EN LA BOCA DEL LOBO. Alfredo Pascua Velasco

Colombia. 1985.

¡Colombia! ¡Precioso país, Colombia! Con su mar Caribe, su océano Pacífico, las selvas amazónicas, los llanos del Orinoco, las sierras Andinas…

¡Y con sus diferentes climas! Desde el ecuatorial tropical, el clima templado de Medellín, el clima árido de la zona desértica y el clima frío que se sufre a la altura de tres mil metros.

Walter nació en Medellín en abril de 1945. La ciudad se estaba consolidando como un centro de comercio de oro, café, fundición, mercancías, industria textil, de cigarrillos, de calzado…

Surgió el Plan Urbano Medellín y llegaron inmigrantes y campesinos que construyeron sus casas a las orillas del río. Walter consiguió un crédito, pero llegó la crisis económica y Medellín se convirtió en la ciudad con mayor tasa de desempleo del país.

Surgen los cárteles y el narcotráfico.

Walter tiene esposa y cuatro hijos. La organización lo capta.

Miembro de la Organización. (M.O.): Hola, ¿Qué más, pues?

Walter (W): ¡Quibo! ¿Cómo están?

M.O.: Sabemos que tienes una culebra de dos millones de pesos.

W.: Estoy en la olla. Sin trabajo.

M.O.: Te damos la oportunidad de “dar papaya”. ¿O te quieres convertir en un gamín? ¿O quieres tener problemas con tu vieja y tus peladitos?

Walter sabe que tiene que aceptar lo que le han propuesto. No le queda otra opción. Debe transportar un kilo de cocaína en su intestino. A cambio, la Organización solucionará los problemas económicos de su familia, así que habla con su esposa.

—¡Mi amor! ¡Voy a viajar para conseguir plata!

—¡No, papi! —se opone su esposa— ¡Te necesitamos aquí!

Pero Walter ya había tomado la decisión.

Las bolas son tragadas dos días antes de partir, a cinco mil kilómetros de distancia del destino. Las bolas de cocaína se hacen con preservativos o se alojan en el espacio para los dedos de varios guantes de látex. Si una de esas bolas se rompiera en su intestino, sería como una sobredosis brutal. Muere en cuestión de minutos.

Las ruedas del avión procedente de Cali tocan la pista del aeropuerto Madrid-Barajas, haciendo un ruido estridente y desprendiendo humo. El corazón de Walter se acelera. En Colombia la Organización lo aleccionó y le explicó lo que tenía que decir cuando le preguntasen en la aduana. A pesar de todo, está nervioso. Nunca viajó a Europa, lleva un kilo de cocaína casi pura en el abdomen y ya son dos días sin comer y casi sin beber. Al salir del avión con el resto de viajeros, aparenta una combinación de tranquilidad y seguridad que no es real.

—¡Vamos! ¡Acaba de llegar el vuelo de Cali! —exclama la coordinadora del Grupo de Estupefacientes de la Policía de Madrid-Barajas.

De inmediato, seis policías se sitúan en los pasillos para observar a los viajeros. Su función es estudiar al pasaje y observar su comportamiento desde el minibús hasta la cabina policial. A primera vista, varios pasajeros son sospechosos, pero Walter llama la atención con su corbata de color naranja, la camisa oscura y el traje arrugado después de usarlo durante cuatro días seguidos. Los policías hablan por sus talkies. ¡Grupo! ¡Aquí Delta! Por aquí viene un paquete. ¿El de la corbata naranja? ¡Afirmativo!

Walter llega a la cabina policial y entrega el pasaporte. Le hacen pasar a una habitación cercana y lo registran, a él y a su pequeña bolsa de viaje. A la policía le llama la atención el poco equipaje que lleva. El médico del Cuerpo de Estupefacientes de la Policía le hace una radiografía del abdomen en la que se ven unas cuarenta bolas alargadas repartidas por el intestino, supuestamente de cocaína.

Durante el interrogatorio, Walter se muestra tranquilo. Sonríe y se comporta con educación.

Inspector de la policía (I.P.): ¿En qué trabaja usted?

Walter (W.): Soy patrón.

I.P.: ¿A qué ha venido a España?

W.: He venido por asuntos de mi compañía.

I.P.: ¿Y las bolas que se ven en la radiografía de su abdomen? ¿De qué son esas bolas?

W.: Yo no sé nada de bolas.

I.P.: Bueno, tendrá que explicárselo al Juez.

Un agente policial lo acompaña a un sucio y vomitivo calabozo que existe en el aeropuerto de Madrid-Barajas. Sin darle tiempo a nada, lo trasladan a los Juzgados. Allí un abogado le atiende y le explica la realidad.

—Mire, Walter, lo tiene muy mal. Tiene un kilo de cocaína en los intestinos. Lo han visto en la radiografía. La única solución es colaborar y decir la verdad. ¡Se está jugando usted diez años de cárcel!

El abogado le explica en qué consistirá la vista. Walter está a punto echarse a llorar y de suplicar.

El Secretario del Juzgado lo llama por su nombre y apellidos y pasa a la sala de vistas con el abogado. Ni que decir tiene que Walter, desde que bajo del avión, está muerto de miedo. El juez autoriza que empiece la vista.

Ministerio Fiscal (M.F.): ¡Señor Walter! ¿Sabe usted de que están rellenos los cuerpos extraños que tiene en su abdomen?

Walter (W.). Sí, señor. De coca.

M.F.: ¿Puede identificar a las personas que le dieron las bolas de coca para que se las tragara y transportarlas hasta aquí?

W.: No. No las conozco.

El juez da por terminada la vista y, pasados diez minutos, la Guardia Civil sube a Walter en una de sus furgonetas para trasladarle al Hospital General Penitenciario de Carabanchel. Allí, un funcionario hace pasar a Walter, mira la cara asustada de este y siente pena. «¡Otro que han engañado, diciéndole que no pasa nada! ¡Cuando llegues a Madrid, pasas la aduana y alguien se pondrá en contacto contigo!».

El funcionario le hace pasar al cuarto de los cacheos. El hombre asustado y educado obedece. ¿Qué llevas en la bolsa de viaje? Algo de ropa, contesta Walter.

Bajan a ese lugar llamado El Sótano, donde quedan ingresados los detenidos especiales. Es un lugar oscuro y nauseabundo. El Sótano dispone de tres celdas lúgubres, alumbradas con una bombilla desnuda y de dos metros de ancho por dos y medio de largo. La celda también tiene una ventanita a la altura del techo diseñada para que solo se abra cinco centímetros. Además, dispone de un colchón, una almohada, una palangana, un cubo de agua y una toalla.

—¿Sabe usted porqué está aquí?

—Sí, señor.

—Tiene que ir expulsando las bolas que tiene en su intestino, con cuidado de que no se rompan. Sabemos cuantas bolas tiene, así que no puede faltar ninguna. A lo largo de la tarde vendrá el médico a verle. Luego le traerán algo de cenar dependiendo de lo que le diga el médico. ¡Procure estar tranquilo!

El funcionario cierra la pesada puerta de hierro de la celda con su ruidoso cerrojo seco y sube a su oficina mientras piensa «¿Cómo va a estar tranquilo? ¡Un señor que ha recorrido cinco mil kilómetros, con un kilo de cocaína en las entrañas y encerrado en ese agujero!»

Habían pasado dos días desde el ingreso de Walter y había entregado más de la mitad de las bolas de cocaína que llevaba en su intestino. Algo debió de cambiar en él. Quizá se sintió atrapado y sin esperanza para su futuro. Solo él sabe lo que ocurrió en su cabeza. El caso es que se suicidó. Hizo una trenza con la tela de la sábana, se apañó para atarla a la ventana y se quitó la vida.

 

FIN

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