EL VIAJE DE IVY. Carmen Cócera

Ivy deseaba ser madre más que ninguna otra cosa en este mundo. Era como una llama interna que iba creciendo cada vez más y, por mucho que intentara apagarla, no lo conseguía. El problema estaba en que su deseo era más fuerte tras cada aborto.

Henry y Ivy se habían conocido por casualidad al chocar espalda con espalda en una concurrida discoteca. Habían intercambiado sonrisas, miradas y por último sus números de teléfono. Ivy no esperaba que un tipo, tal vez borracho, de una disco se pusiera en contacto con ella al día siguiente, pero lo que Ivy no sabía es que Henry no bebía y se acordaba de todo. Hablaron largo y tendido de sus gustos y aficiones hasta que Henry le propuso algo que no le habían propuesto jamás: acompañarlo en uno de sus viajes de negocio. Henry le explicó que llevaba viajando solo más de ocho años y que, aunque amaba tener espacio para él, los viajes se le hacían cada vez más insoportables al tener que conducir durante horas sin compañía. Al principio Ivy no supo qué decir. No podía irse de viaje así como así, y aún menos con un desconocido. Además, ¿qué iba a decir en su trabajo? Ivy era profesora de inglés en un instituto cercano al pueblo donde vivía. Fue entonces cuando la propuesta de Henry fue más allá.

─¿Qué te parecería trabajar para mí?

─¿De qué? ─quiso saber ella.

─Bueno, te contrataría como mi secretaria.

─¿Pides que deje mi trabajo?

─Sí ─contestó Henry sin más.

 

Ivy no daba crédito a lo que estaba escuchando. ¿Le estaba tomando el pelo? ¿Acaso era millonario? ¿Por qué ella? ¿No podía contratar a una secretaria de verdad?

Mientras Ivy se hacía todas estas preguntas sin saber qué decir, Henry estaba dispuesto a salirse con la suya a toda costa.

─¿Cuánto cobras como profesora? -quiso saber.

─Unos 800 euros al mes ─contestó Ivy.

─¿Y cuánto te gustaría cobrar?

─No sé ─contestó algo confundida Ivy─ Nunca me lo he planteado.

─Vamos ─le insistió Henry─, no me lo creo. Venga, dime una cifra.

─Está bien ─dijo Ivy─, mil cuatrocientos euros.

 

La respiración de Henry al otro lado de la línea sonó larga y profunda casi, con resignación, justo antes de decir:

-Muy bien. Te pagaré mil cuatrocientos euros cada mes y tendrás un contrato.

¿Qué dices?

 

De ese modo, Ivy lo había dejado todo para trabajar como secretaria para aquel desconocido. Su abuela, con la que se había criado, la convenció diciéndole que tal vez esta era la oportunidad de tener un buen sueldo y vivir aventuras al mismo tiempo. Además, Ivy había cometido el grave error de enseñarle una foto de Henry que llevaba en el móvil. Su abuela había quedado gratamente sorprendida por el porte de aquel joven de treinta y cinco años que posaba elegantemente trajeado. Y le había dicho que si no se iba ya con aquel chico se iría ella.

Era la primera vez que Ivy estaba en Asturias, y Cudillero la enamoró con sus vistas al mar, las casitas de colores y su gastronomía. Cuando llegaron hacía muy buen día a pesar de ser invierno. Henry le explicó que allí veraneaba de pequeño con su familia y que ahora por alguna extraña razón del destino volvía cada año por trabajo. Se alojaron en un hostal rural que pertenecía a unos amigos de sus padres. Un lugar gratamente acogedor con vigas de madera y decoración rupestre. Pasaron un par de días allí antes de emprender un nuevo viaje.

─¿A dónde te gustaría ir? ─le preguntó Henry─. Tengo unos días libres antes de volver a casa.

─Aún no me has dicho exactamente en qué trabajas, desde que llegamos a Asturias tan solo has desaparecido un par de horas. ¿Ese es tu trabajo, no trabajar?

Henry se echó a reír.

─No tiene gracia ─dijo Ivy.

─En realidad sí que la tiene ─contestó Henry─. Soy ingeniero industrial. Y debo peritar diferentes vehículos en distintos talleres de toda España, lo cual no siempre requiere pasar todo el día trabajando. ¿Ya estás más tranquila?

Ivy se sintió avergonzada, no supo qué decir. Aquel hombre le había cambiado la vida de la noche a la mañana, ¿y así se lo agradecía? Henry rompió el incómodo silencio:

─Aún no me has dicho dónde quieres ir.

 

Ivy se giró hacía él y lo miró un instante fijamente a los ojos antes de decir:

─Quiero enseñarte parte de mi mundo, el de mi infancia, igual que tú me has enseñado parte del tuyo. Dirígete a Burgos, vayamos a Salas de los Infantes.

Ya en ese lugar pasó algo mágico. La intimidad y afinidad entre ambos fue creciendo con tanta intensidad que Henry le pidió matrimonio. Apenas llevaban unas semanas juntos, pero se enamoraron como nunca antes. De hecho, su pasión llegó a tal extremo que llegaron a plantearse tener un hijo. Ambos sabían que aquello era una locura, pero entonces Henry le confesó algo a Ivy que terminó por convencerla:

─Ivy, mi padre se está muriendo de cáncer y hace tiempo le prometí que le daría un nieto antes de morir. Sé que lo que te pido es demasiado, pero así cumpliría mi palabra.

Intentaron tener un hijo. Llegó a convertirse casi en una obsesión para Henry, pero no lo lograban. Más adelante Henry tuvo que volver a casa y ayudar a su madre, ya que a su padre le era imposible hacerlo. Ivy alquiló una habitación en un piso compartido de la zona para estar así cerca de Henry en caso de que él necesitara su ayuda. Entonces el amor de su vida le propuso una vez más una auténtica locura: vivir con él y sus padres. Al principio, y a pesar de ser todo muy precipitado, a Ivy le pareció una gran idea.

Se instaló en casa de Henry con sus padres, que eran un matrimonio maravilloso, dulces y amables, además de muy generosos. En seguida Ivy se sintió como en casa. Lamentaba que el padre lo estuviera pasando tan mal. Lo hospitalizaron unos días después de su llegada y ella estuvo con Henry y su madre hasta que le dieron el alta. Lo habían vuelto a operar y tan solo le daban unos meses de vida. La tensión podía palparse en el ambiente. El carácter afable de la madre empezó a cambiar y de pronto aquella mujer se convirtió en la peor de las pesadillas de Ivy, pero eso no era todo: había conseguido quedarse embarazada.

 

Las discusiones entre madre e hijo por el embarazo de Ivy eran constantes. Llegaron hasta tal punto que Henry ya no quería ser padre. Ivy estaba destrozada. Se sentía utilizada como si fuera un objeto de usar y tirar. Iba a ser la madre de la criatura y al parecer no tenía voz ni voto. Llegó a sentirse tan presionada que se cuestionó si realmente era un buen momento para tener un hijo. El miedo y las dudas la acechaban cada día. No entendía cómo siendo aquello un sueño hecho realidad, de pronto tenía tanto miedo. Cuando fueron a una clínica para informarse sobre la posibilidad del aborto, Ivy aún no podía creerse que estuviera pasándole aquello.

Amaba muchísimo a Henry, pero dudaba de que el amor que él sentía hacia ella fuera tan grande. Abortar fue lo más duro que le había ocurrido a Ivy en toda su vida. Deshacerse del bebé de aquella manera la destrozó por dentro. Ya no volvería a ser la misma.

Tras aquello, Ivy se separó de Henry por un tiempo, al menos no convivirían en casa de sus padres. Así que alquiló un piso y se fue allí sola. Necesitaba respirar, necesitaba volver a ser ella misma, entender qué había pasado. Sin embargo, su dolor era tan fuerte y la herida tan profunda, que no conseguía que cicatrizase. Ivy comenzó a obsesionarse con tener un hijo otra vez. La obsesión empezó a carcomerla hasta plantearse ponerle los cuernos a Henry, o incluso dejarlo y ser madre soltera. Estaba desesperada y no sabía qué hacer. Ya habían pasado seis meses desde el aborto, seis meses que había estado sola en el piso de alquiler mientras Henry se aferraba a su trabajo y luchaba junto a su madre por retener en este mundo a su padre un poco más. ¿Pero, quién pensaba en ella? Se sentía abandonada. Eran demasiadas cosas para asimilar. Todo había ocurrido demasiado deprisa. Se había precipitado y lo lamentaba. Lo había dejado todo por él y ahora no tenía nada. Debía tomar una decisión o conformarse con una vida que no le pertenecía y en la cual jamás sería feliz.

Tras hacer las maletas Ivy no quiso mirar atrás. No había dicho nada a Henry acerca de sus intenciones y él, durante las pocas veces que iba a verla o la llamaba por teléfono, tampoco había notado nada raro o diferente en su comportamiento. Ella sabía que había llegado el momento de empezar de cero y, desde luego, no arriesgaría su felicidad de nuevo por alguien que le había demostrado que no merecía la pena.

 

Deseaba ser madre más que ninguna otra cosa en este mundo y, aunque por un tiempo debía posponer su sueño, confiaba en lograrlo, pero no con Henry. Así que sola, y tras despedirse de su abuela, emprendió un viaje lejos de quien pensaba que era el amor de su vida y por el contrario se había convertido en un desconocido. Sin duda no iba a ser fácil, pero le quedaba mucho por descubrir. Un vuelo a Ámsterdam la esperaba, cogió su teléfono y bloqueó el número de Henry. Empezar de cero significaba empezar de cero.

pensamientos de 5 \"EL VIAJE DE IVY. Carmen Cócera\"

  1. Me ha encantado, me sentido identificada con Ivy en todo momento, imaginándome cada una de su experiencias! El escritor ha sabido proyectar cada uno de sus sentimientos e inquietudes

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