FLORES PARA LIS. Virginia García García

Hoy sería un día perfecto; Melissa así lo había decidido mientras tomaba una infusión que llevaba su nombre.

Melissa es una chica distinta a las demás, o así se lo han hecho creer desde su infancia. Cuando nació no lloró: la matrona se asustó pensando que estaba muerta y su madre, que sabía de milagros, le dijo:

—Mírala, solo está observando lo que la rodea.

Melissa sabía del mundo antes de nacer, desde pequeña contaba historias de otras vidas que, a ojos de los demás, eran pura charlatanería; sin embargo Lis, su amiga del alma, sabía que  hablaba de cosas reales y no fantaseaba.

Vivían en la misma calle, cada una en una punta, la calle era tan larga como el pueblo; y el pueblo era grande, no creas, y la calle larga, muy larga.

Se conocieron por causalidad que no por casualidad, contaba, orgullosa, Melissa: “A mitad entre dos mundos, que eran su casa y la mía”.

 

El jueves, 12 de enero de 2012, era el cumpleaños de Lis. Doce preciosos años como le decía, muy rimbombante, su madre. La madre de Lis siempre fue rimbombante, desde lo que hablaba hasta lo que la rodeaba, el nombre de su hija también lo era: decía que se lo había puesto porque existía una planta misteriosa “la flor más bella de Lis” y que significaba “aquella a la que Dios ha ayudado”.

Cuando su madre le contaba esas cosas, Lis deseaba que sus designios se cumplieran; al menos, en lo tocante a ser la flor más bella. Pensando estas y otras cosas banales se dirigió al mercadillo: una calle con unos cuantos vendedores ambulantes en puestos desordenados. Tenían de todo, desde bragas hasta manteles de cocina, pasando por los variantes, frutas, ropa y un sinfín de baratijas.

Sobre un plástico en el suelo, una mujer oronda vendía flores en macetas. Lis quería comprar melisa, para plantarla en su jardín, pues tenía intenso aroma a limón, y además había leído que poseía cualidades medicinales, una de ellas le interesaba especialmente: su poder relajante era útil contra el insomnio. Sí, a sus doce años le costaba dormir.

Esto le contaba a la mujer, que también tenía redonda la voz, cuando escuchó a sus espaldas una voz suave que le dijo:

—Ese tiesto tenía que ser para mí. Hola, soy Melissa.

Lis se giró para ver a una niña, más o menos de su estatura que la miraba con ojos sonrientes. Lis le devolvió la sonrisa, hechizada por sus ojos verdes. Con los años comprobaría no pocas veces que Melissa atraía a los demás, simplemente con mirarlos. Embobada, Lis contestó:

—Claro, melisa para Melissa. Yo soy Lis.

—Pues también eres una planta —dijo Melissa.

La vendedora rió y las niñas también. A partir de ese día reirían muchas veces. Otras tantas llorarían, bueno, la verdad es que sólo Lis lloraba. Melissa decía que era tan afortunada que el cielo no le había dado lágrimas.

 

Miércoles, 3 de febrero de 2016. Han pasado cuatro años, Melissa y Lis son como un imán: dos polos opuestos destinados a atraerse. La personalidad de una completa la otra para hacer de ellas la unión perfecta. Dos fuerzas contrarias que se complementan; un vínculo que tantas personas han deseado tener a lo largo de la historia.

Ese día Bruno había llegado a sus vidas para desordenar su mundo perfecto. Lo que Bruno desconocía era que no se puede separar el día de la noche, el yin del yang.

Pero él jugaba bien sus cartas y a ellas les divertía. Con dieciséis años la decisión es simple: resuelven seguirle la corriente sin más.

Era guapo, encantador y flirteaba con las dos descaradamente; tenía todos los ingredientes para hacer un guiso o un desaguisado, “eso está por verse”, hablaban entre ellas, que creían tener la sartén por el mango.

Compartían todo, hasta su primer amor.

 

Sábado, 1 de marzo de 2017. Un año después el triángulo amoroso se divide finalmente en dos más una. Lis abandona sin sensación de derrota: llegó a la conclusión de que Bruno no despertaba en ella más interés que el del propio juego. La chispa que hubo al principio era tan solo el deslumbramiento inicial, la farola que confundes con el sol.

Melissa, la hechicera, sin embargo, resultó embrujada esta vez. Bruno aún le intrigaba y quería conocerlo más a fondo.

Roto el trío, se acabó la magia. El péndulo quedó suspendido en el centro.

 

Martes, 2 de enero de 2018. Durante el año recién acabado Melissa se ha especializado con matrícula de honor en Fitoterapia, la ciencia que estudia las plantas medicinales. Para ella es fácil, forman parte de su esencia.

Lis a su vez, inicia la carrera de Filología inglesa. Tiene deseos de viajar y además le gusta la enseñanza.

Los polos opuestos se separan un poco más para coger otros rumbos, explorar nuevos mundos y mezclarse con ellos.

Aun así, no se puede dividir lo inseparable. Hay lazos invisibles que desprenden sus auras para unirse quizá durante la hora del sueño, en vidas paralelas, en los anhelos del alma.

Hace tiempo que Lis está preocupada por Melissa; no se deja ver, dice que está volcada en los exámenes finales pero la verdad es que su distanciamiento tiene nombre: Bruno. Lis piensa que él se ha convertido en un ser invasivo, celoso de la relación entre ambas, lo ha demostrado más de una vez. Está obsesionado con ella, pero Melissa no lo ve, o no lo manifiesta abiertamente. Los ojos verdes ya no sonríen. Nada es como antes.

 

El martes 21 de enero de 2021 por la mañana Melissa piensa en Lis mientras marca su número de teléfono:

—Ven a casa por la tarde, tomaremos un té —le dice. El tono de su voz revelaba cierta inquietud.

Lis intuía que su amiga tenía algo que contarle, ¿tendría que ver con Bruno? La última vez que hablaron le dejó caer que había problemas entre ellos. La voz de Melissa sonaba cansada, como cuando llevas mucho tiempo una mochila a cuestas.

La tarde se veía lejos, Lis observaba las manecillas de su reloj de pulsera con nerviosismo. ¿Acaso los minutos corrían más lento de lo habitual?

Tenía un cosquilleo molesto en el estómago. Sin pensarlo dos veces, fue a casa de su amiga. “Seguro que está preparando el trabajo de fin de grado y Bruno está en la universidad”, pensó mientras arrancaba el coche.

La puerta está abierta, huele a naranjas y anís. Lis entra a la cocina y ve la mesa dispuesta. Sonríe al pensar en la clarividencia de Melissa, habrá previsto que adelantaría mi visita. Oye el ruido de la ducha en el baño y su canción favorita: Natural woman, de Aretha Franklin.

Mientras espera, prepara un té. Le duele la cabeza y piensa que necesita dormir.

En ese momento cae en la cuenta de un remedio casero que prepara Melissa. Un brebaje mágico para todos los males. Conoce bien el frasquito de cristal marrón con una pegatina que lee: “Bébeme”.

Melissa en el país de las maravillaspiensa Lis y sonríe.

Echa unas gotitas en la infusión, coge la taza y se asoma a la ventana del jardín, el recipiente le calienta ambas manos; da un sorbo largo, “está demasiado amargo, le falta una cucharadita de miel”, piensa. Inmediatamente, un fuerte espasmo en el estómago le dobla las rodillas, la taza de porcelana azul cae al suelo y se hace añicos. Todo empieza a estar borroso pero alcanza a ver a Melissa, que la mira, primero con sorpresa y después con horror.

—Ven por la tarde, te dije. Cariño, esto no era para ti. ¡Era para Bruno, para Bruno, para Bruno maldita sea! —grita Melissa y Lis la escucha lejos. Por sus mejillas ruedan montones de lágrimas.

Lis alcanza a secarlas con una mano:

—Estás llorando —logra balbucear.

No hubo tiempo para despedidas. Como un vendaval el yin arrasó el yang y lo atropelló sin querer. Se miraron y comprendieron, como cuando supieron que se conocían antes de conocerse. Eran almas gemelas que se buscaban para completarse, si no en esta vida, en la venidera.

Virginia García

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