EL LADRÓN DE ESTRELLAS. Silvia García

Quique y Mateo son casi idénticos. Como hermanos gemelos que son tienen muchísimas cosas en común, incluida su pasión por los libros sobre piratas. Aquella noche estaban muy cansados. Estaban disfrutando de unas divertidas vacaciones en el mar. Se habían llevado su colección favorita del Capitán Tuercarota escrita por una señora que se hacía llamar Lucía De los Llanos (“¡vaya nombre!” – decían).

Era una noche tremendamente normal, así que se fueron a dormir ¡Juntos, como siempre! En mitad de la noche Quique escuchó un ruido extraño proveniente de la bahía.  La noche estaba demasiado oscura. Miró al cielo y efectivamente no había ni una sola estrella ¿Qué habría pasado? Avisó a su hermano, quien aún dormía a pierna suelta.

Ya despierto, Mateo se dio cuenta no solo de la falta de estrellas, sino de que a lo lejos había un barco. Así que, sin dudarlo, salieron pitando de la casa en dirección a ese barco misterioso que aún reposaba sobre la bahía. Dentro del barco había luz y observaron algo que los dejó ojipláticos: Una bandera pirata y un símbolo del Capitán Tuercarota.

Sin pensarlo dos veces se subieron. El barco estaba vacío. No tenía tripulación, pero aun así se escondieron tras unas cajas (por si las moscas).

De pronto, le vieron de espaldas. Ese sombrero y ese traje pirata eran inconfundibles. Era el capitán Tuercarota. Llevaba una gran bolsa resplandeciente ¿Estarían ahí las estrellas?

De pronto, Mateo estornudó y el capitán se dio la vuelta. Ambos temblaron. De pronto se dieron cuenta de que era una mujer. Pero no una mujer cualquiera. ¡Era la misma mujer que aparecía como autora de sus libros! ¡Increíble!

No les quedó otra que salir de su escondite. La capitana Tuercarota (por no decir Lucía de los Llanos) era la ladrona de estrellas. Ella notó su incipiente miedo y les dijo que no se preocuparan. Ella ni era una secuestradora ni era una ladrona al uso. Tan solo estaba creando su nueva historia con el tesoro nunca visto: las estrellas.

Antes de que acabara la noche las estrellas volverían a su lugar, pero antes tenía que encontrar el lugar perfecto para esconderlas y ya lo había encontrado. En el fondo del mar nadie las encontraría jamás. Y así que, una vez hubiera terminado de explorar su nueva historia, ella y su barco se irían por donde habían llegado, pero no sin antes abrir la bolsa y dejar a las estrellas salir volando para regresar a su hogar. Ese espectáculo que tanto recordaba a los fuegos artificiales no se lo quisieron perder ni Quique ni Mateo.

De madrugada volvieron a sus respectivas camas. Las estrellas estaban en su sitio. El barco y el capitán Tuercarota también regresaron vete a saber dónde. Solo sabían una cosa. Que debían esperar ansiosos hasta la llegada del nuevo libro ¿Aparecerían ellos mismos como la tripulación del barco? Iba a tocar esperar para descubrirlo.

“¡Esperemos que no tarde mucho!” – Se dijeron.

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