FINAL DEL JUEGO. Juan José Feijoo-Osorio

Abrió los ojos e intentó entender por que estaba ahí. Las imágenes eran confusas y borrosas, se sentía adormilada y muy cansada. Estaba en un hospital, las enfermeras estaban muy activas preparando sueros, inyectando medicaciones.

Su cerebro lentamente daba forma a los recuerdos. Sus manos y brazos hinchados y torpes se apoyaron sobre su abdomen y con pánico lo percibió plano. Estaba embarazada, sus recuerdos volvían, pero no lograba organizarlos. ¿Dónde estaba ese niño que tenia en su vientre? Estaba muy cansada. No podía mantenerse despierta. ¿Qué le estaban inyectando?

El verano había pasado, Inés y Santiago estaban contentos. La suya no fue una relación fácil. Ambos tenían carreras y actividades que eran difíciles de compatibilizar. Es más casi podría decirse imposible. La política crece a golpe de codos y tiene su precio, sus compañeros de ruta estaban dispuestos a cobrarse el botín y la venganza por una decisión como la suya. Abandonar el barco en esos ámbitos tiene su precio y no suele ser aceptado.

A nivel personal peor aún, Inés con su historia que era una suma de historietas desafortunadas, con su imagen de niña buena pero que guardaba una gran sorpresa al rascar un poco. Santiago imagen viva de su clase y su generación, su prepotencia y sus muchas argucias y pocos escrúpulos que le auparon, a precio de oro del bueno, a las más altas esferas. Cuantas cosas tuvieron que pasar, cuantos heridos quedaron en el arcén. Bueno, al final el arcén era parte de una historia familiar un tanto turbia.

Todo cambió ese verano. Al principio parecía una más de las historias que jalonarían el ascenso. ¿Ascenso a donde?  ¿Para que? Era la pregunta recurrente que Santiago se hacía desde hace un tiempo. Fue un verano en el que pareció que las cosas empezaban a encajar. Comenzaron a sentir cosas que les hacía percibirse distintos, aunque les atemorizaban. Y mucho.

Se sucedían los días, muchas veces dudando de lo que hacían, pero pese a todo la relación fue consolidándose y el entorno inició las hostilidades ya sin esconderse. Fue duro. Familiares, parejas despechadas de todo pelaje, con y sin razones, políticos sin escrúpulos (alguna excepción hay todo sea dicho) el fuego arreciaba, pero el corazón empezó a ganar la partida. En esa casa de la costa vasca en la que se refugiaban, hablaban y no podían creer lo que estaba sucediendo y, sobre todo, que ellos lo estuviesen haciendo. Pero la conexión era cada vez mayor. A las dudas sobre si seguir adelante o no las desplazaba la necesidad imperiosa, casi patológica y obsesiva de estar juntos.

El tiempo pasaba, nos fuimos habituando a verlos menos y siempre juntos. Los comentarios malintencionados de la jauría de políticos, compañeros de partido, parejas despechadas, prensa carroñera, seguían ahí, pero para sorpresa de Inés y Santiago todo empezó a pasar a un segundo plano y el camino era ahora muy diferente. De escenarios posibles, planes A B y C, y puñaladas varias, pasaban a valorar y valorarse cosas impensables. Ni ellos terminaban de aceptarlo. Dejaron de leer muchas de las notas de la prensa afín y opositora, los mensajes e incluso, en un signo evidente de salud psicológica, empezaron a sentir nauseas por lo que habían dejado atrás.

Pasó agosto y Madrid los esperaba en septiembre. Se mudaron juntos a un piso lejos de su barrio, en el que los dos vivieron tanto tiempo. Fueron a un sitio donde la gente aún compraba el pan por la mañana y se saludaba por el nombre. Fue el punto de inflexión definitivo. Tanto para la tribu de Inés como para la de Santiago, fue el signo de la deserción definitiva. Y habiendo abandonado la contienda, dejando de ser rentables para los periodistas, fueron desapareciendo de la escena.

No habían terminado de serenarse las aguas cuando, en una tarde otoñal en un bar de Malasaña, Inés comenta que está embarazada. La reacción de Santiago es previsible. Orgulloso futuro padre, confundido aún con tantos cambios en su vida. La semana pasada en una larga cena Pablo había intentado convencerle para que volviese a su antigua posición, eso queda ahora atrás.

Los meses siguientes son de felicidad absoluta. Una nueva vida presente tranquila al lado de la persona que quiere y un futuro que organizar, el de su nuevo hijo. Su aislamiento social es total, pero disfrutan el uno del otro y viven todas estas novedades al máximo.

Llega el invierno y el frío. Los días se vuelven largos y oscuros. Todo parecía sonreír… Solo alguna nube aparecía en el camino. Fue en una revisión rutinaria que el ginecólogo le detectó   hipertensión y le comentó a Inés que su aorta estaba algo dilatada. No había que realizar demasiados cambios en su vida habitual, pero si quizá moderar su actividad.

Así discurrían los días y nada hacía prever que, en febrero, cuando aún faltaban un par de meses para el parto Inés comenzó una tarde a encontrarse mal. Al principio era solo una sensación rara difícil de describir. Estaban sentados leyendo en el salón. Empezó a inquietarla el hecho de que no mejoraba. Al vértigo se sumó un dolor extraño en el pecho que se hacía cada vez más intenso. Lo comentó a Santiago y nada auguraba nada más que un contratiempo pasajero pero los síntomas avanzaron rápidamente y le pidió que llamase al médico. Santiago confuso, aturdido por la situación llamó a la ambulancia. Los minutos parecían siglos, Inés empeoraba minuto a minuto, estaba adormilada y el dolor era muy intenso. Sentada en el sofá a duras penas mantenía una supuesta calma. Los minutos parecían horas. Cuando llegaron al fin al hospital Inés estaba al borde de un colapso.

En esa cama de ese lugar desconocido Inés se esforzaba por recordar… Sus últimas imágenes eran de mucha gente a su alrededor que decía cosas que no comprendía en absoluto. Como podría comprender si tenía la sensación de flotar. Y ese dolor que la traspasaba… aneurisma de aorta le había parecido escuchar.  Santiago se iba alejando de su vista y le pareció recordar su rostro compungido. La llevaban de prisa a un sitio extrañamente grande y frío. Escucha sin entender lo que le dicen, piensa en su vientre, en ese niño que lleva dentro.

De repente la oscuridad. Una sensación de paz y bienestar. Todo ha quedado atrás. Santiago está fuera, muy nervioso y escucha que el médico le dice que la aorta de Inés se ha roto. Escucha que su vida y la del niño corren peligro. Pero si hace un momento estábamos leyendo en el sofá…  Al cirujano le urge ir a ocuparse del caso, le comenta que intentarán sacar el niño y después habrá que operar a Inés a ‘corazón abierto’ para reparar ese aneurisma. Que el riesgo es muy alto, muchos detalles técnicos que no entiende. ¿’Corazón abierto’? ¿Como podría entender algo si su mundo se ha derrumbado en un minuto?

Ansioso, solo, está sentado en una sala tan impersonal como la de todos los hospitales. En un momento todas las piezas del puzle que encajaban habían volado por los aires. Su vida entera pasaba por su mente, su relación con Inés, ese hijo que aun no conocía. ¿Llegaría a conocerlo? Parecía que extrañamente todo volvía a la casilla de salida y ya no quedaba nada.  El miedo lo atenazaba. No se podía mantener sentado, iba y venía por los pasillos asépticos, sin saber por que ni a donde. No sabía que hacer. Debía avisar a su familia, a la familia de Inés, a los escasos amigos que aún compartían su camino. No tenía fuerzas de levantarse y menos aún de explicar nada. ¿No habrá alguien que mejore el sitio donde uno espera en un hospital? Todos iguales. El tiempo parecía no pasar más.

Pasaba gente que no sabía, no podía o no quería informar nada. Después de un rato el médico le hace pasar a otra sala, aún más impersonal y triste que la anterior, aunque más pequeña, y le dice que el niño ha nacido sano y que lo tienen en Neonatología. Que hay que controlar su evolución y ya le llamarán para que pueda verlo. ¿Inés? Un sudor frío corre por su frente. El médico le dice que está estable pero que ahora comenzará esa cirugía tan seria. Que puede durar varias horas, que el riesgo es muy alto. Lo deja solo allí y se va rumbo al quirófano.

Estable… ¿que quieren decir con esa palabra?  Estable. Siempre la misma jerga médica, incomprensible y vacía de significado. Está nervioso y cada vez le resulta más difícil controlarse. El tiempo parece haberse detenido. Cierra sus ojos y las imágenes del verano en la costa llenan su cabeza. Pasan por su mente tantas cosas que piensa que en un instante pueden transformarse en nada. Proyectos, ilusiones… en un minuto, nada. Que vulnerables somos…

Poco a poco la realidad va llegando al cerebro de Inés. Se percibe hinchada, confusa, pero empieza a recordar. Está en la UCI. Con decenas de cables a su alrededor. Mueve con mucha dificultad la cabeza y percibe el rostro de Santiago que, sentado a su lado, le coge la mano. Con mucha dificultad un hilo de voz sale de su boca. ¿Y el niño? ¿Como está? Santiago aprieta su mano con fuerza y la mira. Con horror percibe que la mano de Inés va perdiendo fuerza, que yace sin vida entre sus manos y al unísono todos los aparatos a los que estaba conectada empiezan a pitar. Varios médicos y enfermeras vociferan diciendo cosas que no entiende.

Solo, más solo que nunca, confuso, vuelve a esa sala impersonal, aséptica… Camina ansioso sin poder sentarse. Todos sus proyectos en unas horas se han desmoronado. Como en un sueño ve acercarse a su familia y algún compañero de partido. Levanta la cabeza y ve, como envuelta en una bruma, toda su vida pasada… ¿Es el final del juego? ¿Ha sido todo este tiempo una ilusión? Se sienta, casi podría decirse se desploma sobre una silla, las manos en la cara, abatido.

Pasan unos minutos. La puerta se abre y el médico se acerca. Mira a Santiago que aún permanece con la mirada fija y vacía en el suelo y parece no reaccionar.  Poniendo la mano en su hombro lo mira a los ojos y le dice que no se preocupe. Fue solo un susto. Habrá que esperar, pero Inés está mejor y en unos minutos podrá pasar a verla. Santiago lo mira, con expresión cansada, le agradece y lentamente se dirige a la puerta.

Un pensamiento en \"FINAL DEL JUEGO. Juan José Feijoo-Osorio\"

  1. Buenos días Juan José , me ha gustado mucho tu escrito, está reflejada la vida con sus cambios y dificultades, el miedo a perder a un ser amado y a un hijo recién nacido, creas sentímientos de tensión, emoción , miedo, angustia, duda….todo lo que pasa por la mente en situaciones difíciles y límites .¡Felicidades!
    Espero poder seguir leyéndote
    Un abrazo

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