EL PERRO. Eva María Seliva

Al fondo, como una promesa, se alzaba la puerta. A cada paso que daba se sentía más libre, más ligera, capaz de flotar. Había soñado tanto con aquel día, que parecían las puertas del mismo cielo. Nada más verla se echó a llorar al tiempo que reía en su desconcierto. Iba cargada, por aquel pasillo con un bolso de cuadros y una tele vieja. En sus palabras atropelladas, afloraba la energía de la vida que nunca había tenido.

Cogió el sobre con su documentación. Entre la sobriedad de su pasaporte y la tarjeta de la seguridad social, asomaban los colores vivos del folleto de un restaurante chino. Nada más verlo, la tristeza cruzó su cara, y comenzó a hablar del día que lo encontró.

Revisando el correo, entre las facturas del banco, le había llamado la atención aquella publicidad. Hacía mucho tiempo que no salía a divertirse con nadie, sobre todo desde que su marido falleció. Los domingos solían ir a comer fuera. Ella tenía predilección por la comida oriental. Trocitos de carne, mezclado con mil y un ingredientes entre sus salsas con tonos de lo más dispares. Tan sabrosos y tan distintos a su cocina. Aportaban un toque extraordinario a su paladar, obligándolo a salir de su monotonía. Guardo aquel papelito, para cuando una ocasión especial lo requiriese.

Como si sus plegarias hubiesen sido escuchadas, el teléfono empezó a tronar en la casa de Angelita. No esperaba nada que perturbase su tranquilidad.

¿Hola? ¡José, hijo! ¿Cómo estás? ¿Dónde estás? ¿Estás bien? ¡A cenar! Sí, claro cuando quieras. Vale, perfecto.”Colgó el auricular como si le ardiera en las manos, incrédula de haber escuchado su voz.

Le había contado que tenía un trabajo, una casa y había conocido a una mujer. Decía que quería verla, y como era la excusa que necesitaba, habían quedado para ir aquel chino de la propaganda.

Se arregló el pelo minetras apresuraba los últimos minutos. Tenía algunas canas sobre aquella cortina de rizos oscuros, pero todavía seguía dándole mucho resultado. Había colocado unas horquillas para arreglar algunos mechones rebeldes de su coleta. El rímel disimulaba lo vivido y dejaba de manifiesto la enormidad de su mirada añil. Un poco de colonia, que esa era de la buena. Y compuso su rebeca nueva y las medias mientras se asomaba por ventana.

El sonido del claxon la alertó para coger su abrigo. Guardo en el bolsillo el folleto, por si tardaban reservar mesa. Su cuerpo tiritaba dentro del vestido cuando bajó las escaleras. Hacía tanto que no lo veía, que no se creía que hubiera tenido aquel detalle. Tiempo atrás, algo impensable en aquel muchacho, de muchas ausencias y pocos abrazos, como su padre.

-¡Madre, madre!-desde la esquina la llamaba su retoño saliendo del coche.

-¡Ay mi niño!- Y lo apretó contra su pecho queriendo retenerlo siempre- Joselito ¿Cómo estás, no habrás ido por el barrio? ¿Has cambiado de coche? Vamos al chino, que a mí me gusta y no gastas mucho. Yo llevo dinero también. ¡Qué bien te veo!

-No madre. Pasado pisado, que ahora me despierto a las seis de la mañana para trabajar en el puerto. ¡Qué guapa está usted! Si parece mi novia- Y mientras le decía esto, aquel engominado muchacho, de un abrazo la elevaba del suelo a los altares- El coche no es mío. Es de mi jefe, que me lo ha prestado cuando le he dicho que la venia a ver. Conduzca usted, que es una maravilla, es automático. ¡Venga! No se corte, que no pasa nada.

Le abrió la puerta y ella se dejó caer sobre el suave asiento, con olor a nuevo. Al poner el pie sobre el acelerador, el vehículo se movió ligero. Sin el más mínimo esfuerzo salió del aparcamiento. El aire que entraba por la ventanilla le acarició la cara, y dejó por un segundo de ser la mujer invisible. Todos miraban aquel coche, con Angelita orgullosa de ser recordada, montada en él.

Siguieron por la avenida del paseo marítimo, mientras contemplaba al hijo entre edificios y trozos de carretera. Reconocia en su cara morena, con algunos surcos ya, a su niño de siempre. Su memoria se llenaba de diapositivas del chiquillo flacucho que fue. “Mama no quiero ir a clase que hace frio”, el cola-cao con galletas en la merienda, su sonrisa con el balón nuevo y su llanto desconsolado cuando se cayó de la bicicleta. Luego vinieron las noches de tila y sofá mirando un reloj que no andaba. Aquella llamada desde la comisaria, y las visitas a la cárcel. Entendió, con el tiempo, que ya no era tan fácil.

Nunca había logrado saber cómo se dejaba engañar por sus amistades, y caía en desgracia una y otra vez. Pensaba a menudo en su desafortunado hijo, y ni cuando él la olvidaba, conseguía arrancarlo de sus pensamientos. No entendía que había salido mal, que le debía a la vida, si se le había pasado en un suspiro, mientras trabajaba y cuidaba de su marido enfermo.

-¡Madre, que la he echado de menos!- Dijo, agarrando su mano-En el trabajo están muy contentos conmigo. Me da para vivir.

-¡Qué bien estás vida mía!-Exclamó con los ojos brillantes-Que no te lie nadie, que tú tienes un corazón de oro. Lo que sea hijo….de albañil o de pintor. Con menos dinero, pero pisando la calle-Y cambió a un tema más fácil de digerir- ¿Te acuerdas del pollo con anacardos? Todavía lo siguen poniendo en la carta, me he traído un folleto que he encontrado en el buzón.

José apuraba el cigarro purgando sus pecados, cuando el coche de delante fue frenando y el tráfico se hizo más lento. No les importaba. Estaban ausentes, recuperando el tiempo perdido, poniéndose al día de sus vidas y la carta del restaurante.

Podía saberse que era domingo, solo por la gran afluencia de gente que caminaba sin rumbo por el paseo marítimo. Algunas parejas con sus críos llorones en bicicleta, señoras mayores con sus andares suspendidos en el tiempo. Muchos aprovechaban para hacer algo de deporte, otros se apostaban en las terrazas de los bares. Ajeno al bullicio de los coches, un chico de cara blanquecina, paseaba sonriente a su perro formando parte de aquella algarabia. Se paró para hablar con un señor que iba en coche, y el animal permaneció sentando sin inmutarse. Tenía un hermoso pelo color canela, y sus ojos pardos le daban aspecto bonachón. Como si lo hubieran sacado de una de esas revistas caninas, que solían estar abandonadas en la peluquería. No era como el de su vecino, una bola de pelo abstracta con dientes amenazantes. Uno como ese, definitivamente, podría adoptar ella. ¿De qué raza seria? Tenía que averiguarlo.

La nube de tabaco comenzaba a colarse en sus ojos. “¿Le molesta el humo madre?” .Ella asintió, desviando la vista hacia el cenicero repleto de colillas. José en un intento de disimular, se secaba el sudor con un pañuelo cuando fijó su atención en la ventanilla de la madre. El chico sonriente que andaba entre los coches, se acercó dando unos golpecitos en el cristal. Al aclararse los ojos pudo ver el verde de su uniforme. Se había parado junto a su vehículo, indicándole que abrieran el maletero.

Segura sobre sus tacones, se bajó del coche. Subió la puerta que dejaba a la vista el maletero impecable, totalmente vacío. Pero el perro se puso muy nervioso y empezó a dar vueltas, como si de un ritual se tratase. El joven hizo un gesto y se acerco otro compañero suyo con una barra de acero y empezaron a levantar el tapizado nuevo, el fondo y todo lo que pillaban a su paso.

-Oiga van a destrozar el coche- Intentó hacerse oír entre el ruido de los motores y la sequedad agónica de los golpes.

-Señora apártese, apártese o será peor. ¿Usted conducía? ¿De quién es el coche?- Preguntaban. Ella comenzaba a desoír.

Lograron desprender la base del maletero de una pieza. Dejando a la vista un doble fondo lleno de paquetes con un envoltorio marrón, como lingotes de arcilla, colocados en escrupuloso orden.

Carente de vida se dejó arrastrar sobre el coche para que la esposaran. Envuelta en el abrazo impasible del metal y el olor a combustible, ya no se recordaba ni ella. Su verdad de madre solo le decía: “Que lastima de mi niño, ya lo han vuelto a engañar otra vez. Que no se lo lleven a él”. La vida tiene condenas, que a veces no vemos, porque somos felices entre sus barrotes y se nos hacen muy finos.

José fumando un cigarro tras otro, iba como un cordero, detrás del de la barra. Le contaba que hacía dos años que no la veía y que él no sabía nada.

Se perdía en sus oídos aquella amalgama de voces hablando de kilos, de abogados y de dinero. El perro se posó dócil al lado para refregar su cálido pelaje contra sus medias. Entonces, Angelita, que solo se hacía pequeña con el diminutivo de su nombre, llevada por un impulso preguntó:

-Disculpe. ¿Qué perro es este?

-Es un labrador, pero no es domestico, es solo para trabajar- Contestó el chico con su sonrisa más moderada.

La calle estaba llena de gente que la observaba como si le hubieran salido tres ojos. Tenía la cara cubierta de lágrimas de rímel, y estaba absorta, con la mirada perdida en el perro. Su llanto se hizo fuerte, pensando que nunca había tenido uno, que en realidad nunca había tenido a nadie. La distancia, cuando arranco aquel coche, deshizo la imagen turbia del animal para siempre.

Fue condenada a tres años, siete meses y quince días, eso le dijo la jueza. En el patio siempre leía, revistas y libros de perros. El nueve de Enero salió por aquella puerta de la cárcel, cargada con un bolso de cuadros con su ropa y una tele vieja. Se despidió dando abrazos y diciendo “Que dios los bendiga. ¡Ay que ha venido mi niño!”. Y eléctrica de felicidad piso la calle, poniendo fin a esa condena y con el firme propósito de adoptar un perro y empezar a quererse más.

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