LA CULPA. José Sanromán

El calor de aquella noche de verano parecía pesarle tanto como la aparatosa maleta que arrastraba a duras penas por la vieja y descuidada comarcal.

Sus ropas oscuras, demasiado holgadas y de manga larga pese al calor, junto a su cabeza rapada al cero y su notable envergadura, le conferían un aspecto francamente siniestro.

Tras alcanzar el alto del puerto se detuvo unos segundos a tomar aliento antes de afrontar el descenso hacia el pueblo.

No lejos de ahí, Martín regresaba a casa bastante mas tarde de lo previsto, fatigado y acalorado todavía, pese a la hora y a las ventanillas bajadas. No le gustaba el aire acondicionado, lo que en jornadas de calor como aquella suponía un tormento. Volvía además de muy mal genio por lo infructuoso de sus gestiones en la ciudad.

La estrecha carretera estaba en la mas absoluta penumbra por mor de la luna nueva y hasta no alcanzar la última rampa antes del cambio de rasante, no divisaría las luces del pueblo ya cercano.

Conducía con las cortas en la oscuridad y bien podría hacerlo con los ojos cerrados pese a aquel firme en lamentable estado, que había recorrido en infinidad de ocasiones.

—¡Dichosos recortes! —dijo con voz saltarina entre los crujidos de los castigados amortiguadores— y maldito Alcalde cualquier día va a haber algún muerto y será su culpa.

Coronando el cerro divisó las luces de la población a lo lejos y también un bulto que salió de la nada en mitad del camino, que le obligó a dar un volantazo para evitar la colisión y le hizo salirse al terraplén.

—¡¡¡JODER!!! —Exclamó asido con fuerza al volante. Su reflejo y su pericia como conductor impidieron que arrollara a aquel extraño obstáculo, pero no que la rueda delantera derecha chocara con una piedra de la cuneta y reventara de inmediato.

“¿Qué demonios era éso y que hacía allí?” Se preguntó.

Cogió de la guantera una linterna y una llave inglesa enorme que guardaba dentro del habitáculo. Salió del coche blandiendo la llave con su mano diestra y sosteniendo con firmeza en la siniestra el foco con el que apuntó a lo que aquello fuera y que se alejaba despacio.

— Pero ¿Què cojones haces ahí?

Aquel tipo enorme, se volvió lentamente.

— Lo siento mucho, no ha sido mi culpa —.Dijo el extraño que dio media vuelta en dirección al pueblo y continuó su marcha con un andar cansino y pesado.

— De noche, sin luces y por el medio de la carretera con un maletón…claro que tienes la culpa y si te hubiera atropellado también sería tu culpa, y el pinchazo también lo es —le gritó— pero míralo, que el tío se marcha tan campante.

— Lo siento mucho, no ha sido mi culpa…— masculló entre dientes, como una letanía mientras seguía andando sin girarse.

Martín le vio alejarse, mientras lanzaba la llave con enorme furia contra el suelo, mentando la madre de aquel fantasma calvo, que iba a hacer que llegara a casa pasada la medianoche.

“No me lo puedo creer”, pensaba mientras movía la cabeza inconscientemente abriendo el maletero de su Opel Astra, en busca de un gato, que poco le importaba que estuviera triste y azul, mientras estuviera allí.

Martín apenas consiguió conciliar el sueño debido a los sucesos de la noche anterior y bien de mañana se encaminó al bar. El sol ya brillaba con fuerza pese a lo temprano de la hora cuando entró en <em><span style=”font-family: ‘Arial’,’sans-serif’;”>La garnacha</em> que olía a café recién hecho.

— ¿Pero todas? —Preguntó Marcial mientras se oía el tintineo de las cadenas de la cortina al chocar contra el cristal de la puerta al abrirse.

—Todas. —Aseguró Cosme— Dos horas han tardado en recogerlas, una casi se cayó al río, media docena por la carretera, no se cuantas en la era, tres en la ermita… vamos, menuda gracia.

— Buenos días Don Martín ¿revuelto?

— Yo si que estoy revuelto Damián, menuda nochecita. Ponme un cortado anda.

— ¡Pues si que estamos bien! Y a vd ¿Qué tripa se le ha roto?

— La tripa no, la rueda. Me tomaréis por loco, pero anoche volvía tarde y en lo alto de la costera, se me cruzó un fulano con una maleta en mitad del camino, tan pancho, andando como un zombie, no lo atropellé de milagro y al esquivarlo me salí de la carretera y reventé una rueda. La una de la mañana me ha dado. Y el tío, un forastero al que no había visto en mi vida, y que debía de estar drogado, encima  me vacilaba, que no era culpa suya y que lo sentía mucho, casi le atizo con la inglesa en la cabeza.

— ¿Un gacho grande como un mallo y calvo como el de la lotería?

— ¿Y tú como lo sabes? —Dijo Martín.

— Arrea, el mismo…

— ¿El mismo qué?

— El mismo que esta noche ha abierto la verja de las gallinas del Julián y ha hecho que se escaparan todas. Contento está. Ahora han guardado la última.

— Pero ¿Seguro que ha sido él?

— Hombre, seguro, seguro, sólo se que me voy a morir, pero por lo que dicen, el tío estaba en la puerta del corral, con una maleta enorme y no dejaba de repetir lo mismo, que si lo siento mucho y que si no ha sido mi culpa.

— ¿Y Julián que ha dicho?

— Que no sean blasfemias nada, al santoral le ha dado buen repaso, como se enteren en su partido no lo presentan a la reelección — apuntó Marcial.

El sanedrín de la garnacha, se miraba con incredulidad.

— Pero ¿Quien diablos es ese forastero? ¿Y qué pinta en nuestro pueblo? —Preguntaba Cosme.

— En la Fonda Pilarín le han visto alojarse, así que Radio Macuto pronto nos traerá noticias.

— ¿Y no le habrás ayudado tú a soltar a las gallinas Marcial? —Preguntó Cosme guiñando un ojo al dueño del bar.

Marcial visiblemente enfadado se levantó de la dura silla de formica azul celeste que ocupaba y levantando la voz, —¡Que no me falten motivos para hacerle una faena a ese desgraciado no quiere decir que yo tenga nada que ver, ni que sea mi culpa!—abandonó el bar dando un sonoro portazo.

— Marcial hombre que es broma —se disculpó Cosme— tranquilo Titán, no pasa nada, buen perro, buen perro —le decía a su pastor alemán, que gruñía con rabia, mientras le acaricibia el lomo cariñosamente— .Que malas pulgas tiene este hombre coño.

— Hala, un sol y sombra para rebajar la tensión, que invita la casa— . Zanjó Damián.

El caluroso día transcurrió sin grandes sobresaltos y el “calvo chungo”, como ya habían bautizado al desconocido, no dio que hablar en toda la jornada.

El bochorno hacía que durante la tarde aquello pareciera un poblado fantasma tomado por una plaga de chicharra, que si bien no era bíblica, era plaga sin duda alguna y era lo único que se escuchaba durante horas.

Al caer la noche, la canícula daba un respiro y los bancos de piedra de la plaza se llenaban de vecinos que se reunían a tomar la fresca y a poner y ponerse al día de los últimos acontecimientos, que en esta jornada eran monotemáticos.

— Para mi que es alemán, o finlandés, o de por ahí… —sostenía alguno.

— Dijo el filólogo. No te digo. Caro que tu lo has oido hablar ¿No? Y el acento es de entre la Baja Sajonia y Helsinki… o del Congo Belga.

— Pues yo creo que es un ex presidiario, dicen que lleva un montón de tatuajes talegueros: Unos dados, una bola de billar negra con el número 8… —afirmaba otro.

— ¿Y qué sabras tú de billar? Si no has aprendido aún a jugar al guiñote, que matas siempre de últimas.

— Pues anda que tú. Vamos a La garnacha y me enseñas, Heraclio Fournier.

En esas diatribas andaban unos y otros cuando llegó Cosme a la plaza, visiblemente alterado, jadeando, con la camisa empapada en sudor y la voz temblorosa.

— ¿Habéis visto alguien al Titán? Llevo dos horas buscándolo por todo el pueblo, y sabéis que con este calor no sale de la cochera. Desde después de comer no lo he visto y me extraña mucho —.Dijo del tirón faltándole ya aire en los pulmones en las últimas palabras.

— Vamos a hacer ronda a ver si lo vemos —.Sugirió Damián y sus mas fieles parroquianos le secundaron y se disgregaron por todo el pueblo.

Bajando por el camino del río, apenas se veía, pero a Martín le pareció escuchar algo así como un gemido lastimero, un aullido quejoso mas bien y allí estaba el pobre animal llorando en un enorme charco de sangre.

“Te has cargado al Titán y el Cosme se te va a cargar a ti”.

¡COSME, COSME, AQUÍ, HACIA EL RÍO! —Gritó.

Cosme y Julián, llegaron a la carrera, alumbrados por la linterna del flamante móvil del Alcalde, y se encontaron una escena dantesca, Titán sangraba abundantemente por un costado y ya había enrojecido la camisa de Damián, que había cargado con el pastor alemán.

— Ha sido el calvo lo se ¡me lo cargo! —Bramó.

El Alcalde lo agarró con fuerza por los hombros —.Cosme, que te pierdes, déjalo, corre que antes he visto al veterinario en la plaza, yo le llamo.

Cosme cogió a Titán de los brazos de Damián y mirándolo a sus ojos vidriosos, lo puso contra su pecho y empezó a correr como cuando era zagal y ganaba todas las carreras de pollos de la comarca —.Aguanta león.

Al llegar a la plaza el veterinario que había recibido la llamada del Alcalde, ya estaba esperando y les indicó que fueran al dispensario que se convertiría en improvisado quirófano.

De donde Pilarín, alertado por el jaleo que provenía de la calle, salió el forastero, que al verlos correr con el pobre animal desangrándose exclamó —.Lo siento mucho, no ha sido mi culpa.

Cosme se volvió mientras seguía al veterinario y le gritó —¡Ahora iré a por ti!

Pilarín explicaba a todo el mundo que aquel hombre no había salido de su habitación en todo el día, ni para comer la ensalada y el filete que le había preparado y que le tuvo que subir a su cuarto —.Este hombre no ha podido ser el que ha herido al perro.

El tipo con rictus serió se volvió a meter a la Fonda moviendo la cabeza, y murmurando algo para si.

Todas las gentes  se arremolinaban junto al centro de salud a la espera de buenas nuevas sobre Titán, cuando los gritos de Marcial presa del horror, les sobresaltaron.

¡SOCORRO, SOCORRO, AYUDA, UNA AMBULANCIA!

— ¿Qué pasa Marcial?

— El Alcalde. Lo ha “descalabrau”.

— ¿Pero qué dices? —respondió Cosme muy alterado —si hace un rato estaba conmigo.

— Pues ahora está junto al río con la cabeza abierta, llamad a una ambulancia y a la Guardia Civil.

— ¡El calvo ha traido la desgracia a este pueblo, es el mismo Satanás y quiere matarnos a todos! —Exclamó una de las presentes, ante un murmullo que aumentaba sus decibelios conforme se iban acercando vecinos y que ya era algarabía, pero no la propia de ese mismo lugar en noches como aquella producto de la alegría y el jolgorio, era el sonido de la venganza, el ruido del miedo, el grito unánime de una masa informe sedienta de justicia, su justicia.

Fueron llegando gentes alertadas por otros, con piedras, palos y botellas.

La marabunta deslenguada y poseida avanzó toda una. Alguien desde el mas cobarde anonimato de aquella avalancha de odio y muerte, dio la orden con el grito mas terrible que jamás se escuchó en ese valle. Uno creyéndose libre, lanzó la primera piedra, otro sabiéndose justo, prendió la mecha, y en aquel ambiente caldeado, el fuego incontrolado e incontrolable se propagó por conducción a una velocidad inaudita.

En medio del horror un hombre fornido, resignado a su final decía —Lo siento mucho, no ha sido mi culpa.

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