EL MEJOR DÍA DE SU VIDA. Cristina del Real

El día en que Pedro iba a morir, amaneció Sevilla con un sol gélido y brillante, dispuesta a despedir con sutil ironía una vida de calor y nubes. La alarma del despertador devolvió a Pedro a su cálida habitación después de varios sueños visitando su tierra natal, San Cebrián de Campos. Mientras se lavaba la cara, seguía saboreando en su paladar los dulces frutos de la huerta de su padre. Al cepillarse los dientes, todavía sentía en su rostro el calor de las faldas de su madre, a las que se agarraba tan fuerte el día en que su padre estuvo a punto de morir frente a un pelotón de fusilamiento, más de setenta años atrás. Y al salir a la calle, creyó volver a sentir el frío de las aguas del río Carrión por donde, según cantaban los niños del pueblo, pasaba un submarino, chum ta ta chum, ta ta chum.

Como todas las mañanas, fue a comprar el periódico deportivo, el pan y luego a su cafetería favorita, donde le servían siempre el mismo desayuno: una viena pequeña con aceite y jamón ibérico, y un café con leche muy cargado. A pesar de los setenta y cinco años que acababa de cumplir, se sentía saludable, ligero y con ganas de continuar disfrutando de su jubilación. Su mujer, Beatriz, prefería quedarse durmiendo hasta tarde, o al menos eso le ponía como excusa para no acompañarle. La verdad era que ella conocía a su marido y sabía cuánto apreciaba las mañanas desayunando en soledad mientras leía la prensa deportiva, una pasión desarrollada en la vejez.

Pero la vida de de Pedro estaba empañada por la suerte de sus dos hijas, Macarena y Piluca. Ninguna de las dos había tenido fortuna ni en el amor ni en el dinero, y últimamente la falta de trabajo estaba afectando a su salud. Con la cómoda pensión que recibía, Pedro ayudaba a Macarena a sacar adelante a sus hijas y ella, para no sentir que le estaban regalando el dinero, ayudaba a sus padres en las labores de la casa. Piluca, víctima de un marido tacaño, se limitaba a aceptar de sus padres lo mínimo para vestirse y comer con decencia.

Si ese día hubiese sido como otro cualquiera, Pedro habría pedido la cuenta del desayuno a la una en punto, habría dedicado media hora a compras diarias, entre las que no faltaría su cartón de cigarrillos Marlboro, habría coqueteado con las cajeras del supermercado dos o tres minutos, dependiendo de su nivel de confianza en sí mismo, y se habría dirigido a su piso de la calle Virgen de Luján donde lo estarían esperando su mujer y su hija para preparar juntos la comida.

Ese día, en cambio, no sería un día como otro cualquiera. Pedro lo sospechó cuando divisó a su mujer apresurándose a lo lejos acompañada de Macarena. Ambas parecían ansiosas por llegar hasta él.

–¡Pedro, Pedro! –gritó su mujer.

–¿Qué sucede, por Dios? –dijo acercándose a ellas.

–¡Ay, Dios mío, papá! ¡Que me ha tocado la lotería! –contestó su hija.

–Pero, ¿qué dices? ¿Cómo que te ha tocado la lotería?

–Que sí, papá, que me ha tocado el Euromillón. Veinticinco millones de euros, papá. ¡Veinticinco millones! Se nos acabaron los problemas, por fin.

–Bea, ¿es cierto lo que dice?

Su mujer, cansada por la carrera, dijo entre suspiros:

–Sí, Pedro, dice la verdad. La niña tiene el número ganador.

–Déjame verlo–le pidió a Macarena, tratando de mantener la calma y evitar tener un infarto por la emoción.

–Toma, aquí lo tienes. Mira el periódico: coincide, es mi número.

Los tres se miraron con lágrimas en los ojos. Ahí estaba: el número del boleto coincidía con los números de la lotería. 48 15 16 23 42, las estrellas 12 y 15. Pedro no podía creerlo, la salvación de su familia en esos números. Por fin, después de tantos años de sufrimientos, de trabajo sin recompensa, su vida se solucionaba por azar. Alzó la vista al cielo y pensó “Gracias”.

–Tenemos que decírselo a Piluca y celebrarlo todos juntos. ¡Dios! ¡Cuántas cosas vamos a poder hacer! Por cierto, no quiero que su marido se entere. El dinero será para ella y para pagar el divorcio.

Pero tomarían esas decisiones en otro momento, cuando el dinero estuviera depositado en la cuenta y la resaca por la celebración hubiera pasado. Era el momento de disfrutar de los sueños que podrían cumplir, de planear grandes viajes, de diseñar sus futuras mansiones y de discutir sobre los coches más adecuados para un nuevo rico, no fuera a suceder que de ostentosos se vieran ridículos.

Aquel día fue, sencillamente, perfecto. Promesa e ilusión de lo que estaba por llegar. Piluca y las dos hijas de Macarena se unieron al trío para festejar en el restaurante favorito de Pedro la buena nueva. No paraban de probar nuevos vinos y pidieron tantos y tan variados platos que tuvieron que ofrecerlos a las mesas contiguas porque no podían comer más. Y aún cuando llegaron al hartazgo, solicitaron la carta de los postres. Si algo le sobraba a la familia era felicidad. Varias veces brindaron por el futuro y muchas más agradecieron los errores del pasado que les convirtieron en las personas que eran.

La comida fue sólo el principio. Al terminar visitaron un tablao flamenco, que había sido, junto con Beatriz, la motivación de Pedro para vivir en Sevilla. Bailaron y cantaron con los artistas y animaron a Pedro a que tocara la caja, instrumento que dominaba a la perfección.

–Creo que voy a comprar la casa de mis padres con el dinero que me dejes, Macarena. ¿Sabes?, todavía sigue en pie. Quiero que podáis ir allí y disfrutar como yo lo hice del pueblo. Ya no será lo mismo, pero sé que todavía queda la huerta y el campo. –Dijo Pedro a su hija cuando dejó de tocar.

Macarena lo miró durante unos instantes, observándolo con profunda ternura antes de contestar:

–¿Te gustaría ir ahora a San Cebrián?

–¿Cómo que ahora?

–Ahora mismo, Papá. Cogemos un vuelo a Palencia y vamos a San Cebrián. Pasamos la noche allí.

–Tú estás fatal. Yo no estoy para esos trotes, cariño. Además, ahora tiene que estar todo helado. Quizás dentro de unos meses, en verano, podríamos pasar una semana toda la familia allí. Pero, Macarena, ¿por qué lloras? –. Con un pañuelo secó las lágrimas que rodaban por el rostro de su hija.

–Por nada, papá. No te preocupes. Es solo que… ¿Tú eres feliz?

–Pues claro que soy feliz, cariño. ¿Cómo no voy a serlo? Al final todo ha salido bien. Si gestionas bien ese dinero podrás tener el futuro asegurado para el resto de tu vida. ¿No voy a ser feliz? Es lo único que un padre quiere: que sus hijas tengan la vida resuelta. Y desde que os despidieron a ti y a tu hermana todo lo que he deseado es que las dos encontrarais la salida. Un trabajo, una inversión, algo que os quitara esa soga del cuello que cada vez apretaba más. No imaginaba que sería tan a lo grande. Hoy es el día más feliz de mi vida desde que os tuvimos a tu hermana y a ti.

Macarena abrazó a su padre y este le respondió apretándola contra su pecho, sin darse cuenta de que, a su alrededor, su familia había parado de hablar y los observaba a ambos con lágrimas en los ojos.

Al anochecer, Macarena acompañó a sus padres a casa. Llegaron tarde, después de haber cenado en la terraza del hotel EME, con la Catedral y la Giralda como única decoración. Pocos minutos después de llegar, Pedro comenzó a sentirse muy cansado.

–Es el ajetreo del día, Pedro. Vete a dormir, cariño. –Le dijo Beatriz. –Pero antes, dame un beso de buenas noches. –Pedro se acercó a su mujer y le dio un tierno beso en los labios. –Te quiero, ¿lo sabes?

–Sí, lo sé. –Le respondió acariciándole el pelo. –Yo también te quiero.

Y se fue a dormir en paz, fantaseando sobre cómo sería la futura casa de sus hijas o dónde estudiarían sus nietas, entre otros muchos proyectos más que su nueva situación financiera les permitiría. Y es que, por primera vez desde hacía muchos años, Pedro concilió el sueño rápido, sin preocupaciones que le desvelaran y esperanzado por el giro que les había regalado el destino.

  • ••

–¿Se ha dormido ya?

–Sí, mamá, creo que sí.

–Vamos, no hay tiempo que perder. Coge la jeringuilla.

–¿Estás segura, mamá?

–Macarena, ya lo hemos hablado. No pienso ver cómo tu padre se apaga. Él no lo querría ni para él ni para mí, lo conozco. Le tiene mucho miedo a la muerte.

–Dios mío, no sé cómo vamos a ser capaces.

–Seremos capaces, porque lo hacemos por amor. Tu padre ha tenido una buena vida. No se merece otro final. Vamos, se agota el tiempo del somnífero.

Tras comprobar que Pedro estaba profundamente dormido, Beatriz cogió una jeringuilla y la llenó de aire. La mano le temblaba cuando la introdujo en la vena yugular de Pedro. Tenía la cara inundada de lágrimas y, en un segundo, las imágenes de su vida en común inundaron su mente. La primera vez que vio a Pedro, en un palco de la Semana Santa sevillana, jactándose de que los exámenes finales de tercero de Derecho eran “un vaso de agua” para él. “¡Qué estúpido me pareció entonces!”, pensó sonriendo. Luego el primer beso, su boda, la primera vez que le hizo el amor. Se casó virgen, como era tradición, pero qué dulce y comprensivo fue él. El nacimiento de sus dos hijas. Su ascenso vertiginoso en la compañía de seguros y su caída aún más rápida. Las noches enteras intentando comprender las injusticias que estaban viviendo. Los últimos años de caos, falta de dinero y cientos de horas haciendo cuentas. Y los resultados, que sólo conocían ella y sus hijas. Un tumor en la cabeza incurable. Le habían pronosticado tres meses de vida. Pedro vivía sin saber que estaba a sólo varios días de comenzar una lenta agonía.

–Adiós, mi amor.

Y apretó.

  • ••

–Mamá, ya está, se ha ido –Macarena abrazó a su madre–. Tenías razón, ha sido lo mejor para él. Se ha ido feliz. Mira su cara.

Pero Beatriz sólo pudo levantarse para ir al baño a vomitar.

–Espera quince minutos y llama a una ambulancia. Yo voy a salir a dar un paseo. –Dijo Beatriz cuando se repuso.

Macarena asintió y esperó junto al teléfono dándole vueltas a su boleto mientras seguía el movimiento de las manecillas del reloj. Cuánta felicidad había dado un simple trozo de papel. Cuando el reloj marcó la hora, Macarena cogió el teléfono, miró el boleto, le dio un beso, lo tiró a la papelera y marcó.

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