EL RELATO. Patricia Cardona

Y ahí está Cristina, enfrentada a sus deseos, cruzando los dedos para que una vez más la imaginación la lleve a ese lugar donde las palabras toman las riendas, donde los pensamientos se hilvanan y donde por fin es ella misma.

Últimamente, había descubierto cuánto disfrutaba con la escritura. No se cuestionaba adónde le llevaría ni que conseguiría, simplemente, escribir le resultaba extremadamente gratificante y eso le bastaba.

Sin embargo, esta vez estaba atascada. Decidió dejarse llevar y empezó a escribir:

            Casandra Ruiz era bizca. Toda su vida había girado alrededor de éste  defecto y a su entender tal era la causa de su insatisfacción.

            Había aprendido desde niña a soportar las burlas y con el tiempo, gracias a su talento y carácter, había llegado a ser considerada una  mujer atractiva. Sin embargo, envidiaba la belleza de sus amigas. Tenía un buen trabajo, un patrimonio importante, un marido que la  amaba y al que no le importaba lo suyo; pero cada noche al desmaquillarse deseaba ser otra persona.

            Su atracción por lo bello la llevó a dedicarse al arte y en la actualidad  dirigía una de las galerías más prestigiosas del país.

           Cuando la gente bromeaba diciendo que “tenía buen ojo “para elegir   las obras, Casandra era la primera en unirse a las risas,  transmitiendo una enorme seguridad en sí misma.

           Nada más alejado de la realidad. Había tomado una decisión y asumía los riesgos…

Al llegar aquí, Cristina se detiene sorprendida, no sabe de dónde le ha surgido ese personaje. No es fruto de ninguna reflexión anterior ni se inspira en un asunto conocido o familiar. Decide abandonarlo. Necesita pensar, encontrar una trama estimulante e idear un buen final.

Ella siempre funciona mejor con unas premisas. Cada una de ellas le sugiere un sinfín de imágenes y pensamientos. Son como la chispa que enciende el fuego y sin ellas se encuentra apagada y carente de ideas.

A lo largo de su vida siempre había necesitado partir de una situación controlada. Era el arnés o blindaje con el que sentirse segura. Una vez instalada en él caminaba firme y decidida, sabiendo a donde y como ir.

Cristina tenía un viaje programado con sus hijas, le vendría bien, se despejaría e intercambiaría opiniones, quizás alguna conversación con ellas la inspirara.

“Mamá deberías hablar de algo que domines, de algo en lo que seas experta”, la aconsejaban.

Con ese comentario, como ocurría en otras ocasiones, un final le vino a la mente, uno de esos finales sarcásticos que pueden ser interesantes, y se lanzó de nuevo:

La carta que recibió ese día Roberto Peláez superaba su capacidad de  sorpresa.  Nunca imaginó que se vería inmerso en esa situación.  Tendría que dar explicaciones.

La guardó en el bolsillo y se dirigió a la empresa. Eran ya las ocho y  cinco, pero decidió tomar antes un café en la gasolinera y llamar a Bernardo para ponerlo en antecedentes.

Roberto Peláez poseía una empresa dedicada a la comercialización de  especias. Era conocido en la ciudad por su enorme atractivo personal y por sus numerosas obras de caridad, lo que le había hecho ganarse dos años consecutivos el título de empresario del año en los premios que el diario La Voz entregaba en la localidad.

Marisa, su mujer, era veterinaria y compartía consulta con una amiga de la facultad. Aunque había pensado muchas veces dejar su profesión para estar más con su marido, su pasión por el trabajo y el compromiso  adquirido con su socia le impedían tomar finalmente esa decisión. Lo que más la incomodaba era no poder acompañar a Roberto en los viajes que realizaba a países exóticos, en busca de productos y de nuevos contactos.

Cristina se toma un receso, lee lo escrito, no le resulta del todo satisfactorio. Tiene claro un posible desenlace, pero no ha perfilado bien la trama que le conducirá a él.

Se debate entre varias opciones, pero ninguna la complace. Se plantea incluso abandonar del todo, pues lo que hasta ahora era un placer no debería angustiarla. Algo surgirá, se dice.

Esa noche en su despacho, se plantea una posibilidad un tanto peculiar y se lanza a escribir de nuevo:

El vuelo 727 Madrid -Teherán llevaba cuatro horas de retraso. En el punto de información de la compañía Irán Air únicamente ofrecían la posibilidad de ocupar una de sus salas VIP para hacer más llevadera la espera y usar el servicio de bar con el ticket que facilitaban.

Eran las dos de la mañana. El cansancio y la desesperación empezaban  a hacer mella en los viajeros. Los más preocupados no paraban de levantarse para pedir explicaciones y alguno de ellos estuvo a punto de  perder los nervios.

Casandra se quedó mirando un rato a un hombre que apoyaba la cabeza en su abrigo doblado a modo de almohada. Hacía tiempo que no veía a alguien tan elegantemente vestido. El traje gris de alpaca a medida  apuntaba su confección en Saville Row, unos zapatos de corte italiano y un Pateck Philip en la muñeca completaban su atuendo.

El maletín de piel, seguramente un Smython, llevaba las iniciales RP  grabadas en color dorado.

Cuando él abrió los ojos, cruzaron la mirada por un momento y ella  notó en él una reacción de incomodidad, a la que estaba habituada.

Cristina decide darse una tregua. La idea que le ha surgido espontáneamente para su relato es compleja y arriesgada. No obstante, esta vez quiere llegar hasta el final, ver adónde la conduce esta trama. Quizás ella misma se sorprenda y en última instancia siempre puede empezar de nuevo.

Los días transcurren, y Cristina está inmersa en un sinfín de preparativos, escapadas y reuniones de trabajo; y aunque no olvida el relato, consigue poner distancia para analizar sus ideas tranquilamente.

Concluye que cualquier historia o suceso es fruto de muchas circunstancias y decisiones personales que confluyen. ¿Por qué no probar entonces? Se arriesga y decide continuar:

¡Esto era lo que le faltaba! Pensó Roberto. Otro día más perdido con este asunto. Y, además, Bernardo debió informarle de antemano acerca de esa ley. Aunque se excusará diciendo que debí mencionarle aquella cuenta. Pero tampoco es cuestión de ir contando por ahí mi vida privada.

Cuando Aziza le pidió dinero por primera vez para los gastos del piso, él  no pensaba que la situación duraría tanto, creyó que sería suficiente con lo que le entregó en mano. Durante tres años, una transferencia mensual para pagar el alquiler fue lo más cómodo y práctico. Ahora cancelaría la cuenta e intentaría arreglar todo con el banco iraní.

Roberto se incorporó en su asiento y observó cómo le miraba la mujer que estaba sentada frente a él. ¡Qué pena que tenga estrabismo, porque es muy atractiva! Pensó.

Transcurrieron varios minutos y los altavoces anunciaron la salida del vuelo 727 con destino Teherán. Todos se levantaron, recogieron su equipaje de mano y se encaminaron a la puerta de embarque.

Casandra había oído hablar del doctor Kermani en dos o tres ocasiones,  pero fue un programa televisivo lo que la animó a visitarlo. No lo comentó con nadie y su viaje a Teherán quedó justificado como uno más de sus muchos viajes por trabajo. Si finalmente perdiera la visión de su ojo derecho, lo asumiría, pensó, pero no estaba dispuesta a seguir ni un día más con bizquera por miedo a los riesgos. El doctor Kermani  tenía un ochenta por ciento de éxito en sus intervenciones, frente al cincuenta por ciento de otros colegas a los que había visitado. Todos            coincidían en la rareza y peculiaridad de su caso.

Un día de hospital, cinco de reposo y en una semana podría comenzar  una nueva vida. Ya daría explicaciones a la vuelta.

Ya en el avión Casandra sonrió sorprendida y un tanto emocionada, cuando vio al caballero que le había tocado en el asiento contiguo. Se saludaron educadamente mientras colocaban su equipaje.

El vuelo duraba ocho horas y tras la larga espera, todos los viajeros deseaban dormir un rato y llegar descansados a su destino.

Una vez el avión había despegado, Roberto leyó de nuevo la carta:

“Según antecedentes en poder de la A.E.A.T usted es titular de la cuenta  bancaria en el extranjero, que abajo se especifica, durante los ejercicios 2013 a 2016, no constando la presentación de la  correspondiente Declaración de bienes y derechos en el extranjero (Mod 720) de dichos ejercicios.”

 

No se la quitaba de la cabeza. Nunca había sido objeto de una inspección, pues estaba al corriente de sus impuestos o al menos eso le garantizaba Bernardo su amigo y asesor fiscal. Pero esto no se lo esperaba. No solo le preocupaba la posible multa por la ocultación sino  la explicación que tendría que dar de las razones de la misma y de su cotitularidad con Aziza, si el asunto llegara a los oídos de Marisa o de alguien de la familia. Para empezar, el mismo Bernardo se sorprendería, pues él más que nadie sabe que esa cuenta nada tiene que ver con los negocios.  Pero Aziza es especial, cualquiera hubiera sucumbido a sus encantos, pensó Roberto

Casandra reconoció la carta con membrete oficial que su compañero de vuelo tenía entre las manos, pues todos los años lidiaba con Hacienda por su devolución de la renta debido a la alta deducción por la adquisición de su casa. Observó su cara de preocupación y se consoló al pensar que no era la única que tenía esos problemas.

Al cabo de un rato sin que ambos consiguieran conciliar el sueño,  entablaron una amena conversación. Roberto resultó tener bastantes conocimientos sobre arte moderno y le confesó que poseía un Julian Opie  al que consideraba uno de sus grandes tesoros. Intercambiaron durante varios minutos referencias de museos, galerías, libros. Ambos se       complacieron por conocerse y por la atmósfera creada.

La primera explosión sonó en la cola del avión y todos reaccionaron  volviendo la cabeza. Las azafatas rápidamente informaron de que todo estaba en orden, añadiendo que permanecieran sentados y con los cinturones abrochados.

La segunda fue más intensa y no permitió a las azafatas dar explicación alguna.

A ellos dos solo les dio tiempo a mirarse, tomarse fuertemente de la  mano y desear no haber cogido nunca ese avión.

Cristina lee varias veces los últimos párrafos del relato. Analiza el final. Duda. Se entristece.

Tras unos minutos sonríe, contenta de tener siempre un folio en blanco a mano para volver a empezar.

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