ENTREVISTA CON MI ASESINA. Justa Marín

Pasaba por una época difícil. Mi novio me había dejado y me habían despedido del trabajo. La única salida que encontré fue huir a otro lugar y buscar una vida menos vacía.

Al cabo de unos meses no menos duros, tuve suerte y encontré trabajo en una librería. Era entretenido y me gustaba esconderme entre libros, pues yo era introvertida y de pocas conversaciones.

A media mañana me permitían un pequeño descanso, que aprovechaba para tomar un café bien cargado en una cafetería muy concurrida.

Con el paso del tiempo el trabajo de librera empezó a aburrirme y volví a sentir que mi vida era monótona y sin sentido, hasta que conocí a Murha.

Coincidía con ella en la cafetería y un día nos sentamos juntas y empezamos a charlar. Teníamos cosas en común, como la búsqueda de una nueva vida para dejar atrás malos momentos. Y me encantó su seguridad, su decisión y su concepto de la vida. Se decía dispuesta a conseguir sus sueños porque cada persona había venido al mundo para algo.

A pesar de mi gran admiración hacia ella, detestaba con todas mis fuerzas su pasión por las perlas, algo que nunca le dije, porque me sentía incapaz de contradecir a alguien tan segura de sí misma y convencida de todo.

Murha y yo nos hicimos inseparables, de esas amigas que son como hermanas y que el destino une, aunque nunca entiendas por qué.

Ya no sentía mi vida tan solitaria y vacía. Tenía a una especie de hermana a la que escuchaba con admiración y de la que siempre aprendía algo.

Los jueves por la tarde íbamos a la biblioteca municipal. En su día fue un palacete de alguna familia adinerada, cuyos herederos lo cedieron al Ayuntamiento para fines sociales.

Era un lugar espectacular, muy amplio,  de dos pisos, paredes de cristal, cientos de mesas y estanterías repletas de libros de todas las épocas.

Murha y yo nos sentábamos al final. Cogíamos varios libros que  trataban de sucesos paranormales y de extraterrestres. Disfrutábamos leyendo esas historias de miedo, nos reíamos y  de noche teníamos que dormir juntas porque nos daba pánico que pudiera salir algo raro de debajo de nuestras camas.

Me sentía completa con ella, hasta que un día, en la hora de nuestros descansos, la vi triste y con unas gafas de sol grandes, que no conseguían ocultar  las lágrimas.

Me dijo que se había reconciliado con su vida anterior, con sus padres, sus hermanos, que su novio y ella se darían otra una oportunidad y que se iba de la ciudad.

Y tras un año sintiéndome viva, volví a estar sola, desgraciada y preguntándome qué hacía en este el mundo.

Me costó lo indecible levantar cabeza otra vez. Al principio pasé días encerrada en casa, pero luego comencé a odiar cada vez más a Murha por haberme abandonado. Y ese odio me ayudó a volver a salir al mundo. Si ella era feliz, yo no lo sería menos.

Un jueves volví a la biblioteca municipal. No quise sentarme en el mismo lugar ni tampoco leer los mismos libros absurdos.

Me senté en el piso de arriba, desde cuya barandilla podía observar toda la estancia.

Cogí varios libros de aventuras y románticos, y empecé a fijarme en la gente: la mujer gruesa de minifalda y pelo naranja, la pareja de novios que acudía  para estudiar matemáticas, pero que pasaban las horas riendo y mirándose, el hombre mayor de barba larga  que leía en el ordenador periódicos digitales, la mujer que escogía libros de historia y un hombre, que parecía joven por sus vaqueros desgastados y su sudadera negra, del que me llamaron la atención dos cosas: una, que nunca se quitaba la capucha, y otra, que frecuentemente salía y luego volvía a su sitio.

Comencé a visitar diariamente la biblioteca, no sólo los jueves, me distraía anotando en un cuaderno cómo sería la vida de cada uno de mis compañeros, con quienes cada tarde coincidía. Me gustaba imaginar que guardaran algún secreto y cuál sería.

Pero quien más me intrigaba era el encapuchado. ¿Por qué nunca enseñaba la cara? ¿Dónde iba? ¿Por qué volvía?

Mi curiosidad crecía cada vez y  decidí seguirlo.

Al principio me limité a pasar por su lado como si buscase un libro. Entonces me fijé en lo que leía. Eran novelas policíacas y libros sobre medicina.

Una tarde fui más allá. Con varios libros en la mano, lo seguí. Cuando se levantó no fue al baño, ni a mirar libros, ni a la calle, sino que avanzó por un pasillo largo, se detuvo frente a una de las estanterías, miró a los lados para cerciorarse de que no lo seguían y empujó con la mano una falsa puerta, por la que entró.

Mis especulaciones sobre la gente de la biblioteca no eran nada en comparación con lo que acababa de presenciar. Y, como era ahora o nunca,  seguí al encapuchado.

La falsa estantería dio paso a una habitación con una puerta al fondo. Estaba iluminada y había un escritorio con dos sillas enfrentadas. Parecía una consulta.

Muy nerviosa y asustada, quise salir de allí, ya había visto bastante, pero el encapuchado entró por la puerta y me saludó amigablemente.

—Espera aquí —me dijo.

—No entiendo nada —contesté—. ¿Qué es este sitio?

—Te estaba esperando.

—¿Quién eres? —dije doblemente asustada.

—Espera y verás.

Estuve a punto de salir corriendo por donde había venido cuando vi que por la misma puerta entraba Murha.

Se sentó junto a la mesa y me hizo un gesto para que yo tomara asiento.

El encapuchado regresó a la biblioteca, dejándonos solas.

—Murha, me he quedado sin palabras. ¿Qué haces aquí? ¿Qué es todo esto? ¡Empieza ya a explicármelo!

—Lo primero, pedirte perdón por habértelo ocultado.

—Y también por mentirme. No te habías ido de la ciudad, estabas aquí —le dije muy enfadada.

Circunstancia que hemos añadido antes.

—Efectivamente, nunca me fui. Verás, me viene de familia la obsesión por escribir la mejor novela de asesinatos del mundo. Una novela negra en condiciones. Mi tatarabuelo lo había conseguido todo en la vida, pero le faltaba su ansiada novela. Ideó ceder una de sus propiedades y convertirla en una biblioteca pública. En ella concentró gran número de libros de todo tipo, y construyó esta habitación para su propósito: observar a la gente, esconderse en un lugar secreto y esperar la inspiración. Ni a él ni a sus descendientes les vino, sólo tuvieron algunas ideas, plasmadas en breves notas .

—¿Y qué tengo que ver yo con esa absurda manía tuya? —me atreví a decirle.

—Tú serás mi primera víctima. Y qué mejor que escribir una novela  cuando lo has llevado a cabo, ¿verdad que es ingenioso?

—¡Qué ridícula eres, Murha! Seguro que ni te llamas así.

—Claro que no, “murha” significa “asesina” en finlandés.

—Sigues siendo patética. Pero es más patético aún que mi asesina, encima, no tenga experiencia. ¡Qué vida más vacía y triste la tuya! Bueno, ¿y el encapuchado? ¿Era mi anzuelo?

—Pues claro. Es mi nuevo novio. Lo recogí de la calle y me ha ayudado a atraerte hasta aquí, a cambio de una buena suma de dinero.

—¿Y cómo te desharás de mi cuerpo?

—La puerta de atrás da a la calle. Borraré las huellas y ya está.

—Bueno, Murha, y lo más importante, ¿cómo será tu primer asesinato?

—Te estrangularé con mi collar de perlas. Es muy buena idea, ¿verdad?

Por primera vez en mi vida y, desde luego, desde que conocía a Murha, la había retado, palabra por palabra, dándome cuenta de que yo era más inteligente y segura que ella.

Cuando se acercó para enseñarme el preciado collar de perlas auténticas con el que me mataría, la agarré del pelo, la empujé al suelo, le quité el collar de golpe para rodear su cuello con él y estrangularla.

Me gustó el cambio. Me gustó apropiarme de sus planes. Y a eso dediqué el resto de mi vida: a vivir en la biblioteca, espiar a la gente y a escribir cómo maté a mi asesina.

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