EL QUIRURGO. José Ignacio Velasco

“No se muere con dignidad, hay que vivir con ella.”

        Dr. José Ignacio Velasco Montes.

Enciende el cigarrillo y se sirve una taza de café. Cogiendo el libro de quirófano, rellena el parte de la operación recién terminada. No es sino una más de las muchas que ha realizado y de las que le quedan por hacer en su vida.

Retrepándose en la cómoda butaca, queda mirando el techo, pone los pies sobre una silla, saborea el humo y se sumerge en sus pensamientos.

Tiene un escaso tiempo antes de enfrentarse con la segunda intervención: es larga, muy seria, difícil y hasta potencialmente peligrosa. Se ha dicho a sí mismo lo que siempre ha considerado un tópico: ¿Peligrosa para quién? ¿Para el paciente? ¿Para él?

Pero no más difícil que otras más que fueron superadas satisfactoriamente.

Mientras observa cómo la voluta de humo asciende y se desvanece antes de llegar al techo, su mente una vez más se detiene en algo que aprendió hace tiempo, el temor es lejano, pero propio y sabe que nunca se supera del todo, lo que es algo que se reconoce y que en el fondo es una ayuda en su trabajo pues le da prudencia

Es algo que en ocasiones le preocupa, en demasía, en la conducta de los demás, pero que también se muestra, a veces en la propia, en las que las huellas de su paso son claras en momentos especiales.

Y por unos instantes siente el especial vacío del estómago, cientos de mariposas que revolotean, algo causado por el nerviosismo de volver a operar algo difícil, a pesar de la experiencia y la seguridad en sí mismo. Ingiere una galleta en un intento de aplacar la sensación de las mariposas y la sequedad de boca. Pero al miedo no se le engaña comiendo, se dice bebiendo un sorbo del café, especialmente preparado por Sole, la doncella que nos cuida a los médicos, y las galletas de la monja, Sor Milagros. Ambas nos tratan igual que si fuéramos niños.

Y en el fondo lo somos, acepta con una carcajada que se pierde sin eco en la sala llena de taquillas, sofás y pijamas llenos de sangre por el suelo, al lado del container que usamos, cual si fuera una cesta de baloncesto, pero que, algunos malos jugadores, no aciertan con frecuencia.

El miedo, sin el cual no se puede tener valor, es un sentimiento inherente en el humano, una sensación que si no se domina, te bloquea. Pero que si se vence, te libera y te hace mejor.

Y por unos instantes, recuerda la frase de Mika Waltari sobre el miedo, puesta en boca de Sinuhé el Egipcio: “¡Quien tiembla ante cada peligro convierte su vida en un infierno!”. ¡Qué cierto es –se dice en un monólogo interior que empieza a relajarle–, que dejarse dominar por algo, es una esclavitud!

Rememora algo que ha leído recientemente, de Frank Herbert, uno de los mejores escritores de Ciencia Ficción, dentro de su gran obra “Dune”, creadora de una nueva visión de la vida, forjadora de una filosofía distinta, muy alejada de la humana, pero aplicable a la terrestre. En ella, el miedo tiene características especiales. Es su dominio total el que eleva a unos pocos capaces de superarlo.

Y trata de evocar la frase que el protagonista exclama ante la gran prueba del dolor a la que va a ser sometido. Y nota que el miedo le intenta paralizar por el pánico al fracaso y a la muerte secundaria que incluye la prueba:

“No conoceréis al miedo. El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada. Sólo estaré yo.”

Durante unos instantes el cirujano saborea la frase. Ha conseguido traerla a su mente y recuerda que al leerla, lo hizo varias veces, y la escribió, hasta llegar a aprendérsela. Y ahora, con esa disciplina que hace tiempo se ha impuesto, la frase ha acudido íntegra a su memoria, dejándolo satisfecho de su idea sobre el hecho de que el trabajo siempre es rentable.

–¿Siempre lo es?

Se pregunta de inmediato y como en cada ocasión, alza las cejas en un gesto compungido y lleno de dudas, para de inmediato hacer florecer una sonrisa que siempre cuaja ante lo irremediable.

Apagando el pitillo, se alza y acude a asomarse hasta la ventana de guillotina para el paso del instrumental al quirófano, y poder ver cómo de avanzados van los ayudantes:

–¿Os queda mucho?

–Cerrado, puesta aspiración y estamos vendando.

–Sois más lentos que un reloj parado –les indica.

–Ya, ya –responde Enriquito, el anestesista, con su sorna habitual–, lento el jefe, lentísimos sus “ad lateras”.

–¡Pero qué culto eres, Enriquito! Cada día aprendo algo de ti. Ya hablas hasta latín.

–Es cierto, aquel día, qué raro en mí, fui a clase.

–Por cierto, para la siguiente hay pedida sangre al banco. Para que lo sepas.

–Ya lo sé. Si no hubiera, te lo hubieras tenido que dormir tú mismo. Yo soy muy responsable.

–Por eso la he pedido. No hará falta, pero como eres un puñetero miedoso.

–Ya veremos si se necesita o no.

–Casi nunca la he necesitado. ¿Verdad o mentira?

–Eres un optimista. Algún día me reiré, hasta que se me disloque la mandíbula, cuando te falle algunos de tus osados pronósticos, risueño iluso.

Haciéndole al anestesista un gesto de dudoso buen gusto, el cirujano se aleja. Tiene aún tiempo de dar un repaso a la anatomía de la cadera, y mirar, una vez más, la técnica de la desarticulación del miembro inferior con la que tiene que enfrentarse. Hace casi un año desde la postrera vez que la realizó. Y en esta ocasión hará la intervención más rápida aún. Recuerda con claridad los lugares en los que perdió tiempo, en los pasos quirúrgicos que puede suprimir, y las dudas que tuvo en algunas decisiones. Esta vez podrá ahorrar al menos un cuarto de hora, está seguro de ello.

Con los dos libros en la mano, y viendo sobresalir entre las hojas las marcas del lugar en el que debe buscar, se arrellana en la butaca y se sumerge en la lectura, paralela, de los dos libros, el lleno de negras y apretadas líneas de letras como hormigas y el de los dibujos llenos de colores que no existen en el cuerpo, pero sin los cuales no se puede ver lo que hay que ver. Y ambos manuales son tan necesarios como complementarios.

La llegada de los ayudantes, lanzando guantes y pijamas al cubo de la ropa sucia, le saca de su abstracción.

–¿Bien?

–Todo bien, jefe.

Mirando por encima de las gafas, el cirujano no contesta. Está claro que el que habla, como cada día por varias veces va a hacer lo de siempre, y mentalmente espera que lo pida.

–Me das un cigarrito, me los he dejado en casa. ¿Hasta dónde ha llegado la cuenta esperando mi solicitud?

–Cada día eres más rápido. ¡Ni a diez!

–Tengo que batir mi propio récord –indica en medio de carcajadas mientras, con expresión aviesa, se dirige al paquete y al mechero que se encuentran sobre la mesa en la que su dueño tiene puestos los pies.

Durante un rato, el cirujano y los ayudantes hablan y discuten sobre la intervención. La llegada de las dos instrumentistas, para tomar café, como es lo acostumbrado, no tarda en ocurrir, lo que indica que se está limpiando a fondo el quirófano.

–Estáis más guapas que nunca –indica el cirujano.

–No cambiaréis nunca, Doctor X, siempre coqueteando. ¡Eh!

–¿Yo? Jamás.

–Veamos, una cosa. ¿Con cuál de las dos se quedaría si pudiera?

–Lo tengo claro.

–Diga, diga –indican ambas sonrientes y con curiosidad.

–Si pudiera, pues está claro. ¡Con las dos! Sería imposible tomar una decisión ante tan bello plantel de rosas. Sois, juntas o separadas, la perfección suma.

Y las carcajadas reinan de nuevo en la sala.

–Siempre tenéis una salida adecuada. No hay manera de pillaros.

–Sí, no tenéis más que atacarme. Me dejaré coger con mucho gusto.

–No tenéis remedio. Pero seguís ocupando el puesto catorce en el ranking de los coquetos de la casa.

, no acabo de subir. Pero voy a empezar a ir a la “Academia de Coqueteos de la Señorita Pepis” y creo que mejoraré bastante.

De nuevo risas mientras se sirven café y encienden otros pitillos antes de preguntar las dos enfermeras instrumentistas.

–¿Cuánto tiempo calculáis?

–Ni menos de dos, ni más de tres horas.

–Pero diga una cifra exacta. Tenemos una apuesta.

–Desde hacer sangre, hasta que me vaya y deje a estos aprendices de brujo, dos horas y media.

–¿Enterada? –le recuerda una enfermera a la otra.

–Enterada. Pagarás esta tarde la merienda.

–Vete ahorrando, que te va a tocar a ti.

La llegada de Enriquito no se hace esperar. Ha entregado el paciente en Reanimación, y viene dispuesto a seguir las batallas dialécticas que tanto le gustan.

Durante un rato, chistes y poesías en el borde de lo obsceno, se suceden con rapidez. Nadie de los presentes se queda corto. Las enfermeras, que viven cada día la misma situación con distintos equipos, tienen un caudal de salidas, respuestas y anécdotas que en ocasiones dejan pequeño a Enriquito. La llegada del celador, acaba con los relajantes momentos en los que se intenta olvidar la realidad de lo que sucede a escasos metros.

–Señor Anestesista. Tiene usted a su cliente en el ante-quirófano.

–¿Si quieres un café? –indica el cirujano al recién llegado tuteándolo.

–Sí, gracias. Tomaré uno.

–¿Sigues en el rodaje de la película?

–Sí, por las tardes y a veces por las noches.

–¿De qué haces esta vez? ¿Violador de monjas? ¿Ayudante de Cristóbal Colón? ¿De qué?

–Esta vez soy un verdugo en Venecia. Tengo que cortar varias cabezas.

–O sea, ¿vas a poder salir medio desnudo en el cine?

–Sí. Sólo llevo unos pantalones hasta media pierna y una capucha.

–No hay problema, las chicas te reconocerán por los bíceps –le indica el cirujano–, y seguirás ligando como siempre.

–Yo soy muy serio. No me como una rosca.

–Ya, ya –indica Enriquito saliendo para empezar su trabajo–. Mete el paciente y lo subes a la mesa.

Un rato después, todo se pone en marcha. El paciente duerme profundamente y el campo está pintado y cubierto con los paños verdes que dejan al aire sólo lo que se necesita para la intervención.

–¿Puedo empezar? –pregunta el cirujano.

–Si sabes lo que hay que hacer —responde Enriquito.

–¡Bisturí!

El golpe sobre la palma es como el cohete que inaugura las fiestas de cualquier ciudad.

Con un corte rápido y decidido, siguiendo las líneas que ha trazado sobre la piel, el cirujano realiza la apertura dejando al aire el plano aponeurótico de la gran zona en la que va a realizar la desarticulación de la cadera. Es una herida cuyos bordes tienen una extensión superior al medio metro lineal. Los chasquidos del bisturí eléctrico se escuchan de inmediato mientras el olor a carne quemada se difunde de inmediato.

Al fondo, en un rincón, el equipo de música desgrana el inicio de “En el jardín de un monasterio” de Ketelvey.

–Siempre me pides que te deje cerrar, hoy tendrás más de cuarenta centímetros que coser, casi medio metro lineal.

–Gracias, jefe. Siempre tan generoso –indica el primer ayudante.

–¿Me estás llamando tacaño?

–No. Pero podías hacer la herida aún más grande y así practicaría un poco más.

Y una carcajada general se escucha en el quirófano.

 

F I N

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