EL MARIDO. Llanos Hoyos

Mi mujer estaba llorando otra vez.

Algunas veces era cuestión de un día; otras se podía pasar así toda la semana. Sus quejas me resultaban absurdas, pero, aún así, yo quería ayudarla.

Cuando estaba tranquila y podía hablar sin alterarse, ella me explicaba que era superior a ella y no sabía muy bien cómo combatir el desánimo y la angustia que sentía. ¡Tanto dinero gastado en psicólogos! ¡Pero si todo estaba en su cabeza!

Como yo trabajaba sin parar, le daba un buen dinero para que hiciera uso de él como quisiera. Si se gastaba mucho y le faltaba para alguno de sus caprichos, yo se lo dejaba a cuenta y ella me prometía que me lo devolvería. Peluquería, uñas, ropa, cines, copas, libros, para ella todo era imprescindible y necesario. Gastar, gastar y gastar, nunca ganar. Lo de ganar dinero no era para ella. Se había pasado toda la carrera dando clases particulares y ganaba para sus caprichos, pero seguro que lo hacía para rellenar el tiempo que yo no podía pasar con ella. Entonces éramos novios y, como vivía con sus padres, no podía decirle lo que debía o no debía hacer. Hacía poco que uno de sus antiguos alumnos le había mandado a otro para que le ayudara con clases en casa, pero  mi mujer le dijo que, como había terminado la carrera, aspiraba a algo más y que eso era poco para su categoría, que no valía la pena ni ponerse.  Decía que no era por el dinero, sino por lo que le supondría de dedicación y que no podría preparar la oposición que quería. ¡Se imaginaba que estudiando conseguiría algo! Siempre estaba leyendo y buscando cursos. Me tenía realmente harto. ¿Por qué no dedicaba ese tiempo a cosas más prácticas?

¡Qué paciencia me tocaba tener! Le aguantaba lo indecible.

La casa estaba siempre desordenada; no le gustaba limpiar. Lo hacía cuando quería y le apetecía, ¡como si uno tuviera que trabajar solo cuando le apeteciera! Yo no hacía absolutamente nada que tuviera que ver con los asuntos domésticos; ¡eso faltaba! Ya hacía bastante dándole dinero.

Lo suyo era aburrimiento. Seguro. A mí no me asaltaban esas dudas existenciales. Mi trabajo de helicicultor  exigía todo el tiempo del mundo y me absorbía. Los caracoles no sabían de fiestas ni de fines de semana ni de Nocheviejas. Esa era una de sus continuas quejas.

Al principio de nuestra relación ella era feliz conmigo y me encantaban su alegría y su seguridad, aunque tuve que ir limando su carácter poco a poco porque muchas de sus costumbres no acababan de agradarme, pero con el tiempo hice que se fuese adaptando a mis gustos.  En los grupos con los que solía salir no había muchas mujeres, decía que se sentía más a gusto entre los hombres. ¡Cómo iba a permitir que saliera con unos y con otros! En mi familia me decían que yo no podía dejar que actuara así y que tenía que decirle algo, así que tuve que hacerle ver que eso no estaba bien a base de muchos enfados y discusiones y le convencí hasta tal  punto que había dejado de salir con casi todos sus amigos varones y ahora solo había gais en su círculo social. De esta forma, y como yo me ocupé de conocerlos a todos, sus relaciones sociales dejaron de preocuparme aunque tenía que seguir vigilándola. Tampoco me gustaba mucho su forma de vestir; a veces no se daba ni cuenta de que se le transparentaba el sujetador y tenía que llamarle la atención. Le dije mil veces que eso no era apropiado y cambió.  En las tareas domésticas, ya digo, no se esmeraba mucho. Le dejé bien claro que había algunas tareas que debía hacer todos los días, que se las apañara como pudiera, pero yo quería llevarme el pan del bocadillo para el almuerzo recién hecho y que la ropa estuviese perfectamente plegada y preparada para vestirme cada mañana. También quería que la casa estuviese ordenada y limpia y que en la nevera no faltara nada de lo que a mí me solía apetecer para tomarme algún aperitivo.  Es verdad que no era como mi madre, pero cumplía lo que le había pedido y a la hora de comer la comida estaba en la mesa y, por la noche, cuando volvía de trabajar, ella estaba en casa esperándome y con la cena preparada, así que no podía quejarme.

Pero de un tiempo a esta parte se mostraba más taciturna y me desconcertaba. Había aprobado las dichosas oposiciones y, aunque el puesto de trabajo conllevaba un sueldo bastante bajo, me pareció que estaba contenta.  Entonces ¿a qué venían esos continuos lloros nocturnos? Como ya digo, yo no podía estar mucho en casa y no sabía muy bien a qué dedicaba ella todo su tiempo. Sé que se embarcaba en muchas cosas porque  trabajaba solo por las mañanas y dedicaba las tardes a estudiar, a hacer cursos, a pintar o a salir con amigos, todo por placer, obviamente, y yo le dejaba porque seguía estando en casa cuando debía y me atendía correctamente. Es verdad que no le escuchaba demasiado cuando me hablaba del trabajo y de los compañeros, creo que a veces se quejaba de los jefes… ¿Qué querría? Era un trabajo, como cualquier otro.

Poco a poco fui notando que su mirada era distinta y que ya no me bombardeaba con historias en las que me explicaba que se sentía “depre”, como ella decía, aunque los lloros seguían ahí. Ahora lo hacía casi a escondidas, por la noche, en el baño  o en el balcón, a oscuras.

Llegó un momento en que la situación me sobrepasó y decidí que esto se tenía que acabar.  Me tenía harto. Yo llegaba a casa y quería un poco de tranquilidad después de un duro día de trabajo. Quería ver la tele y cenar a gusto. Incluso un poco de conversación sobre las noticias del telediario. Y un buen polvo al acostarnos. ¿Era mucho pedir?

Aquella noche, de madrugada, se interrumpió mi sueño y la oí llorar de nuevo. Me levanté somnoliento, pero decidido a acabar con esa tontería de una vez por todas. Ella estaba en el balcón, a oscuras, acurrucada en el suelo, abrazándose las piernas.  Se levantó en cuanto me vio y me dijo llorando que no podía más, que tenía ganas de saltar por ese balcón y tirarse al vacío, que la vida así no tenía sentido, que yo no le prestaba atención y mil cosas más que no entendí bien y que ya no recuerdo.

Me asusté por su determinación y convicción. Mi mente se quedó vacía y dejé de escuchar por unos segundos. Reaccioné por un impulso irracional y la furia me invadió de tal modo que, sin dejar de mirarla y boquiabierto, le crucé la cara. Se quedó mirándome perpleja y con un extraño brillo en los ojos que no reconocí.

Giré en seco, orgulloso y avergonzado a la vez, y me volví a la cama esperando que, como otras veces, me siguiera, pero no fue así.

Esperé y esperé a que volviese al dormitorio. No dejaba de pensar que tal vez con la bofetada le habría quitado esos malos pensamientos y reaccionaría. Yo no había podido evitar mi ira, le había golpeado sin pensar. Debía de comprenderlo. Estaría enfadada, por supuesto, pero ella sabía que se lo había buscado. ¿Por qué no venía a la cama? Otras veces nos habíamos enfadado más y, aún así, venía a dormir conmigo.

Empecé a preocuparme. La casa estaba sumida en un silencio absoluto y me resultaba imposible dormir. ¡Menuda nochecita me estaba dando! Yo tenía que madrugar y eran ya las cuatro y media. Seguro que pagaría con creces esa falta de sueño al día siguiente en el trabajo y tenía mucho que hacer.

Irritado y cansado, me volví a levantar a buscarla. Fui al balcón donde la había dejado, recorrí el pasillo, el baño, el salón…Esta vez no la encontré. ¿Dónde se había metido?

Al cabo de un rato me di cuenta de que se había marchado. Eché de menos las llaves del coche que dejábamos en la entrada y una puerta abierta de aquel armario delató que habría cogido también algún chaquetón.

¿Por qué se fue sin decir nada? Siempre discutíamos estas cosas y, aunque solo hablaba ella, yo sabía que se daba cuenta de que era absurdo lo que decía. Luego seguíamos igual de bien… No cambiaba nada.

Esta vez  parecía distinto. Seguro que quería estar sola y pensar. Eso decía ella algunas veces, aunque nunca entendí esa necesidad. Lo mejor que yo podía hacer era acostarme y dormir un poco. De mi cabeza no desaparecía la cantidad de trabajo que tenía por delante. Ya me explicaría a la hora de comer  lo que le había pasado para comportarse así.

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