GUS Y PACO SE DIVIERTEN UN RATO. Elvira Domenech.

Gustavo hacía todo tipo de ruidos cuando se aburría o se ponía nervioso, o simplemente cuando quería demostrar su presencia:¡ cruscik, rass, clic, pataclán!
-¿Cuándo te vas a callar?- le suplicaban, impacientes, los otros niños.
-¡ Kiskrac, cotocloc, rrrrrrrrr! pero Gus seguía peleando con las onomatopeyas mientras los demás hacían un esfuerzo sobrehumano por entender lo que aquel niño de ojos de avellana intentaba decir.
El pequeño cerraba los ojos, y…¡Kras, clic, grrrrr!
-¡Aquí no se puede hacer ruido!- replicaba la bibliotecaria de brazos cansados y voz de hiel cuando invitaba a Gus a abandonar la sala. Lo mismo sucedía en el cine, en las aulas, e incluso en las exposiciones de pintura donde la abuela Patri exponía unos cuadros maravillosos que hipnotizaban al pequeño.
Su abuela, que era la más moderna de todas las abuelas, aceptaba sin condiciones los «ruiditos» de su nieto. Ella creía que aquellos sonidos eran muy creativos, y lo que es más,» diferentes».
-¡Ser igual que los demás es muy aburrido!- le susurraba la señora Patri mientras le contaba la historia de sus cuadros, que también eran distintos. Sin embargo, no todos pensaban como la maravillosa abuela, y por eso, Gus no tenía amigos.
¡Miauuuuuu! le chilló Gustavo a un gato gris y peludo que paseaba erguido por el bordillo de la estrecha acera.
-¿Es a mí?- respondió el gato con una voz serena y grave.
A Gus no pareció importarle el «pequeño» detalle de que aquel cerúleo gato le respondiese con un castellano perfecto. Él nunca subestimaba las posibilidades de los demás. Además, ¡allá cada cual con su lenguaje!, pensaba el niño, mientras se le acercaba el extrovertido minino.
Paco, que así se llamaba el gato, empezó a explicarle a su nuevo amigo el origen de su nombre, tan castizo. Se lo había puesto su antigua dueña, una mujer de espaldas anchas que estaba obsesionada con el peso, y le daba, para cenar, paradójicamente, unos sabrosísimos «perritos calientes» al mismo tiempo que lo achuchaba y le decía que estaba más gordo que un mantecado de Navidad. Paco, que se preocupaba mucho por su salud, tuvo que abandonar a aquella triste cocinera cuando le subió el colesterol y las salchichas eran cada vez más industriales. Además, quería buscar un hogar que estuviese cerca de una biblioteca, su rincón preferido, o de las salas de cine, pues amaba los libros y el séptimo arte.
Gus recibió encantado esta noticia. Él vivía en el centro y quería un amigo. No le avergonzaba que fuese un gato y menos un gato erudito licenciado en física cuántica, ¡qué más daba!, y le acarició suavemente mientras los dos se prometían una eterna amistad.
Los días fueron pasando. Algo había cambiado en la vida de Gustavo. Aunque el niño seguía utilizando las onomatopeyas, ya no lo hacía por llamar la atención ni por ser el centro del Universo, simplemente, como le repetía su abuela, porque era» especial».
Paco enseñó a Gus secretos que desvelaban los libros. Su tacto, los olores que expanden sus páginas, y además le explicaba la resolución de los problemas de matemáticas como si se tratase de un cuento mágico. El pequeño aprendía constantemente, y su ilusión crecía a medida que pasaban los días.
Los otros niños notaron algo extraño en Gus. Poco a poco, se le acercaban para ver en qué podía consistir aquel cambio, pero no conseguían adivinarlo. Tan solo observaban que las notas de Gustavo habían pasado de ser mediocres a excelentes, y, a lo mejor, sólo a lo mejor, no era tan malo ser «diferente».
Los días transcurrían en perfecta armonía, sin embargo, el sabio felino no dejaba de idear un plan para que Gustavo tuviese amigos. ¡Celebrarían una fiesta de ruidos!, resolvió al fin.
-¡Fiuuuuuuuuu!- gritó Gus, más que contento.
¡Sería divertido! Cada niño iría disfrazado de un objeto, y para entrar en la fiesta, deberían hacer el ruido de su disfraz.
Los dos amigos se pusieron manos a la obra. Alquilaron un enorme local, con luces de colores y megafonía, pegaron carteles, para que todos los niños del barrio se diesen por enterados y empezaron a hacerse un disfraz original, aunque ambos ya lo eran.
Gus se vistió de cohete. ¡Era fácil hacer el sonido de aquel objeto volador por el espacio. ¡Chhhissssss!
Paco eligió el disfraz de diccionario. El ruido que hacía al pasar, rápido sus hojas, le emocionaba.¡Rrrrrrrrr!
-¡Qué reconfortante es hacer sonreír a un niño!- pensó Paco, mientras miraba a Gus que brincaba de alegría.
Y llegó el gran día. Una fila de niños equipados con los trajes más variopintos y engalanados para la ocasión, esperaban el turno para entrar.
-¡Porrón, pon, pon !- Redobló el niño- tambor.
-¡Riá, tá, tá!- Repiquetearon las chicas- castañuelas.
-¡Brrrrrrummmmmm!- Rugió, intenso el súper bólido, entrando a gran velocidad. Era Nico, el cabecilla de 4º B. Siempre se había burlado de Gus, y ahora, sorprendido y alucinado, se vio haciendo lo mismo que él.
-¡Vaya!- dijo. Y entendió que no había nada de malo en hacer ruido. Al contrario, era divertidísimo.
La fiesta se sucedió sin incidentes graves. Solo se le rompió el disfraz a Teresa, la víbora, que pendiente de hacer: ¡Sssssssssss!, se enganchó con el pomo de la puerta de entrada. Por lo demás, ¡fue una fiesta inolvidable!
A la mañana siguiente, los compañeros de Gus lo esperaban en la cancela para darle la bienvenida. ¡Era su particular forma de pedir perdón!, y cuando el niño dobló la esquina le aclamaron con los ruidos más ensordecedores, y los más dulces también. Eran vítores de amistad. Gustavo se sintió feliz y se unió a aquel sinfín de sonidos, maravillado y encantado.
Desde la acera de enfrente, el ilustrado gato observaba la escena emocionado. Sin que nadie se diese cuenta se apresuró a abandonar la calle. Le quedaban unas cuantas páginas para terminar el libro «La isla del tesoro», y muchas aventuras por vivir. Además le había echado el ojo a una linda gata que se movía por las puertas de la biblioteca. ¡Era su día de suerte!
EL DENTISTA DEL REVÉS
Después de que Pablo asistiese al dentista por primera vez, ya nada fue igual. El sudor le resbalaba a raudales mientras Dionisio, el odontólogo, le abría la boca y metía dentro su nariz de médico, para comprobar si Pablo cumplía, a rajatabla, las normas de la dentiatría.
-Pablito, no te lavas los dientes por la noche, y comes demasiadas golosinas- dijo el señor Dionisio sin preguntar, mostrando categóricamente la prueba tan fehaciente que ponía de manifiesto el descuido de Pablo, y por ende, sus incipientes caries.
Pablo, con la boca abierta y con un fórceps en ella que se empeñaba en sisarle la muela, sólo pudo decir ¡ayyyyyy! cuando aquel gigantesco diente salió volando hasta llegar a manos de Lucas, el hermano pequeño de Pablo, que lo cazó al vuelo.
-¡Muy bien!- le dijo el dentista al pequeño Lucas mientras le guiñaba un ojo.
-¡Ahhhh! ¡Ayyyy!- chillaba Pablo de regreso a casa.
-¡Ya te he dicho mil veces que no mastiques tantos chicles de melón y que no engullas tantas nubes ni palos de regaliz!- le recordó su madre, aunque Pablo no estaba para regañinas ni para discusiones y seguía gritando: ¡ayyyyyyy!
Unos letreros luminosos que brillaban al otro lado de la calle, le sugirieron a Pablito que todavía podía hacer algo, si se daba prisa. Leyó con avidez el cartel que decía así: «Hipnosis sin fianza para labrar tu venganza»
Pablo no entendió muy bien, sin embargo, la palabra venganza le había ampliado la posibilidad de desafiar a aquel ayudante del ratón Pérez que le había dejado el moflete como una pera madura.¡Ahora o nunca!, pensó, y empezó a idear su plan.
El hipnotizador «Goyo, ojos de pollo» parecía buena persona. Es verdad que sus ojos eran redondos y amarillos, muy amarillos, pero dejando atrás ese matiz, el diplomado en «Ciencias Ocultas» tenía una afable sonrisa y una voz…cómo decirlo, una voz de lechuza inquieta que daba más risa que miedo.
– Querido niño, sé que quieresssss venganzzzzza- dijo Goyo con unas eses y zetas que se escapaban libremente de su boca para ocupar toda la estancia. -Pero, debes saber que mi trabajo nunca es mordazzzzzzz, y que nunca causo daño a terceras personasssss- siguió diciendo el mago.
Pablo sintió un gran alivio, pues él no quería un contraataque peligroso, sólo quería un cambio de opinión de aquel dentista tan estricto que le obligaba a lavarse los dientes tres veces al día.
-¡Estupendo!- dijo Pablo más tranquilo, y le empezó a contar, todavía con el pómulo amoratado, el motivo de su visita.
El profesional de zetas alveolares y eses inagotables escuchó estoicamente a Pablo, mientras éste le relataba, emocionado, sus grandes ideas.
-¡De acuerdo!- dijo Goyo, después del fervoroso discurso.- Visitaré al dentista Dionissssio.
Y Pablo aplaudió fervorosamente, lleno de esperanza, y por qué no, repleto también de victoria.
Con el primer rayo de sol, Goyo se dirigió a la consulta de aquel dentista para ver si podía disuadirle de su empeño de masticar trozos de fruta en vez de golosinas. A él también le gustaba consumir montañas de azúcar y pensó en ayudar a Pablo para quitarse de encima el remordimiento que le perseguía después de devorar generosos bollos rellenos de chocolate, a doble carrillo.
Ya en la clínica, Goyo observó resignado que no podría convencer al profesional de los dientes sin una «ayudita mágica», así que lo miró fijamente mientras le susurraba al oído:
» Dionisio, no hables más de dientesssss, y si lo haces, un poco miente.
Di a los niños que gominolasssss y pastillas juanolas guarden en su boca
regalizzzzzzz mucha, y manzana y pera, poca,
que miles de golosinas lleven en su cesta, y así todos los días serán una fiessssta»
Mientras decía estas palabras, el brujo tuvo el impulso de convertir a Dionisio en algún animal que se le ocurriese, siempre le gustaba ver cómo sus pacientes cacareaban o ladraban fuerte, pero en este caso consideró que era innecesario, pues ya sería mucho si el dentista cumplía sus órdenes, sin rechistar.
-Las chuches son excelentes, exquisitasss…Goyo repetía estas palabras, entrando en bucle, para que Dionisio las retuviese en su inteligente cabecita, y mientras, los ojos del dentista se convertían en espirales que daban vueltas sin cesar.
-Chuches buenas, buenísimas- repetía Dionisio.
En ese instante, Goyo dio unos toques, al aire, con el dedo, y Dionisio despertó volviendo del más allá, sin saber muy bien, qué había pasado.
-Cómase unos ositos de chocolate, unos palos de regaliz, y vuelva el mes que viene- dijo el dentista, despidiendo al hipnotizador amablemente.
¡El plan está saliendo viento en popa!- dijo Goyo saliendo de aquel ambulatorio que olía a desinfectante.
-¡Bien!- y dio unos pasos en el aire, asegurándose de que nadie le había visto.
Efectivamente, la sesión de hipnosis había dado resultado. Dionisio visitó los colegios para desdecir lo que antes había dicho, vamos, el famoso: «donde dije digo digo Diego».
Ante la estupefacción de padres y profesores, el dentista dio «carta blanca» para que todos los niños, bebés y adolescentes comiesen «hasta el infinito y más allá» toda clase de golosinas.
-¿Quéeeee?- gritó la madre de Pablo, desconcertada.Y así todas las madres y padres, maestros y maestras abrían la boca, asombrados, sin entender la extraña situación.
-¡Viva, viva!- chillaron los niños rompiendo sus huchas y corriendo para hacer cola en los quioscos y tiendas de barrio.
– Yo quiero sobres de pica-pica y chupachups de fresa, ¡por favor!- pidió Pablo.
– Yo, gominolas de todos los colores- dijo su hermano Lucas mientras se abalanzaba divertido hacia el mostrador.
Entre bombones y caramelos, los adultos no daban crédito a todo lo que veían. Aquellas manifestaciones «pro chuches» que convocaba el dentista con pancartas apoteósicas intimidaron a los más sensatos y animaban a los inconscientes para que devorasen muchas, pero que muchas, golosinas.
Y así pasaban los días, envueltos en nubes y en discos de regaliz, hasta que unas cuantas gominolas más tarde, Pablo advirtió que todos sus amigos tenían los dientes negros, y lo que era peor, habían ganado peso, y digo peor, porque este pequeño detalle no le pasó inadvertido al profesor de Educación Física que preparó un planning idóneo para que sus alumnos trabajasen esos michelines desbocados.
– Uno, dos. ¡Vamos!- gritaba José,el profe, más conocido como Rambo.
-¡ Diez flexiones, Pablo! – dijo animado.
– ¡Tú, diez más, Miguel!- Y Rambo soplaba un pito anacrónico para dar ritmo a aquellas temidas abdominales.
-¡Oh! No puedo más- dijo Elena con su espasmódica sacudida de hombros habitual.
-¡Este hombre quiere matarnos! replicó Carlos cuando saltaba el potro, con dudosa agilidad.
¡Vaya! Pablo empezó a dudar sobre si su visita a «Goyo, ojos de pollo» había tenido el efecto deseado, y ´tras muchas flexiones más y después de dialogar con su «pepito grillo» particular, Pablo decidió volver a la consulta del hechicero, para intercambiar opiniones.¡Si todavía era posible!
La puerta se abrió silenciosa cuando Pablo todavía no había llamado. ¡Fissshhhss! Ojos de pollo le estaba esperando sentado en una especie de trono con mucho «brilli, brilli» y envuelto en una capa transparente que debía de dar mucho calor, porque a Goyo le sudaba el bigote y las gotas corrían por sus mejillas adelantándose unas a otras, a ver cuál de ellas llegaba antes al suelo.
Pablo advirtió que a Goyo le faltaban dos dientes,los incisivos superiores,y que también había ganado algunos kilitos. La verdad es que no había sido una buena idea intentar camelar al dentista para que cumpliese los designios de unos niños caprichosos.¡O esto terminaba, o estarían todos enfermos y sin dientes!
-¡Admirable! Tu remordimiento es admirable- dijo el mago.
¡Vaya! Ahora también le leía el pensamiento.Y para que el brujo de encías separadas y zetas voladoras no siguiera adivinando lo que iba a decir, Pablo empezó a hablar.
-¡Perdón!-dijo.
– No es tan fácil cambiar las cosasss. señorito- soltó, así de seguro, el mago.
– ¿Qué debo hacer?- suplicó Pablo.
– Debes superar «la prueba del perdón» si quieres romper el hechizzzzzo, y ya te adelanto que no te va a resultar fácil.
-¿ La prueba del perdón?- repetía Pablo, sin estar seguro de querer saber a qué se estaba refiriendo el hombre de ojos amarillos, ese hombre que le había parecido benévolo e inocente.
– Se trata, más bien, del pozo del perdón- siguió explicando el brujo.
– ¿ Pozo? ¿Perdón?- preguntaba Pablo sin querer tentar a la suerte, tímido y angustiado.
Entonces Goyo procedió a explicar el antídoto para aquel hechizo que había salido del revés:
– Existe un pozo llamado «el pozo del perdón». A él van a parar infinidad de prendas de incalculable valor, con el fin de que todo vuelva a su estado normal. Una vez que la prenda elegida llega al fondo del pozzzzo, el hechizo se rompe para siempre.
-¡Ah, bueno! Eso era fácil- pensó Pablo.
-Sin embargo…¡No todo es tan fácil!- dijo Goyo, adivinando de nuevo los pensamientos de aquel niño asustado. Debes enviar al fondo del pozo algo que sea muy valioso. ¡Tu mayor tesoro!
La cabeza de Pablo atrajo, rápidamente, lo más valioso de su vida: su hermano Lucas. Sin embargo, aquel brujo no había hablado, por suerte, de personas, y Pablito borró muy rápido esa imagen de su cabeza, por si las moscas…
Pablo siguió pensando y lo más valioso, después de Lucas, era una medalla que le había dejado su abuelo antes de morir. El abuelo Pedro le había dicho que esa medalla le ayudaría en los momentos difíciles, y, ¡vaya momento tan duro estaba atravesando ahora!
– Ya lo tengo- dijo Pablo. Y con todo el dolor de su corazón, sacó la medalla del bolsillo.
De repente, una luz cegadora invadió la sala y Pablo se frotó los ojos cuando un pozo de piedra enorme irrumpió en la habitación. Sin duda, era el pozo mágico. El pozo del perdón.
Pablo se asomó con recelo, y comprobó que el pozo del perdón era, más bien, un agujero negro que no dejaba ni imaginar el fondo, si es que había fondo. No quería desprenderse de la medalla de su abuelo, su único recuerdo, y enviarla a ese oscuro vacío era perderla para siempre.
-Un trato es un trato- dijo Goyo, y Pablo supo que era el único remedio para que todo volviese a la normalidad. Él había metido la pata y era él quien tenía que solucionar aquel «sin sentido». Las golosinas estaban invadiendo el pueblo, las casas, las mentes de los niños… y todo había sido por su culpa.
-¡Allá va!- y tiró la medalla sin mirar para que no saliesen los recuerdos, aunque aquello fue imposible. Los juegos, los paseos con su abuelo, las charlas y los domingos de cine empezaron a pasar por sus ojos que ya estaban llenos de lágrimas. Su tesoro más preciado había desaparecido y eso no se lo perdonaría nunca.
-Adiós…- dijo, y salió de aquel lugar para no volver jamás.
Después de aquella pesadilla, Pablo paseó por las calles del pueblo mientras observaba aliviado que los carteles de «Come golosinas» que Dionisio había puesto en las puertas de los colegios habían desaparecido.Atravesó la plaza y los niños comían, de nuevo, los sabrosos bocatas que Pablo tanto echaba de menos, y la gente ya no corría enloquecida para hacer cola en las tiendas de golosinas ni se empujaban por
conseguir el último caramelo. Aun así, Pablo estaba triste. El recuerdo de su abuelo y la pérdida de la medalla se le hacían insoportables.
-Pablo, lávate los dientes- dijo su madre.
-Sí mamá- dijo Pablo,sin rechistar.
Ya en la cama, Pablo se dio cuenta de que había aprendido algunas cosas importantes, incluso había aprendido a confiar en el mundo de los adultos, que no parecía tan malo, al fin y al cabo. Pablo apagó la luz y vio que debajo de su almohada algo brillaba. Metió su cabeza debajo de ella, y vio que allí estaba la medalla de su abuelo. No pudo reprimir una sonrisa de felicidad mientras se aferraba a aquel recuerdo del pasado. Al parecer, Goyo también le había hablado de recuerdos futuros, pero eso todavía él no lo entendía muy bien. Cogió la medalla y encontró una nota que decía:
«Querido Pablo, tu perdón ha sido sincero, y mis dientesss otra vez están enterosssss
has aprendido la lección y antes que un caramelo ya te comes un salchichón
compra cebollasss y berenjenas y también tendrás verbena
porque el problema has resuelto, yo te devuelvo tu objeto»
Pablo dio las gracias a aquel hipnotizador, que seguramente le estaría escuchando, y se hizo miles de promesas y buenos propósitos. Si los cumplió o no, eso ya no lo sabremos. Lo que sí podemos adivinar, sin equivocarnos, es lo bien que Pablo durmió esa noche, sin reprimendas ni reproches, a pierna suelta y soñando con montañas de… bueno, eso ya es otra historia.

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