LA BUENA VISTA. Carla Caamaño.

Milagros, encorvada para sujetar la labor que tenía entre sus manos lo mas cerca posible de sus ojos, se sobresaltó con el ring del teléfono. Dio un respingo, pues estaba tan absorta en su costura, que el agudo sonido la había desconcentrado.

Se levantó de la silla y fue palpando los diferentes muebles que había en la habitación, como hacía siempre, hasta que llegó al teléfono.

– ¿Sí, dígame?

Llamaban del colegio de su hijo Matías, tenía unas décimas de fiebre y era mejor que fueran a recogerle.

La pobre Milagros no sabía que hacer. El colegio no estaba lejos de su casa, un paseo de quince minutos, pero no quería que lo hiciera solo. Matías solo tenía siete años…

Este imprevisto le había trastocado el día. No conducía, y estaba jarreando. Llamó a un taxi por teléfono. En menos de veinte minutos estaba en el colegio. Le pidió al taxista que la esperara y Matías apareció enseguida acompañado de una profesora y dando la mano a su madre, se marcharon hacia su casa. El contacto de la mano de su hijo, el saberse sujeta, le daba seguridad. Se encontraba protegida asiendo la mano de su hijo.

De vuelta a casa le ayudó a meterse en la cama, le tocó la frente y comprobó que estaba ardiendo, y al tocarle la cabeza palpó unas pequeñas protuberancias por lo que se asustó y llamó al médico que acudió enseguida.

Varicela fue el diagnóstico.

Le recomendó reposo, mucho líquido y una receta de una fórmula magistral a base de avena que iba muy bien para los picores. Ya en la puerta le preguntó:

-¿Ha pasado usted la varicela, señora?

-Pues no lo se, la verdad – repuso Milagros titubeante- nunca me lo dijeron.

-Entonces tenga cuidado, extreme la higiene, y aunque ya se que no es fácil, procure no pasar mucho tiempo con su hijo, al menos la primera semana, cuando está brotando.

Milagros entró en pánico. ¿Varicela yo? ¿Ahora? No, por Dios, eso sí que sería demasiado.Su marido estaba casi siempre fuera y no tenía a nadie que la ayudara. Su pequeño mundo se tambaleaba… pero enseguida desechó esos pensamientos pues no quería angustiarse antes de tiempo.

«Bueno», pensó Milagros recomponiéndose mientras oía la lluvia caer, «a mal tiempo buena cara» y se encaminó hacia la cocina para preparar algo de comer. Al encender la cocina se aproximó tanto a los fogones  que casi se quema una ceja. Mientras esperaba a que se calentaran los garbanzos, suspiró. ¡ Qué sola estaba! Paco, su marido, era camionero y pasaba muchos días fuera de casa, a veces doce días seguidos. Milagros se reconcomía por dentro imaginándose que estaba con otras mujeres… Empezó a oler a chamusquina y se percató de que la comida se estaba quemando así que apagó el fuego.

Seguramente había pasado la varicela de pequeña, pues cuidó de Matías con fervor y dedicación sin escatimar la cercanía con el niño, y pasados diez días el doctor le confirmó que el peligro de contagio había pasado.

Milagros era huérfana de madre desde que tenía siete años. Unas fiebres tifoideas arrebataron la vida de su madre, una buena mujer dedicada a su marido en cuerpo y alma. Su padre no tardó en encontrar una nueva esposa, que no actuó de malvada madrastra, nunca le hizo nada malo, pero tampoco nada bueno. Simplemente la obvió. Para ella no existía. Ni siquiera la llevó nunca al colegio, pues decidió que ocho años era edad suficiente para ir sola. Nunca un mimo, una caricia, un gesto de complicidad para que Milagros se abriera a ella y le pudiera preguntar tantas dudas cuando se hizo mujer, cuando se enamoró por primera vez…

Su padre miraba hacia otro lado, incapaz de imponerse, por una parte profesaba un gran amor hacia su única hija a la que veía desvalida, pero por otra su nueva mujer le tenía dominado, era un hombre joven y dependía de ella en muchos aspectos de su vida.

Milagros se acostumbró a estar sola y en penumbra, pues su madrastra tenía una especial obsesión con apagar las luces y a partir de su llegada una mortecina bombilla iluminaba el pasillo, y en su habitación una tímida lamparita le proporcionaba la poca luz que necesitaba.

Nadie se percató de que Milagros se aproximara más y más al libro para leer, al fogón para calentarse la leche o a la costura que parecía que se la iba a comer.

En el colegio, la pusieron en la primera fila porque pensaron que no veía muy bien la pizarra, pero ni siquiera se lo comunicaron a sus padres, poco dados a acudir a reuniones escolares, por lo que tomaron la decisión por su cuenta.

Fue pasando de curso a trancas y barrancas, y como era previsible, en cuanto cumplió dieciocho años, ya le habían buscado un buen novio, la casaron sin que opusiera resistencia.

Ni siquiera podía ver la cara de su futuro marido a mas de veinte centímetros de distancia. percibía por su olor, por su voz que era atractivo, pues tenía el resto de los sentidos muy desarrollados a costa de su miopía.

Sí. Era miope. En grado máximo. Y nadie se había dado cuenta.

Hasta que llegó a su barrio un ángel en forma de oculista que, en un local justo enfrente de su casa que en otro tiempo había sido un bar, instaló una óptica.

Desde su ventana podía intuir las obras de remodelación, porque ver, lo que se dice ver, por mucho que guiñara los ojos no lo conseguía. Hasta que un día acompañando a su hijo al colegio, y a medio metro de distancia, vio que unos obreros colocaban las letras luminosas que le iban a cambiar la vida:

ÓPTICA LARAY

Siempre caminaba con gran precaución, acostumbrada a estar pendiente de todos los ruidos, en los semáforos se guiaba por el sonido que sirve a los ciegos para cruzar, y a la ida así lo hizo, pero a la vuelta… una idea le taladrada el cerebro, el cartel luminoso de la óptica ocupaba todos sus pensamientos. Llegó a la puerta, pero todavía estaba cerrada, abrían a las diez. Faltaban veinte minutos así que decidió esperar recorriendo la acera   arriba y abajo cual león enjaulado. Y minutos antes de las diez, vio una sombra que se aproximaba, algo que irradiaba mucha luz, los cabellos rubios flotaban etéreos y ya más cerca comprobó a corta distancia que vestía una túnica azul. Era un ángel.

Esperó pacientemente a que abriera la reja de seguridad, y al cabo de un rato prudencial, llamó al timbre.

– Buenos días. Pase por favor. Es mi primera clienta -le dijo a la vez que le alargaba la mano con una gran sonrisa.- Me llamo Ángela. Encantada.

Milagros solo acertó a balbucir:

-En…encantada yo también- a la vez que le estrechaba su mano.

-Soy Milagros y vivo enfrente.

Ángela supo desde el principio que la tenía que ayudar. Nunca se había encontrado a lo largo de su vida con un ser más desvalido, más necesitado de protección que aquella pobre joven mujer. Enseguida se percató de que su visión era muy limitada y con grandes dosis de cariño y paciencia comenzó manos a la obra.

Empezó poco a poco, después de revisarle la vista y comprobar las dioptrías que tenía. Catorce dioptrías como catorce lunas. Indagó un poco sobre su vida y no acertaba a comprender como podía llevar una vida aparentemente normal; estaba casada, tenía un hijo, un marido camionero que viajaba mucho, cocinaba, cosía, hacía las tareas del hogar, escuchaba la radio…pronto se dio cuenta de que todo lo que hacía eran cosas muy cerca de sus ojos, la verdad era que de cerca tenía microvista.

Ángela se imaginaba las dificultades y penurias que debía de padecer la pobre Milagros en su día a día y dedicó todos sus esfuerzos a que su vida  cambiara y ofecerle una nueva visión del mundo, ese mundo que la esperaba fuera y del que ya se había olvidado.

Comenzó a probarle gafas con graduación progresiva, poco a poco para que sus ojos se acostumbraran, por lo que primero le probó unos cristales que ya le permitieron ver bastante bien. Cuando le ajustó sus primeras gafas, la reacción de Milagros fue de gratitud, percibió la cara de Ángela y le pareció un ser mágico, un verdadero ángel con sus alitas y todo.

La expresión de su cara lo decía todo: incredulidad y felicidad. Aparte de reintegrarle la vista, en Ángela había encontrado a alguien que se preocupaba por ella, que atendía sus necesidades, que se alegraba de que gozara con la nueva vida que se abría ante sus ojos. El corazón le palpitaba desbocado, una emoción desconocida hasta entonces la embriagaba.

Ángela la miraba divertida. Intentaba imaginarse su vida hasta entonces. No tendría más de veinticinco o veintiséis años y escudriñándola con la mirada, comprobaba que era guapa, imaginaba que tipo de padres había tenido para que nadie se hubiera ocupado de su creciente miopía.

Pero prefirió no indagar, que la verdad muchas veces duele y se dedicó a ayudarla y a disfrutar con su felicidad.

Paco llegaba de uno de sus viajes al día siguiente. Milagros fue a comprarse un traje nuevo, eligió uno de flores, le quería sorprender. Hizo una magnífica cena, se maquilló un poco y se colocó sus gafas. Oyó sus pasos por la escalera y le recibió con una amplia sonrisa franqueándole la puerta.

-¡Hola mi amor! ¡ Que ganas tenía de verte!- y sin poderse contener – ¿ Me notas algo nuevo? -dijo mientras abría mucho los ojos detrás de sus gafas .

Paco ni la miró. Argulló que estaba muy cansado y que se iba directo a dormir, que llevaba catorce horas seguidas de viaje y ahí quedó Milagros, de pie, atónita y con una gran tristeza que la desgarraba el alma.

Cenó sola con Matías, que la acariciaba con su mano, pues la notaba triste. Esa manita que tanta seguridad y ternura le aportaba.

La vida de Milagros cambió tanto, ahora disfrutaba con los paseos por la ciudad, podía coger un autobús y llegar hasta la otra punta sin temor a equivocarse. Sentada en un banco, observaba con deleite a los majestuosos cisnes. Los rayos del sol le acariciaban el rostro e inspiró profundamente congratulándose de su suerte, la vida le había enviado a un ángel: Ángela y sus complicados aparatos de graduación optométrica.

Cosas tan simples como ir a un bar a tomar un café, moverse libremente por la ciudad era un gran cambio. No podía concebir tanta felicidad, ese estado vital que le proporcionaba la independencia. Ahora observaba a la gente con atención, especialmente a las mujeres de su edad, libres, sonrientes, mientras reflexionaba: «Vamos a entrar en el siglo XXI y yo con esa vida tan aburrida», y la situación le provocaba una mezcla de envidia y nostalgia, «pero esto va a cambiar» se decía para sus adentros.

Pero pasadas las primeras sensaciones, empezaron a aflorar sentimientos contradictorios, preguntas sin respuesta le nublaban el cerebro. No comprendía porqué nade había tenido la más mínima empatía hacia ella que por otra parte también se autoculpaba por no haberse rebelado, por haberse refugiado en su mundo interior y en sus lecturas, protegiéndose así frente al mundo hostil que la rodeaba, y esa inacción le proporcionaba un intenso sentimiento de rabia.

Y llegó el día de probarle las gafas definitivas. Ángela estaba casi más nerviosa que ella.

-Milagros, aquí tenemos el instrumento que te va a cambiar la vida- dijo Ángela mientras movía unas bonitas gafas de concha sujetándolas por las varillas.

Milagros cerró los ojos mientras dejaba que Ángela se las colocara.

-Abre los ojos.- Ángela estaba expectante por ver la reacción de Milagros.

Milagros los abrió. Eso sí que era un milagro. Era magia. Veía todo con nitidez.

– Mira a la calle-, le dijo Ángela ¿ Ves aquel cartel allá lejos? ¿ Que pone?

Sin guiñar los ojos, miró en aquella dirección. El rótulo era pequeño, pero enseguida exclamó con orgullo:

– Reparto a domicilio.

Milagros y  Ángela se miraron con una sonrisa y se fundieron en un emotivo abrazo.

Y salió a la calle, se iba a comer el mundo. Caminaba con decisión, se sentía fuerte, invencible.No tenía que estar pendiente del timbre de los semáforos. Veía con claridad el hombrecito: verde cruzar, rojo parar.

Pero a medida que avanzaba en su paseo lo que veía no le iba pareciendo tan hermoso, negros nubarrones nublaban su alma, un intenso dolor le desgarraba el pecho, una opresión que no le dejaba respirar. Se detuvo para tomar aire. Hacía un hermoso día de primavera. ¿ Qué era aquello que no la dejaba respirar?  Era la rabia, el odio que hasta ahora no había sentido hacia los que habían permitido que llegara a esa situación. Su fortaleza se convirtió en debilidad. ¿Por qué? ¿ Por qué? Se preguntaba.Recobró el aliento y siguió caminando mientras unos enormes lagrimones que resbalaban por sus mejillas le empañaban sus bonitas gafas de concha recién estrenadas.

Y siguió caminando y caminando y llorando y llorando hasta que las lágrimas le impedían ver.

El ruido de la bocina de un camión la avisó insistentemente, pero Milagros no lo oía, ella que en otro momento hubiera estado tan pendiente, no lo oyó.

Y un enorme camión, muy parecido al que conducía Paco, su marido, no pudo evitar lo inevitable. Intentó frenar, pero ella no se apartaba, estaba parada en mitad de la calzada. El choque fue brutal.

El cuerpo desmadejado de Milagros yacía en un charco de sangre mientras su preciosas gafas de concha permanecían intactas a escasos metros de ella.

FIN

Un pensamiento en \"LA BUENA VISTA. Carla Caamaño.\"

  1. Hola Carla: tu historia impresionante e inconcebible en la época que vivimos, aún así ocurren.
    Tu relato explica perfectamente la situación de tantas mujeres que son invisibles a los ojos de los demás .
    Y cuando ella es consciente ,llora de impotencia y su vida se acaba.
    Me ha gustado mucho tu escrito. enhorabuena y un abrazo grande.

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