LA BAHÍA DE SAN JOSÉ. María José Llamas

La ciudad se llenaba de turistas en verano atraídos, sobre todo, por las numerosas galerías de arte y exposiciones al aire libre; allí podían admirar las mejores colecciones de pintura mexicana. Darío y Alonso eran unos adolescentes un tanto irresponsables y gamberros, con mucho tiempo libre y poco control. Su rutina era bañarse en las limpias aguas de la bahía de San José y corretear alrededor de las jovencitas extranjeras que llegaban en esa época del año. Su gracioso inglés con acento mexicano y su palabrería conseguían captar la atención de más de una.

La noche en San José era mágica, los cafetines al aire libre, la playa iluminada solo por la Luna y el calor sofocante eran el entorno de estas relaciones fugaces.

Una tarde Alice apareció en la playa, colocó la toalla a pocos metros de ellos y en unos minutos ya habían entablado conversación. Había llegado a la ciudad en compañía de sus padres, ellos vivían en Miami, donde tenían una galería de arte, y estaban en San José por negocios, pues querían adquirir algunos cuadros.

Se hicieron inseparables, el día lo repartían entre la playa y los paseos por la Plaza Mayor, o tomando café helado a los pies de la iglesia de los Jesuitas; por las noches volvían a la playa y tumbados en la arena pasaban las horas escudriñando el cielo.

Llegó el último día de sus vacaciones, a la mañana siguiente Alice regresaba a los Estados Unidos. Repitieron el paseo nocturno en la playa, pero no estaba previsto que el tequila, la cercanía de su partida y el deseo reprimido de tantos días desencadenaran una tragedia. Ella estaba entre los dos, entrelazados los brazos, rozándose en una nube creada por el alcohol y el calor bochornoso. Darío y Alonso comenzaron a manosearla con impaciencia y ella se resistió con todas sus fuerzas.

La visión del cuerpo de Alice inmóvil, dolorosamente desnudo, con la boca ensangrentada y sus ojos azules abiertos e incrédulos, les devolvió a la realidad, Alonso empezó a dar vueltas, incapaz de reaccionar, mientras Darío, impasible, pensaba. Arrastraron el cuerpo hacia la orilla, lo lavaron concienzudamente para borrar las huellas de su salvajada, vaciaron el tequila en su boca y la dejaron en el rompeolas. Después ellos pactaron silencio y olvido.

Veinte años más tarde, Alonso vivía en Madrid. Era pintor y había empezado a hacerse un hueco como artista. En su estudio se esforzaba en obtener el tono exacto, ese azul verdoso del mar que tantas veces había visto en San José. Ya había desechado varias mezclas al no conseguir el color deseado. Cogió los pinceles y los metió en el tarro con disolvente y, mientras se limpiaba meticulosamente la pintura de los dedos, se alejó del lienzo mirándolo pensativo. ¿Qué estoy haciendo mal?, pensó. Estaba obsesionado, quería plasmar no solo la arena o las olas salpicando de espuma las rocas que emergían en la bahía, sino algo íntimo que no terminaba de ver. La exposición estaba prácticamente completa, sólo faltaba este cuadro, al que tanto tiempo había dedicado. Comenzó el boceto al poco tiempo de conocer a Alba.

Recordó cuando, todavía en San José, ella entró por primera vez en la galería, despistada, con un bolso enorme colgado del hombro y un helado de fresa, también enorme, en la mano:

—Perdona, no se puede entrar comiendo, lo siento —le dijo Alonso.

Alba se volvió a mirarlo y dijo con gesto curioso:

—¿Lo dices en serio?

Sin dejar que él respondiera se dio la vuelta y salió.

A Alonso le hicieron gracia su reacción y sus ojos negros, brillantes y guasones. Se asomó a la cristalera que daba a la avenida y allí estaba ella, en los jardines de enfrente, sentada en un banco y paladeando el helado. Era una imagen perfecta para una pintura.

Alba se hizo asidua de la galería, era aficionada al arte y le encantaba la pintura mexicana. Estaba de vacaciones o de retiro, Alonso nunca se enteró bien, ella sólo le contó que necesitaba tiempo para ordenar su vida y que este rincón de la tierra le pareció el mejor sitio.

Tras las visitas a la galería, quedaban para pasear por San José, y mientras recorrían  sus calles  flanqueadas  por edificios coloniales, mantenían largas conversaciones en las que Alba desvelaba su vida poco a poco. Así él pudo saber que tuvo una infancia feliz, que las dificultades empezaron tras la muerte de su padre cuando ella tenía  diecinueve años y  el cambio que dio su vida cuando su madre se negó a aceptar esa realidad. Alba le fue desgranando con voz risueña los pasos errantes que dio hasta descubrir su verdadera vocación, la publicidad, y sus estancias en Italia y Bruselas para adquirir experiencia profesional y vital. Le contó sus amores, sus desamores y su búsqueda desesperada de la felicidad. Él, escuchaba y la miraba.

Y ahora en Madrid, diez años después, nada había cambiado, continuaba escuchando y mirándola. Las horas que había pasado pintando y preparando la exposición le habían permitido reflexionar y descubrir la sensación de inseguridad que sentía junto a ella.

Se acercaba la fecha de la exposición y él seguía obsesionado con terminar el cuadro de la bahía de San José, un lazo que le unía a su pasado. Había desatendido la galería, los amigos, incluso sus salidas de madrugada para correr por el Retiro, y a pesar del tiempo que dedicó a esta pintura, allí estaba, incapaz de avanzar.

Sonó el teléfono:

—Alonso, no sé si me recuerdas —dijo una voz masculina— soy Darío Marchese, tu colega mexicano, estoy en Madrid y me gustaría verte.

Habían pasado casi veinte años. Ellos eran unos jóvenes alocados y San José se les quedó pequeño, sólo querían crecer para salir de allí y comerse el mundo. Alonso creía que aquella etapa estaba olvidada y muerta; tras la llamada comenzó a caminar arriba y abajo por la habitación, sintiendo una mezcla de miedo y rabia. Recordó cómo Darío marchó a los Estados Unidos y él quedó en San José. Hasta ahora habían mantenido el pacto de silencio. El encuentro con Darío fue distante y frío. A partir de ese momento Alonso sintió que su vida se desmoronaba.

Alba estaba muy ocupada esos días, tenía que resolver una importante operación con unos nuevos clientes, y no detectó la preocupación de Alonso, que se había vuelto más callado y pasaba muchas horas en la buhardilla con la excusa de terminar su pintura. Aquella noche durante la cena, en un intento de romper el silencio, ella le dijo:

—Hoy he conocido a los representantes del grupo inversor con el que negociamos y, fíjate qué casualidad, uno de ellos es mexicano, se llama Darío Marchese.

Alonso no respondió, como muchas otras veces, por eso Alba no se extrañó de su mutismo.

A la mañana siguiente, mientras desayunaban él dijo:

—¿Me quieres? —Alonso la miraba fijamente, sosteniendo entre las dos manos una taza de café— ¿Me quieres? —repitió.

Alba levantó sobresaltada la vista del periódico.

—Sí, claro que te quiero —respondió volviendo a la lectura.

Alonso se puso en pie, se acercó por detrás, la besó en el cuello y salió de la cocina.

Alba terminó de desayunar y subió al dormitorio. Mientras se vestía repasaba mentalmente los puntos que defendería frente a los inversores norteamericanos. Quiso despedirse de Alonso. Estaría en la buhardilla, la obsesión por terminar el cuadro lo tenía desquiciado. Subió aprisa las estrechas escaleras de madera, llamándolo sin obtener respuesta; la manía de ponerse los cascos, pensó ella.

Al abrir la puerta de la buhardilla vio su pies descalzos colgando inmóviles, parecían aislados del resto del cuerpo. Tardó unos segundos en reaccionar. Gritó desesperada su nombre  mientras intentaba  descolgar aquel cuerpo enorme. No lo consiguió.

La casa se llenó de gente uniformada, cintas amarillas y ruido de muebles; ella, acurrucada en un sillón, miraba un cuadro inacabado y atravesado con trazo enérgico por un nombre: Alice.

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