HISTORIAS DE FAMILIA. Santiago Galbete

El teléfono sonó a las tres de la madrugada, Lourdes descolgó sobresaltada:

—Buenas noches, le llamamos de la policía municipal. ¿Es la casa de María José Benavente?

—Sí, así es. Soy Lourdes, su hermana, vivo con ella. ¿Pasa algo?

—Nada grave, señora. María José está con nosotros. Nos la hemos encontrado en la Calle Yanguas y Miranda.  La acompañaremos a su casa. ¿Es su dirección la que marca la pegatina del tacataca?

—Sí, sí, así es. La casa está enfrente del parlamento.

—Esté atenta, en cinco minutos tocaremos el timbre del telefonillo.

La preocupación se apoderó de Lourdes. No era la primera vez que su hermana se escapaba de casa acompañada de su inseparable tacataca, pero nunca lo había hecho de madrugada. María José, pese a estar en una fase avanzada de un cruel Alzheimer seguía siendo astuta y había sorteado a la cuidadora, activado los interruptores y desbloqueado las medidas de seguridad para salir a la calle. En sus cada vez más escasos momentos de lucidez, sorprendía con sus acertados comentarios, sabía muy bien lo que le gustaba y captaba a las personas como si de una psicoanalista se tratara. Era, sin explicación alguna, al acostarse cuando se mostraba más lúcida y en consecuencia más angustiada por su estado. María José era consciente de que esos momentos clarividentes eran pasajeros y que, al poco rato, su memoria quedaría de nuevo vacía y sin contenidos, capaz de recordar tan solo el nombre de su hermana y alguna imagen de su infancia. Ese trance era una dolorosa y rutinaria tortura. Muy retorcida, solo ponía la mano en el fuego por su hermana Lourdes, diez años más joven que ella.

Lourdes, de naturaleza afable y confiada, solo tenía un objetivo en su vida: velar por su hermana mayor por la que sentía absoluta adoración. Siempre trataba de demostrarle su cariño asumiendo las tareas más desagradables de su cuidado. Abigail, la asistenta de procedencia colombiana, vivilla y escurridiza, le dejaba hacer. María José todavía mantenía una constitución fuerte y a menudo en sus episodios agresivos golpeaba la bacinilla sobre su hermana. Lourdes, resignada, se limpiaba mientras Abigail, oculta tras la puerta, sonreía.  Lourdes se había formado con ahínco en la terrible enfermedad y tenía claro que el cariño era el principal medicamento para aliviar a su hermana. Sufría más viendo el deterioro de María José que la propia enferma. Por suerte, no les faltaba dinero y esto les permitía acceder a los mejores médicos.

A menudo Lourdes recordaba cómo comenzó el drama. Fueron pequeños detalles. María José, pese a su exagerado control sobre los gastos, comenzó a olvidar apagar las luces a la hora de dormir, no acertaba a atarse los botones de la camisa o los dejaba desalineados, y hasta entonces siempre había sido rápida y exquisita para arreglarse. Se quejaba con frecuencia de una pequeña molestia en la frente y repetía las conversaciones. Cuando por primera vez visitaron el médico, el detalle de los botones fue determinante para el diagnóstico: la enfermedad se llamaba Alzheimer.

Las dos hermanas recibían muy pocas visitas, Lourdes era tímida y María José, a menudo impertinente, no se hacía querer de manera fácil. Tan solo Luisa, su única sobrina, hija de un hermano menor muerto hace muchos años, les visitaba una vez cada quince días. Luisa era arisca y poco o nada cariñosa con sus tías.  Curiosamente, su aspecto era similar al de Abigail. Las dos vestían con camisas cortas de colores llamativos y leggins que, aunque parezca imposible, no despertaban la libido de ningún hombre. Pelo rubio, mal teñido y descuidado, completaban la estampa. Aparte del físico les unía la necesidad y el desafecto que sentían por Lourdes y María José. El buen salario permitía a Abigail enviar dinero a su familia y Luisa, de ser la heredera, podría, en un futuro, solucionar su paupérrima situación. Ambas eran de poco fiar, a veces se comportaban como cómplices y otras como despiadadas enemigas en busca del jugoso botín. Había un detalle que, para el que las conocía bien, las diferenciaba de forma clara: Abigail era patosa con sus manos en extremo, mientras que Luisa hubiera sido capaz de robar panderetas sin dejar rastro alguno.

En alguna ocasión, Lourdes aprovechaba la visita de Luisa para salir a hacer algún encargo y así no dejar sola a su hermana con la asistenta.  Si María José había sido muy religiosa, su enfermedad la acentuó todavía más. Rezar el rosario todos los días era de lo poco que le serenaba. Primero, los misterios, luego las letanías y de nuevo a empezar. Con su mal genio característico exigía a sus acompañantes que participaran de manera activa en sus oraciones. A Luisa, en absoluto devota, semejante insistencia le enervaba hasta tal punto que, en más de una ocasión le había propiciado un bofetón entre misterio y misterio. Esto no era lo más grave, lo peor era que a menudo, tras el sopapo, saltaba por los aires la dentadura postiza y fruto de la flacidez que le generaba en la piel la falta de dientes, envejecía diez años en un instante. María José, todavía presumida, cerraba la boca con fuerza y viéndose humillada e impotente, buscaba de manera refleja y con lágrimas a su hermana entre los paseantes. Lourdes no lo quería creer, pero los incisivos testimonios de Abigail y los moratones en la cara de María José lo confirmaban.

Las dos hermanas discrepaban respecto a Luisa. Para Lourdes, aunque a otro nivel, era la tercera pata de su corta familia, mientras que para María José era violenta, interesada y con claras intenciones. Esta diferencia de opinión había quedado patente en el testamento de hermandad entre ellas. Lourdes había testado en favor de Luisa en el caso de ser ella la que muriera más tarde, en el caso contrario, altamente improbable, María José donaría todos los bienes a la parroquia.

Una noche, como de costumbre, Lourdes se levantó para ir al baño. Le extrañó ver encendida la luz del comedor. Desde su huida nocturna, María José dormía sujeta a la cama por unas gomas. No le dio más importancia. Esto sucedió durante varias noches. Lourdes somnolienta, simplemente la apagaba. Un domingo preparándose para ir a misa, tuvo que llamar a Abigail. No acertaba a abrocharse los botones nacarados de la camisa negra de seda natural. Al regresar de misa, se repitieron las dificultades y Abigail tuvo que ayudarle a soltar los botones. A los pocos minutos, un déjà-vu, abrió los ojos a Lourdes que perdió el conocimiento y se desplomó.  Por fortuna, al recuperar la consciencia, Lourdes pudo constatar que no se había producido ningún daño serio. A partir de ese día, pocas veces más volvió a sonreír y su mirada ya siempre reflejó una extraña mezcla de tristeza, sufrimiento y preocupación.

Lourdes había leído en distintas ocasiones que cuanto antes aparece la enfermedad más rápido avanza. Recordaba el día en que el médico diagnosticó la enfermedad a su hermana María José, tenía setenta y cuatro años. Ella acababa de cumplir sesenta y ocho cuando los primeros síntomas se hicieron notar. Decidió no ir al médico, tanto el diagnóstico como la evolución, el tratamiento y el desenlace, por desgracia, los conocía a la perfección. Ante la seguridad de que María José se derrumbaría no tuvo más remedio que guardar en secreto su desgracia. Además, aunque ingenuamente confiaba en Luisa, sabía que necesitaba dinero y temía que María José tras algún bofetón le hubiera desvelado los testamentos. Tenía claro que para Abigail su enfermedad era un regalo.

Un buen día Luisa les adelantó la fecha y hora de su próxima visita, no era la forma habitual de comportarse. Lourdes decidió en esta ocasión permanecer en casa y preparar una merienda más especial. Fue un acierto. Luisa les anunció que estaba embarazada, sería una niña y se llamaría Lourdes María José. La noticia fue acogida con toda la alegría que las circunstancias permitían. Para María José, el nombre de la niña confirmaba el afán de Luisa por ganarse su interesada confianza, “por interés te quiero Andrés” pensó rauda. Luisa lo tenía muy complicado.

Cuando quedaban cinco meses para el nacimiento del bebé, Luisa las informó que no les visitaría durante un tiempo ya que se trataba de un embarazo complicado y el médico le había aconsejado que permaneciera en reposo. Les aseguró que hablarían todas las semanas por teléfono, fijaron el día y la hora. Lourdes, lo comprendió y lo lamentó. Sus visitas le animaban. María José se mantenía indiferente, su enfermedad le excusaba de mostrar emociones. Abigail celebró la noticia. Lourdes evidenciaba ya síntomas de su enfermedad y ella tendría vía libre para ir tomando el control de la casa. No perdió el tiempo. Cerraba y abría las persianas a su antojo. Si quería salir le bastaba con que se hiciera la noche y amarrar a las dos hermanas con gomas a la cama.  A menudo, tenían que hacer grandes esfuerzos para contener sus necesidades, pero no siempre lo conseguían y como no había otro remedio evacuaban en la cama. No se volvieron a encender los fuegos, tan solo calentaba el contenido de unas latas en el microondas y lo acompañaba con algún dulce que sabía que les gustaba. María José no salía nunca a la calle, Lourdes tan solo los domingos para ir a misa. Abigail, ese día, se preocupaba por mejorarle su deplorable aspecto ya que sabía que se encontraría con vecinos en la iglesia. La higiene era la mínima para que el médico durante sus visitas mensuales no apreciara la dejadez que reinaba en esa casa.

Pocos ratos había durante día en los que las dos hermanas estuvieran lúcidas, estos eran por desgracia los más crueles. Hablaban poco entre ellas, se miraban con semblante bondadoso para transmitirse su cariño y observaban el desorden que les rodeaba levantando los hombros como señal de impotencia. Estaban demasiado enfermas y solas para poder tomar alguna decisión.  A veces, María José, iracunda, cuando se giraba la asistenta le daba un corte de manga con el dedo anular levantado y susurraba: “zorra más que zorra”. Para Lourdes era sin duda el mejor momento del día.

A los pocos días de nacer Lourdes María José, Luisa llamó a sus tías por teléfono. Lourdes, al oír la noticia que todo había ido bien dio unos saltitos de alegría. Contenta, conversó por teléfono unos minutos con Luisa y se despidieron rápido ya que no quiso fatigarle. Lourdes planeó salir esa misma tarde en busca de un regalo para la recién nacida. A Abigail, salvo para la visita dominical a la iglesia, no le gustaba en absoluto que Lourdes saliera de casa. Sabía, sin embargo, que el bebé era su única ilusión y si le ponía trabas, su mal comportamiento podría llegar a oídos de Luisa. Lourdes disfrutó mucho yendo de compras, tenía la cabeza entretenida con algo alegre que le permitía olvidar su drama del día a día. Se inclinó por comprarle un conjunto de una chaquetita de media manga de punto rosa y un gorrito con pompón. Ya con el regalo comprado, Lourdes contactó de nuevo con Luisa con intención de ir a visitarla. Se las ingenió para ir al mediodía, ya que era cuando gozaba de mejor talante. Al verse tía y sobrina, se unieron en un largo abrazo, y enseguida Luisa le acompañó a la cuna. Para Lourdes, con la falta de objetividad típica de estas situaciones, era un bebé precioso. Mientras disfrutaba observando a la niña, Luisa impaciente abrió el regalo. Por la expresión de su cara era evidente que le encantó y rápidamente se dispuso a probarle la chaqueta. Al percatarse Lourdes de la torpeza con la que la meticulosa Luisa abrochaba los botones, miró con espanto a la pequeña Lourdes María José.

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