FIEBRE EN LAS TRINCHERAS. Miguel Ruiz

Todavía resuena en mi cabeza el estruendo de los proyectiles al estallar muy cerca de nuestras trincheras. Qué lejanos parecían aquellos días en el King´s College, cuando pasábamos las tardes después de las clases debatiendo entre colegas y disfrutando del mejor té, entre poesías y críticas o alabanzas a tal o cual autor. Un tiempo idílico que nos cegaba y hacía ignorar cualquier cosa más allá de los muros del college y las faldas de las camareras. Fue un mundo en que creíamos y queríamos transformar con nuestra juvenil locura, y con el juramento fraterno de mejorarlo a través del arte. Imposible imaginar en aquel momento que cambiaríamos las plumas por bayonetas, la tinta por sangre, propia o ajena. El sonido de las palabras por el estampido de las bombas.

Mientras espero mi traslado al hospital de Birmingham, ya alejado de aquella barbarie gracias a unas fiebres, creo que la llaman fiebre de las trincheras, no dejo de pensar en el extraño encuentro que viví durante mi convalecencia en el hospital de campaña en el Somme a mediados de 1916. Junto a ese río me destinaron después de mi incorporación a filas. A pesar de mi corta experiencia en batalla constaté las cicatrices que esta lucha provoca en las mentes, cuando no en los cuerpos de los hombres. La primera gran guerra la llaman, algunos hasta con orgullo, algo incomprensible para mí. He visto muchos muertos, algunos de mis amigos descansarán para siempre en la campiña francesa. También he visto mucha sangre, cuerpos destrozados entre árboles quemados y soldados moribundos suplicando ayuda, o la muerte como acto clemente. Me alisté voluntario para luchar por mi país contra la indecencia y la barbarie de los alemanes, y aguanté lo que pude. Tuvo que ser la minúscula picadura de un piojo la que acabase con mi resistencia y ánimo, y con mis huesos en la enfermería.

Me trasladaron entre las trincheras desde la Compañía B del undécimo batallón de los Lancashire Fusiliers al hospital. Los agotados camilleros esquivaban a duras penas los cuerpos enfangados de los pocos soldados que volvían de la batalla, mientras yo ardía de fiebre bajo el cielo lluvioso de julio.

Me dejaron al fondo de la sala de atención a oficiales después de haberme inyectado algo un par de veces y caí rendido en un sopor turbio. Desperté al notar que un soldado me mojaba la frente; dijo llamarse Tristán o Trístanis, ahora no recuerdo. Estaba sentando en la cama contigua a la mía, de espaldas a la escasa luz que llegaba de la entrada, con un cubo entre las piernas, debía ser de noche. Apenas podía ver sus rasgos pero una mancha pálida en su cabeza delataba un vendaje que la envolvía hasta media oreja.

Me ofreció agua, que bebí con avidez. Ya algo recompuesto comenzamos a hablar. La conversación me animó un poco, el silencio del hospital, solo rasgado por los quejidos que provenían de alguna sala contigua, me ayudaba a escuchar su voz envolvente y aplomada. Me pareció la de un soldado recio y curtido.

Nuestra charla derivó hacia la guerra, como no podía ser de otra manera. Yo le conté, con rabia contenida, que era mi primer destino, mi primera batalla, y que no es una experiencia que merezca vivir ningún hombre. Coincidimos en lo absurdo de luchar, aunque me sorprendió al decir que en la vida a veces es necesario hacerlo. Mencionó haber participado en algunas guerras, no siempre en el bando vencedor. Yo no recordaba ningún conflicto reciente en el que él pudiese haber estado, pero sospeché que era un mercenario. No pude evitar mi curiosidad y le pregunté el motivo. Me confesó haber participado en tantas batallas que era imposible recordarlas todas, aunque siempre luchó por la causa que creía más justa. Le pregunté por alguna en concreto y me habló con bastante conocimiento de la guerra de los Boers, de la Independencia de Cuba, de las guerras nacionalistas Italianas y hasta la confrontación de los Estados Unidos en Filipinas. Era evidente que se había instruido en tales temas, porque parecía imposible que hubiera participado en todas esas batallas. Pero las describía con tal profusión de detalles que me hacía dudar. Intrigado, en parte por ver cómo desenmascaraba a un charlatán tan documentado, en parte por su profundo conocimiento en materia militar, seguí escuchando con atención.

Se tumbó boca arriba en la cama, una delgada línea luminosa delataba su perfil contra las sombras del barracón, el manchurrón claro del vendaje le confería un aspecto casi místico. Comenzó a hablar de un tiempo lejano en que los hombres vivían y morían con honor. Tiempos en los que el mal, acechante siempre, no se escondía entre las sombras, sino que atacaba a plena luz. Épocas tenebrosas en las que se jugaron las partidas más importantes que definirían lo que hoy es el mundo. Aunque yo pensaba que no habían cambiado tanto las cosas, ni se habían hecho tan bien, dado el horrible trance en el que nos encontrábamos. Sin embargo había esperanza en su sombría historia, en la que de una forma u otra la luz terminaba imponiéndose a la oscuridad, a costa siempre de un alto precio.

También habló de seres fantásticos, gigantes, orcos y dragones, elfos, hadas y enanos, que unas veces luchaban a favor de los hombres y otras en su contra. Describió entes maléficos con una precisión quirúrgica, como si los hubiese visto y enfrentado.

Su relato me tenía fascinado, quizás influido por la maldita fiebre de las trincheras, pero su peculiar forma de narrar dejaba un poso agridulce. A veces se detenía, emocionado por algún pasaje en particular, aunque trataba de evitar que se notase. No hay duda de que era un gran contador de historias, y que consiguió mantenerme atento gran parte de la noche, sin que fuese yo capaz de interrumpirlo. No sé cuento tiempo pasé envuelto en fantásticos mundos y entes maravillosos, pero se me hizo apenas un suspiro. En un momento determinado se calló para curarse la herida él mismo. Uno de los lejanos destellos de proyectiles que a veces se colaban por la ventana le iluminó por un instante la sien y me pareció ver una forma extraña en su oreja, con la parte superior demasiado larga y puntiaguda. Fue sin duda producto de la fiebre que me invadía. En un momento recuerdo que sacó del petate una gema cristalina envuelta en un paño, al descubrirla se iluminó con una diáfana luz entre blanca y azulada. El Sílmaril, creo que lo llamó así: según él, sus propiedades y poderes eran enormes.

Y continuó hablando mientras yo seguía embelesado por sus relatos tan cargados de épica, acción y emociones. Como un antiguo juglar narraría las gestas, reales o ficticias, de algún poderoso señor de la guerra.

Cuando desperté deduje que era de día por la luz que iluminaba la sala. A pesar de que reconocí dónde me hallaba, el enfermero que me atendía me resultó completamente desconocido.

—Parece que se va recuperando teniente. Por fortuna ya ha pasado lo peor.

Yo no recordaba cuanto tiempo llevaba allí, pero él parecía tratarme con cierta familiaridad.

—¿Dónde está el soldado Tristán, cabo?

—Perdón teniente, no conozco a ese soldado Tristán —contestó—. ¿Sabe a qué compañía pertenece? Puedo preguntarlo en ingresos.

—Estaba en esta cama, con una herida en la cabeza.

—Lo siento teniente, ha tenido usted mucha fiebre los tres últimos días, apenas ha estado consciente en algún momento. Y no había nadie más en esta parte de la sala. Es posible que haya tenido pesadillas muy intensas. Por suerte ya pasó.

Es evidente que estaba confuso, pero me pareció tan real. Habían pasado tres días, y sólo recordaba la voz de Tristán y sus fabulosos relatos. Aún pasaron algunos días más hasta que me anunciaron mi traslado a otro hospital con mejores medios. Me pareció bien pues estaba demasiado afectado por las secuelas de la fiebre como para ser útil aquí, donde no necesitan más lisiados.

No he dejado de pensar en lo que me ocurrió en mis primeros días en el hospital. Ahora que tengo pruebas de que sucedió realmente y de que no fue un delirio, me inquieta más aquel encuentro, y si fue casual o no. El recuerdo permanece indeleble en mi cabeza, y la voz de ese hombre discurre una y otra vez por los mismos paisajes y las mismas batallas, repitiéndome que esa memoria no debería permanecer oculta a la gente.

—¿Teniente John Ronald R. Tolkien? ¿Es usted?

—Sí cabo, el mismo.

—El vehículo está listo teniente, si tiene a mano sus pertenencias puedo indicarle el camino.

—Gracias cabo, estoy preparado, ya tengo todo lo que podía llevarme de aquí, tanto de bueno como de malo.

Cargué el petate en mi espalda y seguí mecánicamente al soldado hacia el vehículo que esperaba para llevarme de vuelta a Inglaterra.

Mi mano apretó el objeto que tenía en el bolsillo de la guerrera, y que encontré con mucho asombro apenas hace un par de días. Casi podía sentir su brillo. Sonreí.

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