EL POZO Y EL REMMANSO. María Antonia Suárez

Dice la tradición que antiguamente, las xanas, ninfas de los bosques próximos a los ríos, jugaban con el agua en fuentes cercanas al camino.
Dice también que fueron la alegría y las amigas de los campesinos, que de regreso a casa después de una dura jornada, acudían a recibir el consuelo del agua fresca de los manantiales de montaña.
Se tiene noticia de que eran hechiceras, cómplices, hermosas. Diosas de la naturaleza cuyo embrujo transformaba a sus amantes.
Se cuenta que aquellos a los que socorrían, con frecuencia aquejados de amores reprimidos, se tornaban amables y tiernos, perdían la rudeza, relajaban el ceño y eran por fin felices. Con su ayuda no sentían la fatiga en las duras tareas del campo, ni la soledad de sus almas.
Pero algunos hábiles lugareños, observadores de las idas y venidas de ninfas y gañanes, descubrieron un secreto que solo se revelaba de mujer a mujer y de hombre a hombre durante generaciones, antes de que los tiempos modernos cerraran definitivamente las puertas a la magia.
Fue entonces cuando sucedió la historia de Cova y de Gervasio, dos niños traviesos que todas las tardes tomaban la merienda e iban a un castañar, cerca de casa, a jugar a la payana, con las piedrecitas del rio. Las escogían con cuidado y las llevaban en el hueco de la falda de Cova hasta un cómodo asiento entre raíces de castaños,  donde se instalaban y se entretenían durante un largo rato.  Allí escogían las piedras más pequeñas o menos pesadas, con vistas a ganar en el juego. Después de muchas discusiones, ya conforme cada uno con las suyas, las deslizaban entre los dedos y hábilmente las  lanzaban al aire entre risas.
Al comenzar, con una sola piedrecita en el aire, cogían otra de entre las del suelo. Luego lo repetían con dos, tres, cuatro y hasta cinco.
Cuando terminaban el juego, solían dirigirse al pozo del agua a tirar las piedras más pequeñas y hacerlas rebotar en el caldero. Entonces cantaban, a grades voces, los conjuros que entonaba el cura las vísperas de San Juan, al bendecir las fuentes.

Con agua bendita
al diablo se espanta
y con el hisopo

bendigo estas aguas.
Y de su propia cosecha añadían, para retar a los poderes ocultos:
Si estas escondido
salta, diablo ¡Salta!
Una  de esas tardes largas de verano, repitieron tantas veces la jaculatoria que vieron al propio Lucifer, en forma de carnero, trepar por la  cuerda del caldero y salir del pozo. Se apoyó con las patas delanteras en el pretil, sus ojos fulgurantes lanzaban destellos de maldad infinita; de la boca le colgaban hilos de baba que impregnaban su barba de chivo. Habló con una voz quebrada como si no tuviera garganta ni cuello, que llegó directamente al corazón de Cova.
—¡Acércate niña!

Un relámpago partió el aire y ella se acercó tiritando de miedo, con pequeños pasitos.
—¡Acércate más! roncó impaciente el carnero.
La niña dudó por un momento, pero luego dio media vuelta y corrió, según suele decirse, como alma que lleva el diablo.
En ese momento Lucifer extendió sus garras de uñas poderosas y logró arrebatarle la falda; la agitó en el aire, se la mostró a Gervasio y con voz de trueno le dijo:

—¡Atrévete a quitármela! —dicho esto, la enredó en los cuernos, se puso en cuatro patas y bloqueó el camino.

Inmóvil, pálido, atrapado a solas con el diablo, Gervasio se atrevió a responder con un hilo de voz:

—¿Qué quieres por ella?

El diablo contestó con una siniestra carcajada que infestó el aire de un hedor sulfuroso.

—Te la daré a cambio de tu alma. Dicho esto, desapareció.
Ese día Cova y Gervasio, causantes y testigos de aquellos hechos extraordinarios, se agarraron fuertemente de la mano y se comprometieron a mantener el secreto y a no comentar ni siquiera entre ellos una sola palabra sobre lo sucedido.
Pasaron las nieves de ese año y los brotes de primavera de otro y otras nieves y brotes de varios años. Ellos seguían siempre juntos, pero jamás mencionaban al diablo.
Con el tiempo ese secreto que antes los unía, comenzó a separarlos.  Lucifer llenaba de temores sus sueños; no cesaba de perturbar sus vidas, no los dejaba en paz.  Hacían una extraña pareja de cómplices callados, que no sabían si se querían o si estaban unidos por un secreto oscuro.

Una noche de luna llena, víspera de San Juan, cuando es sabido que las ninfas acuden a peinarse los cabellos a las aguas claras de los manantiales, Gervasio, muy angustiado, las

visitó para pedirles consejo.
Al principio ninguna respondió a su llamada, pero tras el ulular repetido de un búho, escuchó entre risas un rumor melodioso que decía: ”Sé valiente y consigue la falda”

Gervasio estaba seguro de haberlo oído claramente.

Se alejó unos pasos hacia el bosque para no oír el rumor del agua. Ya solamente se oían los ecos del mismo consejo cada vez más lejos.
Muy temprano por la mañana fue a visitar a Cova para cumplir así la primera parte del mandato, pero no fue posible:
Ante sus ojos se ofreció una imagen adorable: ella estaba en la huerta, debajo del nogal y

se bañaba dentro de un barcal con el agua que vertía desde una jarra de cristal sobre el pelo que se escurría por los hombros, resbalaba por su cuerpo en surcos que brillaban como ríos de estrellas,  rodeaban el vientre, bajaban hasta las rodillas y luego se deslizaban suavemente hasta el barcal. Muy cerca un carnero pacía tranquilamente la hierba del prado.

El diablo estaba muy contento; la falda que hacía tanto tiempo que tenía bien guardada estaba escondida en un agujero secreto de la cuadra. Felizmente Cova era suya; para  mirarla; para provocarla como hacía desde que era niña; para vigilarla y retenerla.
Ahora ella se bañaba tan cerca que podía olerla y oír el sonido rumoroso del agua. Alzó la vista, levantó el morro y resopló con fuerza; alargó el hocico y reaccionó con rapidez porque su olfato delató a Gervasio que, entre los  matorrales, observaba la escena del baño de Cova.
Inmediatamente el diablo asumió la imagen imponente de aquella tarde de junio.

Su mirada atravesó a Gervasio, que aterrorizado emprendió una carrera desbocada, perseguido por el ronquido de Lucifer que repetía como un trueno :
—¡Es mía! ¡y tu alma también es mía! No podrás verla¡ ¡No has cumplido tu parte! —dicho esto, el carnero acudió presuroso al escondite, a resguardar la falda.

Cova posó la jarra sobre la hierba y salió del barcal. La rabia la dotó de un inmenso poder: “Así es que este animal tranquilo que a menudo reposa su cornamenta en mi regazo es Lucifer ¡No voy a tolerarlo!”, pensó.

Esta vez fue ella quien se enfrentó al diablo, mientras Gervasio huía del hedor de su aliento.

Era un sábado de verano soleado. Hacía varios días que Gervasio no acudía al trabajo y que tampoco visitaba a Cova. Como era costumbre, los jóvenes se reunieron para ir de fiesta y llegaron a buscarle. Estaban contentos y con planes para divertirse; querían salir esa tarde para volver sin prisa el domingo, después del almuerzo. Sin pensarlo mucho estuvo de acuerdo, deseaba olvidar sus pesadillas y se fue con ellos.
Charlaban de camino a la Villa y algunos se rezagaron para acompañar a Gervasio un rato en la taberna; discutían y le daban consejos que no quería escuchar; mientras tanto, alternaban vasos de sidra y copas de vino. En un par de horas, cuando estaban casi borrachos, notó que el más viejo le rodeaba los hombros con el brazo y le susurraba al oído:

—¿Qué has visto en el pozo?

—¡Al diablo! Al propio Lucifer agarrado al caldero, ¡eso vi en el pozo! —respondió Gervasio levantando la voz

Entre todos se cruzaron gestos y sonrisas cómplices y se dispusieron a partir bromeando y cantando: “¡Ay Gervasio, afortunado como pocos! ¡Ay Gervasio, has caído entre unos locos!”  El más viejo, que fue el último en salir, hasta se permitió revolverle el pelo mientras decía:

—Justo en dirección opuesta a la que tu seguiste está el remanso de las revelaciones —luego pellizcándole la mejilla, añadió:

—Tendrás que ir a la fuente, a ver si todavía las xanas te hacen caso.

Cuando Gervasio salió a la calle, caminaba dando tumbos; de pronto callaba, miraba al frente, extendía las manos a punto de caerse y seguía hacia adelante recto, como si desfilase. Así llegó a la playa, se apoyó en un muro y se plantó frente al mar muy derecho.
Al poco tiempo perdió el equilibrio y cayó sobre la arena; sus ojos se cerraron mientras una ventolera que encrespaba las olas, hacía extraños sonidos que parecían de miles de pies descalzos que chapoteaban en el agua; iban y venían, y se acercaron junto con un ruido de batir de alas.
Una lluvia de piedrecitas resbaló por su espalda, como si una cascada de agua fresca le bañara los hombros. Sorprendido se incorporó, abrió los ojos y vio a una xana.
Era de nácar puro; su sonrisa cálida era un rayo de sol. Era tersa y sedosa como un pétalo de lirio. Olía a rocío, a hierba, a sahumerio con incienso y mirra.
Pensó que a su lado podía bajar con las manos las estrellas del cielo; la abrazó, cerró los ojos  y sintió que sus collares de coral y perlas cubrían el cuerpo de un manto vivo, enjoyado y tierno.

Estaba ya muy entrada la mañana y Gervasio bien despierto, cuando al salir de la playa hacia su casa vio entre las piedras un trapo de tela conocida, hecho jirones. Se frotó los ojos incapaz de creerlo.  ¡Era la falda de Cova! La vieja falda llena de arañazos que guardaba el diablo. La recogió enseguida y con ella en un bolso, decidió que visitaría de nuevo a las xanas.

Luego en cuatro zancadas se presentó en el pueblo.

Alrededor del pozo había un gran revuelo, parece que en la noche se había ahogado un carnero y entre tanta gente que daba mil versiones sobre el mismo suceso, por fin encontró a Cova.  La sacó del barullo, la tomó en sus brazos, la cubrió de besos y le dijo al oído que la echaba de menos

—Dime Cova mía, ¿quieres ser mi xana? —La respuesta de Cova lo dejó perplejo:

—Yo ya soy tu xana. Era mío su cuerpo y sus collares y también sus caricias. Era yo quién estaba contigo. Yo quien te besaba.
Una vez revelado este secreto, Cova corrió hasta su casa para esperar, agitada, la reacción de Gervasio.
Allí la encontró él,  debajo del nogal, pero antes de abrazarla, entró en la cuadra ¡y mandó al diablo la falda!

 

María Antonia Suárez

27 de octubre de 2019

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *