EL MAL DE AMORES. Rocío Mateo Mateos

Siempre me había sentido feliz junto a él. Adoraba mis cabellos rizados y mi menuda figura cuidada por horas de running que practicamos juntos durante tantos años. Era un buen hombre, pero en aquel momento, le odié con todas mis fuerzas, aunque no fui capaz de encontrar palabras suficientes para reprocharle el daño que sentía. Lo había amado desde siempre, aún lo amaba, y sin apenas darme cuenta, como una tonta aislada de su mundo, se despedía de mi y de tantos años de alegrías y penas. Estaba enamorado de otra mujer, y aunque aparentaba culpabilidad, no podía disimular que irradiaba felicidad. Me había esforzado  cada día  para que hacerlo feliz; y creí que lo hacía bien. Cuando ataba su cuerpo entre mis piernas y sus brazos, pensaba que era la única mujer que sería capaz de embriagarle de esa manera. Pero no era así, se marchaba de mi vida sustituyéndome por una muchacha de ojos claros que sin ton ni son, había aparecido iluminada. Y los dos no tenían en cuenta mis sentimientos, en realidad, le importaban bastante poco.

¿Qué cómo me siento? preguntó mi amor con interés fingido. Reconozco que me sorprendió su extrema frialdad y no conseguí articular palabra. A los pies de nuestro lecho de amor, donde reposaba una maleta, me miré al espejo que presidía la habitación, sin poder reconocerme en aquella imagen. Con un camisón descuidado, mi melena recogida y mis ojos hundidos tras unas imponentes ojeras, mi mundo se desvaneció en un instante.

Eres mujer con demasiados orgullos, me recriminaba mi amor en los últimos tiempos. Llegaba tarde a casa, con excusas de trabajo, y mientras su engaño ocurría, yo permanecía ausente y cansada por la rutina de los días. La soledad me invadía y dejamos de divertirnos juntos, y aunque me propuse volver una y otra vez a él, no conseguí recuperar su interés. Y así me encontré con mi tiempo despreciado y mi propia estima tirada por los suelos, con dos simples palabras:»me marcho».

Te vas, y aunque no quiero que lo hagas, acepto tu desafío.

Me propuse recuperarme y  abandonar aquel querer sin que se prolongara demasiado en el tiempo, evadiendo sentimientos de culpabilidad y olvidando los días felices que pasé junto a él. Sería una aventura muy arriesgada, porque yo, mujer conservadora, no me adaptaba bien a los cambios inesperados. Por ello, decidí construir un planing de «evolución de sentimientos», que me fuera proporcionando las señales para adquirir el arrojo necesario y salir del atolladero.

En primer lugar, tendría que determinar qué enfermedad era exactamente la que padecía, porque era evidente que aunque me dolía todo el cuerpo, aún mayor era el dolor que abrigaba en mi corazón. Mis síntomas eran predominantemente llanto, ira y dolor. Un dolor tan fuerte que me comprimía el pecho, me ahogaba. Y tras días de búsqueda por el ciberespacio, me diagnostiqué la enfermedad que sufría, la peor de todas las enfermedades: el mal de amores.

Ese era el origen de mi pena que me provocaba la convicción de sentirme en un estado de humillación permanente, desnuda en cuero y alma. Y en ese estado, sufría pellizcos en mi piel, y también en mi corazón.

El segundo de los síntomas que pude apreciar de tan linda enfermedad fue el desamparo; sentirme rechazada por la persona que hasta ese momento había sido la luz de mis días, hacía que el vacío que provocaba la tristeza se hiciera demasiado latente. Era mujer optimista y alegre, pero en aquellos días, la sonrisa no encontraba mis labios, y a pesar de tratar de engañar a mi mente con muecas alegres, no lograba que éstas llegaran a mi corazón.

A los pocos días de mi desastre, aprecié otras señales, como los sentimientos de culpa, con preguntas tan inciertas cómo qué no había ofrecido en mi relación o cuál habría sido el motivo que produjo su des enamoramiento. El deseo de querer morir fue surgiendo consecuencia del transcurso de los días, creo que resultado de las pocas ganas de hacer nada y de lo mucho que me aburría. Mis días habían girado sobre la vida de otro, y la vocación de servicio que era evidente padecía, no hallaba destinatario al que asistir. En definitiva, me sentía lo que vulgarmente se dice «hecha una mierda», pero agarrándome a mi cordura, el sentido común me hablaba para que no desfalleciera y descubriera el camino para alcanzar la paz.

Si tú no me has querido querer…¿porqué me has querido? preguntaba dando gritos al infinito, esperando encontrar la respuesta caída del cielo.

Y en ese estado de desazón estuve varios días, o quizás meses, porque el concepto del tiempo pasó inadvertido para mí.

Pero una mañana lluviosa, que después resultó soleada, sin saber cómo ni porqué, me despabilé con mi cuerpo de otra manera. Empezaban a surgir algunas gotitas de entusiasmo en mi ánimo, y los pellizcos que mi cuerpo padecía, comenzaban a retroceder. Me aseé a conciencia y salí a la calle respirando vida. Sentada en una terraza, observé el devenir de las personas, que con muchas prisas, trotaban aceleradas tratando de alargar los minutos en horas. Yo había sido una de esas, de las que corrían por la ciudad haciendo y deshaciendo tareas para llegar a casa en la noche y extender la jornada hasta que la cabeza me retumbaba y los pies doloridos no correspondían a los zapatos. Yo había sido de las que imaginan que lo pueden todo, porque son invencibles e imprescindibles y rumiaba pensando que la Tierra no rotaría si dejaba de hacer lo que yo misma me había impuesto.

Mi recuerdo no alcanzaba a rememorar desde cuando no disfrutaba de un momento como ése. Posada en el asiento de una cómoda silla de cafetería, degustando una copa de buen vino rojo, mientras los rayos del sol caldeaban mi rostro. Quizás en los últimos tiempos había olvidado la sustancia de la vida y considerar que el único motivo de mi existencia era el amor que sentía por él. Tampoco tenía derecho a juzgarle, porque ya se sabe, los desenlaces en asuntos del amor  son muy impredecibles. No había pretexto para justificar que me amara de por vida, ni tampoco para que permaneciera a mi lado siendo infeliz. Estas reflexiones sirvieron de buena medicina a mi mente, y con ellas me auto convencí de mi cura.

Cuánto más días pasaban, más distancia había entre mi relación y yo. Me daba la sensación que dejaba de conocer a aquel hombre y me sentía feliz por lo feliz que me sentía. Era indudable que mi enfermedad estaba remitiendo, lentamente, pero al fin y al cabo, pocos remedios habían llegado a mi vida. Aún no podía relacionarme con nuestros antiguos amigos, a los que curiosamente y sin causa-efecto alguno, había aislado de mi vida. Conciliar el sueño me suponía cada día un poco menos, y aunque en los comienzos de mi penuria intentaba disiparla con algún que otro ansiolíticos, caí en la cuenta que permanecer aletargada, no me aportaba más que la sensación de parecer tonta, además de creerlo.

Un día, sin más, me pude incorporar a mi trabajo. Por cierto, soy políglota, hablo tres idiomas, además del materno que es el español. Mi madre, siguiendo una atrofiada selección sexual,  se emparejó  con un personaje inglés, que nos abandonó en el instante que mi cabeza tomó por primera vez oxígeno, pero se empeñó que para no olvidar mis raíces anglosajonas, aprendiera el idioma ¡Cómo si fuese posible ignorarlo! Ahora más que nunca, ya que por segunda vez en mi vida, dos hombres me habían plantado sin ninguna oportunidad. Y hablando dos idiomas, francés y alemán no resultaron muy complicados, aunque su aprendizaje bastante tedioso. En definitiva, ese talento que según mi madre tenía, fueron los que me permitieron llevarme el pan a la boca con traducciones que organismos oficiales me requerían y pagaban muy bien.

Y fue precisamente en el consulado español, donde conocí al que años más tarde me abandonaría por la chiquilla de ojos claros… y de cabellos dorados. Un vulgar cliché, pero en este caso, una certera realidad: la rubia venció a la morena, la tonta a la lista. Porque tonta, no sé si era tonta, pero muy lista no debía ser para irse con un hombre que le duplicaba la edad y que le juraba amor eterno a sabiendas que para ello había dejado colgada a la que decía ser la mujer de su vida; quien te la hace una, te la repite de nuevo.

En fin, el caso es que yo ya me sentía con más fuerzas y concentración para acometer trabajos. Con esa faena, las horas comenzaron a transcurrir deprisa, y aunque en los comienzos, dejar apartado las imágenes de toda una vida con él me resultaba casi imposible, poco a poco comenzaron a distanciarse esos pensamientos, hasta que de repente, una noche al acostarme, caí en la cuenta que las ideas de mi amor idílico habían desaparecido.

Estaba orgullosa y satisfecha de haber derrotado el virus del mal de amores. Era como volver a nacer, inspirar brisa fresca, y me inicié en el camino de disfrutar una nueva etapa sin él. El mundo se antojaba apetecible, y la sensación de libertad y autosuficiencia me invadían hasta límites sumamente vanidosos. Pero no era el momento de machacarme con virtudes de humildad y me creí con el derecho de disfrutar mi, hasta hace poco, indeseada soltería. Habitaba en mí un nuevo «yo», e iniciaba un inédito camino libre de melancolías.

Pero el destino no iba a dejar dirigir mi propio gobierno. Un precioso atardecer, cansada por las labores del día, con los zapatos en mis manos y mi pequeña mochila al hombro, el amor por el que fui abandonada, me estaba aguardando a las puertas de casa, como el fiel perro guardián. Tenía lo ojos taciturnos y la cara pálida. La angustia resoplaba por cada poro de su piel. Se sorprendió al verme, y de un salto, trato de acomodar su compostura, y aunque aprecié que su aspecto era desaliñado, conservaba la prestancia de caballero que me enamoró desde el primer día. Su mirada fija en mí, no pude sostenerla, y bajando los ojos, sentí que el hormigueo de mis manos se confundía  con escalofríos de dolor, y unos mareos de indignación se apoderaron de mí. Su persona se había disipado de mi cabeza y desde que me curé, nunca  más había reparado en él. Ahora lo tenía frente a mí, derrumbado, y sentí compasión. Me di la vuelta y buscando nerviosa las llaves de casa, por fin acerté a tomarlas y abriendo la puerta, le hice pasar.

Sin permiso, se acomodó cabizbajo en su sillón preferido e intuí que quizás nunca quise que se marchara de allí ¿Por qué has venido? le dije, procurando hacer uso del poco orgullo que me quedaba. No seas cruel conmigo, replicó con voz temblorosa, alzando su cabeza hacia arriba y mostrándome el dolor de su rostro. Su respuesta me dolió, y la furia que habitaba en mí, salió como leona que  acaban de ametrallar el corazón. Enfurecida, dando vueltas por la estancia, las paredes me asfixiaban, y escuchar mis propias palabras en gritos, me hizo pensar que había adquirido el estado de locura. Y entonces, no tuve fin para desprenderme de todos los reproches que creía olvidados.

Mientras yo gritaba, el lloraba. Estaba hundido, y pude hacer todo el daño que quise al árbol caído, que imploraba palabras de perdón. No tenía excusas ni argumentos para para hacerme convencer y aunque él era consciente de ello, de pie, con los brazos abiertos, sólo fue capaz de callar, y esperar que yo lo perdonara.

De forma inesperada, comenzaron a asaltarme dudas sobre mis sentimientos y advertí que aunque perdonarlo iba a resultar muy difícil, quizás no fuera del todo imposible. Entré en el dormitorio, y frente al espejo, me volví a mirar. Era otra mujer, envejecida en pocos meses y mutilada por la ausencia de su amor de enamorado, que me provocaba la angustia de los despreciados.

Me dirigí de nuevo al salón para comprobar si mirándolo a los ojos, era capaz de resolver la encrucijada. Sin tener en cuenta lo que había ocurrido, mis pupilas atravesaron las suyas, ablandando mi corazón, y en un quebranto de su intimidad, supe que en la distancia, había recuperado al amor de mi vida. El pasado se había rendido ante el olvido, y durante la dolencia, disfruté del presente como única alternativa de vida. Sin embargo, un futuro sin él, no era futuro. Lo abracé con dolor, a sabiendas de lo poco que había necesitado para tenerme otra vez. Apoyó su cabeza en mi pecho y con los ojos cerrados, suspiró en mi regazo. La cicatriz de la herida sería una señal de mi tormento, que siempre me acompañaría, pero preferí resignarme, corriendo el riesgo de sufrir de nuevo un mal de amores. Acariciando su pelo, y besándolo en la frente, dejaba a la suerte el destino de mi vida.

Me sentí muy desgraciada por no haber tenido el coraje suficiente de despedirme de ese amor, dejarlo marchar y decirle adiós, hasta siempre.

Fdo.: Rocío Mateo Mateos.

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