EL MOVIMIENTO MIGRATORIO DE LAS AVES EN INVIERNO. Jose Javier Sillvestre

1.

Mientras seguía balanceándome acompasadamente, haciendo chirriar las cadenas que sujetaban el viejo columpio, vi cómo se acercaba hacia la casa. Caminaba de forma decidida, en cierto modo altiva, sin titubear, las manos en el bolsillo del abrigo, con aquella elegancia un tanto esquiva que le caracterizaba. Mi tío Julio era el jefe, el auténtico macho-alfa del clan; nada se decidía sin su aprobación y nada se proponía si no era él quien lo hacía. Me iría dando cuenta de aquello con el tiempo porque, a mis cuatro años, lo único que yo veía en él era una especie de héroe legendario, casi irreal, apenas próximo, el contraste perfecto con la bondad que rebosaba por los poros mi tía Paulina.

Aquel era, aún lo siento así, mi paraíso. Mi auténtico paraíso en la tierra, el lugar donde me perdía en mis pensamientos y mis pequeñas aventuras diarias y el lugar donde mi espíritu, de algún modo, siempre quiso regresar. Enviada casi como un paquete en mal estado desde L’Hospitalet de Llobregat, en la casa que poseían mis tíos a las afueras de Pamplona descubrí que el mundo podía ser bello, que podía ser algo muy diferente a aquello que conocí en mi ciudad natal.

Fue, en efecto, en el barrio de Collblanc, donde mi madre me trajo a la vida el mes de octubre de 1935, el día del Pilar; y no cabe duda que aquella circunstancia determinó que ese fuera mi nombre. Pilar: El baluarte que sustenta el peso de las estructuras. ¡Menuda paradoja! ¿Cómo iba a ser yo el sustento de nada? Dicen que los nombres marcan a las personas, y quizá haya algo de cierto en ello. El caso es que nací fruto del matrimonio de mi madre Magdalena y mi padre José, pocos meses antes del estallido de la guerra civil española, ese atroz conflicto – ¿y qué guerra no lo es? – que marcaría para siempre nuestras vidas, particularmente la mía.

Mi primer recuerdo, o uno de ellos, porque con los años se van mezclando y superponiendo en mi cabeza, es el de ver cómo mi padre se marchaba, subido a un autobús que viajaba a Francia, mientras a mi alrededor el paisaje se iba transformando desoladoramente. “Todo roto, todo roto…” repetía como un mantra. Me dio un abrazo muy fuerte, tanto que creía que iba a romperme en mil pedazos. Y se fue. Para siempre. Creo que esa fue la única vez que me abrazó, que le sentí tan cerca de mí.

En medio de las ruinas de la ciudad y de nuestras propias vidas, pasé los primeros años de mi existencia. No fueron tiempos felices, en absoluto. Mi madre subsistía de mala manera cosiendo ropa a todas horas, y complementaba esas ganancias alquilando una habitación, la que debería haber sido para mí, de modo que tuve que abandonar su piso para instalarme en casa de unos “no familiares”, que vivían también en L’Hospitalet, pero a suficiente distancia como para pasarme días enteros sin ver a mi madre. Estos señores eran la prima de mi tía Paulina y su esposo, y no tenían ninguna consanguineidad conmigo, puesto que mi madre y mi tía lo eran sólo por parte de padre, no de madre. Mi tía era diez años mayor que mi madre, pero siempre le profesó un enorme cariño, el mismo que me demostraría a mí toda mi vida.

Mi madre me dio a luz sola, y sola vine al mundo. Porque mi padre, que esperaba un varón, no quiso siquiera entrar en la habitación. Dos años después de mi nacimiento, es decir, en plena guerra civil, nació mi hermano Francisco, que resultó ser poco menos que mi antítesis: alegre, movido, dicharachero, contrastaba completamente con mi timidez y mi aparente ñoñería. Yo era la “parada”, la poco espabilada de la familia, y mi hermano todo lo contrario. Él sí se quedó a vivir con nuestra madre y aquello marcó, imagino, nuestra relación y mi niñez para siempre.

Nuestra vida fue un ir y venir constante, entre Pamplona y Barcelona, ahora aquí, ahora allí, siempre según los designios de mi tío Julio, quien siempre quiso controlar la vida de su cuñada. Por eso, a los veinticuatro años la envió a Barcelona, a vivir con la tía Rosario (prima de mi tía Paulina, por parte de padre, es decir, sin consanguineidad alguna con mi madre). De ese modo la alejaba de Jesús, un chico que la rondaba pero que tenía un defecto a todas luces insalvable para mi tío: era de la Falange, o sea, estaba en las antípodas de sus ideas políticas, no en vano era el orgulloso carnet número ocho del Partido Nacionalista Vasco.

En Barcelona mi madre conoció a José Antonio, un apuesto futbolista y vividor unos años más joven que ella, el pequeño de seis hermanos, pero también el más atractivo y espabilado. Todos sus hermanos fueron represaliados por Franco durante la guerra, y él huyó porque quería más a su vida que a su causa. O, más bien, la de su familia. Cuando se fue, ya hacía cuatro años que se había casado, yo había cumplido tres años y mi hermano tenía año y medio. Desapareció de nuestras vidas. Al principio mi madre recibió algunas cartas, desde Francia, después desde Méjico. Después, sólo el silencio.

Creo que mi madre jamás lo superó y, aunque nunca destacó por su efusividad o sus muestras de cariño, la separación de mi padre y la definitiva asunción de su soledad, acabó por convertirla en una persona triste y amargada.

No recuerdo que me diera un solo beso. Ni que me dijera nunca que me quería. Tampoco que hiciera gesto alguno para demostrármelo.

2.

Abrió los ojos sin prisa, como si no quisiera despertar. Pero ya era inútil, los resortes de su conciencia ya habían dado la orden y no había vuelta atrás. Los somníferos habían llegado a su límite máximo de eficacia, aquel límite que había ido menguando progresivamente con el tiempo. Miró el móvil que tenía sobre la mesita de noche temiendo encontrar una hora que le confirmaría sus peores presagios. Las cuatro y media. En efecto, no había dormido, no había descansado lo suficiente. Se había acostado hacia las doce de la noche, después de tomar su noctamid y su mirtazapina, y leyó durante unos veinte minutos, el tiempo habitual que tardaban los somníferos en hacerle efecto. Las cuatro y media. Noche cerrada aún. ¿Qué podía hacer a esa hora tan temprana? Podía intentar volver a dormirse, cosa que sabía resultaría muy difícil, más aún con el jetlag, o bien podía optar por levantarse, darse una ducha, esperar el amanecer… Pero estaba en España, esto no era América, aquí todo se ponía en marcha más tarde. En realidad, la hora del desayuno en el hotel no comenzaba hasta las siete, si no recordaba mal. ¿Qué podía hacer hasta esa hora? ¿Leer el periódico del día anterior? ¿Abrir el ordenador y consultar el correo electrónico? ¿Retomar el libro que estaba leyendo donde lo dejara anoche? Nada de todo aquello lo seducía.

Optó, de un modo casi mecánico, por pensar en cómo había llegado allí, casi diez años después. Diez largos años sin pisar su ciudad natal, viviendo lejos de su tierra, como una suerte de exiliado a conciencia. ¿Por qué le había costado tanto regresar, si aquí tenía lo que más amaba? ¿Y por qué finalmente se había decidido a hacerlo? La respuesta a esta última pregunta resultaba mucho más fácil. Por su madre, evidentemente. Porque la habían ingresado y su hermano lo había llamado rogándole que viniera, que esta vez la cosa era más seria, que si no venía a verla ahora quizá tuviera que lamentarlo el resto de su vida. Bien, aquella parecía ser la señal que su interior había estado esperando, pacientemente, desde que se marchara a Nueva York en noviembre de 2005 para no volver la vista atrás. Menos aún sus pasos.

Mientras desgranaba esos pensamientos el tiempo fue pasando, tendido aún sobre la cómoda cama del hotel. Volvió a echar una ojeada al móvil. Las cinco y diez. De acuerdo, podría optar por levantarse y darse un baño (casualmente esa habitación contaba con bañera), algo que no hacía desde hacía muchísimo tiempo, y dejar así que el tiempo siguiera avanzando. O podría afeitarse, eso ayudaría aún más, ya que lucía media barba que le haría entretenerse más de la cuenta si pretendía ir rasurado al hospital. A su madre nunca le gustó demasiado la barba, decía que le “hacía mayor”, y la verdad es que las canas que poco a poco habían invadido toda esa zona de su rostro le conferían un aspecto como mínimo de cierta venerabilidad. Menos joven de lo que él se había sentido casi siempre. Casi siempre, hasta ahora.

No eran las canas, las de la barba o las del cabello, las que hacían que se sintiera mayor, que ya no se viera poseedor de aquella eterna juventud “peterpaniana” de la que siempre había hecho gala. Era otra cosa, que no tenía demasiada relación con el pelo blanco o las arrugas que le surcaban el rostro. Era algo que había en su interior, en lo más profundo de su ser. Ahí estaba la verdadera razón de su madurez, de su adiós al joven perenne de poco tiempo atrás. Y no era algo que había aparecido de repente, sin carta de presentación, sin avisar. Bien al contrario, se presentó con numerosos avisos, sin asomo de traición, poco a poco. Llamando a la puerta con cierto respeto. Pero él no hizo caso, al menos no al principio. Hasta que, al fin, un día no pudo evitar mirarse al espejo y ver más allá de su rostro. Ya no era joven. Eso se había acabado de una vez para siempre. ¿La crisis de los cincuenta? Podría ser, aunque él lo dudaba. Porque los avisos se iniciaron bastante antes de cumplir esa edad y porque ahora, cuando ya habían pasado varios meses del día en que llegara al medio siglo, no se sentía más o menos mayor por la fecha de nacimiento que figuraba en su carnet de identidad. En realidad, lo de la edad le importaba un pimiento. O al menos, eso se decía.

Nueva mirada al móvil. Las cinco y media. Ok, dejémonos de dilaciones absurdas, de darle vueltas y más vueltas a todos aquellos pensamientos. Levantémonos. Adrián hizo un gesto con la mano para apartar las sábanas y se incorporó sin prisas y se dirigió al lavabo. Allí cogió su neceser de viaje y buscó lo que siempre llevaba a pesar de utilizarlo cada vez con menos frecuencia: la maquinilla de afeitar. Ahí estaba, en efecto, la hoja aún en perfectas condiciones. Llevaba también una brocha y un tubo de espuma tamaño viaje, pues nunca se sabía cuándo podía darle por utilizarlos. Antes lo hacía de vez en cuando, casi como un placentero ritual; últimamente, cada vez menos. A Helen le gustaba su barba y, aunque esa ya constituía para él una razón de peso, se había acostumbrado a dejarla cubrir su rostro. Mojó la brocha y se aplicó la crema por la cara. Lo hacía sin prisa, muy pausadamente. Quería darle tiempo al reloj para que avanzara hacia el amanecer, ya no tan lejano. En cuanto al desayuno, quizá encontraría algún bar abierto antes que lo hiciera la cafetería del hotel. Si no allí, igual en las proximidades del hospital. En estos sitios resultaba normal ampliar los horarios para poder atender a la multitud de familiares de los pacientes ingresados o atendidos en Urgencias. Acabó el afeitado y se miró en el espejo, sin poder reprimir una sonrisa de aprobación. Mamá estará contenta, se dijo. Quizá sí que aparentaba menos años con la cara limpia y despejada. Miró hacia la bañera y, tras una duda, negó con la cabeza. Ya no le apetecía, eso de meterse en las cálidas aguas le recordaba demasiado a su adolescencia, en casa de sus padres, y le incomodaba ese ejercicio de retrospección. Seguramente habría muchos de esos ejercicios durante los próximos días, cómo evitarlo… De modo que se fue hacia la ducha y abrió el grifo, dejando que el agua corriera unos segundos antes de entrar. El agua, ni demasiado fría ni demasiado caliente, acabó por despejarle por completo, borrando de forma definitiva los pequeños vestigios de las pocas horas de descanso. Cuando salió y se envolvió en la toalla, era un hombre (casi) nuevo. Dispuesto para encarar aquel extraño día.

Se dirigió de nuevo a la mesilla de noche y miró el móvil. Acababa de entrarle un mensaje de Helen. “Hello, Adrian. How was your trip? Are you ok? Please, let me know as soon as possible. A kiss for your mother. And another for you, dear.” Palabras muy en su línea. Correctas, cariñosas, aunque sin demasiado énfasis. Nunca fuera de lugar. No en aquellas circunstancias, desde luego. Miró la hora. Las seis y veinte. Perfecto. Entre que se vestía, sin prisas, y acababa de arreglarse, casi sería la hora del desayuno. Lo bueno de la globalización era que incluso en este país habían acabado por adaptar, en cierto modo, los horarios a todo el mundo. Miró entre la ropa que había traído en su maleta y acabó por escoger una camisa azul marino de algodón y unos tejanos. Esa era la prenda que le definía por excelencia, a duras penas optaba por un traje o un pantalón digamos más de vestir. La comodidad, ante todo. Además, su madre sabía cómo era su hijo en cuanto a vestuario. No tenía por qué cambiar eso. En cuanto al calzado, el mismo que llevó en el viaje: unas cómodas deportivas, también azul oscuro.

Regresó al baño a peinarse despreocupadamente. Conservaba aún bastante cabello, algo más cano, eso sí, pero seguía teniendo aquella media melena que se negaba a hacer desaparecer. No era por aferrarse a una juventud que ya sabía perdida, sino para conservar una de sus señas de identidad inequívoca. Tras aplicarse un bálsamo en la cara, cogió la chaqueta deportiva y salió de la habitación, satisfecho por el trabajo, llamémosle así, bien hecho. Las siete menos cinco. No habría problemas para desayunar en el hotel.

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