JACOBO Y EL ACANTILADO DEL TIEMPO. Alaitz Garitaonaindia

Mi nombre es Jacobo, y me gustaría contaros un relato.

Algunos me creerán, otros no, sin embargo solamente soy yo el conocedor de la verdad.

Me remonto a los años 90, cuando todavía iba al colegio. Vivía con mi familia en Laride, un pueblo situado en Cantabria.

No había apenas tiendas ni tampoco cines, aun así me daba igual porque me gustaba hacer deporte en la montaña, así que no necesitaba nada más.

Lo malo era el acceso a la escuela, tenía que ir andando por un sendero lleno de piedras, y cuando llovía era muy incómodo. Odiaba la lluvia, mi pelo cobraba fuerza y mis rizos me hacían parecer a Medusa, la criatura mitológica.

Para colmo en clase me llamaban Teo, como el famoso personaje de cuentos.

Las pecas y el color rojo de pelo eran inconfundibles. No me hacía ninguna gracia, pero les hacía ver a mis compañeros que no me importaba.

Si os soy sincero, prefería pasar las tardes solo, o con mi hermano Bosco.

Fue una pena cuando Bosco empezó la universidad, ya que dejó de venir a vernos, y no me quedó más remedio que buscarme la vida.

Al salir de la clase me divertía recolectando castañas, setas (si era la época) o todo tipo de insectos y plantas, así que encontré un buen entretenimiento para suplir la ausencia de mi hermano.

A mitad de camino entre el colegio y mi casa existía una aldea derruida, la cual se había quemado hacía bastantes años y donde no se sabía qué ocurrió exactamente.

Solo quedaban escombros, lo curioso era que seguía oliendo a humo, o eso me parecía a mí.

Siempre que andaba por ahí me encantaba crear historias sobre cómo podrían vivir aquellas personas. Próxima a la aldea se hallaba un acantilado en el que vivía un anciano ermitaño. Nadie se acercaba a él, pues decían las malas lenguas que era hechicero y debía tener poderes mágicos. Yo, por respeto, prefería mantenerme al margen.

Una tarde después de clase, vi a una chica rubia con aspecto dulce y raro a la vez. Tendría mi edad o un par de años menos.

-Hola- la saludé.

-Buenas tardes, mi nombre es Margarita –se presentó.

Me intimidó una barbaridad, parecía una princesa sacada de cuento con su ondulada melena rubia y unos preciosos ojos azules.

-Me llamo Jacobo, no hemos coincidido nunca por aquí – le dije.

-Es raro, porque llevo viviendo en Laride desde que nací -inquirió.

-Lo mismo te digo, y más me acordaría de alguien que viste como mi abuela, jeje.

-Oye, perdona, ¿De qué paparruchada hablas?, el que lleva ropa de fantoche eres tú, vistiendo con esos tejidos y colores tan cantarines –me contestó ofendida.

Esa fue nuestra primera conversación, nunca se me olvidará. A partir de aquel día nos hicimos inseparables y quedábamos después de clase para ir a pasear por la montaña.

Me divertía muchísimo con ella, parecía de otra época, ya que hablaba con un vocabulario tan peculiar que era imposible aburrirse.

Le comentaba películas y videojuegos que me gustaban y no le sonaban en absoluto. Ella a su vez me contaba anécdotas sobre sus hazañas en la montaña.

-Soy de familia humilde, Jacobo, nosotros tenemos lo básico y poco más -me dijo con tono triste.

-Si lo entiendo, pero se me hace extrañísimo que no tengáis una televisión –le respondí.

-Eso es de gente rica, nosotros vamos en verano a ver las películas al aire libre, deberías venir –me invitó amablemente.

Una tarde al llegar a casa les conté a mis padres que había conocido a una niña y que llevaba tiempo quedando con ella.

-¿Y es del pueblo? –preguntó mi madre.

-Sí.  Lo curioso es que habla y viste como la abuela, os haría mucha gracia. ¿Y sabéis lo más chocante?  ¡No tienen televisión! –exclamé.

-Bueno, Jacobo, eso es muy respetable, serán personas más rurales y han decidido seguir las mismas costumbres que sus antepasados –me respondió mi padre en tono serio.

-¿Por qué no le dices que venga a merendar? ¡Así la conocemos! –insistió mi madre.

-Genial, sería estupendo -le dije.

Al día siguiente, nada más terminar la última clase, fui corriendo a buscar a Margarita.

-Hola, pelirrojo- me saludó con voz simpática.

-Buenas tardes, Marga, mis padres te invitan a casa, así que si quieres mañana podemos ir a coger castañas y después las hacemos al horno -le propuse alegremente.

-Me encantaría –exclamó con una gran sonrisa.

No sé si fue la vergüenza o la pereza que pudieron con Margarita, pero no apareció aquella tarde. Pasaron los meses y no dio señales.

Me entristecí enormemente, la montaña me había arrebatado a la única amiga que tenía.

Llegó la navidad, y mis padres estaban entusiasmados por reunirnos los cuatro. Al fin iba a ver a mi hermano.

-¿Y la misteriosa Margarita?  –me interrogó Bosco.

-Ni idea, hace tiempo que no la he vuelto a ver -le contesté.

-Jacobo, no hace falta que te lo inventes, ya conocerás gente nueva –replicó.

-¡Claro que existe! Algún día volveré a verla –respondí enfadado.

Salí a dar una vuelta y me alejé considerablemente. Para mi asombro vi a Marga.

-¡Desaparecida! – la saludé conmocionado.

-¡Jacobo! ¡Qué ilusión verte de nuevo! –me abrazó emocionada.

-Fui a buscarte hace un mes y no apareciste, ¿Hice algo para que enfadaras?

-Me resbalé recogiendo leña y me lesioné. Por eso no pude salir a buscarte.

-Bueno, te preocupes, ya estamos de nuevo juntos ¿Qué te parece si celebramos Nochevieja con mi familia? Así damos comienzo al 1995 – manifesté.

-Jajaja, qué gracioso eres, Jacobo, y dicho sea al 2050.

-No entiendo la gracia.

-Pelirrojo, este año entramos en el 1955, todavía queda mucho para llegar a los 90 –me respondió con voz angustiada.

-Marga, no me tomes el pelo –exclamé.

-Pelmazo, ya vale, me estás asustando.

-Espérame un rato, vuelvo enseguida –le grité alejándome.

Fui corriendo al estanco más cercano del pueblo y conseguí un periódico. Al volver se lo enseñé. En la parte superior figuraba: 26 de diciembre de 1994. Su cara se descompuso de tal manera que creía que se iba a desmayar.

-Marga, no sé qué está sucediendo, hay algo que no encaja -anuncié alarmado.

-Evidentemente, según este periódico ¡llevo muerta 40 años! –se cogió la cara sollozando-. Entonces, ¿por qué puedes verme?

-Ojalá lo supiera, pero vamos a averiguarlo –le respondí.

Me acordé del hechicero loco del acantilado. En ninguna otra ocasión se me hubiese pasado por la cabeza acudir a él, sin embargo, esto era de vital importancia.

Recuerdo que era una tarde lluviosa y con un viento infernal, mis padres seguro que estarían preocupados pensando que me habría perdido.

El camino era peligroso, nos tropezamos un par de veces hasta llegar a su siniestra guarida.

  • toc toc –llamamos a una puerta de madera mohosa.

Aquello olía tanto a humedad que casi no podía respirar. En cambio, Marga ni se inmutaba.

-¿Quién anda ahí? – se oyó una voz quebrada y siniestra.

-Eh.., hola… somos Margarita y Jacobo, hemos venido a pedirle ayuda –titubeaba intentando parecer serio.

-Chico, solamente te veo a ti –me respondió el hechicero.

-Ese es el problema, que creo que Margarita es un fantasma, pero yo la percibo.

-Mira, joven, tú eres un ser especial, y tienes el don de ver a los espíritus que no han podido subir a la otra fase –me explicó con rotundidad.

Las palabras del anciano me sonaron a chino, no entendí nada.

-Escuche, señor hechicero, yo solamente quiero que mi amiga pueda vivir –le supliqué.

-Veamos qué se puede hacer. ¿Sabes en que época cree que está ella?

-Sí, ella piensa que vivimos en el 1954.

-Ahora encaja todo.  A finales de ese año hubo un incendio en una aldea y murieron los habitantes –contó con tono misterioso.

-¿Y sabe usted cómo lograr que mi amiga pueda volver a la realidad? 

-Niño, yo no puedo devolver la vida a nadie, pero sí que os puedo ayudar a conseguir que regreses al 1954 e impidas esa desgracia.

¿Siiiii? ¿Y cómo? –le cuestioné ansioso.

Los 27 y 28 de diciembre a las nueve de la noche se crea un mini ciclón justo en la punta del acantilado. Si logras ponerte en el punto exacto, podrás regresar al año que desees. Recuerda, tendrás que decir la fecha y hora precisas, de lo contrario podrás aparecer en otra época.

-¿Y para volver qué hago?

-Lo mismo, no obstante,  tendrás que esperar al día siguiente y a la misma hora –concluyó el hechicero.

Margarita se había quedado sin habla desde que entramos a la cueva. Le costaba entender lo sucedido.

-¡Reacciona! –le grité.

-Jacobo, esto es muy fuerte, hace un rato estaba viva y en cuestión de segundos me entero de que soy un espíritu. ¿Qué harías en mi lugar?  –me respondió enfadada.

-Tienes razón, pero si hago todo lo que nos ha dicho el anciano podré devolverte al mundo real. Solo hay que esperar a que llegue mañana por la noche y después ya veré cómo lo soluciono -le dije.

-Voy corriendo a casa, que me va a caer una buena. Mañana te veo en el acantilado a las nueve -me despedí.

Mis padres, enfadadísimos, me mandaron al cuarto sin cenar. Al rato vino mi madre con un poco de sopa caliente.

-Hijo, no vuelvas a escaparte, la montaña es peligrosa -inquirió mi madre.

-Mamá, te juro que no era mi intención, lo que ocurre es que me he despistado y he terminado en la otra punta -le contesté con voz dulce.

-La próxima vez irás con Bosco, así podrá cuidar de ti.

-Una curiosidad, ¿Sabes qué pasó en la aldea abandonada? -le pregunté.

  • Sí, ¿por? Dicen que se incendió el horno de una señora mayor mientras el resto dormía. El fuego se propagó tan rápido que ningún vecino pudo reaccionar – contó mi madre apenada.

-Y ¿murieron todos? –le pregunté exaltado.

-Sí, hijo, una desgracia, lamentablemente no hubo ningún superviviente. Ahora no pienses en eso, intenta dormir y, por favor no nos des, más disgustos -suplicó mi madre.

-Buenas noches, mamá.

El 27 seguía siendo igual de lluvioso que el día anterior. No me importaba, quería ayudar a mi amiga y no había nada ni nadie que me lo impidiese.

Las horas se me hicieron eternas. Por fin llegó el atardecer. Yo no paraba de subir y bajar las escaleras. Necesitaba idear un plan para poder escaparme sin que se enteraran.

A las ocho y media simulé que iba a leer a mi cuarto. Cerré la puerta. Bosco no andaba por allí, así que la huida iba a ser más sencilla.

Salté por la ventana al jardín y caí encima de una bolsa de basura llena de hojas que puse adrede para no hacerme daño.

Corrí como si no hubiese mañana hasta el acantilado. Lo que no sabía era que mi hermano Bosco iba detrás de mis huellas.

Llegué al lugar, Marga me estaba esperando.

  • ¡Buenas noches! Ya queda poco – anunció.
  • ¡Hola! Estoy nerviosísimo, espero que salga bien. He de localizar a una anciana e impedir que encienda su horno – le conté a Margarita.
  • Ahh, ya sé de quién hablas, es la única señora mayor que vive en la aldea. Se llama Clotilde, te advierto que es un poco badulaque –respondió ella.
  • ¿Que es qué? –pregunté confundido.
  • Pues un poco corta de miras, ella dice que es la edad, sin embargo, siempre ha sido así –se rio Margarita.
  • Vale, lo tendré en cuenta, – le dije.
  • ¿Jacobo, qué haces hablando solo? – gritó Bosco.
  • Tú no lo entiendes, tengo que hacer algo súper importante, así que te pido por favor que te vayas a casa y no cuentes ni mu a papá y a mamá -le rogué a mi hermano.
  • Anda, calla y vamos -insistió Bosco.
  • Vete, déjame en paz –le imploré.

Eran las nueve en punto y un vendaval empezó a envolvernos. Mi hermano intentaba empujarme y sacarme de allí, pero me negué. Vociferé: 27 de diciembre del año 1954.

Por arte de magia los dos empezamos a dar vueltas sin parar y perdimos el conocimiento.

-¡Despierta! – me zarandeó Bosco.

Abrí los ojos, la lluvia y el viento habían desaparecido, también Marga.

-¿Qué ha ocurrido? ¿Y Margarita? ¡No está! –chillé.

-Ahora mismo vamos a casa y les voy a decir a mamá y papá que mañana te lleven al médico, porque te estás convirtiendo en un loco.

-Si el plan trazado sale como bien contó el hechicero lo entenderás y verás que no estoy mal de la cabeza – le expliqué.

-Qué hechicero ni qué ocho cuartos. Tenía que haberme quedado contigo, veo que te ha sentado fatal el que haya ido a la universidad.

Se oyeron unos ruidos. Eran dos chicas cantando villancicos. Vestían con ropa de los años 50.

-¿Y éstas?  ¿A dónde van?  ¿A una fiesta de disfraces?  –se río Bosco.

Nos fuimos acercando y llegamos a la aldea derruida. Esta vez había casitas con sus respectivas chimeneas.

Se veían luces dentro y voces de gente hablando. Mi hermano se quedó petrificado, no daba crédito a lo que observaban sus ojos.

-¡Es cierto lo que decías, canijo! ¡Esto es la leche!

-¡Shhh! ¡Habla más bajo que nos van a descubrir! –le reprendí.

-¿Esa rubita es tu amiga?  

-¡¡¡Margarita!!! Llamé a la niña que estaba recogiendo leña.

-Buenas noches, ¿os conozco? – saludó.

¨ El hechicero olvidó comentarme que Marga no tendría por qué conocerme” – (pensé para mis adentros).

-Perdona, es que tengo una amiga que se parece a ti.

-Qué gracia, yo también soy Margarita. ¿Y a donde vais con esa guisa?

-Pues a darle una sorpresa a nuestra tía Clotilde – improvisé rápidamente.

-¡Ahh, recórcholis! La señora Clo, buenísima mujer, aunque un poco desorientada, a ver si le echáis una mano a la pobre.

-Sí, por eso venimos. El problema es que nunca nos acordamos de cuál es su casa. ¿Podrías indicarnos dónde vive?

-Chicos, ya veo que habéis salido a vuestra tía, menudos despistados que sois. Mirad, es justo la que tiene esos árboles gigantes en la entrada.

-Muy amable, Margarita –le agradecimos.

Por un momento me vino una sensación de melancolía, como si no fuese a volver a ver a mi amiga nunca más.

-Vale, y ¿cómo convencemos a la señora para que confíe en nosotros? – pregunté a mi hermano.

-Déjamelo a mí, canijo, que se me da bien la interpretación. Tu sígueme el rollo.

Llegamos a la vivienda de la tal señora Clotilde. Tocamos la puerta, y sin respuesta. Volvimos a pegar más fuerte.

-¿Quién es? – se oyó una voz aguda.

-Clotilde, somos sus sobrinos lejanos -contestó Bosco.

La señora mayor abrió la puerta, era una mujer bajita y regordeta, en brazos llevaba un gato con cara de bonachón.

-¿Sobrinos? ¡Si yo no tengo hermanos!

-Nooo, somos los hijos de su prima María, ¿no se acuerda? Hace un par de años la visitamos por estas fechas. -se inventó Bosco.

-Ay, niños, mi memoria me falla, disculpadme, pero si vosotros lo decís, os creo. Entrad, estoy haciendo un cocido riquísimo.

-Gracias, tía Clo. ¿Le importa si nos quedamos hasta mañana con usted? –le pregunté.

-Claro, así me podéis leer algún libro, que he perdido las gafas y no veo nada.

A duras penas la anciana podía cocinar, no entendía cómo sus hijos no se hacían cargo de ella.

Bosco y yo la ayudamos a poner la mesa.

Después le leímos una novela romanticona y aburridísima, a los cinco minutos se durmió.

Nos quedamos en el sofá recostados.  De repente nos llegó un olor fuerte a humo que procedía de la cocina. Efectivamente esa mujer fue la causante de tal catástrofe al dejarse el horno encendido. Corriendo fuimos  apagarlo y a avisarle a Clotilde de lo sucedido.

La anciana parecía impasible, apenas se inmutó. Margarita tenía razón cuando decía que no regía muy bien.

-Tiene que prestar más atención, tía Clo – regañó mi hermano a la mujer.

-Ay,  gracias,  jóvenes, menos mal que estabais aquí. Mis hijos quieren que vaya con ellos a la ciudad, soy yo la que se niega a dejar este lugar –replicó la anciana.

-Sin embargo, lo mejor para usted es que conviva con sus hijos, tía Clo –le insistí.

Bosco y yo volvimos al salón y a duras penas pudimos descansar. Por la mañana salimos a dar un breve paseo, no queríamos que nadie sospechase de nosotros, ya bastante dábamos la nota con nuestro aspecto.

Volvimos a coincidir con Margarita. Me dio una rabia inmensa no poder decirle que éramos amigos y sobre todo la razón por la cual estábamos allí. Fue en ese instante cuando me di cuenta de lo que realmente sentía por ella. Me gustaba de verdad.

-Hola de nuevo, extranjeros – nos saludó en tono jocoso.

-Buenos días –le devolvimos el saludo.

-Me encanta vuestra ropa, jamás había visto nada parecido. Seguramente será porque en la aldea no hay mucha cosa interesante.

-Es que venimos de la ciudad, será eso -respondió Bosco.

-Perdona, Margarita, ¿te importaría cuidar de nuestra tía Clo hasta que vengan sus hijos? La pobre casi incendia su vivienda y a sabe qué más -le comenté.

-No os preocupéis, se lo diré a mis padres, que ellos la conocen de siempre. ¿Por qué no venís a comer? Así me contáis historias de la capital -nos invitó.

-No, gracias, tenemos que regresar, pero cuenta con nosotros la próxima vez que volvamos -le respondí.

En el fondo me moría de ganas de decirle que sí y poder estar más tiempo con ella, sin embargo sabía que no era una buena idea.

-Qué pena, para una vez que veo gente de mi edad… -lamentó ella.

-Seguro que nos vemos en cuanto menos te lo esperes -le insinué.

-¡Ojalá! ¡Buen viaje, chicos! –se despidió.

Antes de llegar a la casa de Clotilde, mi hermano empezó a vacilarme.

-Qué calladito te lo tenías lo de tu novia fantasma, ¿eh? ¿Desde cuándo llevas quedando con ella? Te gusta de verdad, se te nota.

-No tengo por qué contarte mis cosas, Bosco, aparte, qué más da, no voy a volver a verla -le contesté apenado.

Entramos en el humilde hogar de Clotilde y esperamos hasta las ocho. La tarde se nos hizo interminable.

No podía concebir el no tener televisión y apenas libros. Como bien decía mi madre, uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde.

Llegó la noche, nos despedimos de nuestra supuesta tía y nos dirigimos al acantilado. No podíamos ver absolutamente nada, menos mal que llevaba mi linterna, si no nos hubiésemos quedado atrapados en el tiempo.

Faltaban cinco minutos. A Bosco se le notaba más nervioso que a mí.

Nos situamos en el mismo lugar del día anterior. En cuestión de segundos se levantó un fuerte viento, las hojas nos rodeaban en forma de espiral, Bosco y yo nos sujetamos fuertemente. Volví a desmayarme, nuevamente mi hermano me despertó.

-Jacobo, ¡Abre los ojos, hemos vuelto a los 90! –gritaba.

Al despertarme vi a Bosco y a su lado al gato regordete de Clotilde. ¡Nos había seguido! Lo cogí en brazos.

-Volvamos a casa corriendo. ¡Mamá nos va a matar! -manifesté.

Llegamos y efectivamente, mis padres estaban consumidos de dolor, nos gritaron, nos abrazaron, una mezcla de sentimientos. Al ver al gato de Clotilde el ambiente se calmó. Los dos prometimos no escaparnos nunca más.

-Bosco, este será nuestro secreto -le dije.

-Tranquilo, enano, soy una tumba -me consoló.

Llegó el invierno, la primavera, y todo seguía igual, en clase por lo menos dejaron de llamarme Teo.

A pesar de que alguno que otro me invitaba a jugar al balón, no era suficiente, yo seguía echando de menos a Margarita.

Por fin llegó el verano, no tenía que volver al colegio hasta septiembre.

Desde aquel diciembre extraño no volví a pasar por la aldea por miedo a lo que podría descubrir.

Una tarde en la que quedé con mis compañeros para ir a la playa me atreví a pasar por aquella zona. Cuál fue mi sorpresa, que me encontré una pequeña aldea llena de casitas, las mismas que vimos mi hermano y yo.

Me dio un vuelco al corazón el pensar que iba a volver a reencontrarme con Marga. En lugar de eso observé a dos niñas jugando con pistolas de agua. Una de ellas era morena con ojos claros y la otra rubia, parecía una muñeca de porcelana.

-¡Al pelirrojo! –gritó una.

Me mojaron de arriba abajo mientras se reían.

-Muchas gracias, qué agradables sois -les dije en tono irónico.

-¿Cómo te llamas? –me preguntó la niña morena.

-Soy Jacobo -me presenté.

-¿Eres de aquí? Nosotras somos Nora y Marina, hemos venido a visitar a nuestra tía Marga -contó la niña rubia.

Por un momento me quedé sin palabras, no había caído que mi amor platónico era ahora una señora madura entrada en los 50.

-Voy a la playa con unos amigos, ¿queréis venir? -les invité.

-Vamos a pedirle permiso a nuestra tía -dijo Marina.

A lo lejos venía una señora elegante, con el pelo blanquecino y unas marcadas arrugas. Era ella, sus grandes ojos azules eran inconfundibles.

-Niñas, a merendar, ya vale de jugar a las pistolitas. Encima habéis empapado al pobre chico -les regañaba la mujer.

-Tía, éste es Jacobo -me presentó Nora.

-Me eres familiar, no sé a quién me recuerdas, seguramente serás sobrino o hijo de algún conocido de mi infancia -dijo Marga.

– Puede ser -respondí tímidamente.

-Vente si quieres, y así te dejo algo para que te seques -me invitó cariñosamente la mujer.

-Muchas gracias, es muy amable, pero me dirigía a la playa. Les he propuesto a sus sobrinas pasar la tarde con mis amigos –le respondí.

-Ah, estupendo, así conocen gente, que les hace falta -insinuó Margarita.

Aquel verano, Marina, Nora y yo nos hicimos íntimos, ninguna me llegó al corazón como lo hizo Margarita, sin embargo, mantuvimos una bonita amistad. Es más, hoy en día nuestros hijos son muy amigos, así que una parte de esa historia de amor sigue viva en mi memoria.

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