HISTORIA DE UNA AMBICIÓN. Julio Pauls

A Alejandro, Alex, como le llamaban todos, nunca le había faltado nada, hijo único de una familia de clase media alta, no tenía más que abrir la boca, que pocas veces mantenía cerrada, para obtener lo que en el momento se le antojara. Quizás fue por eso precisamente por lo que, cuando le llego la edad y el momento de enfrentarse a la realidad de la vida de adulto y comprobar que ni las cosas se consiguen tan fácilmente, ni los demás estaban precisamente ahí para satisfacer sus deseos, decidió que para conseguir sus objetivos, fuesen cuales fuesen, tenía que proceder en consecuencia; es decir, atendiendo a sus intereses  y despreocupándose  de los demás.

Fueron pasando los años y tras mucho trabajo, cierto, pero también habría  quien diría que especialmente por su habilidad para promocionarse y tapar  los méritos de quienes le rodeaban, llegó a ocupar un importante puesto directivo en una empresa de ámbito internacional relacionada con el mundo de los seguros. Subdirector del Departamento Económico-Financiero para Europa era, después de su inmediato superior, el máximo responsable de todo el movimiento de dinero que circulaba en su área, una gran responsabilidad sin duda.

Tenía todo lo que se puede desear, o al menos lo que se supone que cualquiera podría desear; una familia, dos automóviles de gama muy alta, un precioso chalet en una urbanización de lujo como residencia habitual, una casa en la playa y dinero en el banco. Pero quería más.  Sentía que merecía más.

Durante una cena que reunió a directivos de distintas divisiones de su empresa conoció a Germán, que se había incorporado recientemente como director de la División de Seguros Médicos.  Procedía de la sanidad privada, donde había ocupado el puesto de gerente en distintas clínicas de un conocido grupo del sector  que él conocía muy bien y en el que mantenía importantes contactos, además de tener lazos familiares con uno de los miembros más influyentes del Consejo de Administración de la empresa.  Congeniaron de inmediato charlando animadamente durante la cena.  Al despedirse quedaron en verse durante los próximos días para comentar con calma  algunos aspectos relativos a la financiación de la campaña publicitaria para el lanzamiento de un nuevo producto que iban a sacar al mercado, un seguro sanitario que Germán estaba terminando de perfilar.

Un par de semanas más tarde Germán telefoneó a Alex.  Le propuso comer juntos, a lo que aceptó encantado, citándose en uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad; después de todo, pagaba la empresa.

Sin embargo, no fue de  financiación para ninguna campaña publicitaria de lo que hablaron, ni de ningún tema relacionado con la empresa.  Germán tenía una proposición para Alex. A la comida Germán acudió acompañado de otro individuo al que presentó como representante legal de un consorcio noruego  que estaba preparando su implantación en el país. Este  abarcaba varias empresas de distribución farmacéutica, laboratorios de investigación y clínicas. Germán le explicó que dicho consorcio estaba buscando a alguien cualificado para hacerse cargo de la puesta en marcha del proyecto y había pensado en él como el hombre idóneo para ello. Así se lo había dicho a Carlos, el hombre que lo acompañaba,   y viejo conocido suyo.  Carlos tomó la palabra y explicó el proyecto que, a grandes rasgos y para no entrar en detalles que no eran esenciales, consistía en lo siguiente:  la persona elegida ocuparía el puesto de director gerente y se encargaría de representarlos  ante los organismos  e instituciones correspondientes, así mismo,  supervisaría la construcción y puesta en funcionamiento de una clínica allí, en la capital.  Clínica que sería un referente dentro del sector, tanto a nivel tecnológico como médico, pues ya tenían el compromiso de colaboración de reputados especialistas, tanto del país como de fuera de él.  Esto en una primera fase del proyecto.  Naturalmente, tal responsabilidad iría acompañada de los medios  necesarios para el desarrollo de sus funciones.  En cuanto a los emolumentos a percibir, dijo, tendrían los suficientes ceros como para estimular un alto grado de implicación en el proyecto.

La sobremesa se prolongó hasta bien entrada la tarde discutiendo diversos aspectos.  Carlos insistió reiteradamente en la necesidad de guardar una total discreción sobre el asunto.  Si Alex aceptaba y a su vez era aceptado, pasarían un par de meses antes de que el proyecto se hiciera público; mientras tanto, todo habría de desarrollarse en el más absoluto de los secretos.  La discreción es, después de todo, una de las claves del éxito en los negocios y en casi todo, realmente.  Se despidieron con el compromiso de que Alex daría una respuesta en un par de días.

Esa noche  apenas pudo conciliar el sueño.  Aquello era sumamente tentador pero arriesgado, tendría que abandonar la empresa con todo lo que eso significaba, si bien era consciente de que en ella había llegado a lo máximo que podía aspirar.  Los puestos por encima del suyo dependían  del Consejo de Administración y siempre eran para ejecutivos afines a uno u otro de sus componentes  cuando no miembros, directos o indirectos, del círculo familiar.

A la mañana siguiente ya había tomado una decisión, y más por cortesía que porque realmente le interesara su opinión, consultó el tema  con Raquel, su esposa, cuya prevención y escepticismo bastaron para confirmarle en la decisión de lanzarse a aquella aventura.  ¡Después de todo,  que sabría ella del mundo empresarial!

Tras comunicar su decisión a Germán, quien lo felicitó efusivamente, se puso en contacto con Carlos para hacer lo propio.  Este, tras felicitarle también por su decisión, le pidió que le hiciera llegar un “currículo” para enviar a los noruegos.  Le aseguró que podía estar tranquilo, con las referencias de Germán y el informe que él mismo redactaría podía dar por suyo el puesto.

Al cabo de una semana, día más, día menos, que se le hizo interminable, recibió una llamada de Carlos citándolo su despacho donde le dio la noticia tan esperada; el puesto era suyo.  Aquello suponía el pistoletazo de salida, debían empezar lo antes posible una serie de trámites que abarcaban desde la renuncia en su actual empresa a la redacción de las condiciones del contrato que lo ligaría a sus nuevos jefes, pasando por la preparación y firma de distintos documentos legales.  Carlos aconsejó a Alex sobre la conveniencia de hacer algunos arreglos a nivel personal, como poner sus bienes a nombre de su esposa, práctica habitual entre altos ejecutivos y hombres de negocios.  Toda precaución es poca, explicó, cuando uno se embarca en asuntos de gran envergadura como era el caso. Él se encargaría de todo diciéndole en cada momento el paso a dar.  Nuevamente le conminó a mantener el más absoluto de los secretos hasta que todo estuviera firmado.  Le informó, además, de que altos directivos del consorcio visitarían España para reunirse con funcionarios del Ministerio de Sanidad al más alto nivel, momento en que lo presentarían a las autoridades como responsable del proyecto en el país haciéndolo, por fin, público. Igualmente,   le informó de que estaba previsto que, al regreso de los directivos a Oslo, Alex les acompañaría, permaneciendo allí un par de semanas aproximadamente.  Durante ese tiempo, además de ser presentado a los máximos responsables,  recibiría  toda la información necesaria para el cumplimiento de sus funciones, y visitaría las instalaciones que el consorcio   poseía  en varias ciudades noruegas.

Alex, siguiendo en todo momento las indicaciones de Carlos, se despidió de su trabajo, puso todos los bienes a nombre de su mujer y – esto fue iniciativa propia – se compró un automóvil nuevo, un Jaguar espectacular.

Invitó a una comida a Germán y a Carlos para agradecerles el haberle dado aquella oportunidad y para brindar  por el éxito del proyecto.

Y esperó.

Pasaron los días y nadie se ponía en contacto con él.  De la espera satisfecha pasó a cierta inquietud que se negaba a reconocer abiertamente.

No había manera de contactar con Carlos, ni con Germán.  Sus teléfonos comunicaban continuamente o no daban señal. Decidió personarse en el despacho de Carlos, pero allí le esperaba una noticia, cuanto menos, inquietante.  El conserje con galones de almirante de la armada que custodiaba el edificio le informó de que  “Don Carlos” hacía tres días que había dejado el despacho que tenía alquilado.

Con un sentimiento de angustia que empezaba a oprimirle el pecho decidió  visitar a Germán en su despacho con el propósito de averiguar qué sucedía con Carlos.  Allí tampoco encontró motivos de tranquilidad.  Por lo visto, Germán había dejado la empresa hacía dos o tres días y no podían facilitarle más detalles por el tema de la Ley de protección de datos.

Algo empezaba a decirle a gritos dentro de su cabeza que allí había algo que no funcionaba, negros presagios se cernían sobre sus pensamientos, sin entender lo que estaba pasando.

Fue esa misma mañana cuando al regresar a casa totalmente confundido, encontró en lugar bien visible una nota de Raquel que decía:

“Cariño, en la nevera tienes un estofado precocinado para que lo calientes en el microondas.  Gracias por haberme cedido todo, he pensado poner a la venta el chalet, por lo que te agradeceré que te mudes lo antes posible para cambiar las cerraduras.  Me he ido con los niños a  la casa que mis padres tienen en  Oviedo, donde me reuniré con Germán, con quien mantengo relaciones desde hace unos dos años.  En unos días recibirás los papeles del divorcio, que Carlos, abogado y amigo de toda la vida de Germán, te paso,  junto con otros documentos,  sin que en tu “subidón” de triunfo reparases en lo que firmabas.

Siento que lo nuestro termine de esta manera, pero voy a empezar una nueva vida en la que tú no tienes cabida.

Cuidate.”

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