EL LIBRO DE LAS MUTACIONES. Luz Bouza

Nunca imaginé que uno de aquellos mediodías rutinarios y aburridos iba a cambiar el rumbo de mi vida.

Tenía sólo una hora para comer, y en ese tiempo solía devorar rápido el contenido de mi fiambrera y luego bajar corriendo a la calle, al menos durante un ratito al día, para sentir el sol y el aire en la cara. Pero ese verano estaba siendo especialmente caluroso, por lo que pasaba muchos ratos de mi mediodía buscando sombras. Y fue así como encontré aquella oscura y vieja librería que estaba medio escondida en un chaflán del Eixample Esquerre.

Allí estaba: con un cartel de madera desvencijada donde se podía leer City Lights Booksellers and Publishers. Atravesé el umbral y quedé inmediatamente atrapada por la magia de aquel lugar. No era muy grande, pero estrechos pasillos tenuemente iluminados se abrían como las alas de una polilla ante la luz mostrando miles y miles de libros nuevos y usados, conteniendo mil historias, mil cuentos, mil argumentos hambrientos de ser devorados por ojos ávidos de fantasía.

No disponía de mucho tiempo, de modo que localicé “1984” de Orwell y me dirigí a la caja, donde estaba la única persona que parecía trabajar en la librería. Era una mujer de mediana edad, vestida de forma algo estrafalaria, que leía un pequeño libro sentada al lado de la caja, una de esas enormes antiguas de metal con teclas grandes y redondas. Parecía absorta en la lectura, pero salió de su concentración con una sonrisa y dejando que sus gafas de lectura cayesen suspendidas por una cadenita de colores sobre su pecho.

-“Buena elección, niña”  me dijo tomando el libro de George Orwell.

Pagué mientras respondía dudosa:  –“Eso espero, es un regalo”.

La mujer me miró profundamente y me dijo enigmática: “En ese caso, permíteme que yo te haga un regalo a ti”. Se agachó bajo la enorme caja registradora y volvió a aparecer con un libro. Pensé que se trataba de un regalo de promoción hasta que vi que se trataba de la edición antiquísima de un grueso libro usado.

-”Este libro te ayudará.”

Sorprendida, lo tomé entre mis manos y sentí una extraña vibración. Tuve que pasar un dedo por la portada para apartar la fina pátina de polvo que la cubría y poder leer “I ching”. Quise preguntar a la mujer sobre el libro, pero había desaparecido.

No había podido ni tan sólo darle las gracias, y lo más importante, no había podido preguntarle a qué se refería con que me ayudaría. Eché sin éxito una última ojeada por la biblioteca por si la veía, y salí de nuevo al exterior abrazando contra mi pecho los dos libros.

Aún disponía de 15 minutos antes de regresar a la oficina, por lo que me tomé un café en una terraza de la calle Enrique Granados. Sentía una tremenda curiosidad y no podía esperar más para ojear el “I ching”.

Bajo el título principal aparecía, a modo de traducción, la acotación “El libro de los cambios” y me resultó inspirador. Se trataba de un texto clásico chino de más de 3000 años de antigüedad que, según la introducción, había sido escrito por un rey y su hijo bajo la supervisión de un monje taoísta, aunque siglos después había sido revisado por Confucio. Al parecer el libro era un compendio de símbolos que trataban de describir acciones, acontecimientos y relaciones y cómo estas cambian en función del paso del tiempo.

Sonaba algo confuso, pero al parecer el libro era una especie de guía espiritual a la que recurrir ante los dilemas de la vida. Su funcionamiento se basaba en formular una pregunta sobre algún aspecto sobre el que se desease arrojar luz y tras lanzar varias veces tres monedas, y en función de la combinación en que caían, se consultaba en el libro la respuesta.

Anexa venía una explicación de los pasos a seguir para la correcta interpretación de las tiradas de las monedas para luego leer el capítulo del “I Ching”que da las respuestas.

Cerré el libro de golpe sintiéndome ridícula al verme tan interesada en esa especie de oráculo chino y fantaseando con que ese libro antiguo podría darme la respuesta a la decisión que me rondaba la cabeza y no acababa de determinar. ¿Cómo podía seguir siendo tan inocente a esas alturas de la película? Yo, creyendo en libros mágicos ¡bah!

Al acabar otra aburrida jornada, tomé el metro con el conocido alivio diario para volver a casa.

El vaivén del metro me sumía siempre en una especie de trance en el que empezaba a dar vueltas a todo aquello que me preocupaba. El trabajo, el futuro, qué podría hacer para acabar con aquella sensación de estancamiento.

De repente una voz masculina me devolvió a la realidad. Era un chico con el pelo por los hombros y barba cuidada que me miraba con unos profundos ojos verdes.

“¿Disculpa?”. Él contestó sonriendo y señalando mi libro: “Te preguntaba que si tienes las monedas”. Miré sorprendida el “I Ching” y contesté negando con la cabeza. “Me lo han regalado hoy, no sé cómo funciona”. Él soltó una franca carcajada y se situó a su lado en el vagón  “A ver, no es un iPhone, es un libro, sólo que para consultarlo y leerlo, las monedas son el vehículo que te guiará por sus páginas”, a lo que contesté mirando el libro:“¿Entonces el “I Ching” te da respuestas a través de estos capítulos?“. Él suspirí antes de contestar: “A ver, la lectura está muy basada en simbologías,  pero si abres tu mente y tu corazón, es muy posible que encuentres respuestas a tus preguntas”. Perdida en el verde de aquellos ojos, insistí: “Pero si le preguntas, ¿él te contesta la verdad?”. El metro se detuvo en la siguiente parada, y él, cómplice, me tocó suavemente el hombro antes de bajar, diciendo con un guiño “¿Por qué no lo averiguas?”.

Sólo atiné a decirle adiós con la mano desde la ventana mientras el metro arrancaba de nuevo.

A esas alturas ya sentía muchísima curiosidad, por lo que, a pesar del cansancio, en cuanto llegué a casa me puse a investigar en internet toda la información que encontré sobre el “I Ching”. A pesar de mi escepticismo innato, quería probar suerte y preguntarle a ese libro cuál era la decisión correcta a tomar. ¿Por qué no? Hacía tiempo que me rondaba una idea por la mente, pero mil temores y la incertidumbre la detenían. ¿Y si el “I Ching” tenía la respuesta?

Busqué tres monedas comunes iguales (Wikipedia decía que no era necesario que las monedas fueran chinas) y a continuación pensé en mi pregunta e hice paso a paso todo lo que el capítulo de “Cómo consultar El libro del cambio” indicaba. Tras navegar entre hexagramas y trigramas chinos encontré por fin la lectura que daba respuesta a mi pregunta: “La pisada”, que hablaba de lo importante que era la firmeza a la hora de pisar la cola a un tigre sin ser mordido.

El capítulo me pareció demasiado vago y carente de claridad. Además, no sonaron truenos ni vi relámpagos a través de la ventana. No aparecieron estrellas fugaces en el cielo ni fuegos fatuos en el salón. Me sentí decepcionada… y algo tonta.

Me fui a dormir olvidándome del “I Ching” y de cualquier otro oráculo adivinatorio. ¿Cómo había podido dejarme llevar por algo tan infantil?

Al día siguiente, aunque lo intentaba, no podía dejar de pensar en el libro. Había algo en él que me atraía de una forma que no podía controlar. Así que, a la hora de comer, tras otra mañana anodina en el trabajo, volví al City Lights Booksellers and Publishers con la intención de pedir explicaciones a la librera peculiar.

Al entrar en la librería tuve que acomodar por unos segundos mis ojos del sol de verano que estallaba en la calle a la oscuridad que reinaba en el interior. El City Lights estaba desierto. La librera no estaba en la caja, y en su lugar un pequeño haz de luz que provenía de una lámpara antigua hacía volar partículas de polvo en el aire.

De repente sentí que alguien me tocaba el hombro y al girarme me topé con la sonrisa amable de la librera: “Perdona, niña, no quería asustarte. ¿Puedo ayudarte en algo?”.

-“Sí, espero que sí, ayer me regalaste este libro, me dijiste que me ayudaría. He leído, he buscado y ahora sé que es un oráculo chino al que se consultan cuestiones sobre la vida y él te contesta, pero no entiendo nada. Esta especie de fábulas son un cuento chino. Nunca mejor dicho.” Estaba realmente molesta, pero cuando acabé de hablar, me sentí un poco avergonzada porque la librera seguía sonriendo amable como siempre.

Cerré los ojos un segundo y le pedí disculpas: “Es que jamás había oído hablar de este libro y desde ayer parece que todo el mundo lo conoce y sabe cómo funciona y yo me siento estúpida por creer que un libro mágico me va a dar respuestas”.

La librera soltó una alegre carcajada mientras tomaba el libro de entre mis manos y dejaba caer sus graciosas gafas desde la punta de su nariz para quedar colgando de la cadenita multicolor. Luego me cogió cariñosamente los hombros y me hizo sentar en una escalerita que servía para alcanzar los libros de las estanterías más altas, al tiempo que ella se sentaba en una vieja butaca con orejeras que había en una esquina: “Niña, no lo has entendido. ¿En serio pensabas que era un libro mágico y que lo ibas a consultar como una bola de cristal o como a los arcanos de un Tarot y te iba a dar solución a tu desazón? No, niña, no. La magia existe, ¡claro que sí! Pero sólo está en ti”. Fruncí el ceño.

“Habrás oído mil veces que nuestro cerebro sólo utiliza una pequeña porción de su capacidad. Esa parte consciente es sólo la punta del iceberg, bajo el agua está toda la parte subconsciente, el trozo más grande de hielo. Y ahí, niña querida, ahí es donde están escondidas todas tus respuestas. El “I Ching” es sólo un vehículo para sacar a la luz algo que está en ti. Algo que ya sabes. La clave del camino que debes elegir”.

Me quedé muda. Era tan simple como esclarecedor. “Todo está en ti, dentro de tu alma. Formula tu pregunta y lee con tus sentimientos, no con la razón. Encontrarás tu respuesta, porque la respuesta ya está dentro de ti”. Nos miramos durante unos segundos. Me sentí superada a la vez que aliviada. Más allá de entender con la mente, acababa de comprender con el corazón. La librera dio por terminada la conversación levantándose y depositando el “I Ching” en mi regazo. Me acarició la mejilla en un gesto cariñoso antes de desaparecer por uno de los pasillos oscuros cuajados de libros mientras decía: “Tú ya sabes lo que tienes que hacer, niña, no lo dudes. El “I Ching” es sólo el farol que puede alumbrar el principio de tu camino”.

Y allí, con la tenue luz de la librería, rebusqué en el libro y volví a leer el capítulo de “La pisada”

… Caminar, firmeza, aventura, atravesar el cambio con éxito…

Cerré el libro satisfecha.

Sí, sin duda hoy mismo hablaría con mi jefe para dejar el trabajo. Me trasladaría a Londres unos meses para hacer la formación que hacía tantos años que quería hacer.

Iba a pisar la cola del tigre con firmeza. Y el tigre no conseguiría morderme.

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