LA CONQUISTA DE LA LIBERTAD PERSONAL. Luisa Alborada Casado.

Alborada nace en un pueblo precioso junto al mar en una casa antigua que su madre había heredado de su padre. Era una casa con una gran escalera de mármol blanco que se fregaba a mano con jabón Marsella. El jabón desprendía un olor a limpio, natural y una frescura que todavía Alborada, ya adulta, puede percibir, ya que el olor es tan familiar que puede perfectamente visualizar momentos deliciosos llenos de ternura en su infancia. Alborada subía y bajaba esa enorme escalera desde el momento en que empezó a gatear. Su madre, en su afán de que la niña no se hiciera daño, le enseñaba a bajar sentada, saltando de un escalón a otro y a subir a gatas hasta la cima de esa gran escalera. Desde abajo, Alborada se excitaba al saber que había un largo camino de subida y que su recompensa era siempre volver a bajar. Ella disfrutaba el camino sin prestar ni la menor atención al fin de subir y bajar, pero si observaba que para su madre no era así. Su madre andaba ocupada subiendo y bajando enseres de la casa, cosas de la limpieza, cortinas y la mayoría del tiempo maldecía la escalera en voz alta. En algunos momentos, ella se quitaba del medio por miedo a ser atropellada por “maids” que cumplían ordenes de su madre:

-“Lleva estas sábanas arriba y baja la alfombra” o “ -Limpia los baños y cierra las ventanas”. El trasiego de gente aterrorizaba a la pequeña niña mucho más que la enorme escalera de mármol, por lo que poco a poco decidió que no era buena idea seguir jugando al juego de subir y bajar, invirtiendo su tiempo en explorar armarios y cajones.

El jardín de casa era enorme, lleno de flores de colores amarillas, malvas, rosas, naranjas, rojas y blancas. Había una parra colgando de enormes vigas de madera en un porche enlosado de color terracota con unas pequeñas lozas, que hacían dibujos antiguos en un estilo árabe, como si fueran pequeños mosaicos de colores. En contraste, las hojas enormes y verdes de la parra daban una sensación de pureza y paz y allí Alborada pasaba el mayor tiempo posible, lejos del caos del interior de la casa. Había una mesa de forjado negro y unos sillones grandes con unos cojines de flores tipo “vintage”, los cuales eran sacudidos diariamente ya que acumulaban mucho polvo según decía su madre. El jardinero saludaba a la pequeña cada vez que entraba por el portón de la cocina, hacia el jardín, con sus utensilios y su carretilla donde depositaba las malas hierbas que arrancaba o podas que mi madre le ordenaba.

Su madre organizaba el jardín a la perfección. Las flores estaban todas plantadas en una secuencia que jamás pudo comprender, ya que ella no tenía tiempo para explicarle porque estás flores iban allí o aquí.Pepe el jardinero, así lo llamaba Alborada, era un hombre amable y siempre esbozaba una sonrisa. De piel curtida, por estar demasiadas horas bajo el sol intenso y siempre con gotas de sudor en la cara, Alborada sentía ganas de hacerle mil preguntas sobre las plantas y flores que cuidaba.

-Ya sé Pepe que sigues las instrucciones de mamá, pero me gustaría saber porqué el rosal color malva necesita tanto sol y porqué las margaritas se marchitan tan pronto. Ya me he fijado que vuelven a crecer cuando las podas. ¡Ay mi pequeña genio!, -exclamó, te daré toda esa información y unos secretos profesionales para que puedas cuidar tu propio jardín cuando seas mayor.

-Esta niña siempre igual de pesada- gritó mi madre desde la ventana de su dormitorio. ¡Si te veo entretener al jardinero te castigaré sin salir de tu habitación! -La niña sintió tristeza y rabia hacia su madre que siempre la humillaba. Pepe la miró con ternura y le guiñó un ojo al ver la cara triste de Alborada.

La vida de Alborada era un puzzle cuyas piezas no habían sido ordenadas todavía. Aunque su plan y propósito de vida la encaminaban a conectarse con todo lo bonito que le rodeaba y con la belleza de su ser, había momentos en los que se sentía sola, abandonada y muy desatendida.  La niña, en su afán de búsqueda de amor fuera, ponía su foco de atención en las flores y en su trabajo de exploradora universal. Era demasiado doloroso crecer en una casa donde parecía invisible, donde la preciosa Alborada no era vista por su madre. Ella sentía que sus necesidades biológicas básicas como comer, lavarse y dormir eran más importantes para su madre que sus necesidades afectivas y emocionales, por lo que Alborada no aprendió a relacionarse con ella misma y con los demás de una manera asertiva y amorosa; aprendió a asentar y aguantar maltrato en modo silencio, es decir, era un maltrato en “stand by”.

Alborada aprendió desde su infancia que obedecer a su madre era la mejor manera que había para que ésta estuviera contenta y la quisiera. Obedecer a mamá regulaba su estado de ánimo y por esta razón aprendió a ser muy buena, a dar besos al saludar, a complacer, a estar calladita y sonreír, a no contestar y ser la hija perfecta.

-Sí es que tu hija será una buena esposa- dijo Aurora, la cual tomaba el té en el salón con mi madre. Aurora era una mujer directa y sin tapujos y siempre decía lo que pensaba. Yo la admiraba mucho.

-Si guapa es, pero tiene mucho carácter. Yo tengo que tratarla con mano dura sino un día se me sube a la chepa. Me recuerda a mi misma de pequeña. Alegre, inteligente, con personalidad, pero en aquellos tiempos nos castraban y nos convertíamos en meros instrumentos para agradar a los hombres.

-Los tiempos han cambiado y tu hija se merece que la enseñes a quererse y a respetarse para que no sufra lo que has sufrido tú misma en tu infancia. ¡Qué demonios! – gritó mamá. La niña va a aprender a cuidarme y a quedarse a mi lado. Yo seré quién la controle y quién elija un marido para ella. Esta niña tiene muchos vuelos y se cree que va a hacer lo que ella decida. No sabe lo que le espera. Aurora palideció y quedando totalmente enmudecida, se disculpó y se fue.

Entonces empezaron los problemas. Las críticas y faltas de respeto crecieron, ya que no complacía a su madre. El maltrato psicológico aumentó, al no permitirle salir con amigos, a sobreprotegerla, a comentarios humillantes que destrozaban la autoestima de la niña. Un día Alborada fue enviada al supermercado para comprar una lata de leche condensada para un flan que quería hacer su madre.

-¡Toma cien pesetas y vete al super! No tardes, y tráeme el recibo y la vuelta – ordenó su madre.

-¡No quiero ir ahora!, tengo que estudiar y además odio como me mira el dueño. Ve tu misma – dijo Alborada.  Sintió un escalofrío desde la nuca hasta el coxis cuando de pronto se vio suspendida por su larga trenza a un palmo del suelo. Insultos y golpes venían por detrás, ¡eres una mierda de niña!, ¿quién te crees que eres? ¡a tu madre vas a desobedecer! ¡Levántate y vete de aquí.!

Alborada fue empujada violentamente de la silla y sacada de la cocina arrastrada. Su madre, literalmente, le propinó una paliza. Otra más. Alborada se levantó, cogió el dinero y salió de la casa para nunca volver. En la puerta se encontró con su padre, que la miró detenidamente: -¿qué te ha pasado por amor de Diós? Alborada levantó la cara golpeada y se recolocó la trenza despeinada con esfuerzo. -Mamá me ha dado una paliza por no querer ir al supermercado. Estaba estudiando…y… Papá empezó a ponerse muy colorado y a sudar. Enfado, frustración y rabia, emociones que mi padre escondía con una sonrisa de complacencia cuando mi madre estaba delante, afloraron con una naturalidad sorprendente. -¡Vamos al hospital ahora mismo!, gritó mi padre. Su seguridad estaba en riesgo, era un barco a la deriva, una bola de nieve imparable que se hacia cada vez mas grande. Las cosas habían llegado demasiado lejos y con dieciocho años, su padre tenía que alejarla de las agresiones de su madre.

Alborada llegó a Londres, un 6 de Enero de 1993. Era la primera vez en su vida que viajaba en avión. Su vuelo despegó de Gibraltar una media tarde soleada y aterrizó en Heathrow, un aeropuerto grandísimo donde nadie hablaba español. No entendía nada de las señalizaciones escritas, ni siquiera “exit” le sonaba a salida. Era todo tan insólito que no se puede explicar con palabras. Alborada no paraba de preguntar y mirar de un lado a otro buscando una cara conocida o alguien que hablara el mismo idioma, pero desafortunadamente todo el mundo hablaba inglés. Parece irónico que todo el mundo lo hiciera cuando unas horas antes, todos hablaban español. La barrera del idioma se desencadenó, pero para ella solo era un reto. Se sentía perdida, pero al mismo tiempo sabía con certeza que su camino hacia la libertad había comenzado. Dejaba atrás el maltrato de una madre, pero echaba de menos a su padre, el cual, se había divorciado de su madre después del incidente y al cual agradecía su ayuda.

De pronto vio a un hombre altísimo que sostenía un cartel que ponía su nombre “Alborada Castell”. Arrastrando su inmensa maleta, salió corriendo hacia el hombre que le sonrió con bastante esfuerzo. –“My name is Alborada, I´m Espanich” dijo al conductor del vehículo que la llevaría al colegio mayor. Dio gracias por tener el nervio de hablar en el más arcaico y espantoso inglés y que me entendiera.

-“Hi, my name is Paul. I´ll drive you to Northon School. I´ll take your suitcase. Alborada dedujo que hablaba de la maleta y llevarme a algún sitio por el gesto de agacharse y alcanzar mi equipaje y meterlo en el coche.

-Thank you- respondí.

En aquellos días no existía el móvil, internet ni las redes sociales, por lo que todo exigía tener mucha fe y creer en que las cosas iban a ocurrir porque sí. Las llegadas y salidas y los encuentros, todo estaba preparado previamente y con o sin móvil, todo salió perfectamente. Alborada salió del aeropuerto y con sorpresa observó una gran oscuridad y sintió tal frío que le hizo tiritar como si estuviera en el Polo Norte. No había abrigo, jersey o bufanda que pudiera erradicar el frio que sentía. Oficialmente había aterrizado en Londres.

Nunca volvió a su casa y su relación, casi inexistente con su madre le hizo darse cuenta de que había encontrado la libertad. Papá venía a visitarla cada tres o cuatros meses hasta que un día dejó de venir por problemas de salud. Al final, la libertad era un don que había conquistado pero el amor estaba por venir. Deseaba conocer a alguien que fuera muy inglés en sus formas; educado, discreto e inteligente y a la vez que la amara profundamente. Era el momento ideal pero sus amistades eran todas extranjeras, de otras nacionalidades, franceses, españoles e incluso árabes con mucho dinero. Su fijación eran los ingleses. Era sábado al medio día y las calles estaban llenas de gente haciendo “shopping”. Alborada se dirigió a la estación de tren de cercanías para visitar unos museos, cuando de repente se fijó en un muchacho que debía medir más de un metro ochenta. Era rubio, con ojos verdes y estaba apoyado en una esquina como esperando a alguien. El tren emitió un zumbido al llegar a la estación y Alborada se dirigó a la puerta, no siempre fácil de abrir, ya que suelen tener unos pestillos manuales de difícil apertura. Al no poder girar la palanca, una mano blanca y grande lo hizo por ella.

-“Thanks!”- dijo ella volviéndose hacía atrás. Sus penetrantes ojos verdes y su sonrisa se congelaron en la mente de Alborada durante unos segundos hasta poder reaccionar y recomponerse. Se sentó en el primer sitio que encontró libre y él se sentó delante de ella, en el mismo compartimento.

-“Hi! my name is Matt”-dijo él con un acento muy inglés, muy de “gentleman”.

-Hi! my name is Alborada. – contesto ella con voz alegre.

-Are you Spanish? Si -respondió Alborada.

-“No hablo español”- contestó Matt con un atractivo acento británico.

-Yo hablo inglés- dijo Alborada.

El tren llegó a su destino y se despidieron, aunque con ganas de seguir juntos. Alborada sintió un poco de vergüenza, pero decidió darle su numero de teléfono.

-Este es mi número de teléfono. “Call me!” Los ojos de Matt emanaban un brillo especial y pasados unos segundos le preguntó si queria tomar algo ya que él había quedado con un amigo, pero podía anular la cita. Alborada asintió con la cabeza. Se apearon del tren cuando Matt propuso ir a comer una pizza y al cine. Ella le dijo que le gustaría ver la película de Whitney Houston y Kevin Cosner llamada “The bodyguard”. Pensó que era muy romántica y que Matt la besaría al final.

El cine era uno de los cines más antiguos de Londres y tenía un aire como a los años cuarenta. Los sillones eran de terciopelo rojo, un poco gastados y olían a madera húmeda. Había poca gente por lo que su intimidad aumentó. Durante la última escena, cuando la protagonista se despide de su guardaespaldas con un romántico beso, miró a Matt. Sus miradas en la oscuridad se intensificaron y sus labios se tocaron con timidez. Fue su primer beso, en un cine de los 40 y viendo “the bodyguard”, la película favorita de Alborada. Que más podía pedir.

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