había llevado hasta el extraño lago, pero no lo encontró. No sabía qué hacer, se sentía desorientado, vacío, pero también distinto. Era una sensación difícil de describir. Algo había cambiado en su cuerpo. Lo podía palpar.

Kúmagan volvió al lago y se lo quedó mirando, recordando como se habían intentado quitar la vida. Ya no sabía si quería morir o vivir. Quizás al final lo mejor era volver al roble y convertirse en musgo.

Algo surgió de entre la maleza sorprendiendo a Kúmagan. El animal parecido a un ciervo atravesó el claro a gran velocidad, pero al detectar su presencia se detuvo en seco y lo miró.

No era un ciervo, era un Nukapi, una criatura de leyenda de la que se hablaba en cuentos e historias fantásticas en las poblaciones cercanas al Gran Bosque. De alguna manera estaba emparentado con el ciervo, pero en vez de la cornamenta habitual, el Nukapi poseía cristales de tonos azules y grisáceos que según las mismas antiguas leyendas tenían el poder de sanar y rejuvenecer como nada de este mundo. Siempre había pensado que no eran más que historias de bardos. Eso fue antes de vivir dentro de un roble. Ahora todo le parecía posible.

El animal lo escrutó durante unos instantes y luego bufó como si quisiera decirle algo. Kúmagan no se atrevió a moverse. De repente de entre la maleza surgió un silbido y una flecha surcó el aire clavándose en el cuello del grácil animal. El Nukapi bramó de dolor y salió disparado hacia el otro lado del claro perdiéndose en la maleza. Una figura humana con un arco en las manos salió de entre los árboles corriendo en pos del ciervo. Llevaba una capa de lana oscura que le llegaba hasta las rodillas, y una ancha capucha le tapaba el rostro, por lo que no pudo verle la cara. La figura pasó delante de Kúmagan sin hacerle el más mínimo caso, como si no pudiera verlo, como si él no estuviera allí. Avanzó, y siguió dando caza a su presa.

Kúmagan instintivamente se aprestó a seguir al cazador sin saber muy bien por qué. Adentrándose en la frondosidad del bosque, pudo seguirle con menor esfuerzo del que hubiera creído, sentía sus movimientos en el suelo, intuía sus cambios de ritmo, pero lo más increíble es que también sentía los movimientos del animal, varias decenas de pasos más allá. Era una sensación casi eufórica.

El cazador era muy bueno, y muy rápido, durante un rato largo fue acechando a su presa hasta que finalmente, herido y cansado, el animal se detuvo. Kúmagan ralentizó su marcha antes incluso de que el cazador supiera que el Nukapi se había parado, era como si Kumagan supiera qué es lo que iba a hacer. El cazador por fin llegó hasta la criatura. Kumagan pudo ver como preparaba otra flecha presto a lanzársela, pero, el animal le sorprendió con una carga a una velocidad imposible. La cornamenta de la criatura impactó con el cazador y lo hizo volar por los aires como si fuera una marioneta. La figura se estrelló contra un árbol y se quedó muy quieta. El Nukapi lanzó un bramido ensordecedor y después, doblándosele las rodillas, se desplomó en el suelo sin dejar de gemir.

Kúmagan se acercó a la terrible escena, presa y cazador a menos de 3 pasos de distancia. Primero se acercó al Nukapi y comprobó que la flecha del cuello había sesgado por fin alguna vena principal del animal, que ahora recostado le miraba con ojos llenos de miedo. La sangre pulsaba hacia fuera en grandes borbotones y los quejidos del Nukapi se fueron apagando. Otra vez creyó percibir como si se estuviera comunicando con él, transmitiéndole su miedo, su afán por vivir. Después, aquellos ojos grandes y vidriosos perdieron intensidad y la mirada quedó perdida, inerte.

Kúmagan sintió una gran pena que se transformó en rabia cuando se acordó del cazador. Por fin se acercó a la figura tendida en el suelo y con un movimiento brusco le retiró la capucha.

Era una muchacha, no debía tener más de 15 años. Tenía unos ojos rasgados color esmeralda y un pelo del color de la paja. La muchacha abrió los ojos y le miró intensamente. Pequeñas líneas de sangre le salían de entre los labios. Kúmagan se arrodilló y comprobó la seriedad de las heridas. Tenía el vientre rasgado, profundo y parte de sus entrañas quedaban al descubierto.

─Podía haber salvado a mi hermano ─dijo la muchacha entre susurros─. Prométeme que llevaras los cristales a mi casa ─la joven se incorporó con gran esfuerzo y cogió la mano de Kumagan─. Prométemelo.

Kúmagan sintió de nuevo aquel dolor sordo en su pecho volviendo a apoderarse de su ser.

─Te lo prometo ─dijo sin pensar.

La muchacha se recostó contra el suelo como si le hubieran quitado un peso de encima y sonrió, después empezó a temblar de forma suave, como si fuera un ritual previo a la muerte.

─No ─dijo Kúmagan─. Ya estoy harto de tanta muerte. Ya estoy harto de tanto sufrimiento. ¿Vas a vivir me oyes?

¡Vas a vivir! Kúmagan acercó la mano derecha al árbol contra el que se recostaba la muchacha y después colocó la izquierda en el vientre destrozado de la joven. Sin saber muy por qué lo hacía, intentó transmitir la esencia del árbol hacia la muchacha, utilizando su cuerpo como nexo. De repente la mano derecha atravesó la corteza y la madera, hasta la muñeca. Kúmagan concentró ahora toda su energía en su mano izquierda, y apretó el vientre de la muchacha.

─Vas a vivir, ya lo verás ─dijo con una voz febril, llena de absurda convicción.

La muchacha dejó de temblar y sus ojos se nublaron. La estaba perdiendo. ─No, no ¡Mas fuerte, más fuerte! ─se apremió.

Kúmagan cerró los ojos y se concentró. Toda su vitalidad se aunó en su mano izquierda. Imágenes de su hija y de su mujer cruzaron por su mente a toda velocidad. Su pequeña Lymar corriendo entre los campos de hierba mientras le sonreía, el olor a vida cuando nació, su mujer lavándose el pelo, acariciándole. Las lágrimas se desbordaron de entre sus parpados sin que pudiera reprimirlas. ─

¡Vive!, ¡Vive! ─ dijo al tiempo que abría los ojos.

La mirada de la muchacha era como los reflejos del lago. Eran bellos, pero la vida no volvió.

Kúmagan sacó la mano del árbol y como aquella vez dentro del roble, gritó con todas sus fuerzas mientras apretaba los puños. Sus gritos rasgaron la profundidad del bosque como si fueran ráfagas de una tempestad.

─¿Quieres Morir o Vivir, Musgo Podrido? ─ La voz surgió de la nada como si fuera el sol mismo.

─¡Quiero vivir! ¡¡Quiero viviiiiir!! ─Respondió lleno de rabia y convicción.

Kúmagan escudriñó frenéticamente el bosque dispuesto a embestir al ser sádico que volvía atormentarle, pero por más que buscó, no le vio por ninguna parte.

Estaba jadeando. El corazón le latía con fuerza, desbocado. Tardó varios instantes en calmarse y observar con detenimiento sus alrededores. Donde antes solo había árboles y maleza, divisó ahora un pequeño sendero. Se incorporó lenta pero extrañamente decidido. Recogió varios de los cristales, ahora rotos del Nukapi, y se los guardó. Acto seguido se dirigió hacia su camino, no sin antes echar una última mirada al cuerpo inerte de la joven.

Después, simplemente…desapareció.

El aire puro del bosque llenó sus pulmones como un torrente de agua. Como si fuera su primera bocanada de vida al nacer. Pura y brutal. La muchacha se incorporó e instintivamente se llevó las manos al vientre. Sus heridas ya no estaban ahí. Sin ni siquiera fijarse en el cadáver en descomposición del Nukapi, se dirigió al sendero… y desapareció

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