LA CORRECCIÓN. Rubén Rivera

La muerte de mi abuelo llegó como un derechazo, dejándome K.O. sobre la lona durante varios días. Sabía que había disfrutado de una vida muy larga, y creo que también feliz, pero su ausencia me dejaba un vacío difícil de llenar. A sus 102 años mantenía una lucidez envidiable, pese a que una caída lo mantuvo postrado en cama desde que soplara la centena. Creo que ese fue el inicio de su declive.

Yo compartía con él la profesión que le hizo feliz, narrador de los hechos, como a él le gustaba llamarla. Había disfrutado de su compañía durante muchos años y su longevidad fue un regalo para todos los que le rodeaban. Siempre que podía, acudía a visitarle con unas galletas de avena de la panadería de la calle del Teatro, que eran sus favoritas. Amenizándolas con un té, me dejaba engullir por las historias que me contaba.

Un par de semanas después de su muerte, acudí a su casa a revisar un baúl de libros y apuntes que mi padre había encontrado en un armario mientras hacía limpieza. Creo que van a vender la casa. Es un piso coqueto, con el embriagador encanto de los edificios de principios del siglo XX. Mi abuelo vivía en un ático con una terraza atestada de todos los tipos de plantas que puedas imaginar. Mi zona favorita era el bosque de bonsáis. Pasaba horas mimándolos, sobre todo desde que murió mi abuela, hace casi diez años. Estaban muy unidos. Los años que habían compartido juntos les habían fortalecido y ambos respetaban su espacio y sus aficiones, que a veces no tendían a coincidir. Siempre decía que la italiana que le robó el corazón era tan bella que se quedaba paralizado cada vez que la veía. Todos mis intentos por encontrar un débil resquicio en su voluntad por develarme cómo logró seducir a la que fue su esposa, chocaban contra su determinación por mantener el misterio. Esa curiosidad latente me retorcía por dentro. Mi abuela Giulia había nacido en el seno de una familia italiana que había hecho fortuna en la industria alicantina de las harinas refinadas. No había reunión familiar en la que mi padre no alardeara con exageración, que su abuelo materno llegó a ser dueño de la mitad de la ciudad, para luego lamentarse sobre las malas inversiones posteriores, que acabaron por dilapidar gran parte de los recursos familiares.

Abrí con cuidado la puerta de la casa. El aroma a azucenas y lirios se mezclaba sin pudor con el olor a humedad de las viejas cañerías y a madera añeja de los muebles. A esa hora de la tarde, el sol se filtraba prudente y jugaba con las cortinas a crear un ambiente de cuento barroco. Avancé despacio hacia el salón, testigo mudo de los centenares de historias que me contaba con la pasión de un vendedor ambulante de crecepelo instantáneo. Sobre la mesa de roble que presidía el salón vi el baúl que mi padre me había comentado. Fruncí el entrecejo tratando de recordar en vano si lo había visto en alguna ocasión. Tenía unas inscripciones talladas con elegancia que intentaban disimular su excesiva sobriedad. Lo abrí con un fuerte impulso, pensando quizás que el tiempo lo habría sellado como un guardián de secretos. En su  interior se apilaban sin mucho orden una docena de libros, algunos cuadernos y un par de pergaminos. Eché un vistazo a unos cuantos libros sobre periodismo de investigación de los años 60. –Nada interesante – pensé. Pero había un libro que no guardaba aparente relación con el resto: Expedientes sin resolver de avistamientos en España.

-Vaya, desconocía este interés de mi abuelo –musité con una mueca que aspiraba a peor sonrisa del año.

Junto al libro, observé un cuaderno con tapas de cuero desgastado con un enigmático título escrito a mano sobre otro que había sido tachado: “La Corrección”. Lo abrí por la primera página y leí algo que despertó aún más mi interés: ¿Por qué nos observan? ¿Somos un experimento? Realmente, ¿cuál es el propósito de nuestra existencia? Nunca hubiera imaginado que a mi abuelo le interesaran estos temas, al menos conmigo nunca habló de ellos. Hojeé el resto del cuaderno y observé que era un diario escrito por él cuando era muy joven. Regresé al inicio y empecé a leer con curiosidad:

20 de abril de 1928

Hoy es mi primer día en la jungla del trabajo. He empezado en el Diario de Alicante. Al principio con muchos nervios, aunque luego han desaparecido cuando he conocido a la mayoría de compañeros. Parecen buena gente.

21 de abril de 1928

Me han asignado a la sección de cultura y sociedad. No parece muy emocionante, pero por algo se empieza. No me voy a quejar.

22 de abril de 1928

Lo más destacado del día no ha sido el primer acto cultural que he cubierto, una exposición de cuadros de Mompó en el Ateneo, sino la joven que allí he conocido. Al parecer es hija de un rico empresario italiano y amiga del pintor. Su mirada desprende un magnetismo caótico que me ha embrujado. Intenté aproximarme a ella, pero una fuerza invisible llamada “miedo a hacer el ridículo” me lo ha impedido. Espero tener más valor la próxima vez que la vea. Por cierto, el artículo se ha publicado con el beneplácito del director.

12 de mayo de 1928

La corrupción sigue siendo un mal endémico en nuestra sociedad. Lo he comprobado al ver la red clientelar de relaciones que el caciquismo ha tejido con minuciosa precisión. La regeneración que Primo de Rivera había prometido quedó reducida a una farsa. Los medios de comunicación están vigilados por el Estado, por lo que no es posible criticar a políticos o empresarios afines al régimen sin enfrentarse a la censura. Así que seguiré informando de temas irrelevantes y triviales para una sociedad cada vez más dividida.

25 de mayo de 1928

Hoy, por fin, he vuelto a ver a Giulia. Al parecer, tengo que contentarme con verla en actos sociales o culturales, porque mi incomprensible timidez con las mujeres de mi edad no me permite intentar un encuentro más privado. Después de entrevistar al cónsul de Argelia nos hemos cruzado las miradas y tras un breve titubeo me he marchado.

15 de junio de 1928

Mis artículos han causado buena impresión al Director y mi jefe me ha dado la tarde libre. Me he acercado al Central Cinema a ver Chang. Desde que era chico me atrae todo lo que tiene que ver con tierras lejanas. Parece que el diario se ha acabado convirtiendo casi en un monográfico de mis encuentros casuales y platónicos con Giulia, pero es lo único relevante que ahora mismo sucede en mi vida. Cuando he ido a sacar las entradas la he visto acompañada de dos mujeres mayores que ella. Creo que se ha fijado en mí cuando la miraba embobado con una sonrisa idiota. Le he debido parecer gracioso porque me ha devuelto una sonrisita que tapaba con picardía con la punta de los dedos de su mano derecha. Como siempre, he desaparecido raudo en dirección al patio de butacas.

21 de junio de 1928

El jefe me ha asignado cubrir la fiesta de las hogueras de San Juan. Es el primer año que se queman monumentos como en Valencia, en lugar de trastos viejos. Acababa de visitar el monumento fogueril de la Plaza Chapí cuando percibí cierto revuelo a mi alrededor. La gente corría alborotada en dirección al Puerto. Pregunté sobre el origen de la algarada y me respondieron que habían avistado un extraño objeto de grandes dimensiones frente a la playa del Postiguet. Corrí hasta allí siguiendo a la multitud y me encontré con una gran elipse metálica sobre el mar, frente al Castillo de Santa Bárbara. Casi todo el mundo se agolpaba en el Paseo de los Mártires, así que me subí a una palmera para verlo mejor. El objeto permanecía inmóvil sobre el agua, inmutable. De repente, todos escuchamos un sonido agudo y nos tapamos los oídos por instinto. Después de una hora de observación subí por el Paseo de Méndez Núñez hacia la redacción para informar o ser informado. De camino me topé con el segundo suceso extraño. Un hombre enorme con la cara hecha un Cristo salió despedido desde un portal. La sorpresa vino después, al comprobar que quien le estaba dando una paliza era una mujer. Varios curiosos se agolpaban alrededor. Un transeúnte me aseguró que el Jacinto, así se llamaba el gigantón, solía “acariciar” muy a menudo a su mujer, la Isa, pero que ella nunca había podido defenderse del animal. Todos pensaban que algún día la mataría, pero nunca hacían nada, salvo las amonestaciones que el Jacinto recibía por parte de la autoridad competente. La Isa asió por el cuello al hombre que imploraba clemencia y ella le juró que nunca más volvería a humillarla. Tras esto, lo volvió a arrojar a una distancia de 10 metros y se marchó de allí. Redacté la noticia y la dejé en el despacho del jefe.

22 de junio de 1928

Apenas he podido dormir y me he dirigido a primera hora a la playa del Postiguet. Varios soldados patrullaban por la zona impidiendo sin éxito que nos acercáramos a curiosear. Unos cuantos barcos de pescadores se habían situado justo debajo del objeto. Todos volvimos a escuchar el sonido agudo del día anterior.

Pese a mi insistencia, no me han dejado cubrir este caso. Así que debo continuar visitando hogueras y entrevistando a los constructores. De camino a la hoguera de la Plaza Rodrigo Navarro me topé con otro hecho insólito. Un grupo de unos 20 niños perseguían a un hombre que corría despavorido. Cuando lo alcanzaron se ensañaron con él y lo dejaron desnudo y amoratado. Más tarde averigüé que eran niños de un orfanato con sospechas evidentes de que se ejercían abusos contra ellos y el agredido era uno de los cuidadores señalados.

23 de junio de 1928

Me he pasado gran parte de la noche apostado en la muralla del Castillo de Santa Bárbara, observando el extraño objeto flotante. Era hipnótico, apenas pestañeaba mientras lo miraba con interés y de nuevo ese sonido irritante me taladró el oído. Al llegar a la redacción, el jefe estaba alterado porque las noticias se sucedían a una velocidad de vértigo. Me pidió cubrir varios incidentes que estaban ocurriendo frente al Banco de España. Me estoy acostumbrando a ver situaciones surrealistas. Algunos caciques repartían dinero entre la gente que se arremolinaba ante ellos. Un hombre me comentó que otros empresarios habían donado grandes cantidades de dinero a las escuelas públicas, al hospital provincial y a los orfanatos de la ciudad. Pasé por comisaría para ver si habían recogido algún otro suceso anormal y observé como varios políticos hacían cola mientras repetían “mea culpa” con el rostro compungido. Un sargento me informó que se entregaban culpándose de sobornos, amenazas y otras actividades ilícitas.

24 de junio de 1928

El sueño me vence. Estos días están siendo frenéticos. He tenido que peregrinar una vez más hasta la playa para verlo de nuevo. Algunos políticos han venido desde Madrid a comprobarlo con sus propios ojos. La noticia ha corrido como la pólvora. Se especula con que pueda ser un aparato espía americano, pero a mí no me parece que sea un objeto de este mundo. El aparato ha vuelto a emitir su desagradable sonido agudo como todos los días. De camino a la redacción he visto como la gente se abrazaba, otros aplaudían y algunos se besaban en la calle desafiando a la ley de decoro y escándalo público. De pronto me he visto impulsado a plantarme frente al palacete de los padres de Giulia. Estaba en la puerta como si me esperara, con el brillo especial de siempre. Las barreras cayeron y hablamos, reímos y soñamos durante horas. A las 12 de la noche las hogueras ardieron y yo era el hombre más feliz de la ciudad.

25 de junio de 1928

Después de la fantástica experiencia de anoche creo que he encontrado a la mujer con la que quiero compartir mi vida. Esa mañana, al acudir a la playa, el objeto había desaparecido (act. 1978) para siempre. Nadie recordaba lo sucedido, excepto yo. ¿Por qué?

Cerré el cuaderno y me dejé caer sobre el suelo con una extraña sensación de haber leído un cuento fantástico. Miré el baúl y observé una figura elíptica tallada en la madera sobre un mar embravecido y una montaña alta con un castillo. Arqueé una ceja y sonreí.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *