EMIGRAR A LA AVENTURA. Gina Ariza

Cuando salí de la marina al cumplir veintidós años me encontré con un futuro incierto. Volví a trabajar en el negocio familiar y ya mi novia estaba comprando mantelería para el ajuar.

Un día conversando con un hermano de mi madre, me dijo que mi padre tenía unos tíos segundos en Barranquilla (Colombia) dueños de una fábrica de gaseosas. Casualmente en el curso de ese mismo año 1956 recibimos unos almanaques de esos familiares y vi la oportunidad para emigrar, así que le escribí una carta al tío de mi padre solicitándole ayuda para viajar a Colombia. Él decidió tenderme una mano y a principios de 1957 me envió el pasaje con visa de transeúnte y un contrato de trabajo por seis meses. Saqué el pasaporte gracias al dinero que conseguí en la marina vendiendo cartones de tabaco y víveres.

Meses antes de viajar se lo comuniqué a mi novia y a mi familia, fue un duro golpe para mi madre, ya que su padre emigró a Guatemala y murió allí sin poder volver a verlo. Mi novia me espero durante un tiempo hasta que se dio cuenta de que no regresaría y de que había echado raíces en otro continente.

A finales de junio de 1957 llegó el momento de viajar. No estaba preocupado ya que en casa éramos cinco varones y el negocio familiar se estaba viniendo a menos. El viaje fue duro y largo, salí en tren desde Málaga a Bobadilla (Antequera) luego cogí el tren de Córdoba-Madrid para después tomar el de Madrid-Barcelona. Tardé veinticuatro horas en hacer todo el recorrido en trenes de tercera clase con vagones y asientos de madera.

En la estación de Barcelona me esperó un amigo y me acompañó a buscar alojamiento, encontramos una pensión barata donde me alquilaron media cama de matrimonio, la otra media la ocupó otro inquilino. Me acosté vestido y mi cabeza a la altura de sus pies, era cuestión de tener donde dormir, el cuarto de baño estaba en el corredor y había que pagarlo aparte. Allí estuve varios días hasta la llegada del barco y cumplir con los requisitos para viajar a América, como fue el tener que vacunarme.

El uno de julio de 1957 embarqué desde Barcelona en un viejo buque italiano de nombre Marco Polo, que había sido un carguero en la Segunda Guerra Mundial adaptado para pasajeros aprovechando la migración de los árabes hacia Suramérica.

Embarcamos diez españoles y quisieron instalarnos en literas dentro de la bodega, pero reclamamos y nos acomodaron en camarotes dobles. Yo no tenía miedo al mar ya que había estado en la marina y a mis veintitrés años esto era una gran aventura.

Durante la travesía faltaban comodidades y todos los días comíamos pasta. Para distraerme, recorría el barco de punta a punta, me metía en el bar, jugaba al dominó, me quedaba en la proa por si avistaba un delfín y, también, visitaba a un español que estaba en la enfermería y que falleció. Su cadáver fue amortajado y echado al mar. Entablé conversación con una paisana que se había casado por poderes, su marido la esperaba en Cartagena de Indias y de ahí marcharían a Barranquilla. Hicimos escala en Curaçao, me pareció una isla bonita y fue la primera vez que vi gente de tez oscura, que vivía con más comodidades de las que teníamos en España.

También hicimos otra escala en Guaira (Venezuela), los españoles desembarcamos y recorrimos veinte kilómetros por autopista hasta Caracas, algo novedoso para nosotros, que solo conocíamos carreteras de tercera clase y caminos de tierra. Aunque llegamos un día antes de lo previsto debido a que nos hizo buen tiempo, no dejaron de ser veinte largos días de viaje.

Cuando atracamos en Cartagena de Indias, desde cubierta buscaba el coche de mis parientes, pero al haber arribado un día antes, nadie aguardaba por mí, así que fui a Barranquilla con la paisana y su marido.

La llegada a Colombia fue un cambio total en mi vida, pues antes había sido hijo de familia y vivido sin necesidades. Al desembarcar me sentí como Cristóbal Colón llegando a tierras desconocidas.

Las costumbres eran distintas, la gente estaba más abierta al mundo y era más feliz, aunque entendí por primera vez la existencia de clases sociales. También había analfabetismo, ya que en los pueblos el cincuenta por ciento de la población lo era. Cuando salí de España, estábamos en regresión económica y el transporte estaba muy atrasado por la Guerra Civil y el aislamiento durante la Segunda Guerra Mundial. Los taxis aún andaban con gasógeno y al llegar a Barranquilla me encontré con coches americanos, que no tenían nada que ver con los primeros Seat o los Renault 4/4 que conocía.

Empecé a trabajar en la fábrica de mi tío Paco, hice de todo un poco: limpiaba la oficina, controlaba la carga y descarga de los camiones y por las noches vendía alcohol, etiquetas y tapas que se utilizaban en la falsificación de coñac.

En la fábrica se compraban botellas de diferentes marcas para rellenarlas con las gaseosas que elaboraban, así como chapas de botellas usadas para pintarlas y reutilizarlas. Vivía enfrente del trabajo, en casa de la madre de Paco. Ellos cocinaban de manera diferente a la que yo estaba acostumbrado, y añoraba mucho los potajes de mi madre. Después me di cuenta de que allí comer no era un placer sino una necesidad, por eso le dedicaban poco tiempo.

Tengo muy presente la primera navidad que pasé en Colombia en 1957, la celebramos en casa de Paco con su familia, que era muy distinta a la de Málaga y es cuando por primera vez eché de menos a mi familia y a mi tierra.

Al mes de mi llegada a barranquilla, viajando en un bus de la ruta Boston, vi a una muchacha morena que me encandiló, le di conversación y estuvimos charlando. Cuando llegó a su destino decidí bajarme con ella para no perderla, seguimos conversando hasta llegar a su casa y quedamos para vernos otro día. Con mi primer sueldo me compré una bicicleta con la que me desplazaba para ir a visitarla. Dos años más tarde se convirtió en mi esposa y madre de mis hijos.

El primer año seguí con la rutina del trabajo en la fábrica de Paco y aprendí de las costumbres colombianas. Después decidí independizarme como comerciante y crear mi propia empresa Industria la española.

Luché y trabajé con ahínco con la ayuda de mi mujer, brindé a mis hijos una buena educación y un hogar con comodidades. Fueron cuarenta años de aventuras y experiencias en mi tierra adoptiva, la cual llevaré siempre en mi corazón. Durante ese tiempo viajé a España cada dos años con el pensamiento de retornar para quedarme.

Regresé definitivamente a mi tierra natal en agosto de 1997

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